Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 24


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Aflicción y pena de María Santísima en las últimas palabras que Jesucristo habló en la cruz

Cerca de la hora de sexta, según refieren los Evangelistas, comenzaron las luces del día a debilitarse, y por lo tanto a extenderse las tinieblas. María Santísima permanecía al pie de la Cruz, y las piadosas mujeres con el discípulo Juan. Ya daba el Redentor señales de agonía, y una continua desazón ocupaba su santísimo Cuerpo.

¡Ah, qué aflicciones tan crueles padecería! Si quisiera limpiar los copiosos hilos de Sangre que le caían en la cara, se halla impedido por tener las manos clavadas; si descansaba la cabeza sobre la Cruz, las espinas se le introducían y causaban un nuevo tormento: si trataba de buscar algún alivio descansando el cuerpo sobre sus pies, el peso rasgaba más las llagas que en ellos tenía…

¡Oh desconsuelo sin semejante! Mas en medio de tantos pesares abrió su celestial boca para obtener el perdón de los mismos que se los causaban, y dijo: «Padre mío, perdónalos, que no saben lo que se hacen». ¡Qué tierna sensación causarían en el Corazón de su dolorida Madre estas palabras!

«¡Llegad, diría, pobres criaturas, apresuraos a venir a la cama de vuestro Padre querido que está a punto de morir! ¡Corred, para que oigáis su última voluntad, y disfrutéis de su magnífico testamento! ¡Acercaos sin temor, que no pide descienda fuego del cielo y se abra la tierra para castigar vuestros delitos, sino, como el más amante de vuestros amigos, quiere que su Eterno Padre os perdone, y por lo tanto halla su fino amor una disculpa. No tenéis ya por que temblar, pues su Padre amantísimo, al mirarle en tan lastimoso estado, otorga placentero su petición, ¡Qué emoción tan afectuosa excitaría la conducta tan pacífica de su Hijo adorado, pues la mira tan patente en la remisión y promesa que le hizo al buen ladrón de llevarle aquel día al paraíso!… ¡Cuándo podrían esperar, proseguiría llena de lágrimas María, una mansedumbre y porte semejante los ingratos hijos de Adán!…».

Considera, alma mía, que la solicitud de Marta (San Lucas X, 41) se ve descifrada en María Santísima al pie de la Cruz; porque aunque sentía dolores tan gravísimos, no se los causaba menos el cuidado que de nosotros tenía. «¡Oh y quién pudiera expresar, dice San Vicente Ferrer), la solicitud y turbación que tuvo en la Pasión de su Hijo!… Fue primeramente solícita de la salvación del género humano; pero como esto no se podía lograr sin padecer su amabilísimo los tormentos y la muerte, he aquí la turbación. También fue solícita porque los hombres consiguieran la corona de la gloria; mas como no se podía conseguir esto sin ser aquél coronado de espinas, he aquí la turbación…

Últimamente, fue solícita para que ninguno fuese suspendido en la horca del Infierno y estuviese en la compañía de los diablos; pero para esto era preciso que a quien tanto amaba viese crucificado en medio de dos ladrones: he aquí la turbación…» (Sermón de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María). ¡Oh Madre mía, cuántas penas os causa nuestra redención! ¡Cómo es posible que os las sepamos agradecer cual es debido…

Sentimientos y propósitos para este día

Gravísimos deben ser, compasiva Virgen, los tormentos que en el Infierno padezcan las almas de los condenados, cuando sois tan cuidadosa y deseáis con tantas ansias librar de ellos a los mortales. Los motivos principales que les hacen tan crueles entre otros descubro solo tres. Uno de ellos es la del Redentor, que solo se dirigió a librarlos de ellos, y que con tanta osadía menospreciaron; otro es el furor de los demonios, ministros destinados para la justa venganza de Dios; y el último es la enormidad de la culpa, y la misma gravedad del pecado que clama por el castigo.

¡Oh miserables, que visteis padecer al mismo Hijo de Dios y rey absoluto de cielos y tierra por vosotros sin necesidad, y le volvéis las espaldas con torpe ignominia! Sufrió por vuestro bien tormentos inauditos, y por lo mismo es razón que vosotros los sufráis también eternamente. ¡Ah Madre de mi corazón! ¿Es posible que seamos tan estúpidos que tan poco cuidado pongamos por movernos afligidos con tan terribles tormentos? Si hubierais tenido presente tanta necedad, ¿cuánto mas lo sentiríais?

Y a la verdad que es digno de llorarse con lágrimas de sangre el que, por unos gustos terrenos y momentáneos, permitamos hacernos dignos de una eterna condenación… ¡Cuántos de los que yacen sepultados en aquellos oscuros calabozos darían por muy feliz su suerte si les permitieran volver a este mundo al estado de viadores, para merecer en su muerte la eterna gloria! No es exageración…

Escuchad los clamores del rico avariento, el cual, viendo que no se le concedía el corto alivio de que Lázaro le socorriese con una gota de agua, exclamaba diciendo… «Padre Abrahán, te ruego que a lo menos le envíes a la casa de mi padre para avisar a cinco hermanos que tengo procuren no venir a este lugar de tormentos…» (San Lucas XVI, 17). Oíd sino los clamores rabiosos de aquel padre o madre, que revolcándose en las voraces llamas y mordiéndose las carnes, se lamenta diciendo:

«¡Malditos hijos, que por no haberos castigado a su tiempo y criado bien, apartándoos de las malas compañías y de las modas corrompidas, estamos penando en este fuego sin esperanza de alivio!». «¡Malditos padres, contestarán los hijos sumidos también en aquel funesto lugar, que por el mal ejemplo y doctrina que nos disteis con vuestra desarreglada vida, y por el poco cuidado que de nosotros tuvisteis, somos atormentados con estas penas indecibles!». «¡Desgraciados de nosotros, gemirán los demás condenados, que por haber vivido sin temor de Dios y al antojo de nuestras pasiones, ya en usuras, ya en murmuraciones, ya en deshonestidades, ya en bromas y diversiones perjudiciales, y ya en fin en todo género de vicios, nos cogió la muerte en pecado, y por juicios justos del Señor nos condenamos!… ¡Antes no podíamos ver el ayuno, teníamos horror a la penitencia, huíamos de toda mortificación, y ahora sufrimos mucho mas que todo aquello, hasta rechinar y crujir los dientes!».

¡Dios mío, qué penas tan gravísimas serán estas, cuando Isaías admirado prorumpe: «Quién de vosotros podrá habitar en aquellos sempiternos ardores…»! (Isaías XXXIII, 14). Siendo Vos, Madre mía de los Dolores, tan solícita por librar a vuestros siervos de las horribles penas del infierno, que por ello padecéis resignada los tormentos y penas de la muerte de vuestro santísimo Hijo, ¿qué insensato sería yo en no corresponder a vuestros amorosos designios, costándome tan poco? Solo con aborrecer y no dar entrada en mí a la culpa, evito arder en los abismos para siempre… Pues desde ahora, Señora mía, os lo prometo por daros muestras de gratitud, por aliviar en algún modo vuestras penas, y por llegar algún día a gozar con vos de la eterna felicidad de la gloria…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.