Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 29


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Angustia y dolor de María Santísima cuando vio rasgar con la lanza el costado de su hijo Jesús

Tenía Dios mandado con expresa ley, que el mismo día que se crucificase a algún malhechor se le quitase del patíbulo y sepultase (Deuteronomio XXI), para abolir la antigua costumbre de no descolgarlos hasta que el tiempo, las aves o la corrupción los consumían (Tito Libio, libro I, De la crucifixión). Pero los Fariseos, como tan presumidos en la observancia legal, acudieron a pedir a Pilato que los hiciese acabar la vida para ejecutar aquel mismo día el precepto, y enterrarlos antes de ponerse el sol, quebrándoles con gruesos martillos los pies, para que muriesen con esta pena si aún respiraban.

En cumplimiento de la súplica mandó Pilato efectuarlo, y para esto envió al Monte Calvario una tropa de soldados para acompañar a los verdugos, que con los instrumentos caminaban para él.

Como María Santísima y su compañía permanecían sentados, según dijimos, mirando de hito en hito a manera de águilas finas al sol de justicia muerto tan cruelmente en aquella Cruz, llenos sus corazones de una amargura y sentimiento extremado, vieron subir la tropa por las sendas del Calvario… Aquí las dudas, aquí los sobresaltos y aquí los nuevos temores.

Cree el amor tierno de María angustiadísima que iban a renovarse los escarnios y malos tratamientos en el delicado y difunto cuerpo de su Hijo santísimo…

«¡A qué vuelven aquí, exclama al pie de la Cruz, adonde afectuosamente se acogió… a qué vienen, Hijo mío dilectísimo, estos hombres a este lugar!… ¿Qué más quieren hacer en ti, si ya te han quitado la vida?… ¡Yo tenía entendido que se habría ya satisfecho su furor!… ¡Ah… no sé qué hacer! ¡Librarte de la muerte no he podido! Pues, ¿qué haré ahora?… ¡A tus pies me pondré junto a la Cruz!… ¡Pide a tu Eterno Padre que se compadezcan de ti, que yo cuidaré de suplicárselo a ellos mismos!» (San Buenaventura, Meditaciones de la Vida de Cristo, cap. LXXX).

Acabadas estas exclamaciones, y colocados junto a la Cruz todos los que la acompañaban, llegaron los soldados a aquel sitio, y no haciendo caso de los que allí veían, porque su presencia humilde no les daba sospecha, comenzaron a romper las piernas o rodillas de los dos ladrones, que aún vivían. Fácilmente se puede venir en conocimiento de los temores que en el Corazón de nuestra Reina crecían de todo punto.

Concluyen con ellos, y se acercan a la cruz de Jesucristo para informarse mejor de si vivía aún, y juzgando la Señora que lo iban a ejecutar también con su adorada prenda, se arroja a sus pies, cruza sus brazos, levanta su voz lastimosa, y acompañándola con sus gemidos les dice:

«Hermanos míos, por el Altísimo os pido no queráis atormentar más mi Corazón, siendo inhumanos con el cuerpo de mi difunto Hijo! Si le teníais por enemigo, ya le habéis quitado la vida…» (San Buenaventura, Meditaciones de la vida de Cristo, cap. LXXX)

Pero ¿qué hacéis, Madre mía? ¡Apartaos de unos hombres tan bárbaros que no os han de oír! ¡Cerrad vuestros ojos para no presenciar tal crueldad como van a ejecutar!… Así fue que, no haciéndola caso, y viendo que ya estaba muerto, uno de los soldados, para mostrar su odio implacable, enristró su lanza, y de un fuerte golpe rasgó el costado del Señor, brotando sangre y agua… (San Juan XIX). ¡Cuánta sería la aflicción, cuánto el dolor de María!…

La lanzada cruel que abrió su costado no causó pena a su alma, que ya no estaba allí, sino a la de su Madre Santísima, que estremeció y tembló todo su cuerpo (San Bernardo, Sermón de las 12 estrellas de la Bienaventurada Virgen María). Oigámoslo a la misma Señora, porque nosotros jamás lo podremos comprender.

