Todo sobe la Confesión: Sacramento de Sanación

EL objetivo y el fin del Cristiano es la Santificación, somos llamados a ser una Nación Santa, somos llamados a ser Santos porque el Señor que servimos es un Dios Santo. Como nuestras transgresiones nos hacen perder la Santidad, el fin de la Confesión no es solo el perdón de los pecados, es llevarnos a la Reconciliación con Dios y restablecer la Santidad que adquirimos el día del Bautismo por medio de la Gracia. Cada Confesión es un Nuevo Nacimiento pues somos restaurados a la condición de hijos de Dios.

El Sacramento de la Confesión no sólo perdona los pecados, este sacramento Sana y Libera, es por esto que el Catecismo de la Iglesia incluye el Sacramento de la Confesión entre los Sacramentos de Sanación, en la Confesión no solo somos sanados espiritualmente, también somo sanados de las enfermedades que tienen su origen en el pecado, en el Sacramento de la Confesión también somos liberados poderosamente de ataduras y acciones del enemigo de lo Santo.

Cuando pecamos, perdemos esta Gracia. En la Confesión, y por el poder de Jesús, no solo se perdonan los pecados, sino que también se da la vida de la Gracia, es un nuevo nacimiento del alma muerta por el pecado. Qué poco conocemos y valoramos este poderoso medio de vida dejado en las manos débiles de la Iglesia!

En el evangelio de San Juan, exactamente en Juan 20:23 Jesús nos habla específicamente del pecado, no se habla de “atar y desatar” en una manera amplia como en el texto de San Mateo 16, 19, aquí Jesús se refiere muy directamente al perdón de los pecados.

Les dijo: «¡La paz con vosotros! ». Dicho esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de Gozo al ver al Señor. El les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes!«. Así como el Padre me envió a Mí, así los envió Yo a ustedes ». Dicho esto sopló sobre ellos: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdones, queden perdonados y a quien no libren de sus pecados, queden atados. »

Este es un pasaje de gran solemnidad. Son las primeras palabras del Resucitado a sus apóstoles en congregación, son las primeras palabras de Jesús a sus discípulos después de la Redención.

Jesús establece un paralelismo entre la misión que le encomendó el Padre y la que Él les encomienda. El Padre le dio una misión: La Redención, Jesús la cumplió a cabalidad y ahora El envía a sus escogidos para mantener el ministerio con una misión nueva: Ser los administradores de la consecuencia de la Redención, del perdón de los pecados. ¿Por qué? ….Misterio  que sólo Jesús , su Padre y el Espíritu conoce, y que a nosotros no nos corresponde enjuiciar, sino creer en Fe.

Para reafirmar este poder les da solamente el Espíritu Santo, no para la misión de la Iglesia carismática como el Pentecostés, sino que es una “Unción Especial” para impartir este ministerio que es dado solo a los apóstoles, no a la congregación de los seguidores de Jesús. Este soplo del ESPÍRITU sobre los Apóstoles hay que relacionarlo con el Soplo del PADRE en Génesis 2,7 donde le da “Infusión de vida a Adán, Aquí Jesús infunde “Vida nueva” al darle poder a la Iglesia naciente de perdonar al pecador en muerte espiritual y darle la vida nueva en CRISTO merecida en la cruz del Calvario.

Los protestantes  interpretan que cuando Jesús habla de perdón de los pecados, se refiere a una predicación de arrepentimiento y establecen un paralelismo con Lucas 24, 46-47, pero seria absurdo pensar que Jesús le da este poder a Apóstoles de forma tan solemne cuando ya lo había dado anteriormente. Tampoco se refiere Jesús a la intención de que si perdonamos se nos perdona como lo dijo en el Padre Nuestro, pues aquí no se habla del perdón de los apóstoles, sino de un perdón administrado por ellos y que no implica perdón automático de ellos. Hay que predicar el arrepentimiento de los pecados, pero esta predicación es absolutamente diferente del perdón en si. Este es el texto básico donde la Iglesia se ha apoyado en los siglos para perdonar los pecados, base más que Evangélica y más clara que muchos de todos los textos en común.

