San José Sánchez del Rio: El héroe de Cristo Rey


San José Sánchez del Rio

San José Sánchez del Rio,Nuestro joven santo, vivió en tiempos tumultuosos. El gobierno socialista de México había iniciado una guerra sangrienta contra los católicos, la Iglesia y sus fervientes defensores, quienes pasarían a la historia como «los cristeros«, soldados estos últimos, que iniciaron la resistencia heroica en 1926 más conocida como «La Cristiada«.

El Contexto

La Constitución Mexicana de 1917 -netamente anticristiana- fue el origen de todo este terrible conflicto. Puso a la Iglesia Católica bajo el estricto control del estado, regulando su prédica, estableciendo un número predeterminado de sacerdotes por estado,  regulando la  celebración de la Santa Misa, la administración de los  Sacramentos, e incluso, el repique de las campanas llamando a Misa. Cualquier sacerdote hallado en infringiendo tales normas, era ya sea bien exiliado o fusilado.

El presidente en aquellos días fue Venustiano Carranza, quien demostrando cierta tolerancia, no puso en vigencia las nuevas leyes anti-católicas ni sus sanciones. Sin embargo, en 1920, el nuevo presidente, Plutarco Elías Calles las hizo entrar en vigor brutalmente. Calles mandó a más de 200 sacerdotes al exilio, junto con obispos y arzobispos.

La peor persecución fue desatada gracias a la promulgación de la inicua Ley Calles del 31 de julio de 1926. Esta ley, prohibía la práctica de la religión católica en público. La educación bajo los cuidados de la Iglesia fue  eliminada y fue puesta bajo el estricto control del estado. Todos los monasterios y conventos fueron disueltos y los votos religiosos fueron ilegales. Los religiosos tenían prohibido el uso del hábito y las propiedades de la Iglesia fueron confiscadas.

Además, se consideraba ilegal, que cualquiera, especialmente los sacerdotes, hablase contra el gobierno o la constitución. Cualquier sacerdote que quisiera llevar a cabo el sacerdocio como tal, requerían de una autorización previa emitida por el estado. Tales autorizaciones jamas eran aprobadas. Aquellos que no acatasen tales leyes, eran multados o encarcelados. Una ofensa seria o repetida, significaba usualmente la ejecución.

El Levantamiento Cristero

San José Sánchez del Río

Un grupo armado del ejercito Cristero del que San José Sánchez del Río formaba parte.

En medio de toda esta confusión, Dios suscitó una fuerte reacción: Los Cristeros. Entre estos católicos, encontramos la figura heroica de San José Sánchez del Rio. El joven santo nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Michoacan. Sus padres, Macario Sánchez Sánchez y María del Río Arteaga, tuvieron tres hijos mayores, dos de los cuales se unieron a los Cristeros. José fue testigo de la horrible persecución a la Iglesia y, siguiendo a sus hermanos, decidió unirse al movimiento Cristero.

Era muy joven sin embargo, por lo que sus padres se mostraban reacios. Después muchas súplicas y la visita a un oficial cristero, Don Macario y Doña María le dieron a José su bendición. José estaba muy contento, pero al mismo tiempo era consciente del sufrimiento que como soldado en aquellas circunstancias tendría que soportar. Al partir declaró: «Por Jesucristo, lo haré todo.»

José y un amigo, Trinidad Flores, partieron hacia el Campamento cristero. Después de un largo viaje se presentaron al oficial a cargo y se les asignaron tareas: llevar agua, preparar el fuego, servir comida y café, lavar platos, alimentar a los caballos y mantener los rifles limpios.

San José Sánchez del Río

Los Cristeros portando sendos crucifijos en el pecho. Wikimedia Commons.

José se entusiasmó con los quehaceres, y los soldados rápidamente se encariñaron con él. Asistía fervientemente a Misa diaria y rezaba el Santo Rosario con los soldados todas las tardes. José aprendió a tocar el clarín para la batalla, y fue bajo el mando del general Luis Guizar Morfin quien, con la intención de proteger al muchacho, le dio el deber de abanderado.

José salva al general

Superados en número y armas, los Cristeros empleaban tácticas de guerrilla en batallas campales. El 6 de febrero de 1928, los Cristeros emboscaron al enemigo, entre Cotija y Jiquilpan. Cuando
se dio orden de retirada, una ametralladora federal abrió fuego sobre su posición, impactando sus ráfagas sobre las rocas que daban cobertura a los Cristeros. José vio al caballo del general caer muerto debajo de él.  Aunque el general no estaba seriamente herido, José de un brinco saltó de su propio caballo y le instó a tomarlo:

-¡General, aquí está mi caballo!

