Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 16


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Pena y dolor de María Santísima cuando supo que era condenado a muerte su santísimo e inocentísimo hijo Jesús

Toda la noche pasaron sus enemigos mofándose del Redentor, y el Señor sufriéndolo con tanto amor y mansedumbre. Llegada que fue la mañana, y levantado ya Pilatos, se lo volvieron a presentar, para que formal y jurídicamente le condenase a muerte.

Insistió Pilatos en librarle, y después de varios raciocinios que tuvo con él y con sus enemigos, como lo refiere el sagrado Evangelio, y por temor de la amenaza que le hicieron de enemistarse con el Cesar, le condenó a muerte y dio la sentencia en la forma que se la pedían (San Juan XVIII).

¡Qué algazara… qué contento produciría entre aquella gente el ver ya escrita la sentencia! ¡Con qué precipitación bajarían aquellos ministros de Satanás a dar la noticia a los que en el patio aguardaban la resolución! Pero ¡oh dolor… oh ansias… oh tormento!… ya se hallaba allí María Santísima, que atraída por la vehemencia de su amor, había venido ocupada de los más ardientes deseos en compañía de las piadosas mujeres… ¡Cómo se quedaría esta Señora al escuchar semejante novedad! ¡Qué pena y sentimiento tan acerbo traspasaría su Corazón!…

¡Ay alma mía!… ¡Qué congojas tan continuas la sobrecogerían!… ¡Qué consuelo hallaría su amargura al presenciar los preparativos que se hacían!… A unos vería tomar la Cruz y repasarla por ver si estaba corriente… a otros disponer los clavos, las barrenas, los martillos y los cordeles que le habían de conducir como manso Cordero que es llevado al matadero… a aquellos que muy contentos se daban el parabién porque su enemigo era quitado de delante… a estos que ya clamaban, figurándose que tardaban en cumplir la sentencia… y a todos, en fin, que no anhelaban más que por acabar con su vida y derramar su preciosa Sangre.

Ya no puede sufrir más su amor; revientan los volcanes de su encendido pecho; rompe en lágrimas y suspiros… «¡Ah, Hijo de mis entrañas, ya se verán contentos y satisfechos tus enemigos y los míos!… ¡Ya lograron estas desdichadas mariposas apagar la luz que, iluminando a todo el mundo, era la que con su calor vivificaba mi espíritu!…

¡Ya consiguieron esos inhumanos derribar la ciudad santa que servía de asilo a tantos miserables!… ¿Qué habéis visto en él para que con tan poca justicia le condenéis a tan afrentoso suplicio? ¡Bien podeis, hijas de Jerusalen, llenaros de ceniza y vestiros de luto (Jeremías VI, 26) para acompañarme en mi amargo llanto por la pérdida de mi consuelo!… ¡Todos estos jueces, apartándose de la rectitud (Jeremías VI, 28), “han echado mano del hierro contra él!”. ¿Qué he de hacer? ¿Cómo podré subsistir sin mi amado, “que era todo mío, y yo toda de él” (Cánticos II, 16)?…».

Tanto era el sentimiento de esta afligidísima Madre. Considéralo bien, alma mía, y te encontrarás movida a compasión… Así lo exigen las circunstancias, que son suficientes para conmover al corazón más empedernido, y mucho más al del que como tú es siervo de esta desconsolada Reina y amantísima Señora…

Sentimientos y propósitos para este día

Se ha finalizado ya, Virgen dolorosísima, el juicio que los inicuos han formado contra vuestro querido Hijo. Echaron ya el fallo a su causa, y le condenaron a muerte… ¡Oh juicio sin justicia! ¡Oh injusto juicio!

