Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 11


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: desconsuelo y pena de María Santísima cuando supo el prendimiento de su amantísimo hijo

Después de despedirse de su tristísima Madre el Redentor del mundo, tomó a sus tres discípulos Pedro, Juan y Santiago, y se retiró al monte para orar (San Marcos XIV, 33). Mientras que se ocupaba en esta acción tan laudable y sufría una agonía espantosa, el traidor Judas estaba disponiéndose para ser adalid y capitanear a los enemigos del Salvador, que contratados con él venían presurosos para prenderle. Habiendo llegado al huerto de Getsemaní, y hallado allí a su divino Maestro, que les salió al encuentro, le dió el ósculo en señal de amorosa paz, como acostumbraba, el que le venía a preparar la más sangrienta guerra.

Y dejando a un lado el referir los tiernos lances de esta tan preciosa escena, le prendieron ignominiosamente y llevaron al tribunal del sumo sacerdote para formarle causa. No había quedado tranquila su bendita Madre desde que su Hijo se había despedido y la había comunicado el principio de su Pasión; y aunque conocía que era imposible el poder presenciarla, con todo eso, armada con el escudo de su intrepidez materna, y llevada en alas de su expresivo amor, se determinó a no abandonarle un punto en cuanto fuera posible.

Solícita y cuidadosa andaba de un lugar a otro, buscándole por no saber adonde se dirigía, cuando recibe la noticia de su prisión, los malos modos con que la hicieron, los desacatos que en ella cometieron, y cómo el discípulo y apóstol Judas fue el que le vendió y entregó por un mezquino interés.

Aquí, alma mía, es donde debes reflexionar atentamente y con intención la pena de nuestra Reina y Señora… qué sentimientos la acometerían a su Corazón… cómo rompería el aire hiriéndole con sus lastimeras exclamaciones…

«¡Ah, Hijo mio, diría la inconsolable Madre, ya te ves en las garras de esos furiosos tigres!… ¡Tu inocencia… tu inculpabilidad de vida, que en cualquier tribunal resplandecería y sería alabada, en el de esos inicuos jueces será desfigurada y condenada!… ¡Ya no dudo que tu inocente Sangre saciará su inhumana y descomunal sed!… ¡Tanto como te deseaban la muerte, y la van, según creo, a ver muy pronto cumplida!… ¡Oh dueño de mi vida! ¿Por qué no me llevaste en tu compañía para acabarla contigo? ¡Qué dolor, qué pesar me causa tu infausta suerte! ¿Qué he de hacer?…

¡Romperé por medio de las turbas, te libraré de sus prisiones y me ceñiré con ellas!… ¡Quitadme, les diré, quitadme a mí la vida, derramad mi sangre y no la de este inculpable y manso cordero!… ¡Pérfido Judas! ¿Es este el pago y recompensa que das a tu Maestro? ¿Para qué, ¡infeliz!, para qué te asociaste a su compañía? ¿Para qué oiste de su divina boca tan admirable doctrina? ¿Para qué fuiste testigo de su ejemplar vida?… ¡Para venderle!… ¡Para entregarle a sus enemigos!… ¡Para darle muerte en recompensa de sus beneficios!… ¡Ingrato!… ¡Desleal!… ¡Qué torpemente correspondes a sus finezas! ¡Qué poco estimas el cariño tan grande que te profesa! ¡Corazón de diamante debe ser el tuyo!…

Pero por fin, el Cielo te ha escogido para instrumento de mi martirio… enhorabuena me conformo con su voluntad»… Reflexiona bien, alma mía, la pena que ocuparía el Corazón de María con tan triste recuerdo…

Sentimientos y propósitos para este día

¡Ay Madre de mi corazón! ¡Qué pesar tan grande experimento en mi alma! ¡Qué extraña, al paso que sensible admiración ocupa mi entendimiento! ¡Oh!… ¿Quién jamás pensaría que de la misma familia y amados discípulos de tan divino Maestro había de salir un hijo tan ingrato, un discípulo tan desconocido y un amigo tan falso? ¿Quién jamás llegaría a creer que en un redil de mansos corderos se abrigaba un lobo tan rapaz e inhumano? ¿Quién, por último, imaginaría que en tan celestial jardín se cultivaba ortiga tan venenosa?…

