Un tema tabú: el mal y los demonios


Sea por vergüenza, ignorancia o culposa ignorancia, el demonio y la acción preternatural son eternas ausencias en la espiritualidad moderna. Por otra parte, el relativismo cultural ha eliminado de la mentalidad moderna la existencia del mal y le suplanta por el «error». ¿Existe el mal? ¿Cómo actúa el demonio? El absurdo de los escépticos y los engaños que habitualmente utiliza el demonio para seducir al hombre.

¿Error o mal?

No es necesario hacer una encuesta masiva para saber – usted y yo lo vivimos diariamente – de qué formas toma carne el mal para la mentalidad popular. Pero si tuviésemos la oportunidad de hacer esta encuesta, encontraríamos un reflejo de aquello que vemos condenar a nuestro derredor en numerosas oportunidades, y que nosotros mismos detestamos con similar desagrado.

Si nos preguntamos en qué se personifica el mal, vendrán a nuestras mentes todo tipo de clichés de hoy, como por ejemplo: la pérdida de la libertad para hacer lo que nos entre en gana, el fanatismo religioso, la corrupción de los dirigentes (en tanto nos toca los bolsillos a todos), la guerra sea cual fuere su motivo, la droga «dura» y alguna que otra cosa del mismo estilo. Veremos, si preguntamos esto a nuestros familiares y amigos, que el mal – si existe – toma forma en el ámbito absolutamente humano, y tiene que ver, en mayor o menor medida, con lo proclamado por alguna de las revoluciones anti-católicas que sacudieron al mundo en los últimos cinco siglos.

Si la infidelidad, la usura, el divorcio, la corrupción a pequeña escala, la falsedad doctrinaria, la convivencia con la mentira, la lujuria, el error, la falta de caridad, etc., fuesen tan condenados y odiados como lo antes mencionado, no estaría tan dañada la sociedad como ahora se encuentra. Sin embargo, vemos en la mentalidad común del hombre moderno casi hasta una simpatía con la infidelidad («una canita al aire»), en tanto no le toque en lo personal, y, ¿qué tiene de malo la usura? ¡va totalmente al tono con las leyes del mercado! Y, ¿aquél tomó un dinerillo que no le correspondía? Se entiende, con lo poco que cobra… ¿Falsedades doctrinarias? ¿Acaso no tiene cada quien derecho a creer en lo que quiera? Y la lujuria no existe, no es más que la liberación de los prejuicios y tabúes que imponía la religión de antaño… Ese otro se divorció, y sí… el amor se había terminado, ¿para qué seguir juntos?

Así, uno tras otro, van cayendo los sofismas que nos tienen hundidos hasta el cuello en un mal que no se deja ver como tal. Antes que nada, hay que aclarar que a una sociedad relativista se le antoja, obviamente, que el mal es relativo. Por ello, lo que para mí es malo, puede no serlo para otro, y así, el mal en sí mismo no existe sino que es una forma diferente o – con suerte – errada de hacer o entender las cosas.

Pero el relativismo, nunca nos cansaremos de decirlo, es tan ilógico que dogmatiza la relatividad, cayendo con uñas y dientes sobre quien no está de acuerdo, por lo que quien ama una verdad y es por lo tanto contrario a todo lo que sea contrario a tal verdad, queda «excomulgado» ipso facto de la buena opinión pública – si se nos permiten utilizar en paralelo los términos religiosos que tanto detesta el mundo de hoy – por fanático, por «ultra», por desear que otros conozcan y amen la misma verdad.

Siguiendo el hilo lógico de estas líneas, podríamos empezar con una breve conclusión de la sociedad moderna: «el mal, si existe, es todo lo que atente contra mis intereses, entre los que se encuentra incluso la libertad de hacer cosas que sé que no son buenas, pero como mis intereses sólo tienen que ver conmigo y son distintos a los de mi vecino, el mal es relativo a la persona y el resto de lo que no está bien hecho debe ser calificado como ‘error’». Así, mentir es errar, ser supersticioso es errar, maltratar es errar, ser alcohólico y atacar a alguien es estar enfermo emocionalmente, ser sádico es otro tipo de enfermedad, robar es una necesidad mal enfocada y finalmente, eso sí, querer implantar una forma concreta de ver las cosas, es malo.

