San Gregorio Magno y el «Coronavirus» de su tiempo


San Miguel Arcángel
Al morir el papa Pelagio II, víctima de la peste que se cebaba en Roma — enero de 590— conocida también como la Plaga de Justiniano, la voz unánime del pueblo, del clero y del Senado, propuso a San Gregorio Magno como sucesor. Mas el Santo, como era tan humilde, no quiso consentir en su elección; viendo empero tan determinada a la ciudad, dio a entender que lo aceptaría si el emperador daba su consentimiento.

Porque en aquel tiempo los emperadores habían usurpado la potestad de aprobar la elección que el clero y el pueblo hacían de los sumos pontífices, y éstos lo consentían pensando en la necesidad de su ayuda para la defensa de la Iglesia. Gregorio, confiado en su amistad con el emperador escribió a éste para que no aceptase su nombramiento. Y entretanto se consagró por entero a aliviar a los desgraciados y a conjurar el azote de la peste, prescribiendo procesiones expiatorias durante tres días seguidos; pero el primer día murieron ochenta personas en una hora, antes de llegar la procesión a Santa María la Mayor.

En tal coyuntura, determinó hacer violencia al cielo, tomó el Santo en sus manos la imagen milagrosa de la Madre de Dios pintada por San Lucas, y recorrió toda la ciudad, descalzo y en hábito de penitencia, hasta llegar a la basílica de San Pedro. El pueblo le seguía muy de cerca, llorando.

Cuenta la tradición que, al llegar justo al puente que está frente al mausoleo de Adriano, se oyeron coros angélicos que cantaban estas palabras:

Regina caeli, laetare, alleluia / Alégrate, reina del cielo, aleluya.
Quia quem meruisti portare, alleluia / Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.
Resurrexit, sicut dixit, alleluia / Ha resucitado, según predijo; aleluya.
Ora pro nobis Deum, alleluia / Ruega por nosotros a Dios; aleluya.

El pueblo se arrodilló enajenado de alegría y gratitud, y San Gregorio Magno  exclamó, fijando los ojos en el cielo: ¡Ora pro nobis Deum alleluia!  y en el mismo instante se apareció un ángel en la cúspide del mausoleo, envainando la espada que tenía desnuda. Desde ese momento cesó la peste.

Este milagroso acontecimiento acrecentó sobremanera la autoridad de Gregorio, el cual no sólo escribió al emperador para que no ratificase su elección, sino que huyó de Roma disfrazado. Pronto notó el pueblo su ausencia y quedó sumido en profunda pena. Todos los habitantes ayunaron tres días seguidos y llenaron las iglesias para alcanzar de Dios el retorno de su amado pastor.

La imagen de San Miguel Arcángel sobre el mausoleo Adriano (hoy Castillo Sant ‘Angelo)  que conmemora el acontecimiento. Crédito: Livioandronico2013 .

Más tarde, el Santo Padre construyó una capilla en la parte superior de la tumba y hasta el día de hoy descansa una gran estatua de San Miguel.