4 de Mayo: Santa Mónica, viuda y Madre de San Agustín de Hipona


Santa Mónica

Santa Mónica, también conocida como Santa Mónica de Tagaste, fue madre de San Agustín de Hipona, doctor de la Iglesia. Su ejemplo y oraciones por su hijo fueron decisivas. El mismo San Agustín escribe en sus Confesiones: «Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad». Por su parte, San Agustín es la principal fuente sobre la vida de Santa Mónica, en especial sus Confesiones.


Día celebración: 4 de mayo / 27 de agosto.
Lugar de origen: Tagaste, Argelia.
Fecha de nacimiento: 332.
Fecha de su muerte: 387.
Santa Patrona de:  Madres y esposas en general, pero especialmente, de las madres con hijos descarriados. Además de las víctimas de abusos, alcohólicos, matrimonios con problemas, hijos rebeldes, amas de casa, mujeres casadas, madres, víctimas de adulterio, infelices, víctimas de abusos verbales, viudas, esposas.


Contenido

– Introducción
– La prueba: Su casamiento
– Agustín
– Muerte de Patricio
– Un hijo de lágrimas
– Huida de Agustín
– Conversión de Agustín
– Muerte de Santa Mónica
– Oraciones a Santa Mónica


Introducción

Santa Mónica, también conocida como Santa Mónica de Hipona, nació en Tagaste (África) el año 331, en el seno de una familia cristiana. Cuando era muy joven, fue dada en matrimonio a un hombre llamado Patricio. Era éste un pagano que no carecía de cualidades, pero era de temperamento muy violento y vida disoluta. Mónica le perdonó muchas cosas y lo soportó con la paciencia de un carácter fuerte y bien disciplinado. Por su parte, Patricio, aunque criticaba la piedad de su esposa y su liberalidad para con los pobres, la respetó y, ni en sus peores explosiones de cólera, levantó la mano contra ella.

Gracias a su madre Facunda, Santa Mónica pudo crecer en el santo temor de Dios, pues el ambiente de su hogar era tradicionalmente cristiano y virtuosos. Se encargó de su educación familiar a una sirvienta de arraigadas creencias católicas y costumbres muy sanas y puras, la cual le exigía, sin transigencias ni cobardías,  el exacto cumplimiento de la Ley de Dios. Debido a ello, pudo Santa Mónica conservar intacta la bella flor de la pureza.

Ya desde niña le gustaba visitar a Jesús Sacramentado en la iglesia, donde permanecía largos ratos entregada a la oración. Con frecuencia interrumpía sus juegos para dedicar unos momentos a la plegaria; sus compañeras la vieron reiteradamente detrás de algún árbol en actitud orante.

Siguiendo los ejemplos de su virtuosa madre, solía interrumpir el sueño y levantarse a media noche para celebrar íntimos coloquios con Dios. El rigorismo y la exigencia de su sirvienta e instructora, lograron de Santa Mónica un intenso espíritu de penitencia. Por él se privaba aún de tomar un sorbo de agua entre comidas. Sin embargo, la pobre niña cayó una vez en una tentación de gula.

Fue encargada de ir a buscar el vino que debía servirse en la comida; pero, por travesura de niña o por jugar una mala partida a la sirvienta, mojó sus labios en el preciosa liquido, el cual le gustó. Poco a poco se fue aficionando al vino hasta que acabé por beber una taza entera. La sirvienta, que la había visto en esta acción, la reprendió ásperamente y la tildó de borracha, Santa Mónica se sonrojó al oír tal dicterio y determinó enmendarse. De allí en adelante la niña se mostró mas humilde y mortificada.

Desde muy temprana edad sintió vivo amor hacia los pobres, a quienes socorría en cuantas ocasiones podía. Les distribuía el pan que sobraba de las comidas, y gustaba de lavarles las pies, según costumbre de la época. Santa Mónica, aunque joven, se mostraba siempre digna y noble en su porte, dulce y amable en su rostro, En su estado de matrimonio supo conservar estas virtudes, a las que juntó una inalterable paciencia.

 

La prueba: Su casamiento

Llegada a la edad núbil, Santa Mónica se casó con Patricio, varón distinguido y honrado de la misma ciudad de Tagaste, a cuyo Consejo municipal pertenecía. Hombre de carácter irascible y pagano, no parecía el más indicado para unirse en matrimonio con Mónica, mujer sencilla, buena y piadosa y, sobre todo, arraigadamente cristiana.

