Sobre la infinita duración de las penas del Infierno


Considera que por terrible que sea la imagen con que nos representamos el infierno, por espantosa que sea la idea que formamos de aquella desgraciada eternidad, todo cuanto podemos concebir es poco, es casi nada comparado con lo que es en si un conjunto, una reunión, una complicación de todos los males en supremo grado.

Dolores sin intermisión, tormentos sin limites, arrepentimientos sin medida, duración sin fin, eternidad, infinidad de suplicios. Todo esto se halla en el infierno ; pero el infierno todavía añade alguna cosa mas terrible, mas espantosa que todo esto.

Son sin duda espantosas estas verdades; pero por terribles , por espantosas que sean, al fin son verdades. El rigor, la universalidad, la duración de aquellos tormentos es una cosa incomprensible; pero mas incomprensible es que el pecador pueda conciliar esta creencia con los pecados que comete.

Ah, que no hay valor, dicen algunos, para pensar en esta espantosa eternidad! Convengo en ello ; este pensamiento espanta 4 los mas resueltos, y asusta aun a los mas inocentes. Pero sera la eternidad menos cierta y menos terrible porque no se piense en ella? ¿Serán menos eternos los tormentos que merezco?

Añade a esta eternidad de suplicios otra eternidad de arrepentimientos. Ser uno infeliz por necesidad, es suerte tristísima; pero serlo por elección, por su gusto, por su antojo, es locura que no tiene otro ejemplo sino el de los condenados. Entonces siente el alma todo el rigor de sus penas; gusta muy despacio toda su amargura; la misma razón sirve para aguzar la punta del sinsabor, y entrega el alma como en presa a los mas desesperados arrepentimientos. ;O Dios, y qué suplicio!

Padece un condenado, y su mismo entendimiento le sirve de tirano. Fijo inmutablemente en aquel objeto que fue causa de su condenación, conoce clarísimamente la ninguna sustancia de aquellos bienes volátiles que le engañaron, la falsa brillantez de aquella fortuna imaginaria que le deslumbró, la ponzoña oculta de aquellos insípidos deleites que le atosigaron.

Conoce, pero de un modo vivísimo, agudísimo, toda la ridiculez de su conducta, todos los errores de sus caprichos , toda la vanidad, toda la malignidad de sus deseos. En vano hace todos los esfuerzos que puede para apartarlos ojos y la imaginación de estos tristes objetos cuya vista aumenta la amargura, el dolor y la desesperación 4 sus tormentos; el objeto esta fijo,y el pensamiento esta clavado en él inseparablemente. De aquí nacen aquellos remordimientos desesperados y eternos. Pude no condenarme, y me condené, porque no quise aplicar los medios para evitarlo.

Pude ser dichoso por toda una eternidad, y no lo soy, porque no me dio la gana de practicar los medios conducentes para serlo. Pude salvarme, tuve mil veces pensamientos, y aun llegué a formar la resolución de dedicarme a esto, y no me dediqué.

Fulano y fulana ¿tenían acaso mas interés que yo en no condenarse? ¿tuvieron mas medios que yo para evitar el infierno? ¿tuvieron menos estorbos que yo para ser buenos? El precio del cielo no se puso mas alto para mi que para ellos: ellos consiguieron su salvación,y yo no conseguí la mía, y yo me condene!

Ah, y si hubiera yo hecho estas reflexiones cuando era tiempo de hacerlas y de aprovecharme de ellas! ¡Mas ay de mi! que ya las hice, y aun tuve muy presente el eterno arrepentimiento que me había de costar el haberlas hecho tan mal, y tan sin provecho : ya llego este arrepentimiento, ya lo padezco y lo padeceré por toda la eternidad. Considera bien toda la amargura, toda la desesperación de esta rabia.

¡Oh mi Dios, y qué terrible es tu venganza, pero al mismo tiempo qué justa; y qué fondo de malicia hay en mi!

Considera que no son el menor tormento del infierno las reflexiones que se ve precisado a hacer un infeliz condenado por toda la eternidad.

Yo, se dirá él a si mismo, insensato por disolución, impío por capricho, por condescendencia y por humor, tenia lastima y aun merecía de los que eran cuerdos y prudentes, porque pensaban en la eternidad.

