Sermones Escogidos del Santo Cura de Ars: Sobre el aplazamiento de la conversión

Ego vado et quaeretis me, et in peccato vestro moriemini.
Yo me voy, me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. (S. In., VIII, 21.)

Es una gran miseria, una profunda humillación para nosotros, el haber sido concebidos en pecado original, ya que por él venimos al mundo como hijos de maldición; es, indudablemente, otra muy gran miseria el vivir en pecado; mas el colmo de todas las desdichas es morir en él. Es cierto que no pudimos evitar el primer pecado, o sea el de Adán; pero podemos fácilmente evitar aquel en que caemos tan voluntariamente y, una vez caídos, podemos deshacernos de su opresión con la gracia de Dios.

¿Cómo podemos permanecer en un estado que nos expone a tanta desdicha por toda una eternidad?. ¿Quién de vosotros, no temblará al oír a Jesucristo cuando nos dice que un día el pecador le buscará, pero no le hallará, y morirá en su pecado? Dejo a vuestra consideración el considerar el estado en que descansa quien vive tranquilo en pecado, siendo la muerte tan cierta y tan inseguro el momento.

Con gran razón nos dice, pues, el Espíritu Santo (Sap., 5. 6.) que los pecadores se han extraviado en su marcha, que sus corazones se cegaron, que sus espíritus quedaron cubiertos de las más espesas tinieblas, y que su malicia acabó por engañarlos y perderlos. Dilataron su vuelta al Señor para un tiempo que no les será concedido, esperaron tener una buena muerte, viviendo en pecado; pero se engañaron, ya que su muerte será muy desgraciada a los ojos del Señor.

Tal es, precisamente, la conducta de la mayor Darte de los cristianos de nuestros días, los cuales, viviendo en pecado, esperan siempre tener una buena muerte, confiando en que dejarán el estado de culpa, que harán penitencia y que, antes de ser juzgados, repararán los pecados que cometieron. Mas el demonio los engaña, y no saldrán del pecado más que para ser precipitados al infierno.

Para haceros comprender mejor la ceguera de los pecadores, voy a demostraros:

l.° Que cuanto más retrasamos salir del pecado y volver a Dios, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas;

2.° Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros, quedamos más débiles, y el demonio toma mayor ascendiente sobre nuestra persona. De aquí concluyo que, cuanto más tiempo permanecemos en pecado, en mayor peligro nos ponemos de no convertirnos nunca.

I.- ¡Hablar yo, de la muerte desgraciada de un pecador que muere en pecado, a cristianos que tantas veces han sentido ya la felicidad de amar a un Dios tan bueno y que, por la luz de la fe, conocen la magnitud de los bienes que Jesucristo prepara para los que conserven su alma exenta de pecado!

Tal manera de hablar sería mejor para dirigirse a paganos, que no conocen a Dios e ignoran las recompensas que promete a sus hijos. ¡Oh, Dios mío! ¡cuán ciego es el hombre al dejar perder tantos bienes y atraer sobre sí tantos males, permaneciendo en pecado!.

Si pregunto a un niño: «¿Para qué fin Dios te ha creado y te ha conservado hasta el presente?», me responderá: «Para conocerle, amarle, servirle y por este medio alcanzar la vida eterna». Mas si yo le dijese: «¿Por qué no hacen los cristianos lo que deben para merecer el cielo?» «Esto proviene, me diría, de que han perdido de vista los bienes del cielo, y piensan hallar toda su felicidad en las cosas creadas».

El demonio los engañó y los engañará aún; viven sumidos en la ceguera v en ella perecerán, por más que tengan la esperanza de salir un día del pecado. Decidme, ¿no estamos viendo todos los días a personas que viven en pecado, v que desprecian todas las gracias que Dios les envía: buenos pensamientos, buenos deseos, remordimientos de conciencia, buenos ejemplos, la palabra de Dios? Siempre con la esperanza de que Dios las recibirá cuando tengan a bien retornar a Él, no se dan cuenta, en su ceguera, de que, durante ese tiempo, el demonio les va preparando sitio en el infierno,

¡Oh ceguera! ¡a cuántos has echado al infierno, y a cuántos arrojarás hasta el fin del mundo! En segundo lugar, digo que esta consideración debe hacer temblar a un pecador que permanece en el pecado, aunque tenga la esperanza de salir de él. Ante todo, no sois vosotros tan ignorantes para no saber que un solo pecado mortal será la causa de que nos perdamos para siempre si llegamos a morir sin confesarlo, sin haber obtenido el perdón.

En tercer lugar, sabemos muy bien que Jesucristo nos recomienda que estemos siempre preparados, pues nos hará salir de este mundo en el momento más inesperado; y si no dejamos el pecado antes de que nos llame a otra vida, nos castigará sin misericordia. ¡Oh, Dios mio! ¡Podremos vivir tranquilos en un estado que nos expone a caer en los abismos! Y si esto no es bastante para conmoveros, oídme por un momento, o mejor, abrid el Evangelio, y veréis si se puede vivir tan tranquilo, como vosotros vivís, estando en pecado.