Este perdón no se extinguió con los apóstoles, como no se extinguió el mandato de predicar y bautizar al morir los Apóstoles, sino que continuó en los sucesores hasta el día en que Jesús regrese a entregar el reino al Padre y ya no exista mas pecado por que su autor ya ha sido aniquilado.

La Confesión tiene una dimensión espiritual que se escapa a los que no tienen los ojos abiertos a la realidad del Espíritu, y es la de experiencia de Gracia. Somos imagen y semejanza de Dios en nuestro espíritu (que es lo que tenemos semejante a El) nuestro espíritu vive por la Gracia, es la Gracia lo que nos da la Santidad por la cual hacemos patente nuestra filiación divina. Como decían los Padres de la Iglesia “Lo que en Dios es por Naturaleza en el hombre lo es por Gracia” o sea somos semejantes a Dios por la Gracia Santificante.El pecado destruye la vida espiritual desde el momento en que perdemos la Gracia, podemos decir que el pecado es la muerte del espíritu, la vaciedad del hombre, la nada espiritual, esto nos lleva a Adan-barro. Cuando Adán fue creado tenia forma humana, era humano pero no tenia vida, dice la Santa Palabra que Elohim-Dios sopló aliento de vida y Adán vivió y reconoció la maravilla que Dios le había dado, con este soplo de vida entro el Espíritu Santo (rua) y con el Espíritu, la Gracia.

“Entonces, el Señor Dios formó al hombre con polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida y existió el hombre con aliento de vida”

Génesis 2, 7

El Señor Dios solamente sopla dos veces en toda la historia de la salvación, la primera el día de la creación del hombre,la Segunda la tarde de la Resurrección, veamos:

“ Dicho esto, sopló sobre ellos: Reciban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pecados les queden perdonados, y a quienes no liberen, queden atados”

San Juan 20, 22

Es muy significativo que el Señor sople dos veces sobre el hombre y en ambos casos da el Espíritu Santo, que consecuencia trajo el primero de estos soplos? La vida y la Gracia! Eso mismo hermano es lo que da Jesús por medio de su soplo divino a su Iglesia para ministrar, es por eso que dijo “Así como mi Padre me envío Yo los envió” es un verdadero envío el que da Jesús a su Iglesia para dar la vida de la gracia en la Confesión.

Precedente bíblico del sacramento de la reconciliación

El Pueblo de Israel era un pueblo que conocía que su Dios era un Dios Misericordioso (Éxodo 34, 6-7), sin embargo instituyó liturgias externas para tener la seguridad del perdón que sabían su Dios otorgaba, así vemos en el Levítico:

Si un hombre cualquiera del pueblo peca por inadvertencia, haciendo algo prohibido por Yavé, volviéndose culpable. En cuanto se le indique el pecado cometido presentará como ofrenda una cabra sin defecto, pondrá la mano en la cabeza de dicha víctima por el pecado y la degollará en el altar de los holocaustos. El sacerdote mojará su dedo en la sangre y tocando los cuernos del altar de los holocaustos derramará el resto en su base.. Así se hará expiación por el que ha cometido la falta y será perdonado.

Levítico 4, 27-31 27

El acto externo aseguraba al creyente la posesión del perdón prometido. Dios perdonaba, pero el hombre por medio de un gesto hacia público su condición de pecado y su arrepentimiento.

El corazón del Culto de Israel que eran los Sacrificios exigían la Confesión audible del pecado cometido cuando el Sacrificio era ofrecido por este, en todos los Sacrificios a excepción de los de primicias y Diezmo y el del cordero de la Pascua, se imponía las manos sobre la victima, el Sacrificio más importante de todo el judaísmo, era La Ofrenda por el pecado, estos sacrificios eran validos sólo si había un profundo arrepentimiento del oferente.

 

El sacramento de la reconciliación en la iglesia naciente

En San Juan 16, 12-13, el SEÑOR Jesús nos claramente que cuando venga el ESPÍRITU de la Verdad, este va a revelar todas las cosas que El no ha dicho. La Iglesia después de Pentecostés comenzó el ministerio del perdón esa misma mañana, cuando Pedro proclama el Bautismo para el perdón de los pecados, (Hechos 2, 38). La Iglesia primitivamente como nos lo dice I Corintios 5, 1-5 excluía de su seno a los pecadores y los recibía en la comunión de los santos si se arrepentía II Corintios 2, 5-11, esta era la manera primitiva de ejercer el don de perdonar. Ya a fines del siglo II se impone una forma apostólica de perdonar que aparece veladamente en I Timoteo 5, 22:

No impongas a nadie las manos a la ligera no sea que te hagas cómplice de los pecados de otros.

