San Eugenio y sus 500 compañeros mártires


San Eugenio y sus 500 compañeros mártires

Hoy 13 de Julio la iglesia celebra a San Eugenio y sus 500 compañeros mártires, quienes en Cartago, durante la segunda mitad del siglo V, dieron sus vidas como testimonio de la fe que profesaban.


Día celebración: 13 de Julio.


Contenido

– Introducción
– San Eugenio, obispo de Cartago
– Tribulaciones de la Iglesia en Cartago
– Destierro a Mauritania
– La asamblea de Cartago
– Destierro de San Eugenio
– San Eugenio y sus 500 compañeros mártires


Introducción

Por la muerte del obispo San Deogracias, acaecida en 457, la Iglesia de Cartago quedó huérfana de Pastor durante más de cinco lustros. En la mencionada fecha —segunda mitad del siglo v— el África del Norte, que como posesión romana por espacio de seis siglos, se había en­tregado por completo a los placeres de la vida, según testimonio de Silviano estaba en poder de los vándalos. Estos bárbaros, bajados como torrente del norte de las Galias y a través de España, cruzaron el estrecho de Gibraltar en 429 y fueron a sembrar inmensas ruinas en aquellas comarcas norteafricanas.

Su rey Genserico, cuyo fanatismo arriano corría parejas con su crueldad y su odio contra el catolicismo, se apoderó de Cartago en 439. Además de inundar el África con sangre de mártires, intentó dar el último golpe a la religión ortodoxa prohibiendo bajo pena de muerte la ordena­ción de nuevos obispos, a fin de interrumpir la perpetuidad de la jerarquía eclesiástica e impedir la sucesión del episcopado. Sin embargo, en 476, un mes antes de su muerte, permitió Genserico que fuesen abiertos de nuevo los templos y que volviesen los obispos desterrados.

San Eugenio, obispo de Cartago

Genserico le sucedió su hijo mayor, Hunerico, tan feroz y tan arriano como su padre. Sin embargo, durante los comienzos de su reinado dio a los católicos aparente tolerancia, pues hacía veinticinco años que Cartago carecía de obispo y les permitió elegir uno, merced a la influencia de Zenón, emperador de O riente, pero el rey vándalo lo hizo con tales condiciones que su permiso estuvo a punto de no surtir efecto alguno. El edicto en que autorizaba la elección y que fue leído públicamente por el real notario, decía así:

«En nombre de nuestro soberano, os hago saber: que a ruegos del emperador Zenón y de la muy noble Placidia, os concede que ordenéis al obispo que os plazca, a condición de que los obispos de nuestra religión, residentes en Constantinopla y en las provincias de Oriente, tengan la libertad de predicar en sus iglesias y en la lengua que quieran y de ejercer la religión cristiana conforme a sus creencias, como vosotros tenéis la libertad aquí y en vuestras iglesias de África de celebrar, predicar y ejercer vuestra religión.

Si el emperador niega esta libertad en Oriente a los nuestros, nuestro monarca desterrará a Mauritania no sólo al obispo de Cartago que va a elegirse, sino a todo el clero de África, sin excepción».

Como se echa de ver, este edicto es un verdadero trueque cargado de amenazas, pues el documento establece que los católicos gozarán entre los herejes arrianos de África de los mismos derechos que los arrianos en el imperio; y si los arrianos de Oriente no gozan de libertad, los católicos de África serán entregados a los mauritanos. Condición que dejaba puerta abierta a lamentables equívocos.

Ante condiciones tales, parecía preferible que la Iglesia de Cartago se quedase sin obispo. Esta conclusión, empero, no era del agrado de la cristiandad de Cartago, privada de pastor desde tanto tiempo. Así es que se sintió satisfecha en 481 al ser elegido el presbítero Eugenio, a quien recibió con indescriptible entusiasmo, y hasta con expresiones de ruidosa alegría.

Tribulaciones de la Iglesia en Cartago

Nada nos ha transmitido la historia ni de la familia ni de los años de aquel Eugenio que, en circunstancias tan críticas, venía  a ocupar la sede que un día honraran los Ciprianos y los Agustines. Lo cierto es que, desde el primer momento, se mostró como un pastor incomparable, a quien animaba la más ardiente caridad.

No es posible referir el triste estado a que habían reducido a la Iglesia de Cartago las desde entonces proverbiales devastaciones de los vándalos, no obstante, el buen obispo hallaba medios de repartir cuantiosas limosnas a los pobres, como si el Señor se complaciera en multiplicar los recursos en las manos de su siervo. Su Hombradía le atrajo pronto la en­vidia de los obispos arríanos, los cuales representaron al rey cuán perjudiciales resultaban a su Iglesia las predicaciones de Eugenio.

Llegaron a aconsejarle que mandase al obispo católico que no dejara entrar en su templo a cuantos no se presentasen con el traje vándalo. El santo prelado, al enterarse de aquella extraña exigencia, contestó que la casa de Dios es­taba abierta para lodos y que no podía dejar de admitir a los fieles que quisieran entrar en ella.

Esta noble respuesta fue la señal de nueva persecución. Hunerico apostó a la puerta de las iglesias verdugos que se abalanzaban sobre cuantos acudían vestidos a la romana, les sacaban los ojos, los golpeaban con pesadas mazas de hierro u otros instrumentos, y luego los paseaban por las calles y plazas para que sirviesen de escarmiento a los seguidores de Cristo.