Todo os está advirtiendo que, si no salís pronto del pecado, vais a perecer: los oráculos, las amenazas, las comparaciones, las figuras, las parábolas, los ejemplos, todo aquello os dice que, o bien no podréis convertiros, o bien no querréis hacerlo. Oíd lo que el mismo Jesucristo dice al pecador: «Andad mientras brilla delante de vosotros la luz de la fe (Joan., 12. 35.), para evitar que, despreciando esa guía, os extraviéis para siempre».

En otro lugar (Marc., 13. 33.) nos dice : «Vigilad, vigilad continuamente», ya que el enemigo de vuestra salvación trabaja constantemente para perderos. Y además, orad, orad sin cesar para atraer sobre vosotros los auxilios del Cielo, pues vuestros enemigos son muy poderosos y astutos.»

¿ A qué tanto empeño, nos dice, a qué vivir tan ocupados en las cosas temporales y en los placeres, si dentro unos momentos lo habréis de abandonar todo? Nada más espantoso que la amenaza de Jesucristo a los pecadores al decirles que, si no quieren volver a Él cuando les ofrece su gracia, día vendrá en que le buscarán implorando misericordia, mas Él los despreciará y, a fin de no dejarse conmover por sus oraciones y lágrimas, se tapará los oídas y huirá de ellos.

¡Oh, Dios mío! ¡qué desdicha ser abandonado de VOS! !Cómo podremos pensar en esto sin morir de dolor! Si sois insensibles a estas palabras, es que ya estáis perdidos. !Pobre alma, llora ya desde hoy los tormentos que se te están preparando en la otra vida!

Prosigamos, oigamos al mismo Jesucristo, y veremos si nos es dado vivir seguros queriendo permanecer en el pecado. «Sí, nos dice, vendré como ladrón nocturno, que procura sorprender al dueño de la casa en el momento en que más confiado duerme«(Math., 24, 43.); nos dice, igualmente, que la muerte vendrá a cortar el hilo de la vida criminal del pecador en el mismo momento en que su conciencia estará cargada de crímenes, y habrá tomado la buena resolución de librarse de ellos, sin haberlo hecho todavía.

En otro lugar, nos dice que nuestra vida transcurre «con la rapidez de un rayo que cruza de Oriente a Occidente «(Math., 24. 27.); hoy vemos a un pecador lleno de vida y rebosando salud, con la cabeza llena de mil proyectos, y mañana las lágrimas de los suyos nos advierten que ya no es de este mundo, del cual ha salido sin saber por qué había venido ni para qué fin. Ese insensato vivió ciego y murió tal como había vivido.

Nos dice además Jesucristo que la muerte es el eco de la vida, para darnos a entender que aquel que vive en pecado, es casi seguro que morirá en pecado, a no ser un milagro de la gracia. Es esto tan cierto, que leemos en la historia que cierto hombre hizo del dinero su dios; al caer enfermo, ordenó que le trajesen una gaveta llena de oro para gozarse con el placer de contarlo, y cuando ya no tuvo fuerzas para ello, puso su mano debajo del montón hasta que murió. De otro se cuenta que, cuando el confesor le presentó un crucifijo para moverle a contrición, dijo: «Si este Cristo fuese de oro, valdría muy bien tanto…»

¡Ah! no, el corazón del pecador no deja el pecado tan fácilmente como se cree. «Vida de pecador, muerte de réprobo».

¿Qué quiere significarnos Jesucristo, con aquella parábola de las vírgenes prudentes y de las vírgenes fatuas, según la cual las primeras fueron bien recibidas porque entraron con el esposo, mientras que las otras hallaron cerrada la puerta? Con ello quería Jesucristo mostrarnos la conducta de la gente del mundo: las vírgenes prudentes representan a los buenos cristianos que se hallan siempre preparados para comparecer delante de Dios, cualquiera que sea el momento en que los llame; las vírgenes fatuas son la figura de los malos cristianos, que creen constantemente les va a quedar tiempo para prepararse y convertirse, salir del pecado y hacer buenas obras.

Así pasan la vida, y llega la muerte; pero ellos no tienen en su haber más que maldades y nada bueno. La muerte les da el zarpazo, Jesucristo los llama a su tribunal para que rindan cuenta de su vida; entonces quisieran poner en orden su conciencia, se inquietan; quisieran dejar el pecado; pero ¡ ay ! no tienen ni tiempo, ni fuerza suficiente, ni tal vez la gracia que sería necesaria. Al suplicar a Dios que tenga de ellos compasión y sea misericordioso, les responde que no los conoce, les cierra la puerta: es decir, los arroja al infierno.