Esta imposición de manos no es en modo alguno referente a la ordenación al ministerio, pues desde el versículo 17 Pablo nos habla del pecado. Pablo le dice a Timoteo que no perdone por imposición a la ligera a un pecador so pena de cargar el con futuros pecados, y no solo de los presbíteros pues en el versículo 17 en adelante habla en singular y en el 22 en plural.

El mismo Apóstol Pablo esta consciente de la necesidad que tiene el hombre de la realidad del poder concedido a los Presbíteros para la reconciliación cuando dice:

… y todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo, y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Somos pues embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. Os suplicamos en nombre de Cristo ¡Reconcíliense con Dios!

Aquí san Pablo no le dice a los Corintios que hicieran una profesión de fe aceptando a Cristo como su Señor y Salvador para que se reconcilien con Dios, esta no es la primera vez que San Pablo predica a los Corintios,, sino es la Segunda ocasión,[1] ya los Corintios habían aceptado a Cristo, Jesús es su Salvador. San Pablo se refiere al poder reconciliador que se le ha otorgado a los presbíteros, entonces hay que acudir con ellos para verdaderamente ser perdonados, por que Dios nos perdona por medio de ellos… Aparte de la confesión, lo que nos hace participar del perdón de los pecados es primeramente el bautismo como lo menciona el apóstol Pedro en la primera predicación de la iglesia (Hech 2,38), mas no obstante, sabemos que después del bautismo seguiremos siendo pecadores, y la manera de que nuestros pecados nos sean perdonados es la confesión.

En la Iglesia primitiva la confesión de los pecados era pública como dice el Apóstol Santiago:

Confiesen sus pecados unos a los otros y pidan unos por otros para que se sanen.

Antes de comenzar la Eucaristía los pecadores puestos de pie confesaban sus pecados públicamente y públicamente se daba la absolución por el Presbítero presidente, de ahí proviene el inicio de nuestra Eucaristía “Antes de comenzar los sagrados misterios reconozcamos nuestros pecados” que aun subsiste después de XX siglos, ya de forma simbólica. De ahí también la categoría de Sacramento de Sanación de la Reconciliación.

San Ignacio de Antioquia en el Siglo II en su carta a los Filadelfos 8, 1 decía:

“Eso si, a todos los que se arrepienten les perdona el SEÑOR, a condición de que su arrepentimiento termine en la unidad de DIOS y en el tribunal del Obispo”.

La Didache, el escrito mas antiguo del cristianismo, escrito hacia el Siglo I, dice referente a la confesión en su punto IV, 14:

“En la reunión de los fieles, confesarás tus pecados y no te acercarás a la oración con conciencia mala”.

Entre los siglos VI y VII se efectuó un cambio en la confesión de los pecados de público a privado, esto ocurrió paulatinamente cuando el monaquismo Irlandés se extendió por Europa y los fieles escogieron a estos hombres santos para cumplir lo ordenado por Santiago, no públicamente sino en la presencia de estos monjes de sabiduría y vida santa. El Concilio de Letran en el año 1215 fija la pauta definitiva del Sacramento de la Reconciliación como lo conocemos hoy.

“Yo me confieso con Dios en privado”

Muchos hermanos retan la Confesión diciendo que ellos se confiesan con Dios personalmente, eso no es bíblico…en ningún lugar del Nuevo Testamento dice como instrucción que uno se confiese con Dios directamente, mas bien la única orden que dio Jesús fue poder de perdonar los pecados A LOS APOSTOLES: “A quien ustedes perdonen yo perdono”, esta es la única forma segura de que nuestra Confesión ha sido aceptada por Dios y el perdón ha sido otorgado, pues el Señor que es un Dios fiel no se retracta de la palabra que da ni de la promesa que hace.

