Sobre el abuso de la Divina Misericordia

Refierese en la parábola de la Cizaña, que habiendo crecido en el campo esa mala hierba, mezclada con el buen grano querían los criados ir a arrancarla pero el amo les replicó: “Dejadla crecer, después la arrancaremos para echarla al fuego”. Infiérese de esta parábola, por una parte, la paciencia de Dios para con los pecadores, y por otra, su rigor con los obstinados.

Dice San Agustín que el enemigo engaña de dos maneras a los hombres: “Con desesperación y con esperanza”. Cuando el pecador ha pecado ya, le mueve a desesperarse por el temor de la divina justicia; pero antes de pecar le anima a que caiga en tentación por la esperanza de la divina misericordia. Por eso el Santo nos amonesta diciendo: “Después del pecado ten esperanza en la misericordia; antes del pecado teme la divina justicia”. Y así es, en efecto. Porque no merece la misericordia de Dios el que se sirve de ella para ofenderle. La misericordia se usa con quien teme a Dios, no con quien la utiliza para no temerle. El que ofende a la justicia, puede acudir a la misericordia; mas el que ofende a la misericordia, ¿a quién acudirá?.

Difícilmente se hallará un pecador tan desesperado que quiera expresamente condenarse. Los pecadores quieren pecar, mas sin perder la esperanza de salvación. Pecan, y dicen: “Dios es la misma bondad; aunque ahora peque, yo me confesaré más adelante”. Así piensan los pecadores, dice San Agustín. Pero, ¡oh Dios mío!, así pensaron muchos que ya están condenados.

No digas, exclama el Señor, la misericordia de Dios es grande: mis innumerables pecados, con un acto de contrición me serán perdonados. No habléis así nos dice el Señor. ¿Y por qué? Porque su ira está pronta como su misericordia; y su ira mira a los pecadores.

La misericordia de Dios es infinita; pero los actos de ella, o sea los de conmiseración, son finitos. Dios es clemente, pero también justo. “Soy justo y misericordioso” dijo el Señor a Santa Brígida, “y los pecadores sólo atienden a la misericordia”. “Los pecadores no quieren ver más que la mitad. Bueno es el Señor; pero, además, es justo. No queramos considerar únicamente una mitad de Dios” escribe San Basilio

Sufrir al que se sirve de la bondad de Dios para mas ofenderle, antes fuera injusticia que misericordia. La clemencia fue ofrecida al que teme a Dios, no a quién abusa de ella. A los obstinados los amansa la justicia, porque, como dice San Agustín, la veracidad de Dios resplandece aun en sus amenazas.

Y dice San Juan Crisóstomo:”Guardaos cuando el demonio (no Dios) os promete la divina misericordia con el fin de que pequéis” “¡Ay de aquel que para pecar atiende a la esperanza!” Dice San Agustín… ¡A cuántos ha engañado y perdido esa vana ilusión! ¡Desdichado del que abusa de la piedad de Dios para ofenderle más! “Lucifer fue con tan asombrosa presteza castigado por Dios, porque al rebelarse esperaba que no recibiría castigo”, dice San Bernardo.

El rey Manasés pecó; convirtióse luego, y Dios le perdonó. Mas para Amón, su hijo, que viendo cuán fácil había conseguido el perdón su padre, llevó mala vida con esperanza de ser también perdonado, pero no hubo misericordia. Por esa causa dice San Juan Crisóstomo se condenó Judas, porque se atrevió a pecar confiado en la benignidad de Jesucristo.

En suma: si Dios espera con paciencia, no espera siempre. Pues si el Señor siempre nos tolerase, nadie se condenaría; pero la opinión más común es que la mayor parte de los cristianos adultos se condena. “Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por él” dice el Señor.

Quien ofende a Dios, fiado en la esperanza de ser perdonado, “es un escarnecedor y no un penitente” dice San Agustín. Por otra parte, nos afirma San Pablo que “Dios no puede ser burlado”. De Dios, NADIE se rie. Y sería burlarse de Dios el ofenderle siempre que quisiéramos y luego ir a la gloria. Quien siembra pecados no ha de esperar otra cosa que el eterno castigo del Infierno.

