De cómo San Gregorio Magno detuvo al «Azote de Dios»


Azote de Dios

Atila, apodado «El Azote de Dios» fue el último y más poderoso caudillo de los hunos, pueblo procedente probablemente de Asia, conformado por tribus nómadas y semi-nómadas de diferentes grupos étnicos. Atila fue capaz de crear un autentico aparato de poder, que se fortalecía de los grupos y pueblos conquistados, cuyos hombres pasaban a engrosar sus filas.

«El Azote de Dios» gobernó el mayor imperio europeo de su tiempo, desde el año 434 hasta su muerte en 453. Sus posesiones se extendían desde la Europa Central hasta el mar Negro, y desde el río Danubio hasta el mar Báltico.

Durante su reinado fue uno de los más acérrimos enemigos del Imperio romano, que ya para este entonces, veía su influencia, grandemente diluida y su poder político-militar dividido en dos: el Imperio Romano de Oriente, con capital en Constantinopla; y el Imperio Romano de Occidente, con capital en Rávena, puesto que Roma había dejado de ser el centro político del imperio.

Atila invadió dos veces los Balcanes, llegó a sitiar Constantinopla y estuvo a punto de tomar la ciudad de Roma…y así hubiese sido si la providencial embajada de San León Magno, no le hubiese salido al frente.

Los libros de historia se limitan a tratar este encuentro de manera bastante somera, atribuyendo la victoria de los Cristianos sobre aquellos invasores a diversos factores, entre ellos; la hambruna y a las epidemias, que supuestamente habrían mermado los ejércitos de Atila…

Nada más alejado de la verdad, pues bien documentada se tiene la huida del Emperador Valentiniano III buscando refugio en Roma, debido a que las fuerzas lideradas por su general Aecio, no eran bastantes para frenar el avance del «Azote de Dios», dejando el camino hacia Roma, totalmente libre.

Pero si tomamos  por válidas tales explicaciones, entonces con todo derecho preguntémonos: ¿De qué huyeron entonces los romanos?

Atila, el Azote de Dios, llega a Italia

Era la Primavera del año 452 cuando Atila, el «Azote de Dios» cayó sobre Italia con un formidable ejército conformado por diversas tribus de bárbaros. Imparable, avanzó sin mayor oposición apoderándose de Aquilea,  ciudad que redujo a cenizas. Atravesó el país a sangre y fuego, llevando a todas partes muerte y terror.

Incontenible en sus depredaciones, se apoderó de Pavía, lo que suponía la inminente invasión de Rávena. Temerosos, el emperador Valentiniano y toda su corte abandonaron precipitadamente la ciudad buscando que refugiarse en Roma. El emperador, el Senado y el pueblo, sobrecogidos de espanto, no vieron sino un salvador posible: El papa San León Magno.

Una delegación de los más nobles romanos le suplicó fuera al encuentro de Atila e intercediera por ellos. La misión era difícil y peligrosa; si Dios mismo no intervenía, la sola esperanza de salvación  de todas aquellas gentes estaba en la misericordia del salvajismo de un rey sin entrañas. Era necesario contar con un milagro… y el milagro se hizo.

Azote de Dios

La embajada del papa San León Magno

El 11 de junio de 452, acompañado del cónsul Orieno y del senador Trigecio, precedido por los principales miembros del clero romano y seguido de los anhelos, oraciones y lágrimas de todo el pueblo, el Pontífice salió de Roma para ir al encuentro del formidable Atila. El rey de los hunos estaba entonces cerca de Mantua, a orillas del Mincio.

Antes de penetrar en el campamento de los bárbaros, el papa San León Magno, se revistió de las insignias pontificales y, seguido procesionalmente de todo su clero, se presentó ante el «Azote de Dios».

Sorpresivamente, Atila le recibió de manera respetuosa, y prometió vivir en paz con el imperio mediante un pequeño tributo anual. Hizo al punto cesar  las hostilidades y poco tiempo, después se marchó de regreso repasando los Alpes. Tal portento dejó atónitos tanto a los romanos como a los Hunos. Los bárbaros preguntaron a su jefe por qué había mostrado tanto respeto por el Papa y la ciudad de Roma. Atila respondió:

No es el personaje con quien he conferenciado el que me ha hecho cambiar súbitamente de resolución; mientras él me hablaba, veía a su lado a un Pontífice de majestad sobrehumana. Estaba de pie, salían relámpagos de sus ojos y llevaba en la mano una espada desnuda, sus miradas terribles y su gesto amenazador me ordenaban que accediese a cuanto solicitaba el enviado de los romanos.

