Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 19


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Aflicción y llanto de María Santísima al encontrar a su amado hijo en la calle de la amargura

Recobrada ya María Santísima del desmayo y congoja que la sobrecogió al oír sonar el bronco eco de la trompeta, salió de su habitación, ansiosa de encontrar y abrazar a su querido Hijo Jesús; e informada por el tropel de la gente que veía, conociendo que iba por allí la prenda mas amada de su alma, dirigió velozmente sus pasos, y encontró la procesión en la calle de la Amargura…

Aquí sí que podemos decir con san Ambrosio: «Considerad que es Madre; recogitad que es Madre» (De la fe, a Graciano, libro V, cap. II). Sin temor, sin impedimento alguno de duda rompe por el tropel que rodea al oprimido Isaac; se mete por entre la caballería, hasta que se encuentra cara a cara con su Jesús fatigado, sudando copiosamente, y derramando mucha Sangre (por renovar los golpes que la Cruz le daba en la cabeza las llagas de la corona de espinas que en ella llevaba), la cual bañaba su santísimo rostro, y le ponía de tan lastimosa figura que daba compasión el verle…

Queda suspensa María… mírala su santísimo Hijo… ella lo hace también, y de esta suerte permanecen desempeñando los ojos las funciones que la lengua no podía…

Al fin rompe el silencio la triste Madre, y con las expresiones más tiernas le dice… «¿Qué hiciste, Hijo mío de mi Corazón, qué hiciste para que te halles en tal eztremo? ¡Ah!… ¿Cómo es posible que con equidad y justicia se te condene a muerte tan inhumana? ¡Oh jueces injustos! ¿Qué habéis visto para pronunciar un fallo tan cruel contra el más recto y santo de todos los hombres? ¿Dónde está la equidad? ¡Hijo mío, prenda de mi Corazón, luz de mis ojos, consuelo único de mi vida, dame… dame esa Cruz, que gustosa la cargaré sobre mis hombros, y moriré en ella, pues mejor la merezco yo que tú!… ¿Cómo piensas que podré yo vivir sin ti?…

Y si a lo menos esto no me concedes, que se me dé semejante suplicio, pues contenta moriré al lado de mi predilecto Hijo… Usad conmigo esta piedad, ya que con mi Hijo querido habéis sido tan desapiadados…». «Madre mía dulcísima, respondía el inocente Jesús, ¿para qué habéis venido aquí para duplicar mis tormentos? ¿Para qué os habéis aquí presentado a fomentar mis penas?…

¡Ah!… ¡Retiraos, Madre mía y mi señora; apartaos, y dejadme consumar el cáliz de mi pasión!… ¡Poco es ya el tiempo que me resta de vida!… ¡A Dios… a Dios, querida Madre, quédate en paz…».

Y apresurando los ministros de impiedad el paso, apartando a un lado las mujeres compasivas a María Santísima, deshicieron como por fuerza aquel tan estrecho lazo, que a no ser por violencia era difícil de romper…

Recoge, alma mía, tus potencias y sentidos para que atenta y cuidadosamente reflexiones este tan tierno paso, y te sentirás movida de unos afectos de ternura y compasion muy singulares… ¡Oh Virgen Santísima, cuántas lágrimas derramarian vuestros ojos! ¡Qué impresión causaría a vuestro Corazón la vista tan lastimosa de vuestro amado Hijo! ¡Qué diferente está ya de cuando estaba en vuestra compañía!

Pero sobre todo… ¡qué sensación producirían en vuestro amor y afecto aquellas palabras… Madre mía… no pudiendo ya entonces vos dar pruebas de tal en su auxilio!…

Sentimientos y propósitos para este día

De propósito y con toda deliberacion, Virgen tristísima, salísteis a buscar la ocasión de hallar a vuestro querido Hijo Jesús; y el impulso interior del amor que consumía vuestro pecho era el resorte que animaba la máquina corporal y órganos naturales, desfallecidos y casi exánimes por tantos tormentos y penas como habíais padecido…

Salís a buscarle para desahogar tan amorosas llamas, y satisfacer el deseo eficaz que teníais de abrazarle, estrecharos con Él, y aun besarle si os fuera permitido… ¡Heroica acción! ¡Hecho generoso! ¡Magnífica empresa!