Pero los católicos no podemos pensar así. Para nosotros el mal existe y está muy bien definido. Al error y la imperfección los corregimos formándonos, controlamos nuestros vicios y educamos las virtudes, y reconocemos, condenamos y enmendamos el mal en que hemos incurrido pecando. Es muy importante que nos quede, pues, una claridad meridiana respecto a este punto: cuando una persona que sabe lo que es bueno hace lo contrario, no está «equivocada», sino que está «haciendo algo malo».

No es lo mismo que alguien se equivoque en el resultado al sumar dos números, a que conociendo el valor del matrimonio, decida romper la fidelidad por su incontinencia, por dar un ejemplo. Así, todo lo que contraviene a los mandamientos, es mal y así debe ser llamado, dado que todo lo que viene de Dios es bueno, y donde hay ausencia de bien (porque hacemos lo contrario) queda el mal.

El demonio de la compañía

Esta larga introducción se hizo forzosamente necesaria, lamentablemente, para poder afrontar el tema del demonio con la base firme de la comprensión del mal que él promueve.

Aunque es relativamente fácil encontrar hoy en día algún que otro libro de exorcismos o relatos de posesiones diabólicas, el católico actual se encuentra con la desgraciada carencia de material serio y amplio relacionado con el accionar diabólico.

Con la llegada de la Nueva Era, los olvidados ángeles retornaron a la memoria, mas volvieron deformados, rodeados de superstición e inconsistencia. Los demonios, por su parte, no tuvieron espacio en la consideración de nadie. ¿Quién piensa hoy que, además de un ángel de la guarda, hay un demonio que mira constantemente por su perdición?

Pero el mantener los ojos cerrados, jamás ha sido el remedio que borrara de este mundo aquello que no nos gusta. Los demonios existen, y la humanidad entera ha sido testigo de su accionar a lo largo de toda la historia.

Es importante, entonces, recuperar la memoria respecto a los demonios, para no ser presa fácil de los mismos, como lo somos ahora. Y podríamos empezar diciendo, como recién esbozáramos, que al mismo tiempo que tenemos un ángel de la guarda, que nos protege y ayuda en el camino hacia el Cielo, hay un demonio que llamaremos «de la compañía» o «de la perdición», que nos conoce tan profundamente como nuestro ángel, que sabe de nuestras flaquezas, temores y vicios, y busca constantemente alejarnos de Dios y de Su gloria, para lo que fuimos creados.

Esta afirmación nos lleva a la siguiente: así como existe un ángel de la guarda personal, un ángel familiar, un ángel institucional, uno para el país, otro para la cultura, uno más para determinado período histórico, etc., ascendiendo en jerarquía según sus funciones (ángel, arcángel, principado, virtud, potestad, dominación, trono, querubín y serafín), existe su contrapartida demoníaca con igual jerarquización y capacidad en cuanto a su naturaleza.

¿Es lógico, por tanto, negar una realidad tan importante en cuanto convive con nosotros, nuestras familias y pueblos, y «colabora» a nuestro daño y el de Dios con tanto ahínco como los ángeles quieren lo contrario?

Es fundamental, luego de comprender este peligroso «olvido» (que el mismo demonio fomenta para su mayor libertad de acción), recordar en nuestras oraciones el exorcismo con tanta perseverancia como recordamos rezar a nuestro ángel para ser socorridos y guiados por él. ¿Acaso si tuviésemos a un peligroso enemigo constantemente a nuestro lado, no tomaríamos las precauciones necesarias? ¿Por qué entonces hacer caso omiso a la acción de nuestro enemigo espiritual que constantemente nos acompaña?

Dice San Cipriano que el enemigo infernal se porta con nosotros como un capitán que con sus armas tiene estrechamente sitiado el castillo; da vueltas alrededor, observando atentamente cuál será la parte más débil, cuál la más segura, para dar por ahí el asalto y asegurar la victoria. Así el enemigo da siempre vueltas a nuestra alma, nota cuál sea la pasión frágil y la inclinación más a propósito para asaltarla por aquella parte y sujetarla en su tiránico dominio.

