Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 30


Septiembre

Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Desconsuelo y lágrimas de María Santísima al recibir en sus brazos el cuerpo difunto de su santísimo hijo

En los procelosos mares de la aflicción y de la angustia fluctuaba el Corazón de la inocente Virgen, cuando vio la felonía y el atentado de clavar con tan ferina rabia la afilada lanza en el costado de su querido Jesús; y por tanto continuaba desahogando sus sentimientos en tiernos suspiros. Pero a tan inmensas penas se juntó otra no menor, por aproximarse ya la noche, y no hallar proporción para bajarle de la Cruz antes que ésta lo cubriese todo con sus tinieblas.

Estando en estos pensamientos tan compasivos, divisaron otra vez, por la senda misma por donde se había bajado la turba inhumana que había abierto el costado de Jesús, que venía una cuadrilla de gente. Eran estas varias personas, que acompañaban a José de Arimatea, noble y distinguido varón de Jerusalén, y discípulo del Redentor, el cual, obtenido el permiso de Pilatos para dar sepultura a su Maestro, se acercaba para cumplir sus intenciones.

No los había apenas visto la Santísima Virgen y sus compañeros, cuando se sobrecogen de otra nueva aflicción (San Buenaventura, Meditaciones de la vida de Cristo, cap. LXXXI). Sus temores no se aquietan hasta que, viéndolos más de cerca, conocieron a José. Llegaron por fin, y recibidos por la Señora con el placer que es fácil entender, descolgaron el cadáver santísimo de Jesús, según lo refiere Santa Brígida y se puede allí notar (Revelaciones de Santa Brígida, libro II, cap. XXI).

Cuando estaba ya para llegar cerca del suelo en los brazos de los que le bajaban, ¿quién explicará, quién dirá el ansia y vivos deseos que por estrecharle en los suyos tenía María Santísima?…

No recibió la mujer a quien Elías resucitó su difunto hijo a este en sus manos ya vivo con tanta alegría (III Reyes XVII, 24), como María de los brazos de José a su querido y único, aunque ya muerto, Hijo Jesús.

Lo primero que hace es darle en su ensangrentado rostro unos besos tan estrechos, que además de llenarse de Sangre, se lastimó con las espinas de la horrible corona. ¡Ah, qué ósculos tan tiernos y afectuosos!… María no acierta a separar su rostro del de su desfigurado Jesús… pero lo hace por fin, y sentándose, con él en su regazo, comienza suavísimamente a limpiarle…

Alma mía, considera cuál sería la sensibilidad y el dolor de esta pobre Madre, al repasar y examinar tantas heridas y de tanta deformidad… Las mira atentamente, y no puede prorumpir en exclamaciones por quedarse suspensa y atónita; no quita por un gran rato la vista de su compasiva imagen, llevando sus manos unidas al pecho en acción de admirada…

¡Oh querida Madre mía, Reina tristísima… y cómo el Altísimo os conserva la vida milagrosamente, debiendo morir sin remedio a vista de tal espectáculo!…

«¿Por ventura es ese vuestro Hijo dulcísimo? ¿Es ese el que concebísteis con tanta gloria y disteis a luz con suma alegría? ¿Pues qué se hicieron vuestros pasados gozos? ¿Dónde están vuestras antiguas alegrías? ¿Dónde aquel espejo de hermosura en que os mirábais? ¡Ya no os aprovecha mirarle a la cara, porque sus ojos han perdido la luz! ¡Ya no os sirve hablarle, porque sus oídos se han cerrado… y ya no mueve aquella lengua que hablaba las maravillas del Cielo! ¡Ya están cerrados sus ojos, que con su vista alegraban al mundo! ¿Cómo no le habláis ahora, Reina del Cielo? ¿Cómo los dolores han anudado vuestra lengua? ¡Oh Madre afligidísima, a cuánta tribulación habéis venido y a qué olas de tristeza!… (I Macabeos VI, 11)» (Ven. Fray Luis de Granada, Tratado de la Oración, folio 43).