Mas, ¿cuál es la causa, o qué motivo pudo haber para tan inesperada transformación? ¡Ah, Reina de mis potencias, qué doctrina tan importante debo sacar para mi instrucción!… ¡Judas sacrílego, Judas traidor, Judas bárbaro ahora, y antes era discípulo, amigo y privilegiado por el Redentor!… ¿Y por qué? ¿Por qué?… ¡Oh lección y escarmiento para mí… Porque no tuvo perseverancia, porque no continuó hasta el fin en el bien que había comenzado.

Lo mismo que sucedió a otros muchos que comenzaron bien y finalizaron mal; y lo mismo que nos sucederá si no vivimos con aviso y cuidado, porque solo está prometida la salvación al que perseverare hasta el fin.

Pero ¿cómo es posible, alma mía, ignores tan constante y eterna verdad, cuando aun en las cosas temporales ves confirmados sus evidentes principios? ¿De qué sirve comenzar una obra si no se trabaja hasta verla concluida? ¿Qué aprovechan los trabajos empleados en ella y los medios que se han adoptado, si no se logra llevarla hasta el cabo?

Después de haberse fatigado un general en ordenar el plan de batalla, distribuidas sus tropas y facilitados todos los preparativos, ¿de qué aprovecharía todo esto si en lo más empeñado de la lucha, próximo ya a la victoria, ya no cuida, deja su actividad, omite sus antiguas medidas, y no se halla animado del interés que poco ha?

¿Qué adelantamientos serían los de un médico que llevara muy adelantado el estado de su enfermo por sus medicinas, por sus observaciones y estudios, si después no volviera mas a verle, le abandonara y descuidase de su restablecimiento ya tan inmediato? ¿Para qué, en fin, trabajaría el labrador afanoso, labrando la tierra y sembrándola con tantos trabajos e intemperies, si aproximándose la cosecha no hiciese más caso de ella? ¡Afanes infructuosos! ¡Trabajo perdido! ¿Y te extrañarás, alma mía, te extrañarás de que aunque sean muchos tus méritos y tus buenas obras en la actualidad, si no continúas en ellos hasta el término de tus días todo sea vano, todo sin provecho y malogrado?

¡Ah!… oye sino las expresiones con que, lo que Dios no permita, te reprenderá y fiscalizará si te condenas… aquel supremo Juez… «¿Para qué, diría, para qué, infeliz criatura, comenzaste a ser virtuosa, a dedicarte a las obras de piedad y temor santo mío, a la solicitud y cuidado de agradarme? ¿Para qué, revestida de un celo laudable, te alistaste en el número de los siervos de mi dolorida Madre, y te consagraste a su servicio y a la compasión de sus penas? ¿Para qué te mortificaste tanto, renunciando tus comodidades y gustos, y entregándote a la contemplación y retiro?

¿Para qué, por último, frecuentaste los Sacramentos instituidos por tu salud y felicidad?… ¡Desdichada! Todas estas cosas te acusan y condenan cada vez más, pues que inconstante no perseveraste y las olvidaste culpablemente, por lo que aumentan de grado tu perversidad y malicia». ¡Qué desengaños, alma mía, tan evidentes! ¡Qué razones tan poderosas!…

Todo esto, Madre de mi corazón, confirmado con el paradero triste del infeliz Judas, a quien mejor hubiera sido no nacer, me obliga a vivir desde ahora avisado, a no decaer de las buenas obras, a ejercerlas hasta el fin ayudado de la gracia de mi Dios… que haciéndolo así no debo temer en manera alguna la conclusión de aquel infeliz apóstol, sino que por el contrario, perseverando así hasta el fin, tengo seguro salvarme y gozar por siempre de tu hermosa presencia…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.