Aunque podíais tener por cierto que pereceríais y acabaríais vuestra vida a manos del dolor y sentimiento por verle en un estado tan lastimoso y conducido al suplicio; aunque también podíais haber conocido que os exponíais a que hiciesen algún atentado con Vos aquellos bárbaros hombres, y a que os silbase y mofase aquella insolente turba, con todo, nada es suficiente a conteneros, pues juzgáis por más digna una acción excitada y producida del amor, que cuantos males os pudieran venir de ella…

¡Ejemplo admirable para muchos de los Católicos, que por respetos humanos no se apartan de tantos vicios, y cometen tantas y tan lastimosas culpas! ¡Cuántos por el qué dirán no se retraen de las malas compañías y se dedican a obrar la virtud porque les llamarán “beatos”! ¡Cuántos por el mismo motivo no dejan a un lado las indecentes modas y se visten con la decencia que exige su estado, no van al sermón ni a las funciones devotas, ni se atreven tampoco a alistarse en el número de los siervos de María! ¡Cuántos no abandonan de una vez los bailes, tertulias y demás pasatiempos porque no digan que se han vuelto encogidos y pusilánimes! ¡Cuántos no perdonan y se reconcilian con sus enemigos, conocidos y parientes con quienes están encontrados, por no parecer cobardes y de poca palabra! ¡Cuántos, finalmente, no ejecutan otros actos semejantes por no ser tenidos por de poco carácter, y por no perder el parecer y crédito del siglo de la ilustración!

¡Oh malditos del mismo Dios, a quien tenéis vergüenza de confesar, por qué cosa tan leve queréis perder vuestra alma! ¿Tenéis acaso fe? Pues si la tenéis y creéis que habéis de morir, y que todas las cosas e este mundo pasan como sombra y se desvanecen como el humo, y que en la última hora os alegrareis haber sido arreglados y conformes á la ley y preceptos del Señor, y no haber vivido según el mundo, ¿por qué hacéis caso de él? ¡Qué necedad!…

Es mundo loco, ¿y vosotros os queréis regir por él?… Aprended de María Santísima a no hacer aprecio de sus dichos y costumbres. ¿Media la honra de Dios, la gloria de nuestra Madre, o la salvación de muestras almas y de las de los prójimos?…

Pues a ello, aunque el mundo nos insulte; a ejecutar semejante acción, aunque se burle de nosotros. ¡Qué poco que se hubieran hecho amigas de Dios de enemigas que eran suyas Thais la pecadora, Pelagia, María Egipcíaca y Magdalena, si hubieran hecho caso de los dichos y burlas del mundo! Pero oyeron la divina inspiración, y con santa resolución dejaron sus deleites sensuales, arrojaron sus trajes disolutos, se vistieron de saco y cilicio, y se entraron a los desiertos a buscar la penitencia y el retiro.

Lo mismo les hubiera sucedido a tantos otros Santos que al presente son el decoro de nuestra Iglesia y religión, y si se hubieran guiado por el mundo y sus locuras no serían sino su oprobio y confusión. Pues, alma mía, ¿qué te ha de poner desde hoy impedimento alguno?

Hablen… digan… búrlense… y desprécienme los insensatos, que por eso no dejaré de ser asistente a los ejercicios de piedad y devoción que continuamente se celebran. Llámenme lo que quieran, que aunque eso sea, mi mayor honra será llevar colgado en mi cuello el escapulario de mi Madre dolorosa, y el tributarla los servicios de fiel siervo. No omitiré jamás semejantes actos de virtud, pues estoy seguro que aunque esto así me suceda en esta vida, en la otra participaré de los consuelos eternos…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.