Pero el enlace se efectuó, y sirvió, sin duda, para hacer ganar nuevos e innumerables méritos a la caritativa mujer, a la que no faltaron pruebas a causa de los frecuentes arrebatos de cólera del marido que tuve que soportar, y también por los malos tratos de su suegra, pagana y de tan mal carácter como su marido, Por añadidura, sus propias sirvientas le hicieron blanco de unas viles calumnias, de cuya falsedad todos se convencieron pronto.

Santa Mónica toleraba pacientemente los arrebatos de aquél y las injurias de éstas; esperaba ansiosa el día en que Dios iluminara la mente y el corazón de su esposo, a quien procuraba no agriar con réplicas ni contradicciones. Siguió una táctica conciliadora, y con ella logró desarmar la cólera de Patricio, cuyo corazón fue ganando paso a paso, hasta que logró su completa conversión.

A estas virtudes unió Santa Mónica una continua oración para obtener de Dios la gracia que tanto anhelaba, Sus plegarias fueron favorablemente acogidas, pero no fue esto sólo, sino que, además, logró amansar a su suegra y rendirla a la evidencia de su virtud; las mismas sirvientas se dejaron conquistar el corazón por la bondad de la Santa.

 

Agustín

En medio de este piélago de tristezas y sinsabores, Dios suavizó un tanto la vida de Santa Mónica con el gozo de la maternidad. Su primer fruto fue Agustín, quien vino al mundo arrastrando en pos de sí, un mar de lágrimas para su madre, la cual por dos veces, por así decir, lo dio a luz: una para el mundo, anegado de pecados y herejías; y otra para Dios y su Iglesia. Tuvo después otros dos hijos, Navigio y Perpetua, cuya santidad debía quedar eclipsada por la de su hermano mayor.

Como madre verdaderamente Cristiana, infundió en todos ellos con su leche, el nombre de Jesucristo y de ellos obtuvo tres hijos santos. ¡Tan grande puede ser la influencia de una madre! Precisamente a las oraciones y lágrimas de esta, debemos la existencia de uno de los santos más excelsos que han habido en la Iglesia, y uno de los genios más esclarecidos de la humanidad.

Día a día se esforzaba la piadosa madre en formar rectamente la conciencia de Agustín según las enseñanzas de Jesucristo y levantar su alma hacia Dios por medio de la sublimidad de las verdades cristianas. Esta educación dejó huellas indelebles en el corazón del hijo, el cual, más tarde, en medio de sus extravíos, experimentaba un gran vacío, cuando entregado a la lectura, no veía nada de Jesucristo en los libros.

Más ¡ay! que en las nacientes y ardorosas pasiones  del niño, ejercerán mayor influencia los perniciosos ejemplos de su padre que los santos esfuerzos de su madre y las correcciones de sus primeros maestros.

Dios había dotado a Agustín de un corazón apasionado y de una inteligencia extraordinaria. Patricio cifraba en él las más halagüeñas esperanzas y soñaba únicamente en la gloria que el talento y el saber de su hijo le proporcionarían a los hombres. Determinó pues que su hijo saliese de los estrechos horizontes de Tagaste y se trasladase a Madaura, ciudad Romana también del África, donde hallaría más hábiles maestros. No es para comprender la pena que sentiría el corazón de Santa Mónica en esta primera salida, ni las preocupaciones que amontonaría en su mente.

Los nuevos maestros de Agustín eran paganos. La asidua lectura delos autores gentiles con todas sus fábulas y escandalosas leyendas, fueron el ordinario alimento de su juvenil ardor para formarse en la elocuencia y elegancia de estilo. Esta enseñanza carecía de frenos para detener los avances impetuosos de aquel corazón apasionado. Triste educación que levantará las más vivas protestas en el alma de Agustín, pero después de haber producido los más perniciosos efectos.

Cada vez que Agustín regresaba al hogar paterno, su conducta clavaba un puñal en el alma de su madre, despedazada al darse cuenta de los progresos del mal en el alma de su querido hijo.

 

Muerte de Patricio

Agustín va a Cartago a continuar sus estudios; su inteligencia es un foco de luz, pero su corazón un hervidero de pasiones. Esta salida costó muchas lágrimas a su madre, pues temía, con razón, por la vida espiritual de su hijo a causa del corrompido ambiente que se respiraba en dicha ciudad.