Ved la suerte de muchísimos pecadores que viven muy tranquilos en el pecado. Pobre alma, ¡cuán desdichada eres al tener que morar en un cuerpo que con tanto furor te arrastra al infierno! Amigo mío, ¿por qué quieres tú perder esa pobre alma?… ¿Qué mal te ha hecho para condenarla a tantas desdichas?.,. ¿Oh, Dios mío, cuán ciego es el hombre…

En segundo lugar, he de deciros que en el comportamiento de Esaú hallamos el verdadero retrato del hombre que se pierde, vendiendo su patrimonio por un plato de lentejas.

Durante algún tiempo, Esaú «vivió totalmente insensible a su pérdida» (Gen., 25. 34.), solamente pensaba en divertirse y entregarse a sus placeres; llega, empero, el momento en que entra en sí mismo, recordando la falta cometida; pero, cuanto más reflexiona, más se convence de la magnitud de su ceguera. Desconsolado por su desgracia, mira si será posible una reparación; usa de las súplicas, de las lágrimas, de los sollozos, para procurar mover el corazón de su padre; pero es demasiado tarde: el padre dió ya la bendición a otro, sus súplicas son desatendidas, sus instancias no son escuchadas. En vano se inquieta, no hay, mas remedio que resignarse a permanecer en la miseria y morir en ella.

Ved aquí lo que acontece en todo tiempo al pecador : Vende a su Dios, a su alma y el lugar que en el cielo tiene destinado, por menos de un plato de lentejas, esto es, por el placer de un instante, por un pensamiento de odio, de venganza, por una mirada o un tocamiento deshonesto consigo mismo o con otros, por un puñado de tierra, por un vaso de vino. ¿Por qué miseria eres entregada, ah alma hermosa?

Vemos también, en efecto, a esos pecadores vivir tranquilos por algún tiempo, tan en paz, a lo menos aparentemente, como si en su vida no hubiesen realizado más que buenas obras. Unos piensan en sus placeres, otros en los bienes de este mundo; pero, como aconteció a Esaú, llega el momento en que reconocen su falta, quisieran poderla reparar, pero es demasiado tarde. Gimiendo y derramando lágrimas, conjuran al Señor para que les devuelva los bienes que ellos vendieron, esto es, el cielo: mas el Señor hace cual el padre de Esaú, les responde que dió su lugar a otro. En vano ese pobre pecador exclama e implora misericordia; no tiene más remedio que resignarse a permanecer en su miseria y precipitarse en el infierno; ¡Oh, Dios mío! ¿cuán desdichada a los ojos del Señor es la muerte del pecador!

Cuántos hacen como el desgraciado Sísara, a quien una pérfida mujer adormeció dándole a beber un poco de leche, y aprovechóse de aquella oportunidad para quitarle la vida, sin que el infeliz tuviese lugar a llorar la ceguera que significaba el poner la confianza en aquella pérfida. Así también ¡cuántos pecadores hay a quienes la muerte se lleva tan rápidamente, que no les deja tiempo para llorar la ceguera de haber permanecido en el pecado! ¡Cuántos hay también que imitan al impío Antíoco que reconocen sus crímenes, los lloran e imploran misericordia sin que les sea dado obtenerla, y descienden al infierno lanzando esas desesperantes súplicas no atendidas!

Y éste es el fin de innumerables pecadores. No cabe duda de que ninguno de nosotros quisiera tener una muerte desgraciada, en lo cual no andamos ciertamente fuera de razón; mas lo que me desconsuela, es el que viváis en pecado y estéis en gran peligro de perecer en él. No soy tan sólo yo quien lo dice, sino que es el mismo Jesucristo quien lo asegura.

¿No es verdad, amigo mío, que estás pensando: dejemos hablar al cura, y hagamos nosotros nuestra vida ordinaria? Sabes, amigo mío, la que te acontecerá dejando hablar al cura? -¿Y qué quiere usted que me acontezca? -Pues, amigo mío, que te condenarás. -Mas yo confío que no será así, pensarás tal vez; hay tiempo para todo. -Amigo mío, podemos muy bien tener tiempo para llorar y para sufrir, pero no para convertirnos; y para que te convenzas voy a contarte un ejemplo espantoso. Refiérese en la historia que un hombre de mundo, que durante largo tiempo había vivido en el mayor desorden, se convirtió y perseveró una temporada en aquellas buenas disposiciones; pero al fin recayó, sin pensar ya más en volver a Dios.

Sus amigos no cesaban de orar por él; más él despreciaba todo cuanto se le advertía para su bien. En aquella misma época anunciáronse ejercicios, los cuales debían darse al poco tiempo. Creyóse que aquellas circunstancias serían oportunas para mover al pecador aquel a aprovechar la ocasión que Dios le ofrecía de poder entrar de nuevo en el camino de la salvación. Tras muchas súplicas e instancias por parte de sus amigos, y después de haber él rehusado y resistido obstinadamente, al fin accedió, dando palabra de que asistiría a los ejercicios con los demás. Mas ¡ay! ¿qué aconteció? ¡Oh! ¡cuán temibles e impenetrables son los juicios de Dios!