“No me confieso ante un hombre como yo”

Tristemente, son muchos los hermanos que argumentan que el Sacerdote es un hombre como cualquier otro, y que como tal, no puede perdonar los pecados. Esto, esto nos lleva a a la pregunta:

¿Puede un hombre perdonar los pecados?

La respuesta es un rotundo no. Nadie ha dicho que un hombre pueda perdonar los pecados de otro hombre, la Iglesia no dice que un hombre puede perdonar los pecados, sólo Dios puede perdonar los pecados, pero nos podríamos hacer también la siguiente pregunta:, ¿Puede un hombre caminar sobre el agua? ¿Puede un hombre hacer milagros? ¿Puede un hombre arrojar demonios? ¿Puede un hombre resucitar muertos? En todas las preguntas la respuesta es no.

Pero ¿que pasaría si Dios otorgara poder a un hombre para caminar sobre las aguas? Caminaría ¿verdad? (Mt 14,25-29) ¿si le diera potestad de arrojar demonios? Podría arrojarlos ¿verdad? (Lc 10,17) (Hech 16,16-18) ¿y hacer milagros y resucitar muertos? También (Hech 3,5-8) (Hech 9,36-41) Entonces ese hombre con el poder que Dios le ha otorgado tiene la facultad de hacer lo que Dios quiere que haga y eso es la Confesión, el hombre ministrando el perdón de la Cruz ordenado por Jesús y capacitado por el Espíritu Santo recibido en Efusión.

Otros dicen que el Sacerdote es un pecador como lo es cualquier hombre pero desconocen que la vida personal del Sacerdote y sus posibles pecados no invalida la Confesión, pues el Sacerdote no ministra con la santidad de su vida sino con el poder de Dios. Es como un juez que imparte justicia con el poder del estado y esta es validad no importa cual sea la vida de este.

Concluyendo, Jesús le da el poder a los Apóstoles de Ministrar el Perdón logrado por Él en la cruz (San Juan 20,23) aunque también nos dice que hay pecados que no se pueden perdonar, como es el caso del pecado contra el Espíritu SANTO.

La Iglesia para nos dice  que  es necesario conocer el pecado  y por tanto confesarlo (para saber si puede ser perdonado o no): para perdonar, para aconsejar y por lo tanto sanar. La condición previa a la confesión y necesaria es el arrepentimiento, sin este, la confesión no es válida.

Confesión sacramental

La confesión sacramental es la acusación de pecados cometidos después del bautismo, hechos ante un sacerdote para recibir su absolución. Esto es también afirmado por el Concilio de Trento.

Condiciones

Los autores antiguos seguidos enumeraron ciertas condiciones para la confesión, algunas necesarias y otras convenientes. Una buena confesión debe ser:

Vocal: Que significa hablada y no por signos o escritura, a menos que haya una causa justa.

Secreta: Nadie está obligado a confesar públicamente sus pecados o a usar un intérprete.

Simple: Es decir, libre de toda narración inútil y sólo de los propios pecados.

Humilde: Pura, es decir, con la intención de recibir la absolución.

Discreta: Que significa no exponer o hacer conocido a ningún cómplice del pecado sin necesidad.

Fuerte y acusatoria: Es decir, sin vacilación ni vanagloria por los pecados.

Verdadera: Ausente de toda mentira.

Respecto a este último punto, es bueno recordar que el que miente en confesión sobre un pecado grave que debe declarar necesariamente, comete un grave sacrilegio y hace la confesión inválida. Mentir sobre algo que no necesita ser confesado es un pecado leve o grave, dependiendo de la materia.

Materia

Al confesar pecados, es necesario tener en cuenta lo siguiente:

  • ¿Qué pecados ha cometido el penitente?
  • ¿Cuantas veces ha cometido ese pecado?

También se han de tener en cuenta todas las circunstancias relevantes que pueden aumentar la severidad del pecado. Por ejemplo, cada uno de estos casos es diferente:

a. Se escandalizó a una persona o a muchas.

b. Se dijo malas palabras descuidadamente o se blasfemó contra Dios intencionalmente.

El que involuntariamente se olvida de algún pecado mortal, no hace una mala confesión y se le perdonan sus pecados, pero tiene la obligación de confesarlos en la próxima confesión que hace.

