¿Siervo de Dios, Honorable, Beato, qué significan?


El Código de Derecho Canónico de 1917 estableció que se debe iniciar una investigación antes de proceder a la beatificación o canonización de un siervo de dios. Estaban previstos dos procesos: uno diocesano y otro apostólico. Hoy se considera una sola investigación en dos fases: diocesana y romana.

Mediante la beatificación, la Iglesia reconoce que cierta persona fallecida, ha entrado a en el cielo y que tiene la capacidad de interceder en favor de personas que rezan en su nombre pidiendo su intercesión.

La canonización es una declaración oficial por parte del Papa, con respecto de la santidad de un beato, con la que se autoriza su culto en toda la iglesia católica.

Para alguien cuya causa ha sido introducida (es decir, que se busca llevar a los altares como santo) existen las siguientes etapas:

Siervo de Dios.- Cuando alguien es declarado así, da inicio la causa de canonización. Este nombre sólo puede ser otorgado por las autoridades locales a los que disfrutan de fama de santidad y que, por sus virtudes heroicas o martirio, sean susceptibles de ser elevados a los altares.

Es el primer grado que se le otorga a una persona que es candidata para ser venerable, luego beatificada y posteriormente canonizada. El obispo diocesano y el postulador de la causa piden iniciar el proceso de canonización. Y presentan a la Santa Sede un informe sobre la vida y las virtudes de la persona.

La Santa Sede, por medio de la Congregación para las Causas de los Santos, examina el informe y dicta el decreto diciendo que nada impide iniciar la causa (decreto nihil obstat). Este decreto es la respuesta oficial de la Santa Sede a las autoridades diocesanas que han pedido iniciar el proceso canónico.

Venerable.- Este título se confiere cuando han sido decretadas las virtudes históricas, pero no equivale a un permiso para rendir veneración al siervo de Dios, ni es indicativo de que la beatificación esté próxima, es solamente una indicación de que la persona es cuestión es «respetable» y digno de estima y honor; por tanto, de reverencia y veneración (venerable).

Beato.- Es el siervo de Dios a quien, mediante una declaración del Papa, se puede venerar en un lugar o ambiente determinado. Su culto es local. Para ser declarado como tal se requiere un milagro de Dios hecho por su mediación.

La consideración de beato constituye el tercer paso en el camino de la canonización. El primero es siervo de Dios; el segundo, venerable; el tercero, beato; y el cuarto, santo. También se conoce como beato a la persona muy apegada a las ceremonias religiosas.

Santo.- Para ser candidato a la santidad, el número de milagros Post Mortem (después de muerto) es de dos. Esto incluye a los mártires luego de haber sido beatificados. Se permite su culto universal, y sus nombres se inscriben en el catálogo de santos de la Iglesia católica. Hoy en día, el número de milagros requeridos se ha reducido a uno.

Los santos forman la llamada Iglesia triunfante e interceden ante Jesucristo por la humanidad, por los vivos en la Tierra y por los difuntos en el Purgatorio: es la llamada comunión de los santos.

La palabra deriva del  latín sanctus que quiere decir «elegido por Dios»‘ o bien «diferenciado», «distinguido».

 

En el caso de la Beata Ana Catalina Emmerick

En el caso de la Beata Ana Catalina Emmerick, un primer proceso de beatificación comenzó en 1892, pero se tuvo que prorrogar varias veces, principalmente debido a diferentes interpretaciones acerca de lo histórico y lo teológico ya que sus visiones y testimonios fueron anotadas por Clemens Brentano. El proceso fue suspendido en 1928, pero se reabrió en 1973 y cerrado definitivamente en 2004.

Una curación milagrosa, ocurrida en Alemania en 1880, fue atribuida a su intercesión. El 3 de octubre de 2004, Ana Catalina Emmerick fue beatificada por el papa Juan Pablo II. Al igual que en todos estos casos, la cuestión de sus visiones fue separada del proceso, y su causa fue juzgada solamente sobre la base de su propia santidad y sus virtudes personales

En todo caso, nadie nos impide rezarle, como podemos hacerlo con un familiar que por su bondad ha ido presumiblemente al cielo, pero esto entra estrictamente en el campo personal de quien decide hacerlo, y nada tiene que ver con la aprobación explícita de la Iglesia. Tal es el caso, también, de las apariciones que todavía se hayan bajo estudio.