Una noche de navidad


Era el día de Navidad y toda la gente se dirigía rumbo a la iglesia, excepto la abuela y yo. No se nos había permitido ir, porque ella era demasiada vieja y yo demasiado joven. Y estábamos tristes, las dos, porque no nos habían llevado a misa temprano para escuchar los villancicos y  para ver las velas navideñas.

Pero mientras estábamos sentadas allí en nuestra soledad, la abuela comenzó a contar una historia…

Había un hombre que salió en una noche muy oscura para pedir prestado algunos carbones  para encender un fuego. Fue de casa en casa, llamando a la puerta.

– Queridos amigos, ¡por favor ayúdenme! Mi mujer acaba de dar a luz a un niño, y debo hacer un fuego para calentarla a ella y al pequeño.

Pero como era de noche  y todos ya estaban dormidos, o metidos en sus camas, nadie salió a responder su llamado.

El hombre caminó y caminó. Por fin vio el brillo de un fuego muy lejos y anduvo en esa dirección, y vi que el fuego estaba ardiendo al aire libre. Muchas ovejas estaban durmiendo alrededor del mismo un viejo pastor hacia guardia sobre el rebaño.

Cuando el hombre que quería pedir prestado fuego se acercó a las ovejas, vio que tres grandes perros también yacían dormidos a los pies del pastor. Los tres despertaron cuando el hombre se acercó. Hicieron como si fuesen a ladrar, pero no ladraron.

De pronto, el hombre notó que los pelos de los lomos de los perros estaban erizados y sus puntiagudos dientes, se distinguían blancos a la luz del fuego. Sintió que uno de ellos le mordía en la pierna, el otro en la mano y el tercero en la garganta, más sin embargo, el hombre no sufría ningún daño.

Cuando el hombre estaba a punto de llegar a tomar del fuego que necesitaba, el pastor despertó. Se trataba de un hombre muy viejo, poco amistoso que trataba mal a los desconocidos. Tomó su cayado, largo y puntiagudo, que siempre tenía a mano para defender a su rebaño y se lo aventó, pero este falló el blanco y fue a caer lejos en el prado.

Ahora el hombre se acercó al pastor y le dijo:

– Buen hombre, ¡ayúdame y permíteme tomar de tu fuego! Mi esposa acaba de dar a luz a un niño y debo hacer un fuego para calentarla a ella y al pequeño.

El pastor hubiera preferido decir que no, pero cuando reflexionó que los perros no podían lastimar al hombre y que las ovejas no habían corrido de él, y que su cayado no había podido golpearlo, sintió un poco de miedo y no se atrevió negar a aquel hombre lo que pedía.

– ¡Toma todo lo que necesites!», le dijo al hombre.

Pero mientras todo había tenido lugar, luego el fuego casi se había apagado. No quedaban troncos ni ramas, solo un gran montón de carbones vivos; y el extraño no tenía ni pala ni cubeta donde podía llevar las brasas al rojo vivo.

Cuando el pastor vio esto, dijo de nuevo:

– «¡Toma todo lo que necesites!»

Y se alegró de que el hombre no pudiese quitarle ningún carbón. Sin embargo, el hombre se agachó y recogió carbones en brasas con sus manos desnudas, y luego los puso sobre su manto. No se quemó ni el manto ni se quemaron sus manos. De hecho llevaba los carbones encendidos recogidos en su manto como si fuesen manzanas.

Y cuando el pastor, que era tan hombre cruel y de corazón duro, vio todo esto él comenzó a preguntarse a sí mismo:

– ¿Qué tipo de noche es esta en la que los perros no muerden, las ovejas no tiene miedo, y los bastones no matan ni una mosca?

Llamó al desconocido y le dijo:

– ¿Qué clase de noche es esta? Y ¿Como sucede que todas las cosas te muestran compasión?

Entonces dijo el hombre:

– No puedo decírselo si usted no es capaz de verlo por sí mismo.

Y diciendo esto, se dirigió de regreso a casa, para poder encender un fuego y calentar su esposa e hijo. El pastor no quería perder de vista el hombre antes de descubrir lo que todo esto podría presagiar. Se levantó y siguió al hombre hasta que llegó al lugar donde vivía.

Entonces el pastor vio que el hombre ni siquiera tenía su morada en una humilde choza, sino que su esposa y su bebé estaban acostados en la gruta de una montaña donde no habían más que los fríos y desnudos muros de piedra.

El pastor pensó que aquellos pobres podían morir congelados en la fría gruta; y, aunque era un hombre hosco y duro, se sintió conmovido y pensó en ayudarles.

Se quitó la mochila del hombro y sacó de ella una piel de oveja, blanca y suave. Haciendo un ademán, se la alcanzó al hombre, y le indicó la emplease para acostar sobre ella al pequeño.

Pero tan pronto como el viejo demostró que también él podía ser misericordioso, sus ojos se abrieron y vio lo que no había podido ver antes. Vio que a su alrededor había un circulo de ángeles de alas plateadas, y cada uno sostenía un instrumento de cuerda y cantaba en dulces tonos:

Esta noche os ha nacido un salvador que ha venido a redimir al mundo de sus pecados.

Solo entonces entendió la razón por la que el universo todo era tan feliz aquella noche y el mal no había podido dañar a aquel hombre.

Y el pastor vio que habían aún más ángeles a su alrededor. Perplejo y conmovido ante la vista de la humilde escena de una pobre familia cobijada dentro de la fría gruta, entro en ella y se sentó al lado del niño y sintió en su corazón, la misma gran alegría que lo llenaba todo.

Los ángeles también se acercaban a ver al niño y al hacerlo, en sus rostros se reflejaba un gran jubilo y alegría.

Todo esto tenía lugar en una oscura y fría noche… en la que no había sido capaz de distinguir nada. Ahora el viejo estaba feliz, porque se le habían abierto los ojos. Cayendo de rodillas frente al pequeño niño, pidió perdón y agradeció a Dios…

Mi abuela suspiró y dijo:

– «Aquello que vio el pastor, lo podríamos ver también nosotros cada Navidad, si tan solo quisiéramos verlo.

Entonces la abuela puso su mano sobre mi cabeza y dijo:

«Debes recordar esto, porque es cierto, tan cierto como que yo te veo a ti y tu me ves a mí. No es revelado por la luz de las lámparas,o de las velas, y no depende tampoco del Sol y la Luna. Solo es es necesario que seamos misericordiosos. Solo entonces nuestro los ojos se abrirán para ver la gloria de Dios «.