La red con que el demonio arrastra a casi todos los cristianos que se condenan es, sin duda, ese engaño con que los seducía diciéndoles: Pecad libremente, que a pesar de todo ello os habéis de salvar. Mas el Señor maldice al que peca esperando perdón.

La esperanza después del pecado, cuando el pecador de veras se arrepiente, es grata Dios; pero la de los obstinados le es abominable. Semejante esperanza provoca el castigo de Dios, así como provoca a ser castigado el siervo que ofendiese a su señor precisamente porque éste es bondadoso y amable.

Dirá quizá alguno, puesto que Dios ha tenido para mí tanta clemencia en el pasado, espero que también la tendrá en lo venidero, más yo respondo: Y por haber sido tan misericordioso contigo ¿quieres volver a ofenderle? Dice San Pablo: “De ese modo, ¿desprecias la bondad y la paciencia de Dios? ¿Ignoras que si el Señor te ha sufrido hasta ahora, no ha sido para que sigas ofendiéndole, sino para que te duelas del mal que hiciste?

Y aún cuando tú, fiado en la divina misericordia, no temas abusar de ella, el Señor te la retirará.Como dice el Salmo 7: “Si vosotros no os convirtiéreis, entenzará su arco y se preparará”. También en Deuteronomio dice:”Mía es la venganza y Yo les daré el pago a su tiempo”. Hermanos, Dios espera, más cundo llega la hora de la justicia no espera más y castiga.

Aguarda Dios al pecador a fin de que se enmiende); pero al ver que el tiempo concedido para llorar los pecados sólo sirve para que los acreciente, válese de ese mismo tiempo para ejercitar la justicia. De suerte que el propio tiempo concedido, la misma misericordia otorgada, serán parte para que el castigo sea más riguroso y el abandono más inmediato. “Hemos medicinado a Babilonia y no ha sanado. Abandonémosla”.

¿Y cómo nos abandona Dios? O envía la muerte al pecador, que así muere sin arrepentirse, o bien le priva de las gracias abundantes y no le deja más que la gracia suficiente, con la cual, si bien podría el pecador salvarse, no se salvará. Obcecada la mente, endurecido el corazón, dominado por malos hábitos, será la salvación moralmente imposible; y así seguirá, si no en absoluto, a lo menos moralmente abandonado. “Le quitará su cerca, y será talada…”. ¡Oh, qué castigo! Triste señal es que el dueño rompa el cercado y deje que en la viña entren los que quisieren, hombres y ganados: prueba es de que la ha abandonado.

Así, Dios, cuando deja abandonada un alma, le quita la valla del temor, de los remordimientos de conciencia, la deja en tinieblas sumida, y luego penetran en ella todos los monstruos del vicio. Y el pecador, abandonado en esa oscuridad, lo desprecia todo: la gracia divina, la gloria, avisos, consejos y excomuniones; se burlará de su propia condenación.

Le dejará Dios en esta vida sin castigarle, y en esto consistirá su mayor castigo. “Apiadémonos del impío…; no aprenderá jamás justicia” dice Isaías. Refiriéndose a ese pasaje, dice San Bernardo: “No quiero esa misericordia, más terrible que cualquier ira”.

Terrible castigo es que Dios deje al pecador en sus pecados y, al parecer, no le pida cuenta de ellos. Diríase que no se indigna contra él y que le permite alcanzar cuanto de este mundo desea. ¡Desdichados los pecadores que prosperan en la vida mortal! ¡Señal es que Dios espera a ejercitar en ellos su justicia en la vida eterna! Pregunta Jeremías: “¿Por qué el camino de los impíos va en prosperidad?” Y responde en seguida: “Congrégalos como el rebaño para el matadero”.

No hay, pues, mayor castigo que el de que Dios permita al pecador añadir pecados a pecados, según lo que dice David: “Ponles maldad sobre maldad…borrados sean del libro de los vivos”; acerca de lo cual dice San Belarmino: “No hay castigo tan grande como que el pecado sea pena del pecado”. Más le valiera a alguno de esos infelices que cuando cometió el primer pecado el Señor le hubiera hecho morir; porque muriendo después, padecerá tantos infiernos como pecados hubiere cometido.

San Alfonso María de Ligorio

 

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