¿Van las almas de los niños abortados al Cielo?


Van las almas de los niños abortados al Cielo

¿Van las almas de los niños abortados al Cielo?

Si van las almas de los niños abortados al Cielo o si existe El limbo de los niños nunca ha sido definido como parte del dogma de la Iglesia, pero desde el siglo XIII formó parte de la tradición, cuando los teólogos afirmaron que los niños muertos sin haber sido bautizados no accedían a la visión de Dios, pero tampoco sufrían porque no tenían conciencia de lo que habían sido privados, refutando así la enseñanza de San Agustín, de que se veían irremediablemente condenados al infierno.

El limbo de los niños, entonces, sería el lugar al que los niños abortados, van. No pueden ir al Cielo pues llevan consigo la mancha del pecado original, pero tampoco pueden ir al infierno, pues este es el lugar de los condenados y de los que tienen culpa capital.

Es de fe, al menos por que así lo enseña la Iglesia en su magisterio universal, que los que mueren con sólo el pecado original están privados para siempre de la visión de Dios, que hace eternamente felices a los bienaventurados.

 

La herejía de los pelagianos

Enseñaron lo contrario los pelagianos. Según éstos, en efecto, los niños que no han recibido el bautismo, y que por consiguiente no estaban libres del pecado original, y que por otra parte, no habían cometido pecado alguno grave o leve, puesto que no tenían edad para pecar, no iban al Reino de los Cielos, pero gozaban de la visión clara de Dios. En otras palabras: ponían esos herejes un lugar intermedio de felicidad entre los bienaventurados y los condenados al Infierno, y en ese lugar se disfrutaba de la visión clara de Dios como disfrutaban los bienaventurados en el Cielo.

La Iglesia, sin embargo, proclamó solemnemente en el Concilio de Trento (año 1547) la doctrina siguiente:

Si alguien dijere que los párvulos…nada tiene en sí del pecado original que sea menester borrarlo con la ablución regeneradora (del Bautismo), para conseguir la vida eterna (es decir el Cielo), sea anatema.(1)

 

El concilio de Florencia

Por su parte, el Concilio de Florencia (año 1439) en su decreto para los griegos, después de enseñar que las almas de los que mueren en gracia de Dios y nada tienen que purgar por sus culpas, son recibidas en el Cielo y ven claramente la esencia de Dios. En cambio, las almas de aquellos que mueren en pecado mortal, o aún con sólo el original, descienden luego al Infierno para sufrir allí penas desiguales(2).

Aquí no se dice expresamente que los que mueren con sólo el pecado original están privados de la visión beatífica, pero sí se afirma con palabras equivalentes. Se dice en efecto, que las almas de los que mueren en gracia y nada tienen que purgar ven a Dios claramente en el Cielo, y a esas almas se contraponen las de aquellos que mueren en el pecado mortal o solamente con el original; luego es evidente según la doctrina del Concilio, que estas últimas no ven a Dios.

Según, pues, estos documentos, tenemos que, tanto los que mueren en pecado mortal como los que mueren con sólo el original, van al Infierno. En esto no hay dificultad, pues ya antes explicamos que en el lenguaje de los documentos eclesiásticos se designa como condenados a todos aquellos que están privados para siempre de ver a Dios, que es lo que pasa también a cuantos mueren con el pecado original.

Pero esos mismos documentos nos dan una segunda enseñanza, y es que los que mueren con sólo el pecado original, sufren penas distintas de los que mueren en pecado mortal. Consiguientemente, no tienen pena de sentido, sino sólo pena de daño, la de no ver a Dios. En efecto, si además de la pena a castigo de no ver a Dios, tuvieran también que sufrir la pena de sentido, en ese caso sufrirían las mismas penas que los condenados, contradiciendo lo que dicen los documentos.

 

El Segundo Concilio de Lyon

Lo mismo, y con las mismas palabras había ya enseñado, como verdad de fe, el segundo Concilio de Lyon, en la profesión de fe propuesta al emperador griego Miguel Paleólogo(3).

Inocencio III, en una carta escrita a Imberto, arzobispo de Arles, dice así:

“La pena del pecado original es la carencia de la visión de Dios; la del mortal, el tormento del Infierno eterno”(4).

No hay pues duda de ninguna clase. Según la doctrina católica, los que mueren con sólo el pecado original están excluidos de la visión clara de Dios que hace felices a los bienaventurados.

Pero, aparte de eso, ¿sufren alguna otra pena? ¿Tiene también algo más que atormente sus cuerpos a sus almas como atormenta el fuego del Infierno a los condenados? A esta pregunta se responde hoy en día, por casi todos los teólogos, que no; que fuera de estar privados de la visión de Dios de que gozan los bienaventurados, los que mueren con sólo el pecado original no sufren otra pena ninguna, e incluso llevan una existencia naturalmente feliz.

Esta doctrina puede darse hoy en día como probabilísima e incluso moralmente cierta.

 

¿Van las almas de los niños abortados al cielo?

Los Concilios y documentos que citamos en la introducción del presente articulo, a manera de probar, que con la muerte queda irremediablemente definida la suerte del hombre para toda la eternidad, nos proponen los casos siguientes:

1.- Los que mueren en gracia de Dios y nada tiene que purgar, se van enseguida al Cielo.

2.- Los que mueren en gracia de Dios y tienen que pagar alguna satisfacción por sus culpas,  irán primero al Purgatorio, y luego al Cielo para siempre.

3.- Los que mueren en pecado mortal, irán para siempre al Infierno.