Agustín no contaba mas que diecisiete años, edad la más propicia para el naufragio espiritual, al admitir fácilmente el oropel brillante de nuevas ideas y teorías que más sirven para corromper el corazón que para alumbrar la mente. No es, pues, extraño que este hijo fogoso y lleno de ímpetu perdiera la fe y la pureza en su continuo trato con los herejes maniqueos.

Entonces sintió Santa Mónica todo el dolor que siente una madre al ver perdido a su hijo y en trance de condenación eterna. Patricio, su esposo, compartió con ella las sentidas lagrimas, lo cual fue un lenitivo a su dolor.

Por entonces el padre de Agustín había abrazado ya la fe cristiana, y enmendaba cada día su vida para hacerse más agradable al Señor a quien servia. Cayó enfermo y pidió el Bautismo, que recibió con fervor, y se durmió cristianamente en brazos de su esposa, por medio de la cual Dios le había concedido la gracia insigne de la sincera conversión.

Libre ya Sana Mónica de los lazos matrimoniales, pudo vacar mis fácilmente a la oración y a toda clase de obras buenas, y evitar, en lo posible, el trato con el mundo, Aumentó sus austeridades, multiplicó las mortificaciones y desahogó su amor para con tos pobres, en cuyo servicio pasaba la mayor parte del día. Se convirtió en madre de huérfanas, y consoladora de viudas y de casadas desengañadas de sus sueños de felicidad.

 

Un hijo de lágrimas

Con la muerte de Patricio, quedó Santa Mónica sumergida en un mar de inquietudes acerca de la suerte de su hijo, pues ella se sentía impotente para apartarle de la fatídica senda que había emprendido. No obstante, confiaba plenamente en Dios, a quien había encomendado tan importante asunto. Entretanto Agustín crecía en sabiduría y brillaba en sus estudios, gracias a la generosidad de un amigo de su padre.

Pero, triunfantes sus pasiones, su fe languideció hasta el punto de que apostató públicamente de ella y se convirtió en sectario y maestro del maniqueísmo. Es imposible explicar el dolor de Santa Mónica entonces. De sus ojos salían ríos de lagrimas; el dolor de una madre que ha perdido a su hijo único; los gemidos de Raquel, la madre que no admite consuelo, son débiles imágenes de sus tormentos — dice San Agustín en sus Confesiones.

Santa Mónica, que había derramado tantas lágrimas al saber las liviandades de su hijo, ¿qué no haría ante la infidelidad de Agustín a su fe? Cuando en vacaciones volvió a la casa paterna, a la primera palabra que profiere en alabanza del maniqueísmo, esta fervorosa cristiana se yergue enérgica e imponente. y, deshecha en un mar de lagrimas, exclama: «No; jamás seré la madre de un maniqueo. Y despidió a su hijo de casa.

Ante la majestuosa indignación de la madre, Agustín bajó la cabeza y salió silenciosamente —pues aun en sus mismos extravíos, jamás dejó de amar a su madre, y nunca tuvo para con ella la menor insolencia. Se fue a pedir hospitalidad a su protector Romaniano. sin perder la confianza de que su madre le recibiría nuevamente.

Santa Mónica, deshecha en lágrimas y casi sin sentido, quedó sumida en un mar de penas; pero Dios vino a consolarla con un sueño que presagiaba la ansiada conversión de su hijo. Una noche en que estaba llorando a lágrima viva, se vio de pie en el canto de una tabla que se cernía sobre el abismo; un ángel, resplandeciente de luz, se acercó a ella y le preguntó la causa de su llanto:

—Lloro —respondió— la pérdida de mi hijo.

—No llores ya —repuso el ángel—, tranquilízate; tu hijo esté contigo y en seguridad.

Entonces, volviéndose vio, en efecto, a su hijo de pie sobre la misma tabla. Con esto, el Señor le dio a entender que su hijo vendría a creer lo que ella creía y a recibir la fe que ella profesaba. Consolada por esta visión, Santa Mónica comunicó el suceso a su hijo, que aun estaba lejos de convertirse:

— ¡Ánimo, madre mía! —le dijo—, ya ves cómo hasta el cielo se pone de mi fado cuando te promete que algún día no lejano participarais de mi doctrina,

— De ningún modo. hijo mio —le respondió con entereza—; no se me ha dicho: «Estás donde está», sino: «Está donde estás».

