Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 21


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Congoja y aflicción de María Santísima por ver desnudar en el monte a su dulcísimo hijo y tender la cruz

Ea, alma mía, ahora te ves obligada a subir al monte santo de la contemplación, para que desde allí registres con la consideración las compasivas escenas y sangriento espectáculo, tan útil para tu salvación y la de todo el género humano: mas no te olvides de ir preparada y llevar en tu compañía las lágrimas y suspiros que, en esta ocasión con particularidad, te han de hacer falta: y así prevenida, reflexiona llegada ya al monte Calvario aquella procesión, y con ella la desconsolada Madre, brotando abundantes fuentes de amoroso llanto.

Al instante hicieron campo los soldados, apartando la gente, dejando solo en medio a nuestro pacientísimo Redentor, a los dos ladrones y a los verdugos, ministros nefandos de tan injusta sentencia. Hecho esto, y habiendo dejado el divino Salvador la Cruz en el suelo, le echaron mano, y comenzaron a tirar fuertemente de la túnica, que, por estar pegada al cuerpo por la sangre y llagas de los azotes, causó al inocentísimo Jesús sumo dolor por arrancarle con ella el pellejo y renovarle mucho más las heridas, y a toda la gente una compasión muy grande.

Concluida esta bárbara, feroz y descomedida acción, colocaron la Cruz en disposición, y con imperioso desdén y orgulloso tono le mandaron tenderse sobre ella…

¡Oh Padre Eterno, qué sensacion tan tierna haría en vuestro corazón la heroica obediencia de vuestro santísimo Hijo, que sin réplica ejecutó las órdenes de tan crueles verdugos!… ¡Oh Virgen Santísima, qué angustiado quedaría vuestro espíritu y qué fuertes conmociones experimentaríais!… ¡Oh Ángeles santos, cómo derramaríais vuestras lágrimas y temblaríais a la vista de este mandato!… ¿Quién será el hombre, aun el más duro de corazón, que no lo conozca y lo sienta con la mayor amargura y dolor?…

Presenciar acciones tan horrorosas, que de solo considerarlas se erizan los cabellos, una Madre tan amante de su único y celestial Hijo… Verle quitar con sus propios ojos hasta su misma piel… Observarle tan rendido a sus impías órdenes, y sin abrir sus labios tenderse en la Cruz.

Mirar a los inhumanos verdugos coger en sus manos el martillo y los aguzados clavos. ¡Qué pena… qué dolor… qué ansia no sería esta!… Sobrecoge a la tristísima Madre una repentina congoja, y es sostenida en los brazos de aquellas santas mujeres, que apenas tenían fuerzas, por lo mucho que su Corazón padecía con tan repetidas escenas.

¡Virgen de mi corazón, ahora no puedes usar las lágrimas… ahora ni aun puedes arrancar un suspiro de tu angustiado y oprimido pecho… ahora ni aun puedes aprovechar estos medios para desahogar tu dolor y sentimiento…

Considera bien, alma mía, todo esto que acabas de repasar con tu imaginación; medítalo cuidadosamente una y mil veces, y conocerás en algún modo la aflicción gravísima de nuestra bendita Señora…

Sentimientos y propósitos para este día

Mucho contribuía, Virgen tristísima, a duplicar vuestras penas y dolores la poca compasión y caridad que con vuestro Jesús tenían los judíos.

Verdad es que no podían ya menos de satisfacer los decretos del Senado y sus pretensiones, que eran el que se le quitase la vida; pero también es innegable que mucho le podían haber excusado el padecer tantos tormentos si se hubieran reportado, tanto en las mofas y malos tratamientos, cuanto en la jornada hasta el Calvario y en el desnudarle de sus vestiduras.

Muy gran sentimiento os causaba este inicuo proceder que usaban con Él; pero mucho más os causará al presente a vuestro Santísimo Hijo y a Vos el ejemplo e imitación que se advierte en muchos cristianos de tan impía canalla.

¿Qué caridad, Madre mía, es la que acompaña a muchos de los que profesan la religión santa de vuestro querido Hijo? ¡Yo no lo acierto a describir!

Pero si se coteja con la definición que de ella da el Apóstol (Epístola I a los Corintios, cap. XIII), es muy fácil llegarlo a comprender.

En primer lugar, dice “que es benigna”. Mas, ¿cuál es la benignidad de aquellos? ¡Ah! ciertamente es tan poca, que acaso es ninguna. No pueden sufrir el más leve defecto del prójimo sin encolerizarse y dar muestras de furor, por lo mismo no tienen el otro carácter de la caridad, que es “no irritarse.

“Tampoco es ambiciosa”; y la de nuestros días lo es tanto, que piensa que por dar una limosna a un pobre le ha de faltar, y así son despedidos muchas veces con groseros modos sin considerar que el que a ellos desprecia al mismo Dios desprecia.

“No piensa mal del prójimo”, como piensa la nuestra; pues cualquiera acción que vemos en él, que puede ser no lleve mala intención, al instante la echamos nosotros a la peor parte, y formamos de ella materia para murmuraciones. “No se alegra del mal ajeno”, vicio tan frecuente y por el que tantas veces desahogamos nuestra rencilla y rabia. Por más que le veamos padecer, con una entereza dimanada del mismo Lucifer, estamos muy enteros y decimos: «me alegro, que pague el mal que me ha hecho».

“Todo, en fin, lo sufre, cree y espera” la verdadera caridad, pero la nuestra nada de esto ejecuta. Ved aquí por qué el Señor no da muchas veces oídos a nuestras peticiones, pues no somos dignos de que nos escuche Dios, cuando no queremos permanecer en su imitación; porque el Señor es la misma caridad.

Así era que cuando los judíos se quejaban diciendo: «¿por qué ayunamos y oramos, y no escucháis nuestras oraciones, ni hacéis caso de nuestros ayunos» (Isaías I) les respondía Dios: «porque en el día del ayuno hacéis vuestra voluntad; oprimís a todos vuestros deudores… ayunáis, mas no de pleitos y contiendas, ni de hacer mal a vuestro prójimo… No es, pues, esto lo que me agrada.

Pero si rompiéreis las escrituras y tratos usurarios, si levantárais de encima de los pobres las cargas con que los tenéis oprimidos, si dejáseis en su libertad a los afligidos y necesitados, si partiéreis el pan con el mendigo y acogiéreis a los peregrinos, e hiciéseis semejantes oficios de caridad, entonces podéis pedirme y aun argüirme si no os lo concedo» (Isaías LVIII).

¡Tal es la recomendación que el Señor hace de la caridad! Esto solo basta, alma mía, para que desde hoy renueves tus deseos, y te inclines a los sentimientos de la caridad… Sientes, y con razón, la impiedad de los judíos; te dueles de su poca compasión con el Redentor… ¿y no has de conocer que te asemejas a ellos si no procuras aprovecharte de las preciosas lecciones de la caridad? ¡Oh dulce Virgen! os prometo «romper los vínculos de aquellos impíos, y arrojar de mí su abominable yugo» (Salmo II, 3), ejercitando la compasión y la caridad.

Conozco que este es el modo único de no engañarme, y el camino seguro para llegar a unirme para siempre con Vos…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.