4.- Los que mueren con sólo el pecado original, no verán a Dios claramente, pero que, fuera de eso, no tendrán que sufrir otra pena ninguna.

Por lo tanto, las almas de los niños abortados no pueden ir al Cielo, pues aunque no tienen pecado venial alguno, llevan la culpa del pecado original.

 

¿Los que mueren sin bautismo pueden ir al Cielo?

Para ir al Cielo es necesario estar bautizado, pues solo el bautismo nos hace hijos de Dios. Por esta razón, la Iglesia Católica ha insistido siempre en la importancia de bautizar a los hijos a la brevedad posible.

El numeral 1213 del Catecismo de la Iglesia católica es bastante especifico sobre este punto:

El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu («vitae spiritualis ianua») y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión.

 

¿Es el aborto un bautismo de sangre?

No faltan quienes sugieren, que los niños que mueren abortados (lo cual implica necesariamente una muerte cruenta) reciben el Bautismo de Sangre, y que en consecuencia, ya están en el Cielo. El Bautismo de sangre es el bautismo que obtiene un persona por medio del martirio (cuando no ha recibido el Bautismo); es decir, por soportar pacientemente la muerte violenta por haber confesado la fe cristiana o practicado la virtud cristiana. Los niños asesinados en el vientre de sus madres, no tienen conciencia de esto, ni mucho menos mueren por la fe.

Y el numeral 1258 del Catecismo de la Iglesia Católica nos dice:

“Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento”.

De esto se desprende que los niños abortados, no reciben el Bautismo de Sangre.

Pero Cristo dijo: «Dejad que los niños vengan a mi»

En muchos sitios en los que se promueven novedades teológicas o teología «Light», se sugiere que las almas de los niños abortados van al Cielo por que Cristo así lo habría dejado «entrever», sacando totalmente fuera de contexto algunas palabras del Divino Redentor. Para ello suelen citar:

“Dejad a los niños, y no les impidáis que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos”

(Mt 19, 14; cfr. Lc 18, 15-16)

“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí”

(Mc 9, 37)

“Os aseguro que si no cambiáis o no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”

(Mt 18, 3)

“Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos”

(Mt 18, 4)

Pero la realidad, es que Nuestro Señor pronuncia estas palabras, cuando es preguntado por sus discípulos:

«¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?»

(Mateo, 18)

Cristo responde a esta pregunta haciendo referencia a la humildad, a la pureza, a la inocencia y todas aquellas virtudes tan presentes en los niños. Si no nos hacemos como ellos, no entraremos en el Reino de los Cielos. Manipular las palabras de Cristo de esa manera, sugiere que los niños (absolutamente todos y solamente por su condición de tales) van al Cielo, dejando de lado la necesidad del Bautismo: «Solo el bautismo nos hace hijo de Dios».

 

Argumentos teológicos de razón

Dejando ahora los documentos eclesiásticos, pasemos a argüir, con argumentos teológicos, no de autoridad, sino de razón. Estos se pueden reducir a los siguientes:

Primero: No hay razón ninguna para afirmar que aquellos que no cometieron ninguna culpa personal sean castigados con otra pena que la privación de un premio excepcional al que estaban destinados por pura benevolencia de Dios, ya que excede soberanamente la capacidad o posibilidad natural del hombre.

Segundo: Un tal castigo, es decir, un tormento positivo, sería contra la bondad de Dios.

La misma privación de Dios (pena de daño), que atormenta a los condenados, por que por sus culpas personales se hicieron indignos de ese premio, no causará tristeza ninguna a los que mueren con sólo el pecado original, ya que nada saben de ese premio, y dado el caso que lo supieran, lo conocerían como enteramente desproporcionado a su capacidad natural.

La dificultad que tanta fuerza hemos visto hacía San Agustín de que el juicio universal habían de estar presentes todos los hombres y que los que no vayan al Cielo han de ir al Infierno, la resuelven fácilmente los teólogos. Es verdad que los que mueren con sólo el pecado original están también presentes en aquel juicio, pero no para ser juzgados, ya que nada hicieron por lo que puedan serlo, sino para ver la Gloria del Juez.

A su vez, los que son puestos a su derecha lo son por sus buenas obras, y los de la izquierda, por las malas. Como ellos no hicieron ni unas ni otras, no estarán ni entre los que vayan al Cielo ni entre los condenados al fuego eterno.

Según parecer de los entendidos, muchísimos mueren en el seno de su madre antes de nacer, no ya sólo por la malicia de los hombres, sino incluso por causas meramente naturales, en las que para nada interviene la voluntad de los que le dieron el ser. Se pierde sencillamente su vida en el seno materno, como se pierde la de muchas flores en los árboles. Preocupados por ello, los teólogos trataron de salvar el mayor número posible, pero llevados de su buena voluntad, algunos extendieron más de lo justo el número de los que podrían salvarse e ir a gozar de los premios de los bienaventurados.

Desde luego, sobre este tema Roma tiene la última palabra; pero, ateniéndonos a lo que se ha venido enseñando en la Iglesia, y que puede designarse como la doctrina tradicional de la misma.

 

¿Van las almas de los niños abortados al Cielo? | Fuentes

¿Van las almas de los niños abortados al Cielo?

Con fragmentos extraídos del libro del P. Jesús Bufanda, S.I. “Teología del más allá” Edit. Razón y Fe-1951
(1) Concilio de Trento, sesión 5ª, decreto sobre el pecado original, D., 791
(2) D., 693.
(3) D., 464.
(4) D., 410.
https://radiocristiandad.wordpress.com/2007/06/01/el-limbo-de-los-ninos-teologia-del-mas-alla/