La mañana misma en que se le aguardaba, que era el día en que los ejercicios iban a comenzar, súpose que aquel hombre había sido hallado muerto en su casa, sin conocimiento, sin socorro alguno, sin sacramentos.

¿Nos convenceremos de una vez de lo que es vivir en pecado con la esperanza de que un día saldremos de él?

Abusamos del tiempo cuando disponemos de él, despreciamos las gracias que Dios nos ofrece; mas, frecuentemente, el Señor, para castigarnos, nos las quita cuando querríamos aprovecharlas. Si al presente no determinamos portarnos bien, quizá, al quererlo, no nos será posible. ¿No es verdad que pensáis confesaros algún día, y entonces dejar el pecado y hacer penitencia? -Esta es ciertamente mi intención.- Esta es tu intención, amigo mío, pero yo voy a decirte lo que harás y lo que vas a ser.

Actualmente estás en pecado; no me lo negarás; pues bien, después de tu muerte te condenarás. -Y ¿qué sabe usted? pensarás tú . -Si no lo supiese no te lo diría. Además, voy ahora a demostrarte que, viviendo en pecado, aun con la esperanza de salir de tal estado, no lo harás, hasta queriéndolo de corazón, y entonces comprenderás lo que sea despreciar el tiempo y las gracias que en determinado momento nos ofrece Dios:

Ya veis, pues, cómo, al retardar nuestra conversión, nos exponemos con frecuencia a no convertirnos nunca. ¿No es cierto que, al caer enfermo, te has dado prisa en llamar a un sacerdote para confesarte, y hasta has concebido un temor grande de que no estuviese bien hecha la confesión?. No eres tú quien, en tu enfermedad, dijiste que era gran ceguera esperar a la hora de la muerte para amar a Dios, y que, si te devolvía la salud, te portarías, mucho mejor que hasta entonces, y que obrarías con mucho mayor juicio?

Amigo mío, o hermana mía, si Nuestro Señor os devuelve la salud: ¡pobres hijos míos! no os fijáis en que vuestro arrepentimiento no viene de Dios, ni del dolor de vuestros pecados, sino solamente del temor del infierno. Hacéis como Antíoco, que lloraba los castigos que sus crímenes atraían sobre sí; mas su corazón no había cambiado. Pues bien, hermana mía, Dios te ha devuelto la salud que con tanta insistencia le pediste, prometiéndole que te portarías mejor.

Dime: una vez recobrada la salud, ¿te has vuelto mejor?, ¿ofendes menos a Dios?, ¿te has corregido de algún defecto?, ¿se te ve con mayor frecuencia recibir los sacramentos?, ?quieres que te diga lo que eres?. Helo aquí: antes de tu enfermedad te confesabas algunas veces al año; desde que el Señor te ha devuelto la salud, ni aún lo haces por Pascua. ¡Ay! ¡cuántos entre los que me escuchan obran así! Mas no tengáis cuidado, veréis cómo, a la primera enfermedad,

Dios os hará salir de este mundo; o hablando más claro, seréis arrojados al infierno. Muy, bien podéis ver cómo permaneciendo en el pecado, aunque sea con la halagüeña esperanza de abandonarlo algún día, os estáis burlando de Dios.

Aguardaos, y veréis cuán chocante resulta eso de creer que Dios os perdonará cuando a vosotros os dé la gana de implorar su misericordia. Voy a poneros un ejemplo que, como otro ninguno, viene a tono con lo que hablamos. Se refiere que hubo un caballero bueno en extremo. Tenía un criado tan malvado que no perdonaba ocasión para injuriar a su señor, complacíase, sobre todo, en hacerlo cuando estaba rodeado de visitas y amigos. Le robó muchas cosas y de gran valor, y acabó por seducir a una de sus hijas; después de este golpe, huyó de la casa por temor a los rigores de la justicia.

Pasado algún tiempo, se fué a encontrar a un sacerdote que sabía era muy respetado en la casa del mencionado señor. El sacerdote se personó en la casa del caballero para rogarle que se dignase perdonar las culpas de aquel criado. EL señor fué tan bondadoso, que habló así al sacerdote: «Haré cuanto vos mandéis; mas quiero también que él me dé alguna satisfacción; obrar de otro modo sería dar carta blanca a todos los criminales».