San Cipriano el brujo y Santa Justina

Cipriano el brujo intenta enamorar a Justina con la ayuda del demonio tal y como se representó en un manuscrito del siglo XIV. Crédito: Dominio público.

San Antonio del desierto, Santa Gemma Galgani, Santa Francisca Romana, el Santo Cura de Ars, entre muchísimos otros, tuvieron la gracia del Cielo de poder ver a sus incansables tentadores. Gracia invaluable si pensamos en el enorme favor que nos hace tener conciencia del peligro que corremos, para poder remediarlo refugiándonos a los pies de Nuestro Señor y su Santísima Madre.

¿Qué pensaríamos de una persona que se expone al peligro sin ninguna cautela ni interés, y se mofa de quienes le previenen? Esto hemos hecho en los últimos años, dando caldo de cultivo a quien solo necesita que la guardia esté baja para hacer su trabajo. El demonio, como el ángel de la guarda, jamás se cansa y jamás deja de lado su acción sobre nosotros. Si nosotros lo olvidamos, él no lo hace, y continúa obrando. Mientras más nos afanemos en ignorarlo, sea por desidia, sea por incredulidad, sea por «mirar sólo lo bueno» al mejor estilo new age, más libertad de acción le daremos, y menos protegidos contra él nos hallaremos.

Hoy, como nunca, él ríe a carcajadas ante nuestra culpable ignorancia. Basta detenerse en algún canal televisivo con acento en lo «paranormal», para descubrir que gran parte de lo que así califican está teñido con tintes demoníacos. Esto que puede ser tomado por fanático o extremista, es tan cierto como la poco querida frase proclamada en los Salmos (95, 5) de que «todos los dioses de los gentiles son demonios». Basta con que observemos el fin al que nos llevan las consecuencias prácticas de las creencias promovidas por tales canales (por tomar un ejemplo), para ver la pezuña de nuestro enemigo.

¿Por qué tememos afrontar la opinión pública afirmando como nuestra Santa Fe lo ha hecho por siglos, que aquello que nos aleja de Nuestro Señor, sea en su enseñanza, en sus mandamientos o en Su Cuerpo Místico, viene de aquel del que nos estamos ocupando?

Debemos dejar las medias tintas: «esto no es tan malo porque en tal punto hace bien a las personas», o «no es tan grave que esa persona esté ‘equivocada’ en ese punto». Si pensamos en términos de salvación y perdición, no hay mal a medias, y no hay «equivocaciones» que no cuesten carísimas a Nuestro Señor y a las almas.

El diablo vendiendo cruces

Llegados a este punto, es fundamental que nos quede absolutamente clara la forma en que puede actuar un demonio. Para ello debemos tener en cuenta que los demonios, como es obvio, son de naturaleza angélica, y por lo tanto, poseen una capacidad y una inteligencia muchísimo mayores a las de los hombres.

Recordemos que, como muchas veces explicamos, entre los distintos reinos de la Creación (mineral, vegetal, animal, humano y angélico), el ángel se encuentra en el más alto en cuanto a capacidades y perfecciones. Por lo tanto, los demonios se han deformado de su antigua perfección, pero no han perdido las capacidades de su naturaleza original. Esto lo decimos dada la común creencia de que ellos se comportan de formas siempre previsibles y evidentes, tontas y controlables.

Imaginemos a un hombre perverso, que desea por algún motivo hacerle un daño a otra persona. Puede, por supuesto, ir a la casa de su víctima, romper todo, lastimarla e irse. Pero también puede, y hasta conseguiría en algunos planos un daño aún mayor, acercarse a su presa con rostro de inocencia, e ir socavando los cimientos de quien, engañado, confía en él como un amigo.