Este personaje al que Atila se refiere, se supo después fue San Pedro.

La ingratitud del pueblo romano

El Jefe de la Iglesia ordenó al momento oraciones públicas para dar gracias a Dios; pero los romanos, pueblo ligero, ingrato y corrompido, tras breves días consagrados a aquellas muestras de agradecimiento, se entregaron con más furor que nunca a los juegos del circo, a los teatros y al desenfreno. El mismo emperador Valentiniano dio el ejemplo de está degradación con actos de la más escandalosa inmoralidad.

Los sabihondos de la época, para no tener que dar gracias a Dios y a sus Santos de la retirada de Atila, atribuyeron el feliz éxito de la embajada de León a la «influencia saludable de los astros»

El corazón del Pontífice se afligió profundamente ante semejantes desórdenes y tan negra ingratitud. El día de la fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, pronunció ante el pueblo esta homilía, con los acentos del dolor más expresivo y de severidad templada por ternura paternal:

Amados hijos míos: La solemnidad religiosa establecida en memoria de nuestra libertad y a la que afluía toda la multitud de fieles para dar a porfía gracias a Dios, se ha visto en estos últimos tiempos casi universalmente descuidada; esto lo pone en evidencia el reducido número de los que han asistido a esta santa ceremonia.

 

Un abandono tan general ha sumido mi corazón en profunda tristeza y le ha infundido los más vivos temores, pues corren mucho peligro los hombres al mostrarse ingratos para con Dios y al echar en olvido sus beneficios, sin moverse al arrepentimiento a pesar de los castigos que inflige y sin experimentar ninguna alegría por el perdón que otorga.

 

Temo, pues, amados hijos, que se puedan aplicar a espíritus tan indiferentes estas palabras del profeta: «Los habéis herido y no lo han sentido; los habéis molido a golpes y no han querido someterse al castigo». Vergüenza me da el decirlo, pero estoy obligado a declararlo: se gasta más para los demonios que para los Apóstoles; espectáculos insensatos atraen mucha más gente que la basílica de los santos Mártires. ¿Quién ha salvado a esta ciudad? ¿Quién la ha librado de la cautividad? ¿Quién, por último, la ha sustraído a los horrores de una matanza? ¿Debe estos favores a las diversiones del circo o a la protección de los Santos?

 

No lo dudemos, por sus oraciones la divina justicia se ha dejado ablandar, y gracias a su poderosa intercesión hemos hallado una indulgencia misericordiosa cuando sólo merecíamos una cólera implacable. Os conjuro, amados hijos, a que paréis mientes en la reflexión del Salvador que, después de haber curado a los diez leprosos, hizo observar que tan sólo uno de ellos había vuelto para agradecer el beneficio; indicando con esto que los otros nueve, que también habían recobrado la salud del cuerpo sin demostrar el mismo agradecimiento, no habían podido faltar a este deber de gratitud sin impiedad manifiesta.

 

Así, pues, para que no se os pueda aplicar la misma nota de ingratitud, convertíos al Señor. Comprended bien las maravillas que se ha dignado obrar entre nosotros; guardaos de atribuir vuestra libertad a la influencia de los astros, como lo pretenden los impíos, antes agradecedla por completo a la inefable misericordia de un Dios todopoderoso, que ha querido amansar los corazones furiosos de los bárbaros.

 

Concentrad toda la energía de vuestra fe para grabar en vuestra memoria el recuerdo de tan gran beneficio. Aprovechemos de la mansedumbre del Maestro, que nos ha evitado el castigo para trabajar en nuestra enmienda, a fin de que San Pedro y los demás Santos, que nos han socorrido en infinidad de aflicciones y angustias, se dignen acoger las tiernas súplicas que dirigimos por vosotros al Dios de misericordia.

En acción de gracias por la libertad de Roma, el piadoso Pontífice hizo fundir la estatua de bronce de Júpiter Capitolino, adorada durante largos años, para transformarla en una estatua de San Pedro, que mandó colocar en la basílica vaticana. Aun hoy día los fieles acuden de todas partes del mundo a besar el pie, visiblemente gastado por la devoción de tantos siglos.

Sin embargo, Roma, permaneció ingrata para con Dios que la había salvado del furor de Atila… Así, tan solo tres años más tarde,  Genserico, rey de los vándalos, dueños ya de África, Córcega y Sicilia, marchaba hacia Roma con un ejército tan formidable como el de Atila…

 

Fuentes
https://es.wikipedia.org/wiki/Atila

La vida de los Santos por Edelvives