Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 22


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Dolor y amargura de María Santísima al oír los golpes de los martillos que crucificaban al Salvador

No debes, alma mía, reflexionar otra cosa antes de pasar a la consideración del dolor que causaría a nuestro Salvador la herida de los clavos que, rasgando sus purísimas manos y pies, los sujetaron a aquel duro leño, y la aflicción que sorprendería a su desconsolada Madre al volver del desmayo que la poseía, y oír los recios golpes de los martillos, sino que todos estos tan sensibles efectos provenían de la suma delicadeza de aquella divina carne del Hijo, y de estar bien cerciorada de esto mismo la Madre.

«Cuanto uno es más delicado, dice San Antonino, tanto más siente el dolor de alguna lesión de su cuerpo. De donde vemos por la experiencia que el frío o la intemperie más aflige en las manos y en los pies que en cualquiera otra parte del cuerpo: y no es otra la razón, sino porque son partes más sensibles, por la concurrencia de huesos, venas y nervios que allí se juntan. Por lo que habiendo sido principalmente la Pasión del Señor en las manos y en los pies, traspasados por los clavos y sostenido por ellos todo el cuerpo, viéndolo la Santísima Virgen en su mente lo sintió en gran manera» (parte 4, título 15, cap. XLI, 1).

Y después de este conocimiento, ya puedes considerar cuál sería la impresión que causaron en el Corazón de la Madre los golpes del martillo… ¡Qué efecto causaría en su dolorido pecho aquel sonido estrepitoso con cuyo motivo se rasgaban tan delicadísimas carnes!

Porque si a los padres, hermanos, parientes o amigos les obligan a demostrar tanto sentimiento los clamores o sonidos de las campanas que tocan al entierro de un hijo, cuyo cuerpo insensible e inanimado descansa ya en el sepulcro, ¿cuál sería el dolor, la pena y el desconsuelo de María al oír el eco de los hierros que con su violencia rasgaban las carnes de su Hijo, no ya difunto, sino vivo y en sus sentidos completos?

¡Oh Señora mía! ¿Qué aflicción se puede comparar a la vuestra? ¡Qué bien podéis exclamar como Daniel: «Por todas partes estoy rodeada de angustias!» (Daniel XIII, 22). ¡Qué bien podéis decir con el Santo rey: «Rodeada estoy por todas partes de congojas!…» (I Paralipómenos XXI, 13).

A la verdad, Señora, que vuestros ojos estarían ya casi ciegos de verter tantas lágrimas, y vuestro Corazón convertido en un Océano de penalidades. Sin duda que es vuestro santísimo Hijo para Vos un verdadero hacecillo de mirra… «esto es, congregación de innumerables amarguras, unida con el indisoluble vínculo de la recordación» (San Alberto Magno, De las alabanzas de la Bienaventurada Virgen María, libro IV, cap. XVII, n. 6).

«Este hacecillo, diríais Vos, morará entre mis pechos, o mejor en mi Corazón, que está entre ellos, porque no puedo menos de padecer y morir con el que he engendrado y alimentado con mi leche, y con el que por mí tanto padece y a mí me exhorta a lo mismo por su profeta Jeremías, cuando dice: “Acuérdate de mi pobreza, de las injurias que contra mí cometieron, y las penas que me causaron” (Lamentaciones III, 19)». Así era, alma mía, que su mismo amor y respeto la ponían en tales extremos de perder la vida…

Sentimientos y propósitos para este día

¡Qué extraño era, dolorosísima Virgen, que quédáseis penetrada del sentimiento y poseída del pesar al percibir aquel sonido tan desapetecible y cruel que formaban los golpes del martillo!

¡Cómo se representarían a vuestra alma los acerbos dolores que entonces padecería vuestro Hijo Jesús! Sabíais muy bien que aquel mismo Cuerpo era obra del Espíritu divino, y por lo mismo le juzgábais por el más delicado y excelente… Cada golpe de aquellos tan repetidos y funestos se convertía en un agudo puñal que traspasaba de parte a parte vuestro Corazón, y por lo tanto los percibíais todos distintamente, hasta tanto que vuestros sentidos se enajenaron a la violencia de la aflicción, y al triste recuerdo de su delicadeza y sensibilidad.

A vuestro ejemplo, Madre mía, debíamos nosotros dar oídos a los golpes y llamamientos que nuestra conciencia nos da, cuando el fiero monstruo del pecado clava, despedaza y rasga nuestra alma, que es lo más apreciable que tenemos, cuando por desgracia le hemos cometido.

Después de la culpa de Adán, no ha habido ni habrá, excepto vuestro Hijo Santísimo y Vos, criatura alguna exenta de esta herencia, cuya carga molesta y funestos efectos experimentamos en tantas ocasiones como renovamos la iniquidad y cometemos el crimen: pero también es constante que ninguna criatura deja de sentir los estímulos y golpes que su conciencia continuamente le está dando…

Aunque el comerciante, el artífice y letrado se regocije y alegre al ver la excesiva ganancia y el aumento de su caudal, que ha adquirido por enredos, fraudes y sofismas, siempre advierte un no sé qué allá dentro de su corazón que no le permite sea su gozo completo…Aunque el marido infiel, la mujer inconstante, la caprichosa doncella, el joven despreocupado que han cometido la deshonestidad, que han dado satisfacción a su antojo y deseo, procuren entretenerse, distraerse o divertirse, ya en el paseo o la tertulia; aunque cante o baile, siempre, siempre le viene a la imaginación su delito, y como David no lo pueden apartar de sí: «Peccátum meum contra me est semper» (Salmo L, 4).

No hay que cansarse ni darle vueltas; porque aunque hayamos hecho cualquiera cosa que sea ofensa de Dios, y pongamos todos los medios posibles para olvidarnos de ella, y aun concedamos todavía más: supongamos que lo podemos conseguir por algunos años, pero al cabo vuelve otra vez el gusanillo a roer, vuelve a sonar el golpe, y vuelve otra vez a representársenos el pecado: «Peccátum meum contra me est semper».

No hay duda que son inevitables estos estímulos de nuestra conciencia fiel, cuyo amargo torcedor solo la confesión y penitencia pueden borrar… Pero ¿hasta dónde ha de llegar nuestra insensatez y necedad?… Estos remordimientos, alma mía, estos golpes de nuestra conciencia son gracias especiales del Señor que, como amoroso Padre, nos quiere recordar nuestro delito para no verse obligado a castigarnos eternamente. ¿Y nosotros no hemos de recibir estas advertencias cariñosas, antes por el contrario hemos de buscar medios para distraerlas y olvidarlas?

¿Cómo podremos quejarnos el día que nos encontremos en el Infierno si Dios nos dirá: «Te llamé, te avisé con tiempo, y no me quisiste responder?». ¿Adónde apelaremos entonces? ¡Cuánto nos pesará el haber sido sordos, cuando pudimos tan fácilmente haber confesado nuestro pecado que tanto nos remordía y angustiaba!

Mas no quiero, alma mía, que pases más adelante, porque desde ahora es preciso sobreponerte a toda tentación de menosprecio, a los avisos de la conciencia; ahora es ocasión para no desperdiciar los llamamientos del Señor.

¡Ah! No me quiero condenar, Madre mía, ni Vos tampoco lo queréis; por eso os prometo ser desde hoy el más pronto en tranquilizar mi conciencia a la mas leve insinuación que me dé de estar culpado. Con esto viviré tranquilo, y sin temor de aquella terrible reconvención: y así sirviéndoos con la paz de mi corazón, completaré después mis deseos de amaros en la feliz eternidad…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.