Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 15


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Sentimiento y pena de María Santísima cuando recordaba las burlas y malos tratamientos con su hijo Jesús

Ejecutado aquel inhumano atentado contra el divino Redentor, le desataron de la columna, y como había quedado tan débil por la Sangre que con tanta abundancia derramaba, cayó en el mismo charco que ésta había formado; pero los verdugos le levantaron despiadadamente, le vistieron la túnica, y le condujeron otra vez a la presencia de Pilatos.

Mucha lástima le causó aquella tan compasiva figura, y el ver que la empapaba la túnica y manifestaba cuán llagado estaba aquel cuerpo, y juzgando causaría el mismo efecto en los demás que así le viesen, determinó sacarle a un balcón que caía a la plaza de su tribunal, para mostrársele y ver si así se daban por satisfechos.

Así lo ejecutó, mas de nada le sirvió, porque cada vez más obstinados volvieron a gritar: «Quítalo, quítalo de nuestra presencia; crucifícale, crucifícale»… Y conociendo que no podía librarle por mas pretextos que buscaba y razones que alegaba, se lo entregó para que le crucificasen.

Pero ellos, para vencer el sueño de la noche y entretener las largas horas que faltaban hasta que llegase el día para desahogar y cumplir sus rabiosos deseos, le tomaron por objeto de mofa y diversión, y poniéndole un trapo sobre sus ojos, una corona de espinas en su cabeza y una caña en sus manos, indicando que era rey de farsa, se postraban delante de él dándole bofetadas en su divino rostro, y escupiéndole y burlándose de él, le decían: «Adivina quien te dio»…

¡Oh noche tan penosa para nuestro inocente Jesús! ¡Oh noche la más cruel y de horrorosa memoria en las duraciones de los siglos!… Pero no lo era menos para su afligida Madre, que retirada en su casa acompañada de sus fieles amigas, toda la pasó llorando y suspirando, por figurarse y conocer muy bien lo que en aquellas horas padecería y aguantaría de sus enemigos. Tan conocida tenia ya la divina Señora la rabia y el furor bárbaro de aquellos, por lo cual, y por mirarle ya en su dominio, con razón se persuadía de lo mucho que le estaban atormentando.

¡Ah! ¡Qué deseada sería la venida y aparición del día! ¡Pero con qué diferentes objetos! Jesucristo la desearía para consumar los efectos de su amor… María Santísima para ver a su dulce prenda y acompañarle hasta donde la fuese posible… los enemigos, en fin, para dar la muerte al justo, al inocente y Santo de los Santos… ¿Qué horas tan penosas serían para la desconsoladísima Virgen?

Cómo se quejaría sin interrupción: «Me quitan, diría, mi gloria y mi corona, se ha suscitado su furor contra mí: clamo, y ninguno me oye; voceo, y no hay quien me haga justicia (Job XIX. 5-7)… ¿Qué es esto, Hijo mio… qué es esto, amado de mi Corazón, a quién he de dirigir mis votos? (Proverbios XXXI, 2)»…

En este amargo padecer gastó toda la noche, conociendo, por gracia especial que Dios la hizo, los tormentos que su querido Hijo había padecido en ella… Considera, alma mía, cuán grande sería su desconsuelo, y qué deseos tendría de que rayara la luz del día… Reina de mi corazón… ¡oh y qué día tan terrible os espera!… ¡Cuánto se van a duplicar en él vuestras penas!…

Sentimientos y propósitos para este día

¡Qué inhumanos, Virgen Santísima, qué crueles y desapiadados… ¡Qué corazón tan empedernido tenían!… Porque siquiera al considerar que al día inmediato iba a expirar con tormentos tan terribles como le preparaban, debían dejarle reposar en la noche, para que tuviese fuerzas y valor para sufrirlos.

A cualquier reo, por gravísimos que sean sus delitos, se le dispensa una justa conmiseración; pero a este dulcísimo Redentor, que inocente padece por delitos ajenos, no se le da alivio alguno, ni aun el más mínimo descanso.

¡Barbarie inaudita!… ¡Crueldad incomparable!… Pero si con un poco cuidado dedicamos nuestra reflexión a registrar o examinar la conducta de muchas criaturas que son por la misericordia del Señor católicas y no hebreas, descubriremos con el más profundo dolor que no se compadecen de la terrible noche que pasó nuestro divino Redentor en la casa de Pilatos.

La razón es muy clara… porque solo al recordar nosotros que tal hora, tal día, tal mes o en tal ocasión nos sucedió algún infortunio o calamidad, bien presente lo tenemos y muy bien nos lo representamos cuando llega.

