Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 18


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Angustia y desconsuelo de María Santísima cuando supo que el redentor caminaba con la cruz para el calvario

Prevenidas ya todas las cosas, bajaron al divino Redentor del pretorio de Pilatos al patio, donde tenían preparada la Cruz; y cargándola sobre sus hombros, como había quedado tan débil y su peso era tan grande, necesariamente tenía que sucumbir agobiado de él; mas los inhumanos verdugos le echaron una soga al cuello, con el inicuo fin de levantarle con ella.

Hecho esto, se formaron los soldados de a caballo que estaban destinados para conducirle al suplicio en dos filas, para abrir calle entre el infinito gentío que había por ellas.

En medio iba el Salvador del mundo, entre dos ladrones que iban a ser crucificados por sus delitos; pero con estos usaron de más compasión, pues no llevaban como Jesús la cruz sobre sus hombros. Delante guiaba una ronca y destemplada trompeta, que con su clamor y eco tan triste anunciaba de cuando en cuando el fin por que se tocaba; y en los intermedios que cesaba, el pregonero publicaba la sentencia y delitos de los reos.

Detrás iba una turba de verdugos y demás gente… ¡Oh, qué procesión tan lastimosa! ¡Con qué humildad caminaba el divino Isaac en medio de tal chusma!… Formados de esta manera salieron del palacio… ¡Qué alboroto se armaría, las gentes unas gritaban y silbaban al reo, y otras apresuradas correrían para llegar con anticipación al lugar del suplicio.

El alboroto se hizo tan general y la sublevación se extendió a tanto, que María Santísima, que permanecía en su habitación ocupada en las reflexiones que antes dijimos, lo advirtió y conoció por las mujeres que la acompañaban… «¡Ya llevan a nuestro Jesús… clamaban con muy profundos y demisos sentimientos… al inocente, al Padre más amoroso, al Señor más clemente, al Esposo más amante, al consuelo de nuestras aflicciones, a la luz de nuestros ojos y medicina de nuestras dolencias!».

¡Qué sobresaltada quedaría la Santísima Virgen al percibir tal desorden, y al notar la sorpresa y alteración de aquellas sus fieles amigas! ¡Su Corazón… ay… su fiel Corazón no la engañaba sobre lo que acontecía!

Determina salir corriendo al encuentro para despedirse de su santísimo Hijo; mas las piadosas mujeres la contenían diciendo: «¿Adónde queréis ir, Señora? ¿Cómo es posible veáis cumplido vuestro justísimo deseo, si la confusión y el tropel os lo impedirán? Además, ¿no conocéis, Señora, que ha de ser forzoso sucumbais a presencia de tantos tormentos y aflicciones?…

¡Quedaos con nosotras, triste Madre, y reunidas en esta habitación haremos mutuo el sentimiento, y derramaremos nuestras lágrimas, dando al Cielo testimonio de lo mucho que nos compadece la muerte desgraciada del santo y justo Criador de ellos; y de esta suerte haremos más llevadera tan crítica situación!» … «¡No, respondía María Santísima, no será así… no admitiré vuestros consejos… quiero morir en su compañía… quiero a su lado finalizar también mi vida, que sin la suya me será casi insufrible!».

Así estaban conferenciando entre sí estas religiosas mujeres, cuando de repente oyen el clamor melancólico de la trompeta, y la descompasada voz del pregonero, que en cuanto cesó aquel comenzó con mucha pausa a pregonar la sentencia, diciendo: «Jesús… el Nazareno… es condenado… a muerte… por desobediente… al Cesar… y seductor… de todo… el pueblo…».

Reflexiona, alma mía, la sensación que causarían estos clamores tan desapetecibles como mentirosos en las piadosas mujeres, que no podían alentar ni aun suspirar, y en la desconsoladísima e inocentísima Virgen, que sobrecogida de un desmayo repentino, cayó en los brazos de las que apenas podían tenerse en pie por la aflicción y pesar…

¡Oh Madre mía de mi corazón, qué dolor… qué pena… qué sobresalto… qué desconsuelo… qué aflicción y amargura sería la de vuestra alma en este triste y desventurado momento…

Sentimientos y propósitos para este día

Yo admiro, Señora mía, la paciencia de vuestro querido Hijo Jesús y la vuestra, porque cuando a este Señor le cargaron la Cruz sobre sus hombros tan delicados, ni los apartó, ni les replicó que no era costumbre ni ley que el que caminaba al suplicio llevase Él mismo el instrumento, sino que sin abrir sus divinos labios la tomó y abrazó con sumo gusto y contento.

