Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 8


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Aflicción y tristeza de María Santísima cuando meditaba la profecía de Simeón

Ya habían encontrado al infante perdido y gozaban de su amable compañía y presencia. María había también duplicado su cuidado y amor, si es que así se puede decir; y aunque ya desde entonces disfrutaban tan apetecido bien y felicidad, con todo, el Corazón de María fluctuaba en las aguas de la tribulación.

Como era tanto el amor que le profesaba, como le veía tan hermoso, tan pacífico, tan dulce en su conversación y tan encantador en su trato, encendía y suscitaba en su imaginación el fuego que habían antes levantado en ella las palabras de Simeón, y recorría en su mente los tormentos y trabajos excesivos que le había de ocasionar el fin de su venida al mundo.

Fácilmente puedes, alma mía, considerar el tormento que causaría en su pecho tan triste recuerdo, cuando el mismo Evangelio hace expresa mención de él, diciendo: «María conservaba en su corazón estas palabras» (San Lucas 2, 51); y un sabio célebre lo da a entender terminantemente en esta forma:

«Pienso que aunque reuniéramos todos los corazones, todos los entendimientos y todas las humanas capacidades en uno, no serían bastantes para llegar a comprender cuánto era el ardor que abrasaba a nuestra Reina al revolver en su ánimo lo que había visto y oido» (Card. Tomás Ánglico OP, Sobre el Salmo XXX, 9).

Aunque sin mucho trabajo puedes, alma mía, formarte una idea bastante exacta, y para esto no tienes más que fijarte en uno de los muchos ejemplos que se te ofrecen. Porque si te paras a observar a una madre que tiene un hijo sobremanera querido; si supones que esta madre tuviese conocimiento cierto, que aquella porción tan cara de sus entrañas había de acabar algún día sin remisión su vida en poder de una muerte desastrosísima y muy terrible… ¿qué dolor no atravesaría sus entrañas cada vez que se presentase delante de sus ojos?

No es posible poderlo llegar a expresar, y mucho más si estuviera distinguido con unas prerrogativas semejantes a las del Hijo de María… ¿Es este, exclamaría aquella infeliz mujer, aquella anterior madre, es este el que forma ahora mi embeleso y después el martirio de mi corazón? ¡Cuánto más me valdría no haberle engendrado, si después he de ser yo misma el testigo de su aflicción!… ¡Oh suerte falaz y desgraciada!… ¡Oh contento lisonjero y engañosa alegría!

Para tal mujer, para tan desgraciada madre no habría en tal situación ni descanso ni quietud; los minutos le parecerían horas, las horas días, los días meses, y los meses como los más prolongados años a la vista de su aflicción…

Aunque por otra parte los mismos años se la figurarían leves instantes por aproximarse la deplorable enajenación y pérdida de su amado Hijo.

Con esta reflexión, alma mía, quizá se llegará a convencer tu misma razón, y vendrás a figurarte los angustiosos desvelos que producían en el ánimo sobresaltado de María Santísima las vivas reflexiones de su imaginación… ¡Qué lágrimas no derramarían sus ojos, testigos evidentes de su dolor!… ¡Oh inocente paloma! ¡Qué comida o bebida tomaríais que no fuese bañada con tan amargo llanto!… ¡Qué sueño sería el debido refrigerio a vuestro cansancio!… ¿Qué haríais en él si no exclamar: «Yo duermo y mi corazón vela» (Cánticos V, 2), y llamando a él la voz de su querido? ¡No se cumplen en mí aquellas consoladoras palabras: «Alégrese tu padre y regocíjese la que te parió» (Proverbios XXIII, 25).

A la verdad, que la tristeza y aflicción de María con estos recuerdos la ocasionaría un martirio muy cruel. Medítalo atentamente, alma mía, según la idea que antes has formado, y verás que fue un dolor y pena grande para María Santísima semejante recordación…

Sentimientos y propósitos para este día

Como que el poseer y gozar María Santísima de su amabilísimo Hijo era la cosa que en su parecer, como era efectivamente, encerraba el mayor bien y la felicidad más grande, como era un tesoro el más grande y de infinito valor, y como formaba todas sus complacencias y delicias, por consiguiente no debe causar admiración el verla poseída de dolor y angustias al considerar que algún día se había de desprender de semejante alhaja, y que se la habían de arrebatar de entre sus brazos.