Cabe suponer sin temor a equivocarse, por lo tanto, que el demonio no es más burdo y evidente que un simple ser humano. La imagen del demonito rojo arriba de nuestro hombro izquierdo, instándonos a cometer «una diablura» en contrapartida al angelito tonto que con voz acaramelada nos indica el buen camino, es obviamente de su propia cosecha, en tanto nos lo hace ver como poco peligroso y hasta «más divertido» que al ángel, y a este último como poco interesante y, por sobre todo, poco inteligente.

El demonio, pues, ha «doblegado» temporalmente su orgullo haciéndonos creerlo tonto, porque, en su innegable astucia, ésta es la mejor forma de bajar nuestras barreras subestimándolo.

Existe, por tanto, gran cantidad de medios en que la acción preternatural toma forma. La hay para el satanista, la hay para el perverso, pero también la hay para la buena persona e, incluso, para la de gran piedad. ¿Y acaso serviría que el demonio se presentase como bestia infernal a una dama que está rezando, para inducirla a pecar? ¿Nosotros mismos seríamos tan tontos si tuviésemos esa intención?

Por este motivo, se han escrito grandes obras de discernimiento espiritual, que sirven para dilucidar el trasfondo de nuestros movimientos espirituales, y que determinan tras un cuidadoso estudio si una aparición, una luz interna, e incluso un movimiento de supuesta virtud (sospechoso en alguna medida) es de Dios o del demonio. Si nos acostumbramos a ver al mundo como un campo de batalla, en que las almas ganan gloria para Dios, su Señor, o perecen en manos del enemigo, cada cosa tendrá una luz que podremos discernir en el fin al que nos lleva, el Cielo o el Infierno.

Pero desgraciadamente, el discernimiento está tan perdido hoy como la inteligencia y el verdadero amor al Bien. Así, oímos por doquier que algo es bueno porque buenos son sus frutos, como la conversión, el «fervor» (puede leer sobre el verdadero fervor en el libro que estamos publicando), el sentimiento de dulzura y la vida de piedad que nace de tal o cual aparición.

Pensemos, ¿acaso no vive la misma radicalidad de conversión de vida quien decide hacerse protestante? ¿acaso no es «fervoroso» en su dedicación de vida, y no llena la misma con su fe y las explicaciones que ésta le da del mundo?

También podríamos ver con impresionados ojos el rotundo cambio de vida de alguien que se une a una agrupación hinduista que siga a algún gurú: de pronto hace ayuno, medita incansables horas, abandona la carne para siempre, modera su carácter. ¿Estos frutos nos indican que es bueno el árbol? No. Lo importante no es en sí la radicalidad del cambio, o el aparente bien del mismo, sino el fin al que nos lleva.

Para dar un ejemplo sencillo podríamos imaginar a una mujer casada y con hijos que sueña con vivir una vida de contemplación, renunciamiento y oración hasta el punto de descuidar su deber de estado. Esto que parece bueno no lo es, en la medida de que logra dañar a la buena mujer en su deber y carisma, proponiéndole aquello que no es su vocación.

Resumiendo, los frutos, para ser buenos, deben ser constantes y mirar al bien de Dios y de las almas en todos sus aspectos: doctrinarios, espirituales, humanos, etc. Cualquiera de estos puntos que esté descuidado, deja al fruto como una manzana picada por un gusano, que es el mismo demonio.

Decíamos antes que para cada quien tiene el demonio una estrategia basada en las debilidades y fortalezas de quien quiere llevar a la perdición. Una de tales estrategias es la de llevar a una buena persona a caer en pequeñas cosas, y así va trocando sus buenas costumbres en malas tendencias, que terminan a la corta o a la larga en pecados formales. No en vano dice la Sagrada Escritura que quien es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho. Podríamos también verlo a la inversa, y quien ha ido cediendo en lo pequeño, termina haciéndolo en lo grande.

Podríamos detenernos a enumerar las diversas tentaciones con que nos acomete el enemigo en cada campo de nuestras vidas, incluso en el momento de oración, tales como la autosuficiencia o por el contrario la desesperación, pero el objetivo de este dossier es poder ver que esta funesta acción existe y no debe ser negada, y así comenzamos a hablar de aquello en que nadie se pronuncia, dejando para otra oportunidad el hilado fino, ya que lamentablemente sólo se puede empezar a edificar una pared por los ladrillos de abajo.

