Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 5


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: sentimiento y pena de María Santísima cuando su esposo la comunica la huida a Egipto

Burlado Herodes por los santos reyes Magos, era de creer que un hombre tan soberbio desahogase su furor con algún inhumano atentado, como se verificó mandando degollar a los niños inocentes. Pero el Cielo, que conocía sus perversas intenciones y quería librar de ellas al infante Jesús, hizo que se apareciese un Ángel en sueños a José y le dijo:

«Levántate, y toma al Niño con su Madre y huye a Egipto, adonde permanecerás hasta que os vuelva a avisar, porque Herodes le ha de buscar para quitarle la vida»   (San Mateo II, 13).

Despertó José, y sin la menor demora comunica a su esposa la revelación que ha tenido. «Sabréis, esposa mía, la dice, que el Cielo manda ponernos al momento en camino para Egipto, para libertar así a nuestro inocente Jesús de la muerte que le prepara Herodes…»

Reflexiona, alma mía, cuál sería la mutación tan sensible del amante Corazón de María (San Vicente Ferrer, Sermón en la octava de los Santos Inocentes) al oír tan inesperado aviso; cuál su ansiedad y solicitud para emprender la huida.

Mientras que su esposo, encendido de los mismos deseos, apareja con la velocidad del rayo la jumentilla, la tristísima Madre, sin omitir por eso su prontitud, hablando con su Hijo le decia:

«¡Hijo de mis entrañas!… ¡Vos que librásteis a David de sus enemigos, a los tres niños del horno de Babilonia, a Susana de los inicuos jueces y a Daniel de lago de los leones, libradnos de un enemigo tan cruel, del voraz fuego de su furor, del tirano poder de su ambición y de la ferocidad de su pecho!…

¡Vos, Señor, que venís a dar al mundo su perdida paz, os veis precisado ya, apenas nacido, a tomar la fuga y vivir en un continuo sobresalto!

¿Qué intentos son los de los hombres cuando los vais a ocasionar su bien?

¡Vamos, dueño mío de mi alma, a ejecutar lo que nos intima la divina revelación!… ¡Omitamos pláticas que, aunque parecen inútiles, dan algún desahogo a un herido corazón!…. ¡Cumplamos las disposiciones inefables del Altísimo, que rendidos adoramos con la mayor sumisión!…

¡Huyamos, bien de mi alma, librémonos de tan furibundo perseguidor!… ¡Nuestra detención no sea causa de algún nuevo pesar!…»

Con tales expresiones indicaba la afligida Señora el interior de su pecho, y tranquilizaba en algún modo su vehemente sobresalto; y cogiendo entre sus brazos a la prenda más peregrina, al Hijo de Dios y nacido de sus entrañas, sin esperar a hacer provisiones para el camino, que era largo y escabroso, sin reparar en la hora tan intempestiva, que era la media noche, ni en otros motivos que había para detenerse un poco, emprendieron su penoso viaje.

¡Tal era el deseo de María! Pero sobre todo reflexiona, alma mía, que lo que más la animaba a tan pronta ejecución era el ansia de cumplir la voluntad divina, manifestada por aquella inspiración… junta a este deseo la ansiedad de su amorosísimo Corazón… ¡Oh Madre mía y Señora de mis potencias, qué multitud de penalidades os rodean por todas partes!…

Sentimientos y propósitos para este día

La divina revelación es el medio, Virgen Santísima, que hoy os descubre las disposiciones incomprensibles del Altísimo, para salvar de tan odiable enemigo a vuestro Hijo muy amado. He reflexionado, Madre mía, este paso tan aflictivo, y en medio de que en él os encuentro sobresaltada como era justo, y oprime sobremanera mi espíritu vuestra situación, mas con todo, Reina mía, me hallo admirado de la puntual correspondencia con que, haciéndoos superior a todos los pesares, poneis en ejecución la voluntad del Altísimo. ¡Digno ejemplo!… ¡Exactitud singular!…

¿Cómo, Señora, no dudásteis… cómo no os detuvísteis a eseudriñar los juicios y ocultos arcanos de la eterna Sabiduría? ¿Cómo no dijísteis: este Hijo mío es más poderoso que todos los reyes del mundo, tiene en su defensa innumerables Ángeles, y con solo su presencia abatirá y confundirá todas las maquinaciones de su rival?… ¿Cómo por fin no se os ocurrieron semejantes discursos? ¡Ah!… Sin duda fue para enseñarnos a no despreciar las inspiraciones y llamamientos que tan continuamente nos está dando el Señor para que nos enmendemos y dejemos la mala vida que tenemos, y sigamos con más aliento la comenzada.

No lo dudes, alma mía, porque es evidente, que con frecuencia desatendemos los llamamientos que nos hace el mismo Dios.

Y si no, dime, ¿qué otra cosa es ese interior movimiento que tú atribuyes a melancolía, pero que te amonesta y avisa para que no vuelvas a tratar con tal o tal persona que te es ocasión para pecar… que no asistas a tal paseo o tertulia, que no te mezcles en las vidas ajenas, murmurando de las acciones de tus prójimos bajo el frívolo pretexto de pasar el rato, no tener mala intención y ser ya casi indispensable?

¿Qué otra cosa es ese impulso o sentimiento que agita tu corazón cuando has obrado mal, que no te deja, que te contrista y perturba? ¿Qué otra cosa es ese nuevo movimiento que experimentas en muchas ocasiones, y te anima para que dejes tus malos hábitos, para que frecuentes los Sacramentos, para que practiques tus antiguas devociones y de una vez mires, con más interés, por la salvación? ¿Qué otra cosa, para decirlo de una vez, son todas esas calamidades que te sorprenden, como una enfermedad, un revés de la fortuna, una traición de algún amigo o pariente en quien tú tanto confiabas, una persecución o semejantes, o esos desastres que adviertes acontecer en otras casas, como la muerte repentina de un vecino o conocido, un robo, una puñalada, un accidente, un incendio y tantos otros fatales sucesos sino avisos del Cielo, inspiraciones y llamamientos de la gracia de un Dios que bondadoso te espera y avisa para perdonarte?

¡No los desprecies ya, alma mía, antes bien recíbelos como pruebas de la fineza de tu Dios! Así lo haré, Virgen Santísima, y os imitaré con la mayor fidelidad… Sacaré de ellos una suma felicidad, y manifestaré mi gratitud debida a los beneficios de mi Dios, pues estoy firmemente persuadido que de esta manera me hago acreedor a sus misericordias; y así os doy también una prueba de los sentimientos nobles que, por la meditación de vuestros dolores, se reproducen en mi alma, aliviando así en lo que está de mi parte vuestras penas, para reinar después sin fin con Vos…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.