Asimismo cuando Vos, Madre mía, veíais las injurias y conocíais lo malos e indebidos tratamientos que usaban aquellos hombres bárbaros con vuestro querido Hijo, no os movéis a impaciencia o deseo de venganza, antes bien os mostráis conforme con las disposiciones soberanas, y recibís con voluntad pronta cuantas penas os envía el Omnipotente.

En esta misma admiración me ofrecéis un modelo para reformar con él la viciosa inclinación que me domina en todas mis adversidades y trabajos, y renovar en mi corazón la incomparable virtud de la paciencia. ¡Qué poco, alma mía, imitamos a nuestro Redentor y a su Madre en las ocasiones que nos proporciona virtud tan excelente como la de la paciencia! ¡Tanto mérito y realce como obtuvieron del Eterno Padre, y nosotros, que podíamos acumular este tesoro para el día de la ira y de la venganza, tan descuidados y perezosos!

En las calamidades que Dios nos envía, sufridas con paciencia, le encontraríamos sin duda y le conservaríamos; pero como nos falta esta lo perdemos todo. ¡Qué excelente y agradable a los ojos de Dios fue la invicta paciencia de Job! ¡Pero quién de nosotros padecería tanto como él! Arruinada su casa, destruidos sus ganados, muertos sus hijos, disipados sus gruesísimos haberes, tendido en un muladar, cubierto de úlceras, bullendo en gusanos, despreciado de su mujer, burlado de sus amigos… y con todo esto no se le oye ni una sola queja de impaciencia, antes bien mil bendiciones, diciendo: «Dios me lo dio, Dios me lo quitó, sea su nombre bendito».

¡Quién de nosotros sufriría tanto!… Si apenas hay valor para vernos afligidos con alguna larga o penosa enfermedad… o en nuestras casas a nuestros hijos, mujeres, criados o animales padeciendo cualquier dolencia… si porque el marido o la consorte tiene mal genio o condición… si porque los hijos traviesos causan alguna pesadumbre… si porque no se logró bien este negocio, y salimos mal de tal empresa… si porque tenemos que soportar las molestias de nuestro estado y obligación… si porque de algun revés de la fortuna vinimos a miserables… y si porque, últimamente, nos suceden cosas semejantes a estas lo echamos todo con mil satanáses, y en vez de usar las bendiciones del santo Job, prorumpimos en maldiciones, porvidas, palabras escandalosas, y nos dejamos dominar de la soberbia e ira… ¡Qué necedad! ¿No sabéis que todo esto viene de la mano de Dios?… Esperad un poco, y oiréis a Job que así lo continúa diciendo: «Si recibimos con alegría los bienes de mano del Señor, ¿por qué con la misma no hemos de tolerar los males que nos envía?».

¿Qué te parece, alma mía? ¿No recibes de solo estas expresiones un gozo y ánimo particular para armarte con el escudo inespugnable de la paciencia? Y si es señal de que Dios nos ama cuando nos prueba y mortifica, ¿por qué no nos hemos de dar por muy contentos cuando nos llena de amargura? Con qué objeto nos enviará los trabajos? ¿Será con el cruel fin de divertirse con nuestros padecimientos?… ¡Ah!… Muy lejos de nosotros idea tal…

Nos mortifica para vivificarnos después; nos da la tribulación para sanarnos después; nos sepulta en un abismo de males para sacarnos después triunfantes a lo elevado de los cielos; nos lleva por los caminos de la cruz para que así mas seguros lleguemos a su gloria. Nos anticipa, digámoslo de una vez, nos anticipa el Purgatorio en este mundo, para que pasemos purgados de nuestras faltas y culpas sin detención a la gloria… ¿Qué culpa, Dios mío, era la vuestra para tolerar con tanta resignación tantos tormentos?…

No tenía alguna; pero, como dice el Evangelista: «convenía que así padeciese y entrase en su gloria, para enseñarnos con su ejemplo». (San Lucas XXIV, 27).

¡Oh Madre mía, yo propongo desde hoy imitarle!… ¡Qué locura la mía, siviendo delante de mí tan ilustres caudillos, no tratare de seguir sus acciones. Vengan trabajos, Reina mía, que ayudándome Vos y protegido de la gracia, espero recibirlos con resignación y paciencia…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.