Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 10


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: aflicción y pena de María Santísima cuando Jesús entró a despedirse de ella para morir

Se cumplieron en efecto las intenciones y deseos perversos de sus enemigos, y se acercaba ya el tiempo destinado por el Eterno Padre para la consumación de la preciosísima Hostia de placación que se le iba a ofrecer por los pecados de los hombres.

Después de haber celebrado el divino Redentor la cena legal con sus discípulos, y haber ejecutado en ella las humildes operaciones que nos refieren los santos Evangelistas, entró a despedirse de su amantísima Madre, para ir a dar principio a la trágica representación que tanto fruto y provecho iba a ocasionar a los infelices y desventurados hijos de Adán.

Pero aunque los sagrados escritores no hablan de esta despedida, sin duda la omiten, según un sabio afirma tratando de este punto, «porque cosas tan comunes y propias entre madres e hijos de suyo tan sabidas, no tienen necesidad los historiadores de referirlas para persuadirlas y suponerlas» (Pedro de Rivadeneira SJ, Flos Sanctórum, día 8 de Marzo).

¡Qué entrada sería esta tan tierna y amorosa!… Ponte, alma mía, con la consideración a mirar un espectáculo tan admirable… Entra el Hijo, le ve su Madre, y con sola su vista conoce el fin de su venida… Quiere el Señor declararla, mas el impulso del amor le detiene y anuda su lengua… Y María no puede mover sus labios por el mismo motivo.

Se miran mutuamente y fijan el uno en el otro sus divinos ojos… pero al fin María es la que se adelanta y corre a estrecharse en los brazos de Jesús. Permanecen así un largo rato… hasta que el Hijo rompe el silencio, acompaña sus palabras con lágrimas, y suspirando la dice…

«¡A Dios, Madre mía de mi corazón, ha llegado el tiempo en que, cumpliendo con la voluntad de mi Padre, voy a padecer y morir por el hombre!… ¡Me es ya forzoso separarme de Vos, para abrazarme con las injurias y la muerte!… ¡Mucho sentimiento, Madre mía, me causa esta separación, pero me es indispensable!… ¡Aquí en mi corazón os llevo, hasta que llegue el día de unirnos en el reino celestial!…».

A tan dulces y tiernas expresiones contesta la afligidísima y tristísima Señora… «¡Qué! ¿Os vais ya?… ¿Os vais ya, Hijo de mis entrañas?… ¿Me dejáis así sola, desamparada y sumergida en tan profundo dolor?… ¿Cómo no os habéis penetrado aún de la perfidia de los hombres, que cual sangrientos gavilanes os han de devorar como a inocente paloma?… ¡Yo misma, Hijo de mi vida, yo misma moriré por ti! ¡Déjame… permíteme que con mi muerte conserve yo tu existencia…! ¿Es necesaria víctima para la reconciliación de los hombres con Dios?

Pues yo moriré que soy culpable, y no tú que eres inocente. ¿Se necesita sangre para borrar su iniquidad? Pues la mia, aunque no es como la tuya de infinito valor por ser divinizada, la mia correrá como un rió sobre la tierra… ¡Ah Dueño mio… Amor mio… Bien mio!.. ¿Quién me apartará de ti sin causarme el más profundo dolor?… ¿Quién te arrancará de mi lado sin que se lleve mi alma y todo mi ser? ¡Oh salud de los hombres, y qué costosa me eres!…

¡Oh redención tan cara… tú… tú sola me puedes separar de mi amado Hijo!…». Así estuvieron desahogando su pecho amoroso, sin atreverse ninguno a romper tan estrecho lazo. Pero por último el Redentor se retiró de la vista de su angustiada Madre, que no encontraba otro consuelo más que lágrimas y suspiros… ¡Oh Madre mía, qué pena tan acerba sería la vuestra! ¡Qué triste os quedaríais… que desconsolada!…

Sentimientos y propósitos para este día

¿Quién es, Virgen dolorosísima, el que causa tanto pesar a vuestro Corazón? ¿Quién aumenta de tal manera vuestros clamores y suspiros?… ¡Quién ha de ser!… Aquel a Dios que oísteis de la divina boca de vuestro amantísimo Hijo.

¡Ay, Señora mia, que yo soy el motivo principal que os separó de vuestro santísimo Hijo… por mí se despide hoy de Vos… yo soy la causa de vuestra aflicción!… ¿Quién lo diría, que vuestro siervo os había de arrebatar la prenda que más apreciáis? ¿Cuándo se habrá oído semejante atrevimiento? Pero… Reina mía… sería yo ingrato y obstinado si prosiguiese en tal consideración, y no os restituyese el gozo y alegría que os causa vuestro santísimo Hijo…

Es verdad que ya no le perdéis de vista pues que le gozáis intuitivamente… pero os entristecéis, en el modo que cabe, cada vez que le posponemos a las criaturas y a los apetitos desordenados, no haciendo el aprecio que se merece por Redentor de nuestras almas y querido vuestro.

Por tanto, Señora mía, y para ejecutar los sentimientos que os dignáis inspirarme en estas breves reflexiones que en memoria de vuestros dolores medito y considero… voy aquí mismo en vuestra presencia a daros una firme señal de verdadero siervo, y a despedirme con efecto y de corazón de todas las cosas que fueron causa de vuestra aflicción y de la muerte de vuestro querido Hijo…

¡Oídme, Madre de mi alma, oídme, que ya empiezo con santa resolución y eficaz propósito!… ¡A Dios, honras y deleites que tanto me hacéis ofender a Dios, a mi Salvador.

A Dios, respetos humanos, murmuraciones, envidias, blasfemias y escándalos que habéis sido mis favoritos, y ahora conozco el mal que habéis causado a mi alma. A Dios pereza, poco amor a las cosas santas, pasiones y vicios que me impedísteis tanto el camino de mi salvación y me pusísteis a peligro de perderme. A Dios, mundo infame, escuela de maldad y teatro del vicio, que pues me has tenido engañado, te abandono y me aparto de ti…

A Dios, en fin, todas las cosas que podáis haber sido causa de la ofensa de mi Dios, que desde ahora os detesto y me aparto de vosotras!… ¡Quiero ser fiel siervo de mi Señora, y por eso os desamparo y olvido!… María Santísima me ama, estima y quiere como hijo… por lo mismo quiero a Ella sola amar, estimar y querer.

Ella me prepara bienes eternos por premio, y vosotros me disponéis un interminable precipicio en paga. Por último, soy su siervo y quiero cumplir exactamente mis deberes.

¡Consolaos, Madre mía dulcísima, que si troqué vuestras cadenas tan estimables y dignas de aprecio por otras despreciables e insufribles, no supe lo que me hice! Mas ahora arrojo de mí estas para estrecharme con aquellas. ¡Feliz soy con ellas, porque me guían a mi patria y reino vuestro, y me librarán de los males que padecería en los abismos por toda la eternidad!…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.