San Serafín de Sarov y el poder de la oración


San Serafín de Sarov, considerado el «Icono vivo de la Santa Rusia»: monje, sacerdote, ermitaño, asceta, místico, staretz (padre espiritual), taumaturgo, profeta, es sin ninguna duda, uno de los santos rusos más conocidos y populares. Es además uno de los pocos santos de la Iglesia Ortodoxa, que son venerados como tales en la Iglesia Católica. Es considerado el San Francisco de Asís del mundo ortodoxo. Grandísimo devoto mariano, San Serafín insistía a los fieles en la importancia de la alegría y de la oración. El mismo pasaba interminables horas rezando el Rosario Bizantino de rodillas obre una enorme roca.

Nicolás Motovilov era un joven propietario rural, quien aquejado por la esclerosis, y habiendo recorrido media Rusia, visitando a todo tipo de médicos y tratamientos, decide un día acudir a San Serafín de Sarov; cuya fama de taumaturgo estaba bien extendida, para pedir la curación de su enfermedad.

Tuvo varias conversaciones con él. En una de esas visitas tiene lugar esta escena que recoge la Conversación de Serafín con el enfermo Motovilov, en el curso de la cual Serafín se transfiguró. El contenido de esta conversación espiritual, es una llamada a vivir del Espíritu. La vida cristiana tiene que convertirse hoy, en medio de una sociedad desgarrada entre la pobreza y la violencia de unos, y la abundancia y materialismo de otros, en una parábola de la fuerza amorosa y solidaria de Dios.

De este documento hemos extraído el siguiente texto, de tanta vigencia para el mundo de hoy y sus peculiares circunstancias. El texto a continuación.

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Oh, cómo amaría, amigo de Dios, que en esta vida estéis siempre en el Espíritu Santo. «Yo os juzgaré en el estado en el que os encontrare, dijo el Señor» (Mt. 24,42; Mc.13,33-37; Lc. 19, 12 y siguientes). Desgracia, gran desgracia si El nos encuentra angustiados por las preocupaciones y penas terrenales, ya que, ¿quién puede soportar Su cólera, y quién puede resistirla?

Es por eso que El dijo: «Vigilad y orad para no ser inducido a la tentación» (Mt. 25, 13-15). Dicho de otra manera, vigilad para no ser privado del Espíritu de Dios, ya que las vigilias y la plegaria nos dan Su gracia. Es cierto que toda buena acción hecha en nombre de Cristo confiere la gracia del Espíritu Santo, pero la oración es la única práctica que está siempre a nuestra disposición.

¿Tenéis, por ejemplo, deseo de ir a la iglesia, pero la iglesia está lejos o el oficio terminó? ¿Tenéis deseos de hacer limosna, pero no veis a un pobre, o carecéis de dinero? ¿Deseáis permanecer virgen, pero no tenéis bastante fuerza para esto por causa de vuestras inclinaciones o debido a las asechanzas del enemigo que por la debilidad de vuestra humanidad no os permite resistir? ¿Pretendéis, tal vez, encontrar una buena acción para practicarla en Nombre de Cristo, pero no tenéis bastante fuerza para esto, o la ocasión no se presenta?

En cuanto a la oración, nada de todo esto la afecta: cada uno tiene siempre la posibilidad de orar, el rico como el pobre, el notable como el hombre común, el fuerte como el débil, el sano como el enfermo, el virtuoso como el pecador.

Se puede juzgar el poder de la plegaria que brota de un corazón sincero, incluso siendo pecador, por el siguiente ejemplo narrado por la Tradición Santa:

A pedido de una desolada madre que acababa de perder a su hijo único, una cortesana que la encuentra en su camino, afligida por la desesperación maternal, osa gritar al Señor, mancillada como estaba aún por sus propios pecados:

«No es por mí, pues soy una horrible pecadora, sino por causa de las lágrimas de esta madre llorando a su hijo, y creyendo firmemente en Tu misericordia y en Tu poder, que te pido: resucítalo, Señor!»

Y el Señor lo resucitó. Tal es, amigo de Dios, el poder de la oración. Más que ninguna otra cosa, ella nos da la gracia del Espíritu de Dios y, sobre todo, está siempre a nuestra disposición. Bienaventurados seremos cuando Dios nos encuentre vigilantes, en la plenitud de los dones de Su Espíritu Santo. Entonces podremos esperar gozosos el encuentro con Nuestro Señor, que riega revestido de poder y de gloria para juzgar a los vivos y a los muertos y para dar a cada uno su merecido.

La oración de San Serafín de Sarov

Tenía  San Serafín tenían un poder de intercesión ante Dios muy grande. Así, sus oraciones por medio del favor divino, eran capaces, incluso, de sanar enfermos en su lecho de muerte. Un caso de estos ocurrió en mayo de 1829, cuando enfermó gravemente la esposa de Alejo Yurievich Vorotilov, de la aldea Pavlov, en la región de Gorbachevo.

Vorotilov tenía una gran fe en la intercesión de San Serafín, y éste le amaba como si fuera discípulo suyo. Así, decidió ir a buscarle a Sarov, a donde llegó a la medianoche. A pesar de ser ya muy tarde, Vorotilov se dirigió inmediatamente a la celda de San Serafín. Éste, que parecía estar esperándolo, se hallaba sentado junto a la puerta, en la oscuridad.

— ¿Qué te ha hecho, alegría mía, venir a la celda del pobre Serafín a estas horas?

— Vine a pedirle ayuda para mi esposa.

— Pero… está escrito que tu esposa debe morir, respondió el santo.

Al escuchar esto, Vorotilov cayó de rodillas y, llorando desconsoladamente, le suplicó que pidiese por la  salud de su esposa. Lleno de compasión, San Serafín de Sarov se puso a orar, permaneciendo en este estado unos diez minutos. Después, abrió los ojos y dirigió su mirada a Vorotilov, para decirle:

—Bien, alegría mía. Dios le da vida a tu esposa. Puedes volver en paz a tu hogar.

Poco después, Vorotilov habría de enterarse que, justo cuando San Serafín oraba, su esposa comenzó a sentir un repentino alivio. Y pronto sanó completamente.