Cuantas veces me mofé de su reforma, de sus costumbres arregladas, de su delicadeza de conciencia! Yo me burlaba de que no quisiesen ser lo que yo era; pero qué daría yo ahora por haber sido lo que ellos fueron!

Preciabame de espíritu fuerte, aparentando no creer nada; ahora recibo la paga de mi incredulidad. Su herencia es el cielo, el infierno es la mía; ellos son santos, yo condenado; y pude ser santo como ellos; y eternamente me acordaré que pude serlo; y eternamente estaré pensando que si no lo fui, fue porque no quise. Pude ser santo, ¡Si ahora lo fuera! Pero no lo soy, y ya no puedo serlo, y eternamente me estará devorando el arrepentimiento de no haberlo sido.

Estar eternamente pensando en la sangre y en la muerte del Redentor, en la eficacia de los sacramentos, en la multitud de auxilios, en la facilidad de tantos medios; y estarlo pensando no mas que para tener continuamente presente el buen uso que debiera haber hecho de ellos, lo mucho que pudieron aprovecharme, y lo infinito que perdí por haber abusado libre y voluntariamente de estos bienes; qué dolor mas acerbo, qué pesar mas agudo y penetrante!

Mi Dios, ¡qué tormento tan cruel es un arrepentimiento eterno! Es, hablando con propiedad, el tormento del espíritu y del corazón todo junto, ¡pero qué dolorosa impresión hace en el alma la triste memoria de la breve y casi imperceptible duración de aquellos vanos y fugaces deleites que la sepultaron en este abismo de desdichas!

¡Ay de mi, y qué fue una vida de ochenta años comparada con esta espantosa eternidad! Menos, infinitamente menos que un punto indivisible, comparado con toda la vasta extensión del universo.

De aquí nacerá aquella eternidad de arrepentimientos, acompañados de un odio furioso contra su propia libertad, de que uso tan mal; de una encendida cólera contra la bajeza de aquellas pasiones, de que fue victima infeliz ; de un vivo y agudo dolor por los tormentos que esta padeciendo, y fue tan digna de padecer.

Si pudiera un condenado olvidar por algunos momentos el arrepentimiento que le despedaza, ese suplicio menos tendría; pero todo lo tiene presente en la memoria, y el corazón padece continuamente en estas reflexiones el mas horrible suplicio. Considera bien cuanto le penetraran estos amargos recuerdos.

Por no desagradar a media docena de hombres ociosos , de hombres desacreditados, sin mérito y sin honra, desagradé a Dios, y yo me condené. Por dar gusto a cuatro libertinos, teniendo mil motivos para despreciarlos, desobedecí, desagradé a mi Dios a quien tenia indispensable obligación de agradar, ;y yo me condené.

Por no disgustar a unos amigos disolutos, a quienes debía avergonzarme aun de mirar la cara, pues nunca podía esperar de ellos cosa buena, incurrí en la desgracia de Dios, ; y yo me condené. Por dejar muchos bienes a mis hijos, que habían de hacer un mal uso de ellos, sacrifiqué mi salvación, y Yo me condené.

Por conseguir un vano titulo de honra, que se sepultó conmigo, perdí el cielo, todo lo perdí, y yo me condené. En fin, por algunas horas de diversión y de insípidos deleites que solicité por capricho, por condescendencia, por respetos humanos, por complacer a los demás, sacrifiqué mi eterna felicidad, perdí mi alma, y yo me condené.

Aquella persona tan modesta, tan recogida, tan mortificada se salvó, y yo me condené! Aquel pariente, aquel amigo, aquella hermana religiosa están al presente en el cielo, la gloria es su herencia, pude tener el mismo destino, y yo me condené.

Así discurre, así habla, así se arrepiente inútilmente un condenado en el infierno. Cuantos de los que están haciendo esta meditación hablaran algún día de la misma manera…

No permitáis Señor, que me suceda a mi esta desgracia; y pues me dais tiempo para prevenir anticipadamente estos arrepentimientos, dadme gracia para evitarlos.

Fuentes
Extracto de la obra del padre Croisset titulada «Año Cristiano».