El sacerdote, lleno de alegría, fuése al encuentro del criado y le dijo: Nuestro señor ha tenido la caridad de perdonaros; pero quiere, con evidente justicia, una pequeña satisfacción». El criado le contestó: «¿Cuál es pues, la satisfacción que quiere mi dueño, y en qué tiempo la habré de cumplir? » Dijo el sacerdote: «En su casa, al presente, arrodillado a sus plantas y con la cabeza descubierta». » ¡Ah! ¡muchos honores quiere mi Señor! pero yo no quiero hacer mas que pedirle perdón; él quiere que sea en su casa, de rodillas y con la cabeza descubierta, y yo quiero hacerlo en mi cuarto, y acostado en mi cama. Él quiere que sea ahora mismo, y yo quiero que sea dentro de diez años, cuando piense y esté dispuesto a morir»

¿Qué pensáis de ese criado, que me decís de él: ¿Qué consejo hubierais dado a aquel caballero? Seguramente le habríais hablado así: Señor, vuestro sirviente es un miserable, que ni merece estar encerrado en un calabozo de donde salga únicamente para ser conducido al patíbulo. Pues bien, en este ejemplo, ¿no veis la manera como os portáis vosotros con Dios? ¿No es éste el mismo lenguaje que usáis con Dios, cuando decís que aun tenéis tiempo, que no hay prisa, que no estáis aún cercanos a la muerte?

¡Ay! ¡cuántos pecadores están cegados respecto al estado de su alma, y esperan hacer aquello que no les será dado realizar cuando ellos quieran! …

Pero, vayamos aún más lejos, y veremos que, cuanto más diferís dejar el pecado, en mayor imposibilidad os ponéis de salir de él. ¿No es cierto que, en algún tiempo, la palabra de Dios os conmovía, os llevaba a hacer ciertas reflexiones y que, varias veces, habíais resuelto dejar el pecado y entregaros enteramente a Dios?

¿No es verdad que el pensamiento del juicio y del infierno os hacía derramar lágrimas y que, ahora, nada de esto os conmueve, ni os sugiere la menor reflexión? ¿De qué proviene esto? Es que vuestro corazón se ha endurecido y que Dios os abandona, de manera que cuanto más permanecéis en el pecado, más se aleja Dios de vosotros, y más insensibles os hacéis a vuestra perdición.

¡Ah! si al menos hubieseis fallecido en vuestra primera enfermedad, ¡no cayerais en lugar tan profundo del infierno! -Pero, si quisiese retornar a Dios en la actualidad, ¿me recibirá aun el Señor?- Amigo, no te digo sí, ni no. Si el número de pecados que Dios tiene el propósito de perdonarte, no está colmado; si no has despreciado aún todas las gracias que Dios te tenía destinadas, bien puedes esperar. Mas si está va llena la medida de tus pecados y de las gracias menospreciadas, entonces todo está perdido para ti; en vano formularás los mejores propósitos…

¡Ah! Dios mío, ¿podremos pensar en esto sin que intentemos por todos los medios posibles mover la misericordia de Dios Nuestro Señor? Mas, tal vez, alguien se dirá consigo mismo, ¿no tendré más que entregarme a la desesperación? – ¡Ah! amígo mío, yo quisiera poder llevarte a dos pasos de la desesperación, para que, al darte cuenta del estado espantoso en que te hallas, adoptases, para salir del mismo, los medios que aun en el presente Dios te ofrece. – Pero, me dirás, muchos hay que se convirtieron en la hora de la muerte: el buen Ladrón, en primer lugar, nunca había conocido a Dios. Desde que le conoció, entregóse a Él; mas adviértase que es el único caso que la Sagrada Escritura nos presenta, y es para que no desesperemos del todo en aquella hora. -Mas hay también muchos otros que se convirtieron, a pesar de haber vivido mucho tiempo en pecado.- Cuidado, amigo mío, pues creo que te engañas: dime que hay muchos que se arrepintieron; pero convertirse, ya es otra cosa. He aquí lo que harás, y lo que has hecho ya en tus enfermedades: hacer llamar un sacerdote, porque te atemorizaba el mal que sufrías. Pues bien, con todo tu arrepentimiento, ¿te has convertido? Sin duda te habrás endurecido mas todavía, ¡Ay! poca cosa significan tales arrepentimientos…

En tercer lugar, y avanzando en nuestros razonamientos, voy a mostraros cómo en vuestra manera de vivir nada hay que pueda haceros confiar; por el contrario, todo debe alarmaros, según ahóra vais a ver:

1.° Sabéis vosotros que, por vuestras solas fuerzas, no podéis salir del pecado; estáis plenamente convencidos de que es preciso que Dios os ayude con su gracia, ya que San Pablo nos dice que ano somos ni capaces de formular un buen pensamiento sin la gracia de Dios» (2 Cor., 3. 5.).

