Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 13


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: dolor y desconsuelo de María Santísima por andar su hijo Jesús de herodes a Pilato

Desde el pretorio de Caifás llevaron a Jesús sus enemigos al de Pilatos. Preguntando éste la causa de su prisión, y contestándole aquellos que conmovía a todo el pueblo enseñando desde Galilea hasta aquel lugar doctrinas subversivas, volvió a preguntarles si aquel hombre era galileo, y respondiendo ellos que sí, lo remitió a Herodes, de cuya jurisdicción era (San Lucas XXIII, 5).

Este bárbaro juez deseaba mucho la ocasión de ver a Jesús, por la fama tan grande que había oído de él corría, y así al momento que le tuvo en su presencia se alegró infinito; y después de haberle preguntado varias veces e instádole para que a su vista hiciese algún milagro, viendo que no le daba respuesta ni satisfacía su curiosidad, se burló del divino Redentor teniéndole por loco, y mandó le vistiesen con una vestidura blanca, y le devolvió así a Pilatos…

¡Oh mansedumbre la de Jesucristo!… ¡Oh humildad sin comparación!… ¿Qué injurias sufriría el mansísimo Jesús?… ¡Atados sus brazos a la espalda… rodeado de escolta como si fuera un facineroso… que los unos le empujan… que le gritan con dicterios los otros… que estos le escupen y tiran piedras, porque ni aun tal desorden impiden los desapiadados soldados. que aquellos no respiran sino efusion de sangre!…

Alma mía, sal a las calles y plazas de aquella ciudad, y mira este paso tan tierno… Repara que ese que es conducido con tanta inhumanidad, es el que no teniendo culpa, y siendo rey eterno igual al Padre, se ofreció generosamente a padecer la pena que tú tenías merecida. Mírale con detención, si es que puedes sin que te enternezcas y angusties, y sin que derrames abundantes lágrimas de compasión… ¡Ah… no… no lo podrás hacer sin desfallecer de pesar!…

Si tal es, alma mía, tu conmoción… si tan sensible y dolorosa esta representación… ¿ cuál sería la que experimentaría su Santísima Madre, y tal Madre como María? ¿No es aquí por ventura donde más le ve penar? ¿No es esta ocasión en que ya le mira víctima que comienza a sufrir el torrente del furor y de la rabia?…

Acompañada tan afligida Señora de unas piadosas mujeres que, embebidas en los mismos sentimientos de amor y piedad, la seguían y consolaban en cuanto podían, entre las que más se distinguía la Magdalena, andaban inquiriendo con suma diligencia el paradero de su santísimo Hijo… ¡Cuál sería su dolor en este trance…

Veía y escuchaba a las gentes que iban y venían de la una a la otra parte… que el Nazareno era remitido de un tribunal al otro, y los malos tratamientos con que le conducían… advertía que algunos, aun de sus mismos enemigos, se apartaban compadecidos de la inhumanidad con que le trataban… Así iban caminando estas santas mujeres con María llenas de pesar y aflicción, cuando advirtieron que las gentes corrían de tropel a entrarse por la calle de más arriba.

Preguntan… y las dicen: «por allí llevaban a un reo que era trasladado a otro tribunal, y que según la voz común no escaparía de una muerte cruel y afrentosa». ¿Qué es lo que decís, gentes inconsideradas?… ¿Para qué así os explicáis?… ¡Ah… enmudeced!… ¿No sabéis que esa mujer que miráis tan diligente, con un semblante tan macilento y lloroso, es la Madre de ese que decís van a quitar la vida? Reflexiona atentamente, alma mía, la sensación que haría en María Santísima esta nueva, las representaciones tan lastimosas que la certificaban; porque aunque la pluma se esfuerce a describirla, nunca llegarán a penetrar lo que tu consideración puede descubrir…

Sentimientos y propósitos para este día

No encuentra, Virgen tristísima, mi consideración un momento de desconsuelo y aflicción comparable con este, en el cual veis en tan funesta situación a vuestro muy querido hijo Jesús… ¿Qué esperanzas concebiríais, Madre mía, sabiendo era conducido de un tribunal a otro en manos de tan perversa canalla, y en poder de hombres tan desalmados?