«Luego que vi, dice, ejercer tal crueldad en el que ya estaba muerto, quedé como extática de pena: este fue sin duda el caso que me profetizó Simeón diciendo, “una espada traspasará tu corazón”. Entonces empecé como de nuevo a clamar, llorar y gemir; pero como había llorado tanto la noche antecedente y todo aquel día, faltábanme las lágrimas para llorar conforme mi angustia, y como pedía una lástima tan lamentable…» (San Anselmo, Diálogo de la Pasión del Señor). Conoce, alma mía, por estas expresiones de María Santísima su aflicción y desconsuelo tan singular…

Sentimientos y propósitos para este día

¿Cómo será posible, dolorosa Madre mía; cómo será posible que sabiendo yo vuestra fineza y amoroso cariño hacia vuestro único y estimado Hijo, no llegue a imaginar lo sumo y excesivo de esta amargura?

Vos, que aunque le mirábais muerto vivíais con todo consolada en algún modo por verle ya abandonado de sus enemigos y desamparado de ellos, aliviando vuestras angustias con los amorosos sollozos y quejas que le dábais cuando estábais al pie de la Cruz solo con vuestra noble compañía; pero se duplican vuestras penas nuevamente, y la tribulación cada vez se os aumenta…

¡Dolor grande para Vos, Señora mía!… ¡Sentimiento extremado!… No puedo, Reina mía, menos de sentirlo y compadecerme, como que bien os amo y os quiero. Sin embargo, sé y conozco que vuestro Corazón, igualmente que el mío y el de todos los cristianos, se dilataría algún tanto en medio de su aflicción al mirar aquel costado abierto, convertido en puerta franca para cuantos gusten entrar por ella, y en fuente tan copiosa y saludable para purificar y lavar muestras manchas.

Bien lo considero, y advierto que así pasaba por Vos una alegría tan superior, aunque comprimida en algún tanto por vuestro dolor. Mas como en estos pasos tan funestos estábais tan solícita de nuestra redención, os llenábais de júbilo en lo posible siempre que veíais alguna señal más particular de esta obra maravillosa, porque todas se dirigían a ella en general…

¡Y qué… ¿No me será lícito sacar de esta reflexión, después de compadecerme de Vos, unos deseos eficaces de manifestar a los mortales el costado abierto de tan dulce Padre, para exhortarles y hacerles patentes los motivos tan grandes que tenemos para confiar en su divina misericordia? ¿Quién será el que pueda desconfiar de ella? Ni la multitud de las culpas, ni su enormidad y grandeza nos podrá jamás apartar de la dulce confianza de que el Señor nos perdone. Pues qué ¿no podremos usar las palabras de David, y decir como él al Señor: «Sed, Dios mío, mi protector… mirad al rostro de vuestro Hijo (Salmo LXXXIII, 10)… pues toda mi gloria espero recibirla por Él… (Romanos XV, 15)»?

¡Qué insensato sería yo, Dios mío, si sabiendo que con solo apoyar mis súplicas en los méritos de mi Abogado había de obtener el perdón de mis pecados no lo hiciese, por dejadez o por temor!… Vuestra misericordia se nos patentiza en los brazos abiertos del que Vos enviásteis para la satisfacción de mi culpa: vuestra misericordia está brillando en su Sangre preciosísima; vuestra misericordia, en fin, se nos ostenta y descubre en la hermosísima llaga del costado de mi amante Jesús (V. Fray Luis de Granada, Tratado de la Oración, parte I, folio 42).

¡Oh llaga del costado precioso, abierta más por el amor de los hombres que con el hierro de la lanza cruel!… ¡Oh puerta del cielo, ventana del paraíso, lugar del refugio, torre de fortaleza, santuario de los justos… por ti entran los animales a guarecerse del diluvio en el arca del verdadero Noé… a ti se acojen los tentados… en ti se consuelan los tristes… contigo se curan los enfermos… por ti entran en el Cielo los pecadores… en ti reposan los desterrados y peregrinos.

Ábreme, Señor, esta puerta… recibe mi corazón en esta tan deleitable morada… Ved aquí, pecadores, si por las llagas solamente y por la Pasión de Jesucristo podemos confiar en la misericordia de nuestro Dios… ¡Desventurado de aquel que teniendo unos motivos tan manifiestos para acogerse a ella, y unas señales tan evidentes de que por ella le ha de perdonar nuestro Dios, no lo hace y se aprovecha de tan eficaz remedio.

¡Ah… sí… sí… desde ahora, alma mía, has de colocar toda tu confianza en esta sacrosanta llaga del costado de mi buen Jesús! ¡Madre mía, así te lo prometo, esperando que ella ha de ser la puerta para entrar a la celestial Jerusalén… confiando también que acogido en ella seré durante mi vida fortalecido contra todos mis enemigos. Corroborad, Señora mía, estos mis sentimientos, para que así experimente la misericordia de mi Dios, y con ella consiga mi perfecta felicidad…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.