2.° Sabéis muy bien que el perdón sólo podéis obtenerlo del mismo Dios. Reflexionad seriamente sobre estas dos consideraciones, y comprenderéis cuán grande sea vuestra ceguera; o, para decirlo más claramente, pensad que estáis perdidos si con prontitud no abandonáis el pecado. Más decidle, ¿es precisamente despreciando las gracias del buen Dios como podéis esperar mayores fuerzas para romper con vuestros malos hábitos? ¿No es, por ventura, todo lo contrario lo que debéis esperar? Cuanto más allá lleguéis en vuestros extravíos, más merecedores os haréis de que Dios se aparte de vosotros y os abandone. De lo cual concluyo yo que, cuanto más retraséis el retornar a Dios, mayor es el peligro en que os ponéis de no convertiros nunca. Hemos dicho que sólo de Dios podemos obtener el perdón. Pues bien, dimé, ¿será multiplicando tus pecados como vas a asegurarte el perdón de tu Dios? Anda, amigo; eres un ciego, vives en el pecado para morir en él, y serás condenado. He aquí, amigo mío, a dónde te llevará tu manera de orar y tu manera de vivir: «Vida de pecador, muerte de réprobo». Mas, para que mejor sintáis todo esto, avancemos hasta el momento fatal en que va a terminar nuestra vida.

II.- Tengo por seguro, ante todo, que todos vosotros habéis resuelto hacer una buena muerte, convertiros y dejar el pecado. Vamos, pues, junto a fulano, que está moribundo, y hallaremos a un sujeto tendido en su lecho, cuya vida ha sido, como la vuestra, vida de pecado, mas sin faltarle jamás la esperanza de que antes de morir saldría de tan miserable estado. Examinadle bien, considerad atentamente su arrepentimiento, su dolor, su confesión y su muerte.

A continuación, considerad lo que sois: y veréis también lo que será de vosotros otro día. No nos apartemos de la cabecera de ese moribundo, antes de que su suerte esté decidida para siempre. Aunque vivió en el pecado y en los placeres, se había prometido constantemente tener una buena muerte, y reparar todo el mal cometido durante su vida. Grabad indeleblemente esto en vuestro corazón, para que nunca os olvidéis de ello, y tengáis siempre presente ante vuestros ajos la suerte que os espera.

Os diré, primeramente, que durante toda su vida estuvo siempre impedido por obstáculos que él juzgaba insuperables. Lo primero que creía imposible dejar sus malos hábitos; otro obstáculo era la creencia de que no contaba ni con la gracia ni con fuerzas suficientes. Aunque en pecado, comprendía muy, bien lo costoso, lo difícil que es hacer una buena confesión y reparar toda una vida que no fué más que una cadena de horrores y crímenes.

Sin embargo, el tiempo llega, él tiempo urge; es preciso dar comienzo a lo que nunca se quiso hacer, es preciso internarse en su corazón, verdadero abismo de iniquidad, semejante a un matorral erizado de tantas y tan temibles espinas, que uno no sabe por dónde echar mano y acaba por dejarlo todo tal como está. Mas la luz del conocimiento va extinguiéndose poco a poco; y, sin embargo, él no quiere morir en tal estado.

Quiere convertirse: es decir, quiere dejar el pecado antes de morir. Que morirá, no hay duda; mas que se convierta no lo creo : sería preciso hacer ahora lo que debía haber hecho estando sano.

En la imposibilidad de realizarlo, con lágrimas en los ojos, formula las mismas promesas que ha hecho cuantas veces se halló en trance de muerte; mas Dios no escuchará tales falsedades y mentiras. Para ello será necesario destruir el pecado, que echó ya en su corazón raíces tan profundas, que superan a toda fuerza que intente arrancarlas, como no sea una gracia extraordinaria. Pero Dios, para castigar su desprecio de todas las que en vida le concedió, se la deniega y le vuelve la espalda para no verle; tápase los oídos para no exponerse a que sus gemidos y sollozos le enternezcan.

¡Ay! es preciso morir, y nada de conversión; pero ni tan sólo conocimiento tiene; vedle cómo desatina, contestando una cosa por otra. El sacerdote se queja, dice que se le debió, avisar más pronto, que el enfermo carece ya de conocimiento, que no puede confesar. Padre, se engaña usted, tiene todo el conocimiento que debe tener antes de morir; si hubiese venido ayer para confesarle, Dios le habría quitado también el conocimiento; ha vivido en pecado despreciando el tiempo y las gracias que Él le concediera, y, según la justicia divina, debe morir en pecado.

Aguarde usted unas horas y no tardará en verle arrastrado al infierno por los demonios a quienes tan puntualmente obedeció en vida; no aparte de él su mirada y va a ver cómo vomita su alma al infierno.

Mas, antes de llegar el terrible momento, consideremos la agitación que experimenta; preguntadle si realmente quiere confesarse, si le sabe mal haber ofendido a Dios; os hará ademán de que sí; bien quisiera confesarse, pero no puede. ¡Ay! ¡es preciso morir, y nada de confesión! ¡nada de conversión!¡nada de conocimiento!. Acércate, amigo, mira a este empedernido pecador, que todo lo despreció, que se burló de todo, que creía que al morir todo acabaría para él.

Mira a ese joven libertino, no hace aún quince días dejaba oir su voz en los cafés y casas de diversión, cantando canciones las más obscenas, malversando su dinero en el juego. Mira a esa joven mundana llevada en alas de su vanidad, en la creencia de que jamás podría detenerse ni morir.