Acción declarada

Más de un escéptico, incluso dentro de las filas de nuestra religión, mirará con desdén toda esta explicación, olvidándola momentos después de sentenciar que somos unos «oscurantistas» que hemos quedado detenidos en el tiempo. A ellos, y a quienes no están del todo convencidos, nos gustaría hablar de la concatenación de los hechos en el mal. ¿Qué es esto?

El psicoanálisis se ha encargado de hacernos creer que no existen más que los demonios internos del hombre, fruto de sus traumas, de sus prejuicios y su represión. Esto ha hecho un indecible daño en nuestras defensas, incentivando la liberalización de toda suerte de aberraciones y la pérdida de «tonus muscular-espiritual» para afrontar los ataques de que somos objeto.

Estas personas, sin embargo, no pueden explicar la concatenación de los hechos en el mal, es decir, el desarrollo de los pasos necesarios para generar males que trascienden la vida de un hombre o incluso de un período histórico.

Si observamos la historia, gran maestra de quien se detiene a estudiarla en sus errores y aciertos, veremos que en diversas circunstancias, con apariencias en ocasiones «contradictorias», hay males que han requerido de muchos ideólogos, tendencias y accidentes diversos para llegar al estado en que hoy se encuentran, y que pueden seguir degenerando mucho después de que nosotros hayamos abandonado este mundo.

El amor al igualitarismo, por dar un ejemplo, con su consecuente odio a la jerarquía, a la obediencia, a la Santa Iglesia y el orden creado en último término, necesitó de importantes revoluciones (protestantismo, revolución francesa, comunismo y revolución cultural del ’68), aparentemente en nada relacionadas unas con otras en intenciones y demandas, para tomar la forma que hoy tiene en la mente de toda la sociedad, casi sin variaciones a nivel popular.

Esta relación de sucesos que ingenuamente podrían verse como aislados, e incluso en algunos casos perdidos en el tiempo, tienen por fuerza un promotor que trasciende el corto período de la vida de un hombre, y que puede ir llevando las riendas de determinado mal, con un claro objetivo como el antes mencionado, a lo largo de generaciones, culturas e incluso, civilizaciones: he ahí, al demonio, conocido bajo distintas concepciones por todas las culturas y épocas del mundo, que siempre ha promovido su propia religión (que hemos llamado gnosticismo en numerosas ocasiones para efectos simplificadores) con algunas variantes, que ha trabajado incansablemente en derruir todas las bases fundamentales del hombre: su religión, su dignidad, su familia, etc.

Hoy, como nunca, estamos a su merced. Por falta de formación y de práctica, caemos en sus redes con una facilidad increíble. En el presente, como nunca antes – dado que hemos podido degustar el sabor de las cosas bien hechas como nuestra Santa Iglesia nos ha enseñado – hemos caído en los abismos más abyectos, con la indiferencia hacia el mal o incluso la promoción del mismo en erigirnos como nuestros propios dioses, en determinar la muerte de millones de indefensos niños en los vientres maternos, en alentar la lujuria y el libertinaje, en la carencia de principios rectores y tantísimos otros horrores que vemos circular dentro y fuera de nuestras casas sin oponerles ninguna resistencia.

Pero, gracias al Cielo, basta que el pecador quiera cambiar para que Dios venga inmediatamente en su ayuda. Si estamos con Dios nada debemos temer, no por temerarios, sino porque, si actuamos bien, nuestra casa está defendida de los ataques del enemigo. Y Nuestro Señor, que no dudó en dar Su vida por nuestra salvación, espera que nos arrojemos en sus brazos con confianza y rectitud de vida. Así, poco podrá hacer contra nosotros quien hasta ahora nos ha dominado, y diremos, junto a Santa Teresa de Ávila, sabedores de su existencia pero felices de no ser harina para su costal: «¡una higa para los demonios!».

 

Fuentes
http://web.archive.org/web/20020605025233fw_/http://www.cristiandad.org/investigaciones/existedemo.htm