Esta luminosa respuesta impresionó al joven más profundamente que el relate de la visión. Desde este momento, Santa Mónica se dirigió a los hombres mas eminentes en doctrina y les instó encarecidamente a que entrasen en relaciones con su hijo para volverlo a la fe católica. Pero estaba todavía demasiado imbuido de los nuevos errores, para escucharlos sin prevención.

Como su madre rogase a un santo obispo que trabajase en convencer a su hijo, recibió esta respuesta: «Vete en paz; es imposible que perezca el hijo que tantas lágrimas te ha costado».

Huida de Agustín

Se acercaba el día en que se cumplirían estas proféticas palabras. Santa Mónica, por su parte, no se cansaría de poner en práctica cuanto favorezca su rápido cumplimiento. Proyecta Agustín salir de Cartago, donde explica Retórica, y dirigirse a Rema para dar a conocer su extraordinario talento y tener discípulos mas dóciles. ¿Cómo hacer conocer este proyecto a su madre, que no le pierde de vista? Y, ¿Cómo ausentarse sin que ella fo note?… Finge Agustín un paseo por la costa y se embarca secretamente.

Al darse cuenta Mónica del engaño, la embarcación desaparecía en el horizonte… Agustín enfermó gravemente en Roma; pero sanó gracias a las oraciones que dirigía por él al cielo aquella santa madre, abandonada en tierra africana.

En la primera ocasión que tuvo Santa Mónica, se embarcó atraída por aquel poderoso imán que era su hijo. Furiosa tempestad se desencadenó; se diría que las potestades infernales luchan en defensa de Agustín, secundando la borrasca. Los marinos palidecen de terror en medio de las enfurecidas olas; Santa Mónica los alienta y toma el remo de uno de ellos.

No puede perecer ta embarcación; en ello radica la salvación de su hijo. ¿Habrá quien cerrando los ojos ante este heroico proceder, ensalce como un acto de intrépida valentía el de César ayudando y animando al marino? ;Qué lejos esta de igualar aquel gesto, hijo de la ambición y del repudio, al de una pobre mujer remando para ir en socorro del alma de su hijo que se halla en gravísimo peligro!

 

Conversión de Agustín

Santa Mónica llegó por fin a Roma, pero su hijo acababa de salir para Milán, Partió inmediatamente la Santa en su seguimiento y logró alcanzarle. Accedió Dios por fin, a tan prolongadas y meritorias súplicas. Se diría que si el Señor ha diferido por tan largo tiempo la conversión de la gracia, ha sido para otorgar muchísimo mas de lo pedido. Amanecerán para ella días mas dichosos, pues serán días de resurrección y de gloria.

San Agustín sentía amansarse sus luchas internas en el intime trato con San Ambrosio, obispo de Milán. Las palabras del santo Doctor desvanecían todas sus dudas. Lentamente iban abriéndose sus ojos a la fe, hasta que con claridad meridiana, le manifestó el cielo su voluntad por una voz misa que sin cesar le repetía: «Tolle, lege! ;Toma y lee» Abrió las epístolas de San Pablo, leyó, y cayó, como el Apóstol, vencido por el amor de Jesucristo. Poco tiempo después, recibió el Bautismo de manos del obispo de Milán. Salió de las aguas bautismales completamente transfigurado y dispuesto a ser santo.

La vocación religiosa fue la gracia principal de su Bautismo. Le inició en el nuevo género de vida Simpliciano, santo y sabio religioso de Milán, Ni un solo instante desmereció Agustín las enseñanzas de su maestro, las cuales puso inmediatamente en practica. Se resolvió volver al África para vender su patrimonio; dio una parte a los indigentes y reservó otra para la fundación de un monasterio, semillero fecundo del monacato africano. A este fin, se encaminé a Ostia, donde pensaba embarcarse, en compañía de su madre y de algunos amigos.

Muerte de Santa Mónica

Un bello cuadro, tierno como un idilio, inmortalizado por el arte, nos muestra a la Santa sentada con su hijo a la orilla del mar. Fijos los ojos y el corazón en la inmensidad de los cielo.  Santa Mónica penetra con su vista toda la creación, la tierra, el mar, los astros; pero todo le parece pasajero, vuela más alto y llega a la región del amor eterno.