Contrición

La contrición, que ocupa el primer lugar entre los actos del penitente, es el dolor del alma y la detestación del pecado cometido con la intención de no pecar en el futuro. La contrición es, por lo tanto, el arrepentimiento y el propósito de enmienda. Para tener arrepentimiento es necesario:

1. Tener dolor por los pecados cometidos.

El dolor por los pecados es la abominación del mal por haber ofendido a Dios o porque podemos ir al infierno.  Decimos que el penitente tiene contrición cuando se arrepiente movido por el dolor por haber ofendido a Dios. Decimos que el penitente tiene atrición cuando se arrepiente movido por el temor exclusivo del Infierno. La contrición perfecta permite al penitente ir al cielo sin confesión sacramental. La atrición de requiere la absolución sacramental del sacerdote para tener el mismo efecto.

La Sagradas Escrituras se requiere que el pecador haga penitencia por los pecados que ha cometido. Pide el sentimiento interior de dolor y también alienta las obras externas de penitencia.

El Concilio de Trento, a su vez, enseña: “La contrición, generalmente considerada, es la tristeza del alma con la detestación del pecado cometido y el propósito de no pecar más“.

La doctrina perenne de la Iglesia nos dice que el dolor por el pecado es de naturaleza espiritual, de modo que generalmente trasciende la capacidad de los sentidos y sólo es percibido por las facultades de la inteligencia y de la voluntad. Por lo tanto, aun cuando el pecador debe estar internamente apenado por su pecado para hacer una buena confesión, no siempre y necesariamente experimenta intensitas doloris (dolor intenso). Así, para aclarar este punto, los teólogos enseñan que para reconocer esta tristeza interior, basta con expresar sinceramente la contrición.

El penitente no sólo debe tener dolor, sino también aborrecimiento, porque es el odio al pecado lo que produce el dolor. Sin embargo, puede haber detestación del pecado sin pena ni dolor, como existe entre los bienaventurados. El dolor es la abominación del mal externo o interno que nos aflige. La tristeza es uno de los tipos de dolor y se caracteriza por la detestación de la aprehensión interna del mal. En conclusión, una parte indispensable del dolor por el pecado es la detestación del mal.

2. Tener un propósito firme de enmienda.

Para la validez del sacramento es necesario por lo menos un propósito implícito de enmienda. Este propósito es parte de la contrición. El Concilio de Trento considera el propósito de no pecar nuevamente implícitamente incluido en la contrición. De hecho, según él, el propósito de la enmienda debe ser:

Firme: Esto significa el deseo de evitar firmemente el pecado de ahora en adelante. Lo que se requiere, entonces, es un hic et nunc [aquí y ahora], sincera y firme intención de no pecar de nuevo. Una recaída generalmente no significa una falta de firmeza en el momento de la confesión.

Efectivo: Esto significa efectividad de propósito, lo que implica:
a. Adoptar los medios necesarios para evitar el pecado; segundo.
b. Evitando las ocasiones posibles de pecado.
c. Reparando los daños causados al prójimo por nuestro pecado.

Universal: Esta es la intención de no cometer ningún pecado mortal.

 

Cómo hacer una confesión

Antes de visitar el confesionario es necesario ponernos en presencia de Dios, quien  nos ama y quiere ayudarnos. Es necesario analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños por medio de un examen de conciencia.

¿Cómo debemos hacer el examen de conciencia?

1) Pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine y nos recuerde cuáles son los pecados nuestros que más le están disgustando a Dios.

2) Vamos repasando los diez mandamientos para saber qué faltas hemos cometido contra ellos. Por ejemplo:

1er Mandamiento: ¿Me acuesto o me levanto sin rezar? ¿Me avergüenzo de aparecer creyente ante los demás? ¿He creído en supersticiones, por ejemplo; amuletos, sales, brujas, lectura de naipes o de humo de cigarrillo, o espiritistas?

2ndo Mandamiento: ¿He dicho el Nombre de Dios sin respeto y por cualquier tontería?

3er Mandamiento: ¿He faltado a misa los domingos? ¿Cuántas veces? ¿Cuántos domingos voy a misa cada mes?

