Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 14


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Vehementísima aflicción de María Santísima por ver que era azotado su amantísimo hijo

Pilatos examinó cuidadosamente a Jesús, para ver si eran ciertas las delaciones que los judíos de él hicieron; y aunque así procedió, siempre encontraba al Salvador inocente, y no hallaba delito alguno por el que pudiese pronunciar sentencia de muerte contra él, y aun juzgando debía dársele libertad, se lo manifestó a los acusadores, haciéndoles ver que no le podía juzgar en manera alguna sin proceder injustamente: por lo que según costumbre que había de soltar por la Pascua un preso le parecía era mejor hacerlo con él.

Pero aquella turba obstinada y ciega pedía por Barrabás, hombre facineroso y conocido de todos por sus crímenes, condenando al último suplicio al bonísimo Redentor Jesús… ¡Oh mi Señor y Dios! ¡Oh buen Jesús, cuántos desprecios padecéis por mi amor!…

No obstante Pilatos discurría medios como libertarle, y así lo mandó azotar, por si con esto, y al mirarle en el lastimoso estado en que le habían de poner los azotes, se apiadaban y desistían de sus intentos, perdonándole de una vez.

¿Pero qué tenían que perdonar a un inocente? Dio esta cruel sentencia, y asiéndole los sayones con impetuosa velocidad lo bajaron a un patio, en donde se hallaba todo el pueblo esperando por saber el resultado… Mas ¡oh dolor, oh pena, oh sentimiento sin igual!… Entre esta gente se encontraba también la desconsoladísima Madre, aguardando con ansia y aflicción el fin de esta tragedia, acompañada de aquellas fieles y compasivas mujeres. Ya le ven bajar por las escaleras del pretorio entre la chusma y vil canalla, ya miran que haciendo lugar entre la gente le comienzan a desnudar…

¡Alma mía, considera cuál estaría el Corazón de la Madre! Le arriman con tirones descompasados a una de las columnas o postes del mismo patio, y atándole con bárbara fiereza dejan descubiertas sus sacratísimas espaldas… y ya por último se oyen los golpes tan estrepitosos de los azotes que a porfía comienzan a descargar los sayones, remudándose unos cuando se cansaban los otros… ¡Qué conmoción sentiría el Corazón amorosísimo de María!…

¡Qué efecto tan fatal producirían en su pecho tan cariñoso aquellos desapetecibles golpes… golpes que conocía laceraban las blanquísimas y delicadísimas carnes de su Hijo adorado!… Se apodera de su espíritu una irremediable perturbación tan vehemente como veloz… desfallece por el dolor… desmaya por el pesar, cae en los brazos de sus caritativas compañeras, que se hallaban del todo turbadas, y cuando se recobra de su congoja, al volver a oír los golpes y los lamentos que la compasión arrancaba ya de muchas personas, al presenciar el destrozo tan horrible que causaban en tan delicado cuerpo, que se desangraba en copioso derrame, exclamaba tristemente y decía…

«¡Oh Hijo de mis entrañas… oh inocente Cordero!… ¿qué hiciste para merecer tal castigo?… ¡Tu carne purísima tan cárdena y bárbaramente despedazada… tu Sangre preciosísima derramada por manos tan sacrílegas y alevosas!… ¡Ay qué pena… qué aflicción… qué desconsuelo… ¡Venid… descended, Ángeles santos, y ved si conocéis a ese Señor, que es el mismo Hijo de Dios!… ¡Libradle de una pena que no mereció jamás!… Mas ¡ay, es que horrorizados cubrís vuestros rostros por no mirar tamaña maldad!»…

A los clamores de esta afligida Madre se unìan y aumentaban los de los demás, que conociendo era su Madre y sabiendo también lo que era tener hijos, se enternecían y conmovían… Reflexiónalo despacio, alma mía, y advierte que los azotes, que según la opinión común pasaron de cinco mil, todos son por tu culpa: fija tu consideración en María Santísima… ¡Ah! ¡Cuánto padecería! ¡Cuánto sufriría! ¡Qué grande sería su desconsuelo!

Sentimientos y propósitos para este día

Pero, Señora mìa, no os podrá alguno preguntar, «¿por qué no os retirábais de aquel sitio, excusándoos de presenciar una escena qüe tanto dolor y sentimiento causaba a vuestro Corazón?»… Mas cualquiera sin duda llega a conocer el objeto y móvil que os obliga a unas acciones de que tan grandes penas os resultaban…

Reflexionando atentamente sobre el pesar que recibiría vuestra alma en aquel acto tan cruel, conozco que era imposible que pudiéseis sobrevivir si no estuviéseis auxiliada por la gracia y virtud de Dios…

Doctrina muy útil e importante puedo sacar para mi provecho, cuando hoy advierto la mansedumbre de mi Dios en un castigo tan descompasado, y la consternación de mi Reina en su presencia y a su vista… ¿No sería yo, a la verdad, la criatura más desatinada, si con tales ejemplos no me animo a buscar, encontrar y abrazarme con la penitencia?