El general respondió:

-¡Corre chico, corre! ¡Vete!

Pero José insistió:

Soy joven; usted es más importante que yo! ¡Viva Cristo Rey!

Conmovido por el sacrificio del niño, el general aceptó el caballo y huyó. José, negándose a correr, se quedó atrás para proporcionar fuego de cobertura a su compañeros Cristeros, pero pronto se quedó sin municiones y fue capturado por los federales. Ellos lo empujaron, golpearon, patearon e insultaron mientras pronunciaban sucias blasfemias. Otro niño Lorenzo, apodado «El Escurridizo» también fue capturado.  Su ejecución fue interrumpida por un general federal que les pidió a los dos muchachos que se unieran al lado anti católico. José respondió sin dudar:

«Me han capturado porque me quedé sin ¡munición, pero no me he rendido!»

Sorprendido por la respuesta, el general arrojó a José y a Lorenzo en prisión en Cotija.

 

Detrás de las rejas, pero siempre fiel

En su celda de prisión, José recordó el consejo de su querida madre: ten plena confianza en la Madre de Dios, Nuestra Señora de Guadalupe. Mientras el sol de la mañana brillaba a través de la pequeña ventana en la celda de José, escribió una carta a su madre fechada el 6 de febrero de 1928:

Mi querida madre:
Hoy me hicieron prisionero en la batalla. Creo que moriré pronto, pero no me importa, madre.  Resígnate a la voluntad de Dios. Moriré feliz porque muero del lado de nuestro Dios. No te preocupes por mi muerte, me mortificaría. Dile a mis hermanos que sigan el ejemplo que su hermano menor les deja y que hagan la voluntad de Dios. Ten coraje y envíame tu bendición junto con la de mi padre.
Envía mis saludos a todos por última vez y finalmente recibe el corazón de tu hijo que te quiere mucho y quien quisiera verte antes de morir.
José Sánchez del Río

 

El 7 de febrero, José y Lorenzo fueron trasladados de la prisión de Cotija a la Iglesia en Sahuayo, donde estaba José había sido bautizado, misma que había sido convertida en un establo por los impíos federales. Estiércol de caballo, pertrechos militares, botellas de cerveza vacías y restos de comida cubrían el suelo de la Iglesia. Soldados vandalizaron el altar, usando su madera para encender un fuego. la iglesia, una vez hermosa, estaba ahora irreconocible.

La noticia del encarcelamiento de José se difundió rápidamente. Se hicieron intentos para obtener su liberación, pero los soldados se negaron a dejarlo ir. El padrino de José, Rafael Picazo, un jefe político local en Sahuayo, lo visitó. Este hombre, sin embargo, era un simpatizante federal y astutamente intentó convencer a José de asistir a la escuela militar y convertirse en oficial del ejército federal. José atónito por la propuesta, sin embargo respondió:

«¡Prefiero morir primero! No iré con esos changos! Nunca con esos perseguidores de la ¡Iglesia! Si me dejas ir, mañana volveré a los cristeros! Viva Cristo Rey! Viva La Virgen de Guadalupe!».

Celo por la casa de Dios

José estaba indignado por el comportamiento sacrílego de sus captores, quienes habían liberado dos gallos de pelea en el interior de la Iglesia. Las coloridas aves deambulaban libremente, posándose incluso en objetos sagrados, incluido el tabernáculo. Pero tan pronto como José los vio, decidió detener la profanación del altar. Ignorando la posible represalia de los guardias,
agarró a los gallos y les rompió el cuello. Luego, limpio el altar, se lavó las manos y devotamente se arrodilló para rezar con voz fuerte, luego de lo cual se dirigió a su cama.

De este episodio, el autor Luis Laureano Cervantes comenta:

“Como Cristo había limpiado a los vendedores del Templo, él [José] lo había limpiado de gallos de pelea».

A la mañana siguiente, Picazo de puso furioso al ver lo que José había hecho con los gallos. Levantándolo de un tirón, gritó:

-¿No te das cuenta de lo que hiciste? ¿Sabes lo que cuesta un gallo de estos?

José respondió:

-Lo único que sé es que esta es la la casa de Dios. No es ni corral  ni granero. Estoy dispuesto a soportarlo todo. ¡Dispáreme ahora, así podré ir ante Nuestro Señor!

Lorenzo, quien también estaba en la iglesia-prisión, se asustó, pero José le reconfortaba y alentaba a permanecer fuerte, hablándole de Cristo y de la Virgen de Guadalupe, contándole historias de
Anacleto González Flores y el padre Miguel Pro, ambos mártires.

«¡Viva Cristo Rey!»

