¡Ven Niño Jesús!


El maravilloso milagro sobre el que está a punto de leer, tuvo lugar en una escuela primaria de Hungría, entonces controlada por los comunistas, en diciembre del año 1956.

El prodigio fue ampliamente conocido y su historia llegó a occidente por medio del padre Norbert, quien sirviese como párroco en Budapest (capital de Hungría) antes de huir a Occidente debido a la persecución marxista contra los católicos en este país.

La señorita Gertrude, una atea militante, era maestra en la escuela parroquial. Todo lo que ella enseñaba giraba en torno a la impiedad y – por supuesto – a la negación de Dios. Su objetivo era muy simple: El arrancar la fe de las almas de los niños e intentar formar numerosos pequeños «impíos».

Durante sus clases, ella hacia lo posible para deshonrar y ridiculizar a la Iglesia Católica y a los niños que profesaban la verdadera fe, quienes aunque temerosos de ella, no se permitieron dejarse convencer por las burlas de los demás.

Además de sus métodos y maliciosas intenciones, la señorita Gertrude tenía una curiosa habilidad para adivinar cuál de los niños había recibido la comunión. Tales niños, se convertían en objetivos especiales de sus malos tratos.

Sucedió un día que Ángela, una niña de apenas diez años, buscó al Padre Norbert para pedirle permiso para recibir la comunión todos los días. Angela, muy inteligente y talentosa, era la mejor estudiante en su clase y en toda la escuela.

El sacerdote le advirtió que de hacerlo, quedaría expuesta a grandes riesgos, pero ella insistió:

“Reverendo Padre, le aseguro que la maestra no podrá atraparme en ninguna falta, y trabajaré mejor. Por favor no rechace lo que pido. Me siento más fuerte los días que recibo la comunión.

Usted me dijo, reverendo Padre, que debo ser yo un buen ejemplo para mis compañeros. Para lograrlo, necesito sentirme fuerte”.

Y así el sacerdote consintió.

A partir de ese día el aula se convirtió en una cámara de tortura para Angela. A pesar de del hecho de que ella siempre sabía todas las lecciones, la señorita Gertrude la acosaba continuamente. La niña resistía, pero era fácil el percibir que la pequeña estaba resintiendo la tensión.

Las clases se convirtieron en duelos entre la maestra atea y la pequeña seguidora de Cristo.

Como la maestra tenía la última palabra, parecía ganar siempre. Sin embargo, su irritación era tal, que el silencio de Ángela le ocasionaba muchas veces perder el control con ira.

Aterrorizados por todo esto, otros pequeños acudieron al padre Norbert en busca de ayuda. Pero el sacerdote no pudo hacer nada. Recordando los sucesos en una fecha posterior comentó:

“Lo único que podíamos hacer era rezar, rezar con absoluta confianza en la Divina Misericordia. Gracias a Dios, Angela continuó firme en su fe”.

El 17 de diciembre, la maestra de escuela ideó un truco cruel diseñado para dar un severo y mortal golpe, a lo que ella llamaba «supersticiones antiguas que infestaban la escuela«.

La maestra preparó la escena con maldad. Naturalmente, la pobre Angela iba a ser el objetivo principal.

La señorita Gertrude tenía la intención de probar a Angela y al resto de la clase que unicamente las personas que viven, vienen a nosotros cuando son llamadas, pero que esa gente muerta o “la gente imaginaria que existen solo en historias”, no pueden hacer tal cosa…

Entonces, con una dulce voz, la maestra comenzó a hacer muchas preguntas a los niños. Luego, le pidió a Angela que saliera del aula y esperase en el pasillo junto a la puerta.

Luego pidió a todos las niños dentro del aula que gritasen juntos: «¡Angela, ven entra!»

Angela muy intrigada, pero sospechando una trampa, entró.

La maestra de escuela entonces dijo:

«Bueno, entonces, todos estamos de acuerdo. Cuando llamamos a los que viven, quienes existen, ellos vienen. Cuando llamamos a los que no existen, no pueden venir. Angela, que existe aquí, viva, en carne y hueso, nos escuchó cuando la llamamos vino.

Pero supongamos que llamamos al Niño Jesús. Lo digo, porque parece que entre ustedes hay algunos que creen en él … «

Hubo un momento de silencio, luego del cual algunas voces temerosas respondieron:

– “Sí, creemos en Él”.

La profesora cuestionó directamente a Angela:

– “Y tú, Angela, ¿crees que el ¿El niño Jesús te escucha cuando lo llamas?”

Angela entendía ahora de que se trataba toda aquella escena. Entendía también que su respuesta tendría repercusiones terribles, más sin embargo, respondió firme y valerosa:

– “¡Sí! ¡Creo que Él me escucha!”

La profesora, ya casi saboreando el suceso de su ardid, respondió:

– “Muy bien Angela. Entonces hagamos un experimento. Ustedes niños vieron que Angela vino de inmediato cuando la llamamos. Si el Niño Jesús existe, escuchará cuando lo llamemos. Quiero que todos ustedes griten al mismo tiempo fuertemente, ‘Ven, ¡Niño Jesús!. Vamos, uno, dos, ¡Tres! ¡Griten!

Aterrorizados, los pequeños se quedaron callados. Los argumentos de la maestra realmente los había impresionado. La Señorita Gertrude se rió a carcajadas casi diabólicas.

De repente, Angela corrió al frente de el aula, sus ojos brillaban y reflejaban confianza y esperanza. Mirando a sus compañeras de clase gritó: «Escuchen, vamos a llamarlo todas juntas: «¡Ven, Niño Jesús!»

Todas las niñas se pusieron de pie y comenzaron a gritar en vibrante unísono:

– “¡Ven, Niño Jesús!”

La señorita Gertrude se sobresaltó porque no esperaba esta reacción.

De pronto, un aura sobrenatural se formó alrededor de la niña que había demostrado su fe y esperaba firmemente un milagro. La puerta del aula se abrió sin hacer ruido. Un brillo muy intenso apareció allí, entrando al aula y constantemente aumentando. En medio de este esplendor, había un globo lleno de luz más clara.

El pequeño Niño Jesús apareció en el interior de un globo luminosos. Crédito: Revista Crusade.

El globo se abrió, revelando a un hermoso bebé vestido con aún más luz. El bebé no habló. Él simplemente sonrió y todos los niños sonrieron también, tranquilos y alegres. Entonces el globo se cerró muy despacio y lentamente desapareció. La puerta se cerró sin que nadie la tocara.

Los niños seguían mirando hacia la puerta cuando fueron sorprendidos por un grito agudo. Dándose la vuelta, vieron a la maestra aterrorizada, con los ojos salidos y con los brazos extendidos, balbuceando como una loca:

“¡Él vino! ¡Él apareció!”

Luego salio corriendo por la puerta mientras, huyendo del portento, golpeando la puerta detrás de ella.

El padre Norbert informa que él personalmente interrogó a las niñas una por una. Él atestigua, bajo juramento, que no encontró la menor contradicción en sus relatos. En cuanto a la señorita Gertrude, fue colocada en un manicomio. El tremendo choque había afectado su mente impía, y ella nunca dejó de repetir: “¡Él vino! Él ¡vino!”.

Fuentes

Basado en un relato de Maria Minovskca hecho para la revista Magnificat, Braga, Portugal y presentado en el año 2000 por la revista Crusade en Inglés.

Traducido por Proyecto Emaús.