San Francisco de Asís frente al Sultán Al-Kamil


Según nos «enteramos» recientemente, lo más llamativo, e importante, del encuentro entre San Francisco de Asís y el sultán Al-Kamil consistió en que «el pequeño y enjuto hombrecillo de Asís» lograra llegar a la presencia del sultán y pudiera predicarle ¡y regresar sano y salvo! Aquel encuentro, sólo habría sido posible gracias a la forma, al método empleado por el misionero de Asís, un método con el que logró superar las barreras y que no es otro que el del «diálogo fraterno» y la «renuncia a la violencia». Esta aseveración es totalmente incorrecta.

San Buenaventura y la Leyenda Mayor

El Capítulo General de los Franciscanos, celebrado el año 1260, encargó a San Buenaventura, entonces Ministro General de la Orden, que escribiera una nueva y definitiva vida de San Francisco. Es la que conocemos bajo el nombre de Leyenda Mayor (1262). Esta, puede encontrarse muy fácilmente y en formato PDF en la red.

Es en este trabajo en el que podemos encontrar la verdad sobre el episodio que narra el encuentro entre San Francisco de Asís con el sultán Sultán Malik-el-Kamil. El extracto de este texto a continuación.

San Francisco de Asís frente al Sultán Al-Kamil

Comprendiendo, pues, el hombre de Dios que su vida mortal era aún necesaria para la prole que había engendrado, aunque para sí reputaba la muerte como una ganancia, tornó de su camino para ir a apacentar las ovejas encomendadas a su solicitud. Pero como el ardor de su caridad lo apremiaba insistentemente a la búsqueda del martirio, intentó aún por tercera vez marchar a tierra de infieles para propagar, con la efusión de su sangre, la fe en la Trinidad.  Así es que el año decimotercero de su conversión partió a Siria, exponiéndose a muchos y continuos peligros en su intento de llegar hasta la presencia del sultán de Babilonia.

San Francisco era incansable en su labor evangelizadora. Cuando no tenía a quien predicar, llevaba la palabra de Dios ¡hasta a las aves!

Se entablaba entonces entre cristianos y sarracenos una guerra tan implacable, que estando enfrentados ambos ejércitos en campos contrarios no se podía pasar de una parte a otra sin exponerse a peligro de muerte, pues el sultán había hecho promulgar un severo edicto, en cuya virtud se recompensaba con un besante de oro al que le presentara la cabeza de un cristiano.

Pero el intrépido caballero de Cristo Francisco, con la esperanza de ver cumplido muy pronto su proyecto de martirio, se decidió a emprender la marcha sin atemorizarse por la idea de la muerte, antes bien estimulado por su deseo. Y así, después de haber hecho oración y confortado por el Señor, cantaba confiadamente con el profeta: Aunque camine en medio de las sombras de la muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo.

Acompañado, pues, de un hermano llamado Iluminado se puso en camino, y de pronto se encontraron con los guardias sarracenos, que se precipitaron sobre ellos como lobos sobre ovejas y los trataron con crueldad. Después los llevaron a la presencia del sultán Malik-el-Kamil, según lo deseaba el varón de Dios.

San Francisco de Asís predicando la palabra de Dios a los musulmanes buscando su conversión al Dios verdadero, uno y trino.

Entonces el jefe les preguntó quién los había enviado, cuál era su objetivo, con qué credenciales venían y cómo habían podido llegar hasta allí; y el siervo de Cristo Francisco le respondió con intrepidez que había sido enviado no por hombre alguno, sino por el mismo Dios altísimo, para mostrar a él y a su pueblo el camino de la salvación y anunciarles el Evangelio de la verdad. Y predicó ante dicho sultán sobre Dios trino y uno y sobre Jesucristo salvador de todos los hombres con gran convicción.

De hecho, observando el sultán el admirable fervor y virtud del hombre de Dios, lo escuchó con gusto y lo invitó insistentemente a permanecer consigo. Pero el siervo de Cristo, inspirado de lo alto, le respondió:

«Si os resolvéis a convertiros a Cristo tú y tu pueblo, muy gustoso permaneceré por su amor en vuestra compañía. Mas, si dudas en abandonar la ley de Mahoma a cambio de la fe de Cristo, manda encender una gran hoguera, y yo entraré en ella junto con tus sacerdotes, para que así conozcas cuál de las dos creencias ha de ser tenida, sin duda, como más segura y santa».

Respondió el sultán:

«No creo que entre mis sacerdotes haya alguno que por defender su fe quiera exponerse a la prueba del fuego, ni que esté dispuesto a sufrir cualquier otro tormento».

Había observado, en efecto, que uno de sus sacerdotes, hombre íntegro y avanzado en edad, tan pronto como oyó hablar del asunto, desapareció de su presencia.

Entonces, el Santo le hizo esta proposición:

«Si en tu nombre y en el de tu pueblo me quieres prometer que os convertiréis al culto de Cristo si salgo ileso del fuego, entraré yo solo a la hoguera. Si el fuego me consume, impútese a mis pecados; pero, si me protege el poder divino, reconoceréis a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios, verdadero Dios y Señor, salvador de todos los hombres».

El sultán respondió que no se atrevía a aceptar dicha opción, porque temía una sublevación del pueblo. Con todo, le ofreció muchos y valiosos regalos, que el varón de Dios rechazó cual si fueran lodo.

Un cuerno de marfil con grabados e incrustaciones fue presentado por el Sultán Malik-el-Kamil a San Francisco de Asís a manera de persuadirlo para que permaneciese con él.

Viendo el sultán en este santo varón un despreciador tan perfecto de los bienes de la tierra, se admiró mucho de ello y se sintió atraído hacia él con mayor devoción y afecto. Y, aunque no quiso, o quizás no se atrevió a convertirse a la fe cristiana, sin embargo, rogó devotamente al siervo de Cristo que se dignara aceptar aquellos presentes y distribuirlos, por su salvación, entre cristianos pobres o iglesias.

Pero Francisco, que rehuía todo peso de dinero y percatándose, por otra parte, que el sultán no se fundaba en una verdadera piedad, rehusó en absoluto condescender con su deseo.

Al ver Francisco que nada progresaba en la conversión de aquella gente y sintiéndose defraudado en la realización de su objetivo del martirio, avisado por inspiración de lo alto, retornó a los países cristianos.