Wanderer: Torpezas y farabutes

Aunque resulte ya tedioso y de poco interés, vale la pena detenerse de vez en cuando para tomar conciencia de lo que el Papa Francisco está haciendo con la Iglesia y la catástrofe a la que la está conduciendo. No hablemos ya de las cuestiones doctrinales, bien conocidas por todos y que tendrán un nuevo cenit en el próximo Sínodo sobre la Amazonía. Baste pensar que uno de los asesores teológicos que tendrán los sinodales será nada menos que nuestro conocido P. Carlos Galli.

No nos detengamos tampoco en cuestiones disciplinares. ¿Qué hubiese pasado en la Iglesia hasta hace siete años, si un cardenal condenaba un sínodo por herético y apóstata? Es lo que hizo el cardenal Brandmüller, y pocos se han enterado y a nadie le extraña ya que altos personajes de la jerarquía cuestionen abierta y duramente al Sumo Pontífice.

Miremos simplemente tres hechos ocurridos durante la semana pasada y que son muestra evidente de la torpeza absolutamente inexcusable de Bergoglio en el manejo de las cosas de la Iglesia, en la catástrofe que está ocasionando y en el estado lamentable en que la dejará. Y, asombrosamente, nadie hace nada, más que el citado Brandmüller, o Burke, o el viajero Schneider. El resto, calladitos, y criticando por lo bajo, no vaya a ser que sean comisariados y misericordiados de sopetón.

Hace menos de un año que la Santa Sede, gracias a la insistencia de Francisco, firmó un acuerdo con el gobierno chino por el cual reconocía a los obispos cismáticos de la iglesia patriótica china y, en los hechos, entregaba a los obispos, sacerdotes y fieles que a riesgo de su vida y su libertad, habían permanecido fieles en medio de las persecuciones comunistas. El primer hecho bochornoso fue que el presidente de China, en visita a Roma días más tarde, ni siquiera se dignó mandarle un saludito al Pontífice, con el que acababa de firmar un histórico acuerdo.

Y lo segundo llegó la semana pasada, cuando el Vaticano tuvo que publicar una carta pidiendo al gobierno chino que respete la libertad de los sacerdotes católicos. El éxito del tratado es manifiesto; una nueva cucarda para la diplomacia vaticana… Un gobernante mediocre ya habría actuado hace tiempo descabezando al Secretario de Estado, autor de este fracasado y nocivo acuerdo. Bergoglio no lo hace porque, si fuera el caso de descabezar, debería autodegollarse.

El Papa Francisco recibió en la mismísima sacristía de San Juan de Letrán con gran ruido mediático a una familia gitana a la que los vecinos de un humilde barrio gitano, no querían ver ni pintados. Se vendió la cosa como odio al diverso, racismo, y demás tópicos políticamente correctos. El ‘cato buenismo’ lo vistió de abrazos pontificios y apoyos incondicionales, en medio de fotógrafos y camarógrafos, sin que a nadie se le ocurriera escarbar un poquito.

Pero se descubrió el motivo por el cual los discriminados eran rechazados por sus vecinos: el pobre rumano es propietario de 27 automóviles de alta gama y de origen más que dudoso. Seguramente algún farabute de los que rodean a Bergoglio, o él mismo, que en farabuteadas no se queda corto, habrá leído la noticia de lesa discriminación en los medios italianos y rápidamente ideó el encuentro para ganarse otro poroto entre el decadente mundillo progre. Así le fue. Un bochorno que en otros tiempos no se habría perdonado tan fácilmente.

http://caminante-wanderer.blogspot.com/

 

Fuentes

http://caminante-wanderer.blogspot.com/