Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 25


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Desconsuelo y pena de María Santísima cuando su hijo la encomienda a san Juan para que la reconozca por madre, y a esta para que le reciba a aquél por hijo

Colocado el divino Redentor en aquel sagrado árbol de la Cruz, y habiendo pedido a su Eterno Padre el perdón para sus enemigos, su Santísima Madre se deshacía en lágrimas y se oprimía con inmensos dolores al presenciar la mansedumbre y amor de su querido Hijo, estando al pie de ella.

En semejante situación dirigió Jesús sus fatigados ojos hacia Ella y la dijo: «Mujer, he ahí a tu hijo», por el Apóstol San Juan, y a éste le dijo: «He ahí a tu Madre», por María.

Reflexiona, alma mía, qué gravísima sensación causarían estas palabras a nuestra Reina. Ya no la llama “Madre” por no causarla mayor sentimiento, sino “mujer”… «¡Oh Virgen Santísima, exclama San Bernardo: cómo no habían de penetrar estas palabras vuestro Corazón, si los nuestros, aunque fueran de piedra, se parten de angustia sólo al recordarlas. Y en efecto, que el cambio que se hacia era tan desigual, que por el Hijo del Eterno Padre se la daba el hijo de un pescador, por un Dios verdadero a un hombre puro, por el Maestro al discípulo, por el Señor a su siervo…» (Sermón de las 12 Estrellas de la Bienaventurada Virgen María).

«¡Oh Santísima Virgen, exclama también aquí el Ven. Padre Luis de Granada: si deseábais oír alguna palabra, esta es la más conveniente que os podía decir: “Mujer, he ahí a tu Hijo”, pues en ella se os provee de compañía para vuestra soledad, y se os da otro hijo por el que perdeis. Consolaos pues con ella: pero ¿cómo os habéis de consolar, si antes bien se renueva vuestro dolor, porque con la comparación del que os dan conocéis más claramente la estimación del que os quitan?

Tal sería el desconsuelo de María en estas palabras de su amado Hijo Jesús. Veía en ellas el tierno cariño que la profesaba, como también al mundo todo; veía igualmente que su sentimiento y pesar se prolongaba más, porque cada vez que mirase, conversase y hablase con el discípulo Juan, había de acordarse de la encomienda de su predilecto Hijo, y por lo tanto llorar inconsolablemente su pérdida. “Quiero contemplar, dice San Agustín, obedientísima Madre, hija y ama de este Señor, qué tal ha sido este dolor. Ves a tu único Hijo crucificado, mudas el Maestro en el discípulo, el Señor en el criado, el que todo lo puede en el que desfallece en todo. Verdaderamente atraviesa tu alma un cuchillo de dolor, y penetra tu Corazón la lanza, y rompen tus entrañas los clavos, y despedaza tu espíritu entristecido la vista de tu Hijo crucificado.

Desfallecido han tus fuerzas, enmudecido ha tu lengua, agotádose han las fuentes de tus ojos, las heridas son también tuyas, su Cruz es tuya, y su próxima muerte es también muerte tuya. Dime, Madre, ¿dónde dejas a tu Hijo? Hija, ¿dónde dejas a tu Padre? Ama, ¿cómo desamparas al que criaste? ¡Cuán de mejor gana perdieras la vida que tan dulce compañía!…” (Meditaciones, cap. XLI)» (Meditación de las 7 Palabras). En estas palabras da a entender el Santo lo extremada que sería su aflicción, desde aquellas palabras en que la indica que ya como que va a dejar de ser su Hijo. Su dolor sería infinito… la muerte de Jesús se acercaba… y eran ya muy cortos los momentos que iba a gozar de tan dulce Hijo…

Sentimientos y propósitos para este dia

Ahora, dolorosísima Virgen, os podemos llamar con verdad Madre nuestra. Vuestro mismo Hijo único nos cedió este derecho en sus últimas palabras, y nos puso bajo vuestra protección. Desde tan feliz instante quedamos en la obligación de reconoceros por tal. ¡Ojalá desempeñásemos todos las obligaciones que nos impone tal acepción! De mi parte, Madre mía, estoy resuelto a cumplirlas con toda fidelidad. Enjugad, pues, Señora, vuestras lágrimas. Cierto es que os quedáis destituida de un tan singular y divino Hijo, y que recuerdo tan amargo acibara todos los momentos de vuestra vida; mas en lo posible haré por dulcificarlos con mi recto proceder.

Por lo mismo me parece que la más fuerte prueba será el amor que delante de los Cielos y a la faz del universo he de profesar a mi Dios. Yo mismo, en cuanto sea adaptable a mi capacidad, exhortaré a las criaturas todas a tan soberano amor… Sí, almas piadosas, excitad en vuestro corazón esta divina llama, Pues con su vivífico calor os hallaréis robustecidas en el camino de vuestra peregrinación; si os broqueláis con este fortísimo escudo, no tenéis que temer cosa alguna; si os dejáis dirigir por este celestial norte, os encontraréis poseídas de una heroicidad cual la de un Abrahán, y a su imitación sacrificaréis las cosas más estimadas (Génesis XXII), aunque sea vuestra misma vida, y lograréis los jeroglíficos y las alabanzas que de David forma el Espíritu Santo, entre las cuales dice «que el Señor le hizo invencible a sus enemigos…» (Eclesiástico XLVII. No hay duda ninguna, porque a los que aman a Dios «todas las cosas les salen bien…» (Romanos VIII, 28.

Así lo experimentaréis, padres de familias, porque este amor de Dios os ilustrará para enseñar bien a vuestros hijos, y os aliviará las incomodidades que os ocasiona su educación. Así lo experimentareis vosotros los que estais unidos por el santo matrimonio, porque con el amor de Dios tendréis paciencia para soportar las molestias y pesadumbres que os cause el genio, la condición o la temeridad de vuestro consorte, si es de áspera condición, y viviréis en una perfecta paz… ¡Qué alegres os encontraréis asímismo vosotros, oh infelices a quienes la suerte constituyó en una fortuna común y acaso necesitada, ganando el sustento con el sudor de vuestro rostro, y soportando otros mil trabajos, si tenéis en vuestro corazón la posesión feliz y venturosa del amor de Dios!

Todos, en fin, cuantos os miráis oprimidos de las aflicciones de esta vida, efectos indudables de nuestras culpas y pecados, ¡cuán consolados os hallaréis, si desde luego os determináis a amar a vuestro Dios y a conservaros en tan divino amor!

Tiernos niños, amad desde vuestra infancia a Dios, para que seáis felices. Juventud hermosa y delicada, dadle vuestro corazón a Dios, para que en él infunda su santo amor y vuestra felicidad! Ricos, pobres, sabios, ignorantes, hombres y mujeres todas, amad a un Dios que tanto os ha amado… No permitais jamás que la llama de su amor se extinga en vosotros, y desfallezcáis para siempre. Amad a Dios, porque ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni cabe en la comprensión humana lo que el Señor tiene preparado para los que le aman… (I Corintios II, 9).

Alma mía, tú no te descuides tampoco en tanta felicidad… Sin temor ofréceselo a tu Madre dolorosa en este instante… prométeselo así con toda resolución… porque así, recibiendo cada vez más aumentos de la gracia, te emplees en el servicio y obligación de tan buena Madre, y seas digno de que te llame su hijo en el Cielo…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.