El 10 de febrero, Picazo se decidió a ejecutar a su ahijado La orden de matar a José Sánchez del Río fue emitida a las seis en punto y la ejecución de la misma, estaba programada para las ocho y media. A José se le permitió escribir una carta final a su familia, lo que hizo. Treinta minutos antes de la ejecución, la tía de José Magdalena le llevó algo de comer. A petición suya, un sacerdote escondió el Bendito Sacramento en el paquete de comida y José en secreto recibió la Sagrada Comunión por última vez.

Entonces José se despidió de su tía: «Nos veremos el uno al otro en el cielo pronto». José estaba a punto de llorar, pero contuvo las lágrimas porque él no quería llorar delante de su amada tía. Él le dijo:  «… cuida a mi madre. Dile que no se apresure [a verme] ya que ya habré ganado el cielo».

Finalmente, llegó el momento de la ejecución. Picazo quería que la ejecución del niño se hiciera «en silencio» sin un pelotón de fusilamiento formal. En cambio, el los federales le hicieron cortes en las plantas de los pies. Le golpearon brutalmente, insultándole. José a cada golpe e insulto respondía gritando: «¡Viva Cristo Rey!»

El Via Crucis de San José Sánchez del Río

Los guardias obligaron a José a caminar diez cuadras, descalzo y sangrando, por un sendero rocoso hasta el cementerio donde sería enterrado. En el camino, los soldados gritaban blasfemias con odio satánico, alabando al gobierno impío, tratando de presionar al niño para que niegue su fe: «Es mejor que ¡aprendas tu lección!»,  «¡Te mataremos!», «¡chico orgulloso y arrogante!» decían. La única respuesta de José era: «¡Viva Cristo Rey!» y «¡Viva La Virgen de Guadalupe!».

Ya en el cementerio, uno de los soldados de repente balanceó su rifle, rompiendo la mandíbula de José con la culata, tirándole al suelo. De inmediato, los soldados comenzaron a apuñalarlo furiosamente con las bayonetas  en el cuello, el pecho y en la espalda. En cada puñalada, José proclamaba el nombre de Cristo Rey con todas las fuerzas de sus pulmones: «¡Viva Cristo Rey!»

Ahora, José se estaba muriendo lentamente. Pero aun así reunió suficiente energía para desafiar a los soldados, diciendo: «Me han hecho mucho daño, pero Dios todavía me permite continuar
Pero cuando ya no puedo hablar, si meneo los pies, eso significara, «viva Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!».

Un oficial federal se acercó al moribundos niño, sangrando mortalmente en el suelo y le preguntó con tono sarcástico:

-¿Qué deberíamos decirle a tu padre?

José respondió:

-¡Que nos veremos en el cielo! ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!

San José Sánchez del Río recibe las palmas del martirio

Superado por la ira, el oficial tomó su arma y le disparó a José detrás de la oreja. José Sánchez del Río había ganado la corona del martirio. Los federales arrojaron el cuerpo del niño en la sepultura  y echaron un poco de tierra sobre él y luego se fueron.

Luis Gómez, empresario fúnebre, esperó que los federales salieran e inmediatamente cerró las puertas del cementerio. Corrió a la casa del padre Ignacio Sánchez, el tío de José, y le pidió al sacerdote que le diese al niño mártir un entierro cristiano. Luis y el el sacerdote se apresuraron a regresar al cementerio. Tomaron el cuerpo destrozado de José de la tumba y lo envolvieron en una manta mientras el sacerdote rezaba las oraciones por los muertos. Pronto, todos se enteraron sobre el niño mártir. La gente comenzó a rezarle. Su heroica vida, bien pronto se convirtió en modelo a seguir para los cristeros de todo México.

El cuerpo del mártir fue enterrado en ese mismo cementerio hasta 1945. Después de que el padre Miguel Serrato reparase la iglesia local del Sagrado Corazón, los restos del Bendito fueron transferidos a su santuario donde están enterrados otros mártires cristeros.

Finalmente, en 1996 sus restos fueron trasladados a la Iglesia parroquial donde estuvo cautivo. Su  reliquias se guardan en un ataúd de madera en el bautisterio, el mismo lugar donde estuvo cautivo. Fue beatificado el 22 de junio de 2004, y en octubre 16 de abril del 2016 fue declarado santo.

Imitemos las virtudes de este joven santo: fortaleza, valor, fe, santa audacia, esperanza y caridad. Oremos por la gracia de tener el mismo entusiasmo por defender la ley y los derechos de Dios que están bajo ataque hoy y que podamos resistir todas estas dificultades para la mayor gloria de Dios y de la santa madre Iglesia.

San José Sánchez del Río, ruega por nosotros.