Considéralo despacio, alma mía; repasa con atención este cuadro y todas sus circunstancias, para que así mejor que de ningún otro modo puedas llegar a comprender las lágrimas que derramarían sus ojos, y el dolor sumo que la ocuparía…

Sentimientos y propósitos para este día

Mi corazón, Señora, se deshace en lágrimas y sollozos cuando con la reflexión posible me recojo a pensar y recordar vuestros sentimientos y penas cuando teníais en vuestro regazo a vuestro amabilísimo Hijo difunto, y tan lastimado…

¡Qué dolor tan penetrante atravesaría vuestro pecho tiernísimo! ¡Qué afectos tan compasivos os vendrían al pensamiento y expresaríais con vuestros labios! ¡Qué ósculos tan estrechos, qué abrazos tan apretados le daríais! ¡Aquí es donde se renuevan las amarguras y los pesares! ¡Aquí donde se recopilan todos los afectos y angustias que en toda su Pasión y en toda su vida os atormentaron! ¡Aquí donde se nos presenta el mar, innavegable piélago y mar de penalidades, de donde han salido y adonde han vuelto tantos ríos de dolor como hasta aquí hemos notado y visto en vuestro amoroso pecho!

¡Aquí, en fin, reconozco la suma de tantos sinsabores y aflicciones!… Pero… ¡oh felices dolores, oh bienaventuradas penas… oh dichosos pesares, cuántos frutos y utilidades nos han resultado! ¡cuánto honor y gloria a la misma Señora y Madre nuestra amabilísima!… Por los dolores de esta Reina recibió tanto júbilo y alegría la corte celestial, como le fue revelado a Santa Brígida, la cual vio una procesión de cortesanos y bienaventurados que guiaba la dolorosa Señora, delante de los cuales iba un Ángel que llevaba una grande espada, que significaba los dolores que padeció en la vida y muerte de su santísimo Hijo; después de lo cual le fue dicho a la Santa:

«Mira cuánto honor y gloria resulta de esta festividad a María Santísima, por la espada de angustia que sufrió en la Pasión de su amado…» (Revelaciones de Santa Brígida, libro VII, cap. II).

Por los dolores de nuestra Madre hemos hallado delante del Señor nuestra redención y la reconciliación de nuestra perdida amistad, porque si Dios envió al mundo su querido Hijo para que con su Pasión y muerte le rescatase de la culpa, claro está que en su modo la Madre de donde había de nacer, y que por el vínculo natural había de sentir tantas penas, angustias y tormentos, cooperaba y concurría en este sentido a nuestra reparación, aunque esta fuese solo obra reservada a Jesucristo…

En los dolores de María podemos fundar nuestro tesoro, siendo para con Dios de tanto valimiento que inclinan tan piadosamente al Eterno, que parece como que no puede negar cosa alguna que por ellos le pidamos.

Los dolores de María son la salud para nuestras dolencias, tranquilidad y refugio de los acosados, conformidad en nuestras adversidades, y socorro para nuestras aflicciones. Los dolores de María son el remedio de nuestros males, escudo para los justos, camino para los extraviados, y esperanza para todos los pecadores. Los dolores de María son la alegría del triste, la guía del peregrino, el amparo de las doncellas, la estrella que ilumina en la obscuridad, el tino en las dudas, acierto en las resoluciones, y puerto deseado de los que navegan en este valle de lágrimas.

Los dolores de María, en dos palabras, son nuestro patrocinio en la tierra y nuestra corona en el Cielo… ¡Bendita sea María Santísima, y alabados eternamente sus santísimos dolores!… ¡Ah, qué felicidad, alma mía, qué dicha la nuestra si nos sabemos aprovechar de tan infinito tesoro! ¡Sí, desde ahora os lo prometo!… ¡Ojalá que os agraden estas mis palabras, y que la meditación de mi corazón sea recibida en tu presencia! (Salmo XVIII, 15). Pues de este modo quiero manifestar que soy vuestro reconocido siervo, y que en vuestros dolores tengo colocada mi eterna confianza…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.