¡Cristo Jesús, sin culpa, recibe hoy por la mía tantos azotes!… ¡María Santísima tampoco rehúsa las ocasiones de padecer, queriendo en esto imitar a su dulcísimo Hijo!… ¿Y yo solo, a quien con màs razon corresponde, he de huir de las ocasiones que me presenta la penitencia y la mortificación?… Pero aunque quiera yo prescindir de estas que tanto me obligan a abrazarme con ella, ¿no hallo también otras muy poderosas que me la aconsejan, que me la persuaden y que me manifiestan su necesidad y utilidad? ¡Cuántos pecados he cometido! ¡Cuán repetidas han sido mis ofensas contra el Cielo! Pues… ¿qué medio para repararlas, qué para borrarlas y limpiarme de ellas sino la penitencia?…

«Si no hago penitencia cierta es mi perdición eterna» (San Lucas XIII, 3), como me lo escriben las sagradas páginas: y si la hiciere, «viviré para siempre, y el Señor se olvidará de cuantas culpas hubiere cometido contra él» (Ezequiel XVIII, 21).

¡Oh felicidad! ¡Fortuna incomparable! ¡Cuánto daría un hombre de los que hubiese incurrido acá en el mundo según las leyes en delito de proscripción o de muerte, y solo con algunas muestras de arrepentimiento y pruebas de enmienda los viese absueltos y borrados! ¿Qué haceis, mortales, que a tan poca costa no adquirís tan particular remedio? ¿Qué os cuesta ceñiros un cilicio, castigar vuestra carne con una disciplina, ayunar como es debido y cercenar el sueño para estar vigilantes en la oración?…

Pero qué… ¿Os espantáis?… ¿Tembláis ya horrorizados al oír unos nombres tan inhumanos y crueles a vuestro parecer?… ¿Pues qué hubiérais dicho si viviérais en tiempo de los Antonios, Pablos, Arsenios, Pacomios, Jerónimos y demás anacoretas?… ¿Qué si hubiéseis repasado sus chozas, sus camas, sus vestiduras, sus alimentos y los instrumentos de mortificación y penitencia?… ¿Qué si los miráseis tan flacos y consumidos que parecían ambulantes esqueletos?… ¡Estos sí que meditaban la Pasión de su Redentor… estos sí que apreciaban el costoso precio de su rescate!

Con todo eso no te excuses… no alegues pretextos, criatura católica, pues no te estrecho yo a tan grande austeridad… aunque debiera muy bien exhortarte a semejantes mortificaciones, porque la gloria, que era el fin a que se dirigían las de aquellos, es la misma a que tú caminas, y por tanto lo mismo debes tú trabajar para conseguirla… No, no exijo de ti tan rígidas penitencias… mucho más fáciles son las que te pueden reconciliar con Dios, y yo me daría por contento si las practicases…

Calla, deja esos tratos ilícitos con que tanto ofendes a Dios; evita esas ocasiones que te hacen caer en pecado; retírate de esa compañía de perdición; no continúes en esas murmuraciones tan dañosas al prójimo; sufre, lleva con paciencia el genio de tu consorte, de tus padres y señores; no desees vengar tus injurias, abrázate con humildad con los trabajos que te envíe el Señor; tolera las molestias de tu pobreza, de tu oficio y de tu empleo; despójate de la vanidad y de la soberbia; arroja esas galas y renuncia las ilícitas y nocivas recreaciones… por último, si tienes un poco de reflexión, conocerás que en estas y otras cosas que tanta repugnancia te cuestan, puedes ir practicando una laudable y útil penitencia…

¡Oh alma mía, aprende aquí una mortificación y penitencia que desconocías, pudiéndote ser tan fácil!… Justo es, Madre mía, que desde ahora comience a remediar tantos males como ha producido mi culpa… Desde ahora os doy palabra de utilizar tantos medios como tengo para la satisfacción…

Y no solo lo haré por esto, sino que por vuestro amor esto resuelto a mucho mas, con el dictamen de mi confesor, para apreciar así la Sangre de Jesucristo y el fruto de mi redención, y para portarme como siervo vuestro…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.