4rto Mandamiento: ¿He desobedecido a mis padres? ¿No les he querido ayudar? ¿Los he tratado mal? ¿He perdido el tiempo en vez de estudiar o trabajar?

5to Mandamiento: ¿He deseado que a otros les vaya mal? ¿He peleado? ¿He dicho groserías? ¿Tengo resentimientos contra alguna persona y no le quiero perdonar? ¿No rezo por los que me han tratado mal? ¿Me he burlado de alguien? ¿He puesto sobrenombres? ¿He tratado con dureza? ¿He dicho palabras ofensivas? ¿He hablado mal de otras personas? ¿He contado lo malo que han hecho o lo que dicen de ellos? ¿He escandalizado? (o sea, ¿he enseñado lo malo a los que no lo saben?) ¿Cuántas veces? ¿Me he aprovechado de los más débiles para golpearlos o humillarlos?

6to Mandamiento: ¿He detenido en mi cerebro por varios minutos pensamientos o deseos impuros? ¿He mirado películas impuras, o revistas pornográficas o escenas impuras por televisión? ¿He dicho o celebrado chistes malos? ¿He hecho acciones impuras conmigo mismo o con algunas personas? ¿Tengo alguna amistad que me hace pecar?

7mo Mandamiento: ¿He robado? ¿Cuánto vale lo que he robado? ¿Pienso devolverlo o dar eso a los pobres? ¿He devuelto lo prestado? ¿He tenido pereza en cumplir los deberes?

8vo Mandamiento: ¿He dicho mentiras? ¿He inventado de otros lo que no han hecho o dicho? ¿He hecho trampas en negocios o estudios? ¿He creído que Dios no me va a ayudar?

9no Mandamiento: ¿He codiciado la mujer o el esposo de mi prójimo? ¿He mirado a un hombre a una mujer de manera impura?

10mo Mandamiento: ¿He deseado los bienes ajenos? ¿He sido envidioso? ¿He sido avaro? ¿He comido más de lo que necesito? ¿He sido orgulloso?

Arrepentidos de nuestros pecados, sintiendo tristeza y pesar por ellos, procedemos entonces a acercarnos a un confesionario.

El penitente comienza haciendo el Signo de la Cruz. Una fórmula sencilla es buena para empezar: “Perdóneme, Padre, porque he pecado. Mi última confesión fue … días / meses / años y estos son mis pecados “. El penitente, entonces, lista el número aproximado de sus pecados (por ejemplo, perdí misa 3 veces y mentí 20 veces). Si es necesario, el sacerdote puede hacerle preguntas. El sacerdote le dará una penitencia apropiada. El sacerdote, entonces, le pide al penitente que haga un acto de contrición.

Acto de contrición

Después de confesar todos los pecados, si se concede la absolución, el sacerdote indicará que es hora de rezar el Acto de Contrición. Se puede rezar ya sea el Acto de Contrición o el Yo pecador.

Acto de Contrición

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar.

Confiteor (Yo pecador)

Yo, pecador me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado san Miguel Arcángel, al bienaventurado san Juan Bautista, a los santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos, y a vosotros, hermanos, que pequé gravemente de pensamiento, palabra y obra; por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. Por eso, ruego a Santa María siempre Virgen, al bienaventurado san Miguel  Arcángel, al bienaventurado san Juan Bautista, a los santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos, y a vosotros, hermanos, que roguéis por mí a Dios nuestro Señor. Amén.

Penitencia

Es imperativo cumplir con la pena impuesta por el sacerdote lo antes posible. Las reglas para que un sacerdote determine el tipo y la cantidad de la penitencia dependen de la gravedad y el número de pecados cometidos por el penitente, así como de la capacidad del penitente para cumplirla.

El Concilio de Trento dice al respecto:

Los sacerdotes del Señor deben, tan pronto como su espíritu y su prudencia sugieran, de acuerdo con la condición y las posibilidades de los penitentes, imponer penitencias adecuadas y saludables, y no cerrar los ojos a los pecados o actuar con demasiada Indulgencia con los penitentes, haciéndose partícipes de los pecados de los demás imponiendo ciertas penitencias muy ligeras por delitos muy graves. Y deben considerar que la satisfacción (penitencia) que imponen debe ser no sólo para dar una nueva vida y un medicamento para la enfermedad, sino también para estar en reparación y castigo por los pecados pasados.