En la meditación anterior vimos cómo apenas os quedaba alguna, mas en la presente le lloráis con justa razón perdido… ¡Ah!… ¡Qué tormento os causarían las pruebas que os daban de ser muy próxima su muerte!… ¡Cuánto la sentiríais!… ¿Pero no me será lícito, Reina de mi corazón, exclamar lleno de júbilo… “Oh muerte dichosa, que librándole de la venganza de sus enemigos y poniendo fin a sus padecimientos, le vas a resucitar más glorioso, y a abrirnos las puertas del cielo que nuestra culpa había cerrado”?…

¡Ojalá que en nuestra muerte permaneciéramos en el estado en que la del Señor nos constituyó!… Quiero decir… ¡ojalá que en aquel trance nos hallásemos dignos de tal herencia por haber conservado con una vida justa la gracia que nos mereció Jesucristo!…

Mas los sentimientos únicos que hoy me animan, son solo los de tener siempre presente la importancia de una buena muerte… No, cristiano, no debes ignorar que en aquella hora, cuando ya se acabó el tiempo de merecer, si te hallas acreedora del Infierno, has de convencerte con claridad del desprecio de los pasos tan costosos que hoy ves dar a tu Dios humanado por tu bien, y de los tormentos y aflicciones que por esta causa oprimen al Corazón de su bendita Madre…

¡Cuánto te importa por esta razon el recordar siempre el momento de tu muerte!… ¡Ah! ¡Nótalo muy bien, y repara las muchas dificultades que se oponen respecto de sus circunstancias!… ¡Qué avisos serán estos para tu bien!… Si reflexionas su incertidumbre en cuanto al tiempo, ¡oh Dios mio!, y cómo puede suceder en acabando de cometer un pecado me sorprenda y traslade al tribunal del Eterno, o bien sea por la mañana o por la tarde, o el día o por la noche, o a los veinte, a los cuarenta, o a los setenta.

Si consideras el cómo y adónde… ¿quién te ha asegurado que no morirás o de un accidente, o de una puñalada, o cayéndote un porrazo, o ahogándote, o en la cama, en la calle, en el paseo, en la iglesia, en la visita, según todos los días lo estás presenciando?

Si recuerdas, por fin, lo que sirven entonces las riquezas, los honores, las comodidades y la fortuna, hallarás que todo se queda por acá, y que de nada te aprovechan entonces… ¿Qué les ha quedado, si no, a tantos generales poderosos y hombres del siglo, si aunque por mucho tiempo hayan sido afamados y célebres, el mismo tiempo, que es el padre del olvido, ha depositado en su tenebroso seno las victorias, los aplausos y las conquistas? ¿Qué utilidad le ha resultado al rico orgulloso de sus bienes y cuantiosas sumas, si ahora se quedan por aquí para que los disfruten otros, sin que les fuera posible llevarlos en su compañía? ¿Qué ventajas le han resultado al voluptuoso, al rencoroso, al murmurador, al envidioso y al que tanto aborreció la religión de Jesucristo y sus máximas, de sus vicios y locuras?

¡Oh!… ¡Cuántos en aquella hora desearían no haber cometido tales culpas, y haber dado oído a tantas verdades como les anunciaron los predicadores y libros santos! Con que de aquí, alma mía, la consecuencia es muy natural. Con que solo en aquella hora te aprovecharán las obras buenas y santas. Con que si yerras el golpe, entonces tu error es para siempre inevitable.

Con que según es la vida así es la muerte. Pues desde ahora, Virgen dolorosísima, he de vivir empleado en tan santo pensamiento. A mí no me asustará, Madre mía, porque estoy seguro de que si vivo bien es el principio de mi felicidad. A mí no me causará pavor como a los que viven olvidados de que ha de llegar, antes por el contrario me estimulará para obrar bien, y así despues reinar en vuestra compañía para siempre…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.