Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 4


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Dolor y aflicción de María Santísima en la presentación al templo y profecía de Simeón

Como se hubiesen cumplido los cuarenta días que mandaba la ley de Moisés para la purificación de las madres y ofrecimiento de los hijos, tomaron José y María al Niño Dios, y le llevaron al templo de Jerusalén.

Muchas cosas ofrece este religioso acto, y son dignas de notarse, pero las omitimos para ocuparnos solo en las que vienen a nuestro intento. Jesucristo y su Madre estaban exentos de esta ley, pero sin embargo el Hijo se sujeta a ella por el amor a su Madre y por nuestro bien e instrucción, y la Madre la observa por la dilección del Hijo y conformidad con su voluntad, pagándose y dispensándose así mutuamente los oficios de la más acendrada caridad.

Y suponiendo esto como bien sabido, reflexiona, alma mía, la espada penetrante que traspasa el corazón de la Santísima Madre en el momento mismo de cumplir con esta ceremonia legal, he aquí que cuando entraban en el templo (San Lucas II, 28), un santo viejo, hombre justo y timorato, que esperaba la redención de Israel según se lo había prometido el Espíritu Santo cuando le dijo que no moriría sin ver primero al escogido del Señor, tomando en sus brazos al infante Jesús, y conociendo ser aquel el único objeto de sus esperanzas, entonó aquel cántico celestial que puso en admiración a los circunstantes, y volviéndose después a María bendiciéndolos, la dijo:

«Señora, este niño será causa de la ruina y resurrección de muchos en Israel, y una espada de dolor atravesará tu alma».

Bien podemos considerar la aflicción y sentimiento de tan amorosísima Madre: pues que no ignoraba las divinas disposiciones sobre aquel niño, y sabía el fin de su venida al mundo, comenzó a repasar en su mente los géneros de tormentos que le esperaban, y las palabras que muchas veces había leído en el Antiguo Testamento que profetizaban lo excesivo de su humillación.

¡Ah! ¿Quién podrá explicar la multitud de ideas melancólicas que se agolpaban a su imaginación? ¿Quién indicará ni aun confusamente el torrente de amargura que inundaría su corazón? ¿Quién formará con sus palabras ni aun el más pequeño bosquejo de sus aflicciones? No hay lengua que lo acierte a decir, y solo tu consideración, alma mía, llegará en algún modo a entenderlo, si te detienes como es debido. ¡Ahora quiere María prorumpir en las exclamaciones que dieran algún desahogo a su pecho, y no la es facil! ¡Ahora se la figura van a arrebatárselo para dar principio, y se encuentra zozobrosa!

No, no se tranquiliza tan pronto su agitación. Si le mira con aquel afecto y fija en él sus ojos, se inundan en llanto al recordar que es la víctima que se va a sacrificar… ¡Todo es aflicción para vos, Madre mía!… ¡Hasta en el mismo templo, adonde os ha conducido la más eficaz obediencia y la más pronta humildad, encontráis motivos de dolor!… ¡Cuánto padeceis por mi bien y felicidad!

Sentimientos y propósitos para este día

El ejemplo de humildad y obediencia que nos dais, tristísima Virgen, en el acto de vuestra purificación en el templo, estoy por decir que fue ocasión para que el Cielo en cambio os regalara con la aflicción que sorprendió a vuestra alma en las palabras de Simeón. Porque, aunque os reconoce como a su Reina y Señora, pero trata de añadiros el singular título de Reina también de los laureados Mártires, consagrándoos desde hoy la esmaltada corona.

¡Qué examinada y probada es vuestra constancia! Pero con todo, hoy más que nunca puedo aprender de Vos una de las más importantes lecciones. Porque si Vos, que sois la pureza por gracia, la Inmaculada desde ab ætérno, toda pulcra por naturaleza (Hugo de San Víctor CRSA, Sermón 9 de la Concepción de María), más pulcra por la gracia y pulquérrima por la gloria, pura en lo interior por la misma pureza y en lo exterior por la virginidad (Juan de San Gimignano OP, Del Cielo y los elementos, libro I, cap. 48) os presentáis hoy en el templo a cumplir la ley de la purificación, ¿qué haré yo, que desde mi primer instante fui concebido en el pecado (Salmo L, 7)? ¡Yo, que llevo siempre conmigo el instigador enemigo, y que soy de un barro el más frágil y quebradizo! ¡Y yo, en fin, que nada puedo reconocer sino, como el Apóstol, una rebelión de mis pasiones que cautiva la ley de mi razón inclinada y propensa siempre al mal (Romanos VII, 23)!…

¿Cómo es posible que, hallándome en tal esfera no cuide de purificar mi conciencia de las inmundicias de la culpa, y limpiarla de la escoria del pecado? ¡Solo mi ignorancia maliciosa puede ser la autora de semejante delito!… ¡Tan solícito como soy en la limpieza de mi cuerpo, y en la de mi alma tan abandonado!… ¡Me pediréis cuenta, Dios mío, de si he vivido según la política mundana o según vuestra ley y soberanos preceptos!… ¡Cuándo me he de convencer de verdades tan eternas!…

¡Oh malicia y ceguedad de mi corazón! ¡Bien cuidadoso soy, Madre mía, cuando estoy enfermo de buscar medicinas que sanen mi cuerpo miserable, que al fin se ha de arruinar, y para el bien de mi alma, que ha de vivir para siempre, han vergonzosamente descuidado!

¡Ah!… ¡Si me confieso lo hago de tarde en tarde, de prisa y como una simple ceremonia, sin advertir que, por este santo Sacramento, recibido con la debida preparación, de enemigo que era de Dios por el pecado me reconcilio con él por la gracia; de hijo desconocido e infiel siervo de María me convierto en su más querido siervo y compasivo devoto!… ¡Qué error! ¡Qué desgracia! No desea el Señor más que un he pecado para perdonarme como a David, y yo ni aun esto practico… ¡Hasta cuándo alma mía, hasta cuándo! ¡Pero ya no más! ¡Ahora, Dios mío, ahora, Reina de mi corazón, llegó ya el instante de mi reconocimiento!…

Ya sé el camino, pues que hoy me lo demostráis. ¡Iré al templo, yo que tanta necesidad tengo de purificarme! Allí, ¡oh felicidad!, confesaré mis iniquidades, porque sé que si así lo hago sois justo y fiel para perdonármelas (I de San Juan I, 9)…

¿Cómo he de poder ser vuestro siervo, Virgen santísima, si Vos sois tan limpio y yo tan sucio y abominable; si Vos amáis tanto la pureza del corazón, ¿y yo permanezco tan tranquilo en el hediondo muladar de mis pasiones? Mas no persistiré ni un instante en tal estado… seré más solícito por la integridad de mi conciencia… me dispondré mejor cuando llegue a esta saludable fuente a lavar mi alma, sin omitir el debido examen.

¡Oh confusión la mía!… Infinitas veces he asistido a esta probática piscina, y por mi culpa he salido más inmundo de ella… Yo he callado por una maldita vergüenza o mal entendido pundonor las circunstancias que más acriminaban mi culpa; yo he reparado tan poco en la enmienda desde una confesión a otra, que por mi habitual descuido no hacía reparo de las culpas graves que cometía presentándome al confesor con una misma relación, y convirtiendo esta celestial medicina en ruina y perdición de mi alma… Pero no ya así, Madre mía; os lo prometo con las mayores veras de mi corazón y convencimiento de mi entendimiento, para que así sea efectivamente vuestro siervo.

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.