Del mismo modo, el Código de Derecho Canónico (1917) dice:

El confesor debe imponer penitencias sanas y convenientes, proporcionales a la clase, al número de pecados y a las condiciones del penitente, y éste tiene la obligación de aceptarlas con buena voluntad y para cumplirlas personalmente.

Ciertamente, los resultados catastróficos de la teología moderna pueden observarse con mayor claridad en el área de la moral. Hoy en día, su estudio académico está casi completamente distorsionado; más aún lo es la aplicación práctica de los principios de la Teología Moral. La confesión sacramental, en este sentido, ha sido prácticamente descuidada (el concepto mismo de pecado fue despojado de claridad y objetividad).

Y si un sacerdote -por un milagro- sigue escuchando confesiones, las penitencias difícilmente corresponden adecuadamente a la gravedad de ciertos pecados. Nada es más opuesto y contrario a la batalla diaria para aumentar en la virtud católica; nada va tan drásticamente en contra de la orden de pelear diariamente la buena batalla de la fe que llevar a los fieles a creer que no es necesario esforzarse por cumplir una penitencia justa en reparación por ofensas hechas a Dios.

En cuanto a los tipos de penitencia, Santo Tomás nos enseña que la regla general es que debemos privarnos de algo en honor a Dios. Sólo tenemos tres bienes: bienes del alma, bienes del cuerpo y bienes de la fortuna. Entregamos el último por medio de la limosna y los del cuerpo, por el ayuno. Los bienes del alma, tales como la paz, no deben ser sustraídos de lo esencial o disminuidos, ya que es por medio de ellos que nos hacemos agradables a Dios. Más bien, pueden servir para dar mayor gloria a Dios, por medio de las oraciones.

Aunque es verdad que nada puede ser tomado de Dios, sin embargo, el pecador, por su pecado, disminuye la gloria que Dios merece y en este sentido toma algo de Él. Por lo tanto, para compensar esta pérdida, es necesario que el pecador dé algo para honrar a Dios. La oración de aquel que – humilde y arrepentido – recibe la absolución es aceptada por Dios como penitencia justa.

No olvidemos que cada confesión puede ser nuestra última confesión. ¿No deberíamos entonces tener cuidado de hacerla de la mejor manera posible siendo que nuestra salvación eterna depende de ella?

El Valor de la confesión

Ahora, la confesión realizada en las condiciones solicitadas por la Iglesia es un medio de gran eficacia santificadora, ya que el Sacramento purifica nuestras almas, da aumento de gracia, genera una disposición psicológica de paz que nos ayuda en la lucha para la perfección, y nos da mayores luces espirituales para nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, mejor entendemos la necesidad de perdonar las ofensas, viendo cuán misericordiosamente Nuestro Señor nos ha perdonado, o somos capaces de ver más claramente la malicia del pecado. La confesión también aumenta la fuerza de las almas para vencer las tentaciones y la fortalece para el cumplimiento del deber.

¿Qué es el acto de contrición?

El acto de contrición es una oración formal recitada durante la Confesión, generalmente justo antes de que el sacerdote diga: “Te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo“. También suele decirse, especialmente antes de acostarse.

Sin embargo, es necesario comprender que el Acto de Contrición no es principalmente una “fórmula mágica” repetida sin pensar que garantiza el perdón inmediato. Más bien, expresa en palabras un acto profundamente personal que involucra los afectos y la voluntad de una persona. Las palabras, sin importar con qué precisión puedan ser recitadas, no hacen nada por si solas.

El acto de contrición comprende:

Paso 1: Sentir lástima por nuestros pecados

La  palabra “contrición” proviene del latín contristare, que quiere decir algo así como “estar con tristeza“.  Entonces comenzamos la oración diciendo: “Pésame Dios mío y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido…”. Aquí expresamos a Dios nuestro sentimiento de tristeza,  que fluye desde nuestro reconocimiento honesto de haber pecado. Este dolor, que es una emoción arraigada en el corazón, es el primer paso hacia el perdón. Sentir dolor no sólo por nuestros pecados sino por haber ofendido a Dios, es un paso fundamental en la confesión de nuestros pecados.