Pero Señora mía, hoy que veo delante de mis ojos un proceder tan descaminado, quiero recordar a mi alma, en los sentimientos y propósitos que he de formar en este día, la diferencia con que el supremo Juez ha de proceder en el juicio en que ha de residenciar a todos los mortales en el día formidable de la cuenta…

¡Ah! ¡Qué día aquel tan terrible! ¡Qué signos tan espantosos han de anunciar su aproximación!… ¡Qué temor producirá en los malos la vista sola del Señor! «¡Se acabaron ya los delitos, dirán, se finalizaron nuestras pasiones, y ahora a la faz de todo el mundo van a ser publicadas para su castigo! ¡Qué vergüenza, alma mía, le causará al deshonesto el oír que sus obscenidades se van a publicar, y a ser sabidas de todos los que antes las ignoraban!

¡Qué confusion para el murmurador, para el ambicioso, para el vengativo y para el cristiano impío y desmoralizado el ver que sus delitos se hacen patentes y sabidos aun de aquellos que en el mundo les tenían por buenos y mortificados! Pero todo esto será mas llevadero, que el escuchar la sentencia que Dios ha de pronunciar después de justificadas las iniquidades: «Id, les dirá, id, malditos, al fuego eterno que os está preparado desde la eternidad; porque me visteis hambriento y no me disteis de comer, sediento y no me disteis de beber, desnudo y no me vestísteis» (San Mateo XXV, 42).

¡Oh Dios mío! ¿Quién oirá tales palabras sin estremecerse y aterrarse? Entonces gemirán y clamarán: «¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer, cuándo sediento y no te dimos de beber, cuándo desnudo y no te vestimos?». «No lo hicisteis, les responderá el Señor, con los pobrecitos y desvalidos, que eran mis semejantes. Id sin réplica a los abismos, apartaos de mí por toda la eternidad». «Caed, montes y collados, sobre nosotros, gritarán, y sepultadnos en vuestras ruinas (Oseas X, 8). ¿Para qué, Dios mio, nos criaste? ¿Por qué no nos ocupó la muerte en el vientre de nuestra madre? (Job III, 10) ¿Por qué no perecimos antes de nacer? ¿Por qué nos recibieron en el regazo? ¿Por qué nos alimentaron con su leche?

¡Ojalá que nada de esto nos huhiera sucedido, y no os hubierais acordado de criarnos para venir a este fin! Mas nadie nos tiene la culpa… nosotros mismos nos hicimos reos de condenación eterna, pues sabiendo los preceptos del Altísimo los hemos menospreciado. Tú eres justo, Señor, tu juicio recto…».

Alma mía, ¿qué… te llenas de pavor y confusión al ver el fin de los malos en el juicio de Dios? ¿Te afliges y estremeces al considerar que sin remedio te has de hallar en él y ser juzgada? ¿Te consternas sobremanera solo con su memoria? Pues no… no temas, alma mía, no te acobardes, cuando ahora tienes tiempo de prevenirte… Allí te pedirán cuenta de la sangre, de los tormentos, de la Pasión de Jesucristo, de los dolores, aflicciones y penas de su Santísima Madre tan menospreciados por tus pecados…

Allí te pedirán cuenta de las inspiraciones, de los llamamientos de la gracia, de los avisos que Dios te ha dado, de la paciencia con que te ha sufrido, y del fruto de los santos Sacramentos que tan descubiertamente has profanado… Y bien, ¿por qué has de dudar tanto de su buen éxito, cuando ahora sabes lo que tienes que hacer?

Una vida santa, recogida, arreglada y compungida será la que te ahorrará después todos los temores y confusiones. La penitencia, si caíste en algún pecado, te restituirá a la reconciliación, sin que jamás te dejes sorprender de la desesperación o desconfianza.

Si así lo haces, no te dé cuidado alguno, porque aunque tus culpas hayan sido escritas en el libro de la cuenta, serán borradas por tu arrepentimiento y dolor, fundado en los méritos de Jesucristo… Prométeselo así hoy a tu Madre dolorosa, dala una firme palabra, y procura cumplirla, para que después del juicio del Señor, pases a disfrutar sus caricias estando en su compañía…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.