Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 20


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Dolor y pena de María Santísima en las caídas que daba su querido hijo Jesús

No podía menos María Santísima de seguir á aquella tan triste procesión, pues aunque las piadosas mujeres la instaron y procuraron que se retirase, Ella no obstante «quería hacer de su Corazón un clarísimo espejo de la pasión de su Hijo, y también una perfecta imagen de su muerte; porque en él se representaban las salivas, los azotes, las llagas y los malos tratamientos que con Él usaban, sintiéndolo con tanto dolor como si Ella lo padeciera; y por lo tanto le seguía entre la confusión y la turba…» (San Lorenzo Justiniano, cap. XXI, De la agonía de Cristo).

¿Cómo iría esta buena Madre. si las otras mujeres que no tenían con el Salvador tan estrechos vínculos como Ella, que era Madre, y Madre tan singular, no podían contener sus lágrimas, dirigiendo al Cielo los más tiernos suspiros de compasión?

¡Ah! ¡Qué funesta sensación experimentaría su Corazón amante al oír aquellas dulces y encantadoras palabras que las dirige… «¡Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí!…». «¡Hijo mío, diría la bendita Virgen, tú vas tan desconsolado y todavía prestas consuelo y alivio a los afligidos! Y a ti, bien de mi alma, ¿quién te compadece? ¡Oh… qué tormento… aquí va tu Madre y no la es lícito ejercer contigo su maternal cariño!…».

Así iba hablando esta triste Señora, cuando aumentan sus padecimientos las tres caídas continuadas que le mira dar con la Cruz por el cansancio y la fatiga. Pero ¿y qué compasión le tienen sus enemigos? ¡Pasma… asombra, estremece solo el recordarlo!…

La compasión era darle golpes, como si fuera un caído jumento, mientras que otros tiraban de la soga y le daban puntapiés… ¿Quién dirá el sentimiento de María? ¿Quién podrá ni aun figurarse su consternación? ¡Oh, qué hubiera ella hecho entonces! ¡Cómo atropellaria por medio de todos los obstáculos! ¡Cómo rompería entre la multitud para ofrecerle sus brazos! ¡Pobre mujer! ¡Pobre Virgen! ¿Quién no se conmoverá solo al recordar tan tierno espectáculo?

Las piadosas mujeres contienen los generosos impulsos de aquel materno Corazón, porque conocen que, además de no permitírselo, la llenarían de golpes y castigarían como a criminal.

Pero María… María las suplica se lo permitan… «¡Dejadme, las dice, dejadme que le preste este tan escaso alivio! ¡Soy su Madre, y no puedo mirarlo con indiferencia! ¡Suelta, bien mío, suelta, amor de mi vida, esa cruz… todavía tiene tu Madre hombros donde apoyarla… todavía tengo Corazón y fuerzas para cargarla sobre mí!… ¡Crueles… inhumanos!…».

Todo esto y mucho más hubiera ejecutado la desconsolada Virgen, y de muy buena gana hubiera trocado con Simón Cirineo el encargo que le dieron. Reflexiona, alma mía, qué mar de amargura estaría hecho el Corazón de nuestra Reina. No, no era para menos; pues sabiendo que era conducido a la muerte, temía con razón no pudiese llegar ni aun tuviese fuerzas…

¡Madre mía dulcísima… qué valor y constancia la vuestra! ¡Qué amor tan entrañable profesáis a vuestro querido Hijo! ¡Cómo os acordaríais ahora de aquella jornada tan penosa que sufristeis en la huida a Egipto… pero con qué diferentes afectos… porque al fin entonces le teníais en vuestros brazos… y ahora ya no os es fácil volverlo a lograr…

Sentimientos y propósitos para este día

Extremos os hace hoy ejecutar, Virgen Santísima, el afectuoso amor que profesáis a vuestro amado Hijo…

Por esto os resolvísteis a salir a su encuentro en un paso tan tierno como en el que este Señor se hallaba; por esto mismo determinásteis buscarle en esta ocasión tan lastimosa para seguirle después de hallado.