Aquí, en Ia posesión de Dios, encuentra la dicha, cuya posesión es capaz de arrebatarla en éxtasis. Y suspirando, abate su vuelo hacia este melancólico valle de lagrimas. Después de este rapto amoroso, queda como anonadada al verse tan lejos de sus esperanzas y anhelos, y, con los ojos cubiertos de lagrimas. dice a Agustín:

— Por qué, hijo mio, estoy aún aquí en este destierro, ahora que mis esperanzas están ya realizadas? Solo por una cosa deseaba vivir: por verte cristiano y católico. Y no solo se me ha concedido esto, sino que te veo despreciar la felicidad terrena para consagrarte del todo a Dios. Qué hago, pues. ya en este mundo? En efecto, no le faltaba a Santa Mónica más que emprender el vuelo hacia las eternas mansiones.

En otra ocasión, aprovechando la ausencia de Agustín, hablé con gran ardor del desprecio de la vida presente y de la dicha de morir para unirse con Dios. Y como Alipio, Navigio y otros amigos de Agustín le preguntasen si no tendría cierta aprensión en morir lejos de la patria, les respondió: «Nunca se está lejos de Dios y no hay que temer que el día del juicio tenga dificultad en reunir mis cenizas y resucitarme de entre los muertos».

Cinco días después. presa de violentísima fiebre, presintió su próximo deceso y con el  nombre de Dios en los labios, entrego su alma al Creador el un 4 de mayo del año 387. Santa Mónica había vivido cincuenta y cinco años.  Agustín contaba a la sazón  treinta y tres.

Oraciones a Santa Mónica

Oración a Santa Mónica
Oraciones a Santa Mónica

Gloriosa Santa Mónica, modelo de madres. Tu vida la admiramos en los vaivenes de tu hogar y sobre todo, siguiendo a tu hijo Agustín. Supiste atraer a tu esposo hacia Dios e igualmente a aquel hijo que había perdido la fe. Le seguías llamándole, orando, llorando… Consíguenos que comprendamos el papel sagrado de las madres y su influencia en el hogar. Confiamos nuestra familia a tu protección.

Oración por los hijos
Oraciones a Santa Mónica
A ti recurro por ayuda e instrucciones, Santa Mónica, maravillosa ejemplo de firme oración por los niños. En tus amorosos brazos yo deposito mi hijo(a) (mencionar aquí los nombres), para que por medio de tu poderosa intercesión puedan alcanzar una genuina conversión a Cristo Nuestro Señor. A ti también apelo, madre de las madres, para que pidas a nuestro Señor me conceda el mismo espíritu de oración incesante que a ti te concedió. Todo esto te lo pido por medio del mismo Cristo Nuestro Señor.
Amén.

Oración por la paz en la familia
Oraciones a Santa Mónica

Oh santa Mónica, que por medio de tu paciencia y plegarias obtuviste de Dios la conversión de tu marido y la gracia de vivir en paz con él; obten para nosotros, te suplicamos, la bendición de Dios omnipotente, para que la verdadera armonía y paz reinen en nuestras casas, y que todos los miembros de nuestras familias puedan alcanzar la vida eterna. Amén.

Oración por las madres
Oraciones a Santa Mónica

Madre ejemplar del gran Agustín, durante 30 años perseguiste de modo perseverante a tu hijo rebelde con amor, afección, perdón, consejo y rezos que clamaban al cielo. Intercede por todas las madres en este nuestro día para que puedan aprender a conducir a sus hijos a Dios y su Santa Iglesia. Enséñalas cómo permanecer cerca de sus hijos, incluso de aquellos hijos e hijas pródigos que tristemente se han extraviado.
Amén.

Breve novena

Novena breve a Santa Mónica

santamonica

Querida Santa Mónica, esposa y madre preocupada, muchas tristezas se clavaron en tu corazón durante tu vida. Sin embargo, nunca te desesperaste o perdiste la fe. Con confianza, persistencia y profunda fe rezaste diariamente por la conversión de tu amado esposo, Patricio, y tu amado hijo, Agustín.

Concédeme la misma fortaleza, paciencia y confianza en el Señor. Intercede por mi, querida Santa Mónica, para que Dios pueda escuchar favorablemente mi súplica (mencione aquí su petición) y me conceda la gracia de aceptar su voluntad en todas las cosas, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, en la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Santa Mónica | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.