Pues siendo esto efectivamente así, ¿no podremos asegurar con lágrimas en nuestros ojos que hay muchos que se dicen cristianos, que no se compadecen de la terrible noche que sufrió nuestro inocente Jesús y su contristada Madre?… ¿Qué es, si no, infelices, lo que muchos piensan y en lo que emplean las noches, cuya oscuridad, cuyo silencio y cuya ocasion les recuerda aquella noche tan terrible para el Redentor y tan fatal para su tierna Madre? ¿Las emplean por ventura en leer algún libro devoto u honesto e instructivo… en rezar con la familia el rosario u otras devociones, en coser, en algún juego o lícita recreación… o en algunas cosas semejantes, tan propias de un buen cristiano u hombre de bien?

¡Ojalá que así fuera! ¡No tratamos aquí, Virgen Santísima, ni hablamos indiferentemente con todos, porque afortunadamente se hallan buenas almas, fieles y exactos Servitas, que saben recordar los padecimientos de aquella noche funesta, y emplearse en obras de virtud y de piedad!

Nos lamentamos, sí, con el más profundo sentimiento de otros muchísimos, que las emplean en tertulias ilícitas, donde la conversación favorita es la murmuración, la disolución, la lascivia y el libertinaje de las pasiones!… ¡De aquellos que las emplean y consagran a unos espectáculos de inmoralidad y disipación, aprendiendo en ellos, no el pundonor, la sencillez y la virtud, sino los inicuos tratos, los impuros amores, la infidelidad, el crimen y la maldad, enmascarados con el más paliado disfraz de inocencia y rectitud!… ¡Oh peste digna de ser deplorada!

¡Oh insensatez y necedad!… ¡No ha de haber dinero para dar una limosna a un pobre, para socorrer a una afligida doncella, para aliviar a un necesitado enfermo, u otras obras de que tanto bien resulta a las almas, y sí para contribuir tan locamente a nuestra perdición y a la de los demás!… Otros las dedican a la concurrencia a los bailes, y a excitar contra sí la maldición de Dios que irritado clama: «¡Ay de vosotros, bailarines, pueblo cargado de iniquidad!» (Isaías I, 4).

¡Y todavía hay quien los defienda, todavía quien los sostiene por justos y sensatos!… ¡Locos… ignorantes… no queráis cohonestar lo que terminantemente el cielo abomina y repudia! ¿Cómo se hubieran seguido de ellos tan funestas consecuencias si fueran tan inocentes como suponéis? Mientras que Moisés estaba en el mônte recibiendo la ley del Señor, se levanta el pueblo a bailar al rededor del becerro que habia formado, y el mismo Dios le dice: «Baja, baja al instante, Moisés, que el pueblo me está ofendiendo…» (Éxodo XXXII, 7).

Baile inocente y honesto era el que formó la hija de Jefté para salir a recibirle cuando volvía vencedor; pero tuvo que sufrir la muerte de él mismo, para cumplir la palabra que había dado a Dios cuando se halló en peligro, que fue sacrificarle lo primero que hallase al entrar en su casa, si volvía a ella triunfante… (Jueces XI, 34). Baile inocente era el de la joven Herodíades, y de él resultó la muerte del Bautista… (San Mateo XIV, 6). Pero ¿a qué más pruebas que las que todos los días experimentan sus prosélitos y concurrentes en los efectos tan nocivos para sus cuerpos y para sus almas?

Para sus cuerpos, pues gastan sus dineros en las joyas, en los adornos y en las galas, se fatigan toda una noche con movimientos violentos, se ven flacos, consumidos, enfermizos y sin salud.

Para sus almas, porque se encuentran cargados de pereza y gravados por el desenfreno, incapaces para frecuentar los Sacramentos de vida eterna; cobran horror a la virtud, miran con tedio a los virtuosos, manchan su conciencia con multitud de crímenes, se facilitan en la culpa, ejercitan las lecciones que en ellos aprendieron, fomentan las pasiones, y atesoran un cúmulo de delitos para formar su perdición eterna. ¡Ah!… si el confesor alguna vez les mandase alguna penitencia mortificativa… ¡cuántos pretextos buscarían!… ¡cuánto se quejarian de su proceder!…

Si en penitencia les mandase tales desatinos como hacen contra su cuerpo, su salud y su dinero. ¡qué indignación, qué plegarias contra él!… Otros destinan las noches para los acechos, para las rondas, para los galanteos, para la deshonestidad, para la intriga, para el robo, valiéndose de la oscuridad como celaje de sus desórdenes, sin considerar que Dios, aunque sea el sitio más oscuro y tenebroso, todo lo ve y presencia…

¡Qué bien, Madre, santifican éstos las noches y las consagran a la memoria de lo infinito que padecísteis!… Mas si un funesto error ofusca su imaginación y les sostiene en su engaño, ocasión es esta, Reina de mi corazón, para que yo avisado corrija mis excesos y las emplee mejor en vuestro obsequio, resarciendo sus faltas y satisfaciendo por ellos. Así, Señora, os lo prometo muy gozoso, por saber que en ello os presto algún consuelo y me hago digno de vuestra maternal correspondencia…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.