¡Oh, Dios mío!; hay que morir! ¡Ay! ¡qué cambio, es necesario morir y condenarse!. Mira aquellos ojos que salen de sus órbitas, presagiando que la muerte va a llegar; ve cómo todos los que le acompañan están afectados de un sentimiento singular: se le contempla con lágrimas en los ojos. ¿Me conoces? le preguntan. Y él se limita a abrir horriblemente los ojos, con un visaje que pone espanto a cuantos le rodean. Se le mira temblando y con la cabeza inclinada: salid de allí dejadle morir tal como vivió.

Venid vosotros que desde tantos años vais dilatando la confesión para tiempos mejores. Ved cómo sus labios fríos y temblorosos, faltos de movimiento, le anuncian que llega la muerte y la condenación. Amigo, deja por un momento la taberna, y ven conmigo a contemplar ese rostro pálido, ese semblante lívido, esos cabellos bañados en el sudor de la muerte. ¿No ves cómo se erizan sus cabellos? ¡Ay! parece como si experimentase ya los horrores de la muerte.

¡Ay! todo acabó para él, es preciso morir y condenarse. Ven; hermana mía, deja por un momento esa música y esa danza; ven y verás lo que te espera otro día. ¿No ves esos demonios que le rodean, induciéndole a la desesperación? ¿No ves sus horribles convulsiones? Todo está perdido; preciso es que el alma salga de su cuerpo. ¡Oh, Dios mío! ¿A dónde irá esa pobre alma?. ¡Ay! sólo el infierno será su morada.

Un momento; le quedan aún cinco minutos de vida para que le sea manifestada toda su desdicha. Vedle cómo se acerca a su fin,.. los circunstantes y el sacerdote pónense de rodillas para mirar si Dios querrá tener compasión de aquella pobre alma: «Alma cristiana, le dice el sacerdote, sal de este mundo!» – Y ¿a dónde quiere usted que vaya, si no ha vivido más que para el mundo, si solamente se acordó del mundo? Además, según la manera como vivió, pensaba no salir nunca de él… Usted, padre, le desea el cielo, pero ella ni tan sólo conocía su existencia! Se engaña, padre; dígale más bien: «Sal de este mundo, alma criminal, ve a quemarte, ya que durante toda tu vida no has trabajado más que para eso.». «Alma cristiana, continúa el sacerdote, ve a descansar en la celestial Jerusalén». – ¡Bravo! amigo, envía usted a aquella hermosa ciudad un alma toda cubierta de pecados, cuyo número excede a las horas de su vida; un alma cuya vida no fué más que una cadena de impurezas, la va usted a colocar junto a los ángeles, junto a Jesucristo que es la pureza misma.

¡Oh, horror! ¡oh, abominación! ¡al infierno, al infierno; ya que allí es donde tiene su lugar señalado! – «Dios mío, va siguiendo el sacerdote, Criador de todas las cosas, reconoced esta alma como obra de vuestras manos. – ¡Y qué! padre, se atreve usted a presentar a Dios, como si fuese su obra, un alma que no es más que un montón de crímenes, un alma enteramente corrompida; cese, amigo, de dirigirse al cielo, vuelva su mirada hacia los abismos y escuche a los demonios cuyo auxilio tanto reclamó; écheles esa alma maldita, ya que para ellos trabajó. -«Dios mío, dirá tal vez aún el sacerdote, recibid esta alma que os ama como a su Criador y como a su Salvador». ¿Ella ama al buen Dios? ¿Dónde están, amigo, las señales? ¿Dónde están sus devotas oraciones, sus buenas confesiones, sus buenas comuniones? O mejor, ¿cuándo cumplió el precepto pascual? Calle usted, escuche al demonio diciendo a gritos que ella le pertenece, ya que desde mucho tiempo a él se entregó. Hicieron un trato de cambio: el demonio le dió dinero, medios de vengarse, le procuró ocasiones de satisfacer sus infames deseos; no, no, amigo, no le hable más del cielo. Por otra parte, ella tampoco lo desea; prefiere, estando tan cubierta de crímenes, ir a arder en los abismos, antes que subir al cielo, en presencia de un Dios tan puro.

Detengámonos ahora un momento, antes que el demonio se apodere de ese réprobo; sólo le queda el conocimiento necesario para darse cuenta de los horrores del pasado, del presente y del porvenir que, para él, son otros tantos torrentes del furor de Dios cayendo sobre el infeliz para completar su desesperación. Dios permite que en el espíritu de ese desgraciado que todo lo despreció, se te presenten juntos en aquel momento todos los medios que le ofreciera para salvar su alma; ve entonces como tenía necesidad de todo cuanto le ofreció Dios, y no le ha servido de nada. Dios permite que, en aquel momento, se acuerde hasta del ínfimo pensamiento saludable de los que le habrán sido sugeridos durante su vida; y ve cuál fué su ceguera al perderse.