Y mucho más si se detenía a recordar el modo tan bárbaro y cruel con que habían de apagar tan divina luz, y los oprobios que habían de acompañar a tan abominable acción… Lo que sí me admira, Madre mía de mi corazón; lo que sí me admira, repito, es el poco caso que hago de las lecciones que me dais, y lo poco que me aprovecho de los ocultos arcanos que en ellas se encierran para mi bien…

Vos, Virgen santa, os llenais de amargura al presentir el fin que espera a vuestro tierno y regalado Hijo, porque es el objeto único de vuestro amor, y del que recibís tantas gracias y consolaciones… y yo, reina de mi vida, vivo tan descuidado del único bien, de la prenda que más estimo, y de la que me ha de hacer feliz por toda la eternidad, que es mi alma…

¿Y yo, para decirlo mas claro, si es que puedo sin llenarme de rubor, hago tan poco caso de mi salvación y de conseguir que mi alma sea feliz y afortunada por toda la eternidad?… ¡Oh necedad!…¡Oh desvío lastimoso! ¿Qué espero conseguir de esas honras por que tanto me afano… de esos negocios que tantos desvelos me causan, y por cuya consecución ni como, ni bebo, ni sosiego, ni descanso? ¿Qué puede ser más que el aprecio, la distinción y el nombre de los hombres? ¿Qué…. más que el pasar una vida cómoda, sin carecer de nada vivir agasajado, obsequiado, reverenciado y aun temido?… Pero y todo esto, ¿qué vale?… ¿De qué me servirá en aquel momento crítico, en aquel pesado lance de mi juicio? ¡Ah!…

Si esta noche escuchare la voz del Evangelio que, como al rico, me dice: «Hoy mismo será la separación de tu cuerpo y de tu alma, y vendrás a darme cuenta… ¿de qué te sirve todo eso que has congregado, si estás vacío de buenas obras?»… Conozco, Princesa del empíreo, mi insensatez y demencia…

No desprecio ni un leve consejo de mis amigos cuando pertenece al logro de mis deseos y con tanta desvergüenza hollo y menosprecio los que me da mi Redentor, hablando a Marta y en ella a todos los cristianos… diciendo: «¿Para qué te afanas y turbas con tantos negocios, cuando uno solo es necesario?». Oigo clamar a los Profetas en el Antiguo Testamento, a los Evangelistas y San Pablo en el Nuevo, y que sin intermisión me gritan y amonestan el camino que debo llevar, y el negocio único de mi salvacion, en que me debo ocupar con esmero y solicitud…

Pero yo, sordo y ciego, doy más crédito y me guío por mis apetitos y pasiones, que no al mismo Señor que me vino a salvar.

¿Es posible, alma mía, es posible que antepongas esa tu pasión, tu tibieza, tu poco recogimiento, tu libertinaje y desenfrenamiento al consejo adorable de tu Redentor, y a los avisos de tus más fieles apreciadores? ¿Es posible que prefieras esos bailes, torneos y banquetes, esas palabras amatorias, esos desahogos livianos, y en suma, tantas culpas y delitos que te han de perder y condenar sin remedio, a las saludables doctrinas de los que de veras te aman, y a las tan útiles instrucciones de los que desean verte glorificada y feliz en su compañía?…

Abre, alma mía, los ojos, y aprovéchate de la luz que en esta ocasión te ofrece tu misericordiosa Madre… Expurga y sacude con su ayuda todos cuantos estorbos te se presentan, y conoce que algún día te alegrarás de haberlo hecho así.

¡Sí, Reina mía, me aprovecharé de vuestras saludables lecciones, que tanto contribuyen a mi eterna salud! ¿Con qué os podré pagar beneficios tan inestimables? Por tanto, Virgen mía, os propongo mirar con más interés mi propia salud; que si así lo hago me podré gloriar de siervo vuestro en esta vida, y os acompañaré en premio eternamente.

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.