La oración menciona dos tipos de dolor. Primero tenemos aquel ocasionado por el miedo a no ser contados entre los elegidos. Decimos “Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí;”. El segundo tipo de dolor surge del amor genuino que tenemos al Señor. Decimos: “pero mucho mas me pesa porque pecando ofendí un Dios tan bueno y tan grande como vos“. La teología católica clásica llama al primer tipo “contrición imperfecta” y al segundo tipo “contrición perfecta“. Aunque siempre debemos intentar suscitar el dolor genuino motivado únicamente por nuestro amor a Dios, el dolor que proviene del temor al castigo y el reconocimiento de la insensatez del pecado es suficiente para volvernos al Señor, que anhela perdonarnos.

Paso 2: Renunciar al pecado

Después de expresar nuestro pesar, nos volvemos contra el pecado diciendo: “antes querría haber muerto que haberte ofendido,”. Este odio hacia pecado es absolutamente necesario porque el amor de Dios no puede coexistir con ningún “amor” persistente por el pecado, ni siquiera el más leve. Es decir, es necesaria tener la firme resolución de no volver a cometer el mismo pecado por el que nos estamos doliendo frente al Señor. Nadie puede lograr un compromiso firme con Dios si no tiene el firme propósito de no volver a pecar. Esto, por supuesto, no significa que no flaquearemos y que toda intención de volver a pecar desaparecerá instantáneamente. Probablemente no lo hará. Más bien, aunque el pecado pueda persistir, siempre debemos desdeñarlo y resistirlo.

Paso 3: Tener la resolución de enmendar tu vida

Cada Acto de Contrición auténtico debe incluir una promesa solemne de abandonar el pecado. La forma tradicional tiene estas palabras: ” y propongo firmemente ayudado por tu divina gracia, no pecar mas y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén“. Muchas personas, por supuesto, se niegan a cumplir esta promesa, alegando: “Solo soy humano e inevitablemente volverá a pecar. ¿Debería hacer semejante promesa?“. .

Esta promesa establece firmemente la voluntad de uno contra el pecado. Como tal, representa un alejamiento libre y consciente del pecado y un acercamiento hacia Dios. Esta re-afirmación del compromiso básico de uno con Dios es esencial. Sin ella, una persona siempre se quedará a ambos lados de la cerca entre Dios y el pecado. Peor aún, confesar un pecado mientras en el fondo de tu corazón planeas cometerlo, “bloquea” -por así decirlo- el perdón de Dios, haciendo tu confesión inválida. Esto reduce el sacramento de la Penitencia a algo que es para muchos una “licencia para pecar”. Algunas personas, desafortunadamente, se enredan en un patrón de pecado grave seguido de Confesión, luego repiten el pecado, vuelven a la Confesión, y así sucesivamente. Esto generalmente significa que falta el firme propósito de enmienda y que el pecador ha malentendido cómo funciona el sacramento de la Penitencia.

Ahora, tenga en cuenta la frase “para evitar las ocasiones futuras de pecado“. Esto es crucial para cualquier estrategia que busca conservar viva la promesa de dejar de pecar. El término “ocasiones futuras de pecadose refiere más exactamente a personas, lugares y cosas que sabemos podrían resultan en pecado. Los ejemplos abundan: alguien con un problema con la bebida no debería ir a cócteles; alguien que se enfurece al escuchar noticias de actualidad no debería escuchar programas políticos; alguien que tiene problemas con la pornografía no debe tener fácil acceso a Internet; alguien que calumnia a otras personas no debe sentarse con personas que disfrutan los chismes.

Como puede ver ahora, el Acto de Contrición es mucho más que una oración repetitiva. En un sentido verdadero, se encuentra en el centro mismo de la vida cristiana. Cada vez que decimos el Acto de Contrición, reafirmamos esa verdad esencial, expresamos nuestro dolor por los pecados del pasado y declaramos nuestra esperanza de que la gracia de Dios ciertamente triunfe dentro de nosotros y nuestros corazones.

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