¡Oh, Dios mío! ¡cuál será su desesperación en tales momentos, al ver que podía salvarse v se ha de condenar! ¡Ay! ¡el presente y el porvenir completan su desesperación! Tiene plena convicción de que antes de transcurrir tres minutos estará en el infierno para no salir jamás de allí… El sacerdote, viendo que no hay lugar para la confesión, le presenta un crucifijo para excitarle al dolor y a la confianza, diciéndole: «Mijo mío, he aquí a tu Dios que murió para redimirte, ten confianza en su gran misericordia que es infinita». Salga, de aquí, amigo, ¿no ve usted que sólo aumenta su desesperación? ¿Piensa lo que va a hacer?… ¡Ún Dios coronado de espinas, en las manos de una mundana veleidosa que durante toda su vida sólo procuró adornarse para agradar al mundo!-.. ¡Un Dios despojado de todo, hasta de sus vestiduras, en manos de un avaro! … ¡Oh, Dios mío! ¡qué horror!… ¡Un Dios cubierto de llagas, en manos de un impuro!… ¡Un Dios que muere por sus enemigos, en manos de un vengativo!… ¡Oh, Dios mío! ¡podemos imaginarlo sin morir de horror! ¡Oh! no, no, no le presente usted más ese Dios clavado en cruz; todo acabó para él, su reprobación es segura. ¡Ay! ¡es preciso morir y condenarse, teniendo tantos medios para alcanzar la salvación! Dios mío, ¡cuál será la rabia de ese cristiano durante toda la eternidad!

¡Ay! oídle al dar sus tristes despedidas. El infeliz ve que sus parientes y amigos huyen de él y le abandonan, y lloran diciendo: «Ya está, ya murió…». Es en vano que se esfuerce en darles su última despedida: ¡Adiós, padre mío y madre mía! ¡adiós, mis pobres hijos, adiós para siempre!..: Mas ¡ay! aún no ha exhalado su último suspiro y ya se haya separado de todo, ya no les escucha. ¡Ay!; yo me muero y estoy condenado!… ¡Ay!. ¡sed más buenos que yo!… ¡Oh! se le dice, no dejaste de obrar bien durante tu vida. ¡Oh! triste consuelo.

Pero no son éstas las despedidas que mas le entristecen; ya sabía él que un día lo había de dejar todo esto; mas, antes de bajar al infierno, levantaba los ojos al cielo, perdido para siempre: ¡Adiós, hermoso cielo! ¡adiós, mansión feliz que por tan poca cosa he perdido! ¡adiós, dichosa compañía de los ángeles! !adiós, mi buen ángel de la guarda, a quien Dios había destinado para ayudarme a mi salvación, y a pesar de vos me he perdido! ¡adiós, Virgen santa y Madre tierna, si hubiese querido implorar vuestro auxilio, Vos hubieseis obtenido mi perdón! ¡adiós, Jesucristo, Hijo de Dios, que tanto sufristéis por salvarme, y yo me he perdido; Vos que me hicisteis nacer en el seno de una religión tan consoladora, y fácil de seguir! ¡Adiós, pastor mío, a quien tantas penas he causado al despreciar a usted y todo cuanto su celo le inspiraba para hacerme ver que, viviendo como yo vivía, me era imposible salvarme, adiós para siempre!…

¡Ah! al menos los que están aún en la tierra pueden evitar semejante desdicha; mas, para mí, todo se acabó; ¡sin Dios, sin cielo, sin felicidad!…, ¡siempre llorar, siempre sufrir, sin esperanza de fin! … ¡Oh, Dios mío! ¡cuán terrible es vuestra justicia! ¡Eternidad! cuántas lágrimas me haces derramar, cuántos clamores me haces exhalar…, ¡yo que viví constantemente en la esperanza de que un día había de salir del pecado y convertirme! ¡Ay! ¡La muerte me ha engañado, y no he tenido tiempo… !

¡ Ah ! hermano mío, nos dice San Jerónimo, ¿ quieres permanecer en pecado, y temes perecer en él? Nos refiere este gran Santo que un día fué llamado para visitar a un pobre moribundo y, al verle muy atemorizado, le preguntó qué era lo que tanto parecía asustarle, «¡Ay! padre, ¡estoy condenado!» Y diciendo estas palabras, exhaló el postrer suspiro. ¡ Oh, infortunado destino el de un pecador que ha vivido en pecado! ¡Ay! ¡A cuántos ha arrastrado el demonio al infierno, con la esperanza de que se convertirán!.

¿Qué vais a pensar, vosotros que me escucháis, y no practicáis la oración, ni os confesáis, ni pensáis en convertiros? Dios mío, ¿podrá uno permanecer en una situación que en todo momento expone a caer en los abismos?. – Dios mío, dadnos la fe, que nos hará conocer la magnitud de nuestras desdichas si nos perdemos; y nos pondrá en la imposibilidad de permanecer en pecado!