Quizá algún inconsiderado entendimiento llegaría a juzgar que habíais obrado mal en salirle a buscar en tan críticos instantes, asegurado en la certeza de que os exponíais a morir con solo su representación, siendo así que entonces ni aun le podíais suministrar algún consuelo. Pero erraría sin duda en semejante conjetura, cuando debe saber “que el amor es fuerte como la muerte” ¡Ojalá que nosotros buscásemos ocasiones tan propias para manifestar nuestro amor a un Dios de quien tantos beneficios recibimos!

Mas sucede todo muy al contrario, pues muchas veces cometemos la culpa y le ofendemos porque no huimos las ocasiones de pecar. No cabe la menor dificultad en que serían muchas las ofensas de Dios que evitaríamos si nos apartásemos al instante de la ocasión, porque la virtud más sólida va por tierra si no se halla fundamentada en este principio.

El enemigo mortal, que no se duerme y siempre está en vela, aunque nos vea prevenidos con armas de mortificación y penitencia, que para él son tan nocivas, con todo, por eso no deja de hacernos guerra, sin deponer jamás sus tentativas; ¿pues qué hará cuando nos vea buscar la ocasión y meternos en ella?

¡Ay alma mía!… aun los más santos, por no huir las ocasiones cayeron en un profundo abismo de miserias. ¿Qué le sucedió a un David, que estaba cortado a la medida del corazón de Dios? Pues muy pequeña fue la ocasión, porque no hacía mas que pasearse por su galería a la hora del medio día, y viendo lavarse en el baño a Betsabé, se detuvo a observar su hermosura (II Reyes XI, 2), de cuya detención resultó cegarse de una criminal pasión, por la que cayó en adulterio y quitó la vida ignominiosamente a su pobre marido el fiel Urías.

No era tampoco la ocasión de Dina más que el ver las mujeres de aquella tierra donde había llegado; pero de solo esta curiosidad resultó que, viéndola el joven Siquem, cometiese otra deshonestidad violentándola, de cuyo hecho provinieron tantas desgracias (Génesis XXXIV, v. 1 y ss).

¿Para qué dilatar más nuestra comprobación cuando son tantos por desgracia los diferentes casos que lo comprueban? ¿Para qué detenernos en registrar las historias santas y los escritos profanos en la investigación de una tan constante verdad? ¡Ah!… ¿Para qué, cuando todos sentimos los lastimosos estragos de aquella ocasión no evitada por muestros primeros padres en el Paraiso?

Con tan evidentes lecciones, con tan singular experiencia, ¿vacilarás ni un instante, alma mía, en las consecuencias que resultan de no huir las ocasiones?… A buen seguro que si no hablásemos con tal persona, si no la buscásemos ni aun por escrito, ahorraríamos el tener después aquellos pensamientos, aquellas inquietudes y desasosiegos, tan nocivos para nuestra alma como molestos para el cuerpo…

Cierto es que si no asistiésemos a tal concurrencia, si no tratásemos con algunos amiguitos, si no fuésemos a la iglesia (que hasta en el templo introducimos nuestros desaciertos), al paseo en tal o cual hora y día, que si no bebiésemos demasiado y cargásemos el estómago, si no recibiésemos dones de alguna persona, y si no hiciésemos otras mil cosas de este tenor, y que cada uno puede conocer en sí, viviríamos mas tranquilos, evitaríamos muchas desazones, no contraeríamos tantas enfermedades, ni tendríamos mala reputación, y lo que más importa, no llevaríamos pecados tan graves sobre nosotros.

¿Y no te atreverás, alma mía, a poner desde ahora cuidado en evitar las ocasiones en las que se ofende a Dios, se ultraja a María y se pierde tu felicidad?…

Por eso mi mayor cuidado, Virgen dolorosísima, será este; aunque por huir las ocasiones y evitarlas en un todo tenga que separarme, como otro Abrahán y Lot (Génesis XIII, 7), de mis más queridos parientes o amigos, y cosas que más llamen mi atención, para tener asi propicia a mi Reina y Madre dolorosa, y después recibir de su mano la recompensa en su soberano palacio de la gloria…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.