La persecución, concentrada primero en el interior de Cartago, no tardó en extenderse. Quiso Hunerico obligar a todos los oficiales de su palacio a firmar una profesión de fe arriana, acto seguido, los católicos que desempeñaban cargos en la corte y que preferían la muerte a la aposlasía, fueron desterrados a los llanos de Útica, y allí, casi desnudos, expuestos a los ardientes rayos del sol y sometidos como esclavos a las rudas labores del campo. A uno de ellos que no podía valerse de una mano desde hacía varios años, le señalaron aquellos bárbaros un trabajo más penoso que el de los demás.

El confesor de la fe, lleno de confianza, púsose en oración, y el Señor devolvió a su mano paralizada el movimiento y la vida. Esta primera persecución se dirigía sobre todo contra los simples fieles, pues Hunerico no se había atrevido aún a perseguir a los obispos por temor de que el emperador Zenón se portase en Constantinopla de igual manera con el clero arriano. Por lo cual Eugenio, a pesar de las incesantes vejaciones del astuto vándalo, cuyo palacio se elevaba al lado de la residencia episcopal, gozaba aún de relativa independencia, que aprovechaba para visitar consolar y animar a sus ovejas y prepararlas a nuevos combates.

Por otra parte, Hunerico, príncipe egoísta y cruel, se ensañaba contra los miembros de su misma familia, y desterraba o daba muerte a sus próximos parientes, a fin de dejar a sus hijos un trono sólidamente afianzado, y cuando creyó que ya nadie se lo estorbaría, decidió establecer en Africa el arrianismo, como religión oficial. Iniciaba con ello una nueva era de persecución que había de dar innumerables santos al cielo.

Destierro a Mauritania

Resuelto entonces a  dirigir directamente sus ataques contra los obispos, que como fuente del sacerdocio, eran el obstáculo principal para sus planes, recurrió primero a infames procedimientos. Hizo reunir a las vírgenes consagradas a Dios e intentó obligarlas a deponer contra el honor de los prelados y clérigos católicos. Para dar idea de los espantosos tormentos que se hizo padecer a las heroínas cristianas, bástenos decir que les ataban enormes pesos a los pies, las suspendían en el aire, y con planchas de hierro candentes les cubrían el cuerpo de horribles quemaduras.

A pesar de todo, ni una palabra calumniosa salió de los labios de aquellas santas doncellas. El feroz vándalo ya no disimuló más sus criminales anhelos. Hasta entonces no había hecho más que proferir amenazas contra el clero, pero ya en adelante dejaría las iglesias desiertas a fuerza de horribles matanzas.

Con fecha de 19 de mayo del año séptimo del reinado de Hunerico, publicóse un decreto de destierro contra los obispos, sacerdotes, diáconos y católicos de distinción que permanecían fieles. En virtud del mismo fueron reunidos en números de cuatro mil novecientos setenta y seis en Sicca Veneria —hoy Le Kef— y en Lares —hoy Lorba— para ser deportados a Mauritania y allí sometidos a la más dura esclavitud. El pueblo enternecido seguía a los sacerdotes con cirios en las manos, y las madres con sus hijos en brazos se ponían a los pies de los santos confesores y les decían.

— ¿Cómo nos abandonáis para correr al martirio? ¿Quién bautizará a nuestros hijos? ¿Quién nos administrará la penitencia y nos librará del peso de los pecados con el beneficio de la reconciliación? ¿Quién nos enterrará después de muertos, y quién ofrecerá por nosotros el divino sacrificio? ¿Qué? ¿No nos será permitido marcharnos con vosotros?

El obispo Víctor de Vite —que también fuera desterrado y perseguido— nos ha dejado el relato de los padecimientos de aquellos generosos cristianos. Es un largo martirologio escrito con espíritu de fe y caridad por la pluma de un mártir.

«No hallo palabras — dice el testigo de la persecución— para describir el espectáculo verdaderamente trágico de que fuimos objeto cuando nos entregaron en poder de los mauritanos. No nos dejaban rezar en alta voz; y si a alguno, por cansancio o enfermedad, se le hacía imposible la mar­cha, los bárbaros le clavaban sus venablos o le apedreaban. Por fin, al llegar a cierta población de Mauritania, nos encerraron en una cárcel que más parecía sepultura.

Allí nos echaron sin miramiento alguno unos en­cima de otros como montones de langostas o, más bien como grano purísimo dispuesto para ser molido. Con esto se juntaban un calor sofocante y el pestilente olor ocasionado por tantos cuerpos enfermos y por la aglomeración de las inmundicias que convertían nuestro calabozo en fosa de podredumbre y de cieno…»

Hubiérase dicho que los bárbaros hacían befa de todos los sentimientos humanitarios. Aquella desgraciada cristiandad de África, diezmada con tantas muertes, se veía imposibilitada de reanudar el vínculo sacerdotal con nuevas ordenaciones, de suerte que el luto y la devastación se extendían por doquiera y las zarzas y abrojos crecían a discreción en las iglesias, convertidas en pajares y establos por los mismos perseguidores.

La asamblea de Cartago

No es que se hubiesen amansado la furia del rey vándalo, porque el 19 de mayo de 483, fiesta de la Ascensión, mientras los católicos reunidos en el templo celebraban la solemnidad del día, un grupo de bárbaros penetró en el sagrado recinto para presentar a Eugenio un nuevo decreto real que proponía, en forma de ultimátum, una discusión entre católicos y arríanos para el primero de febrero de 484.

Eugenio contestó a los enviados del rey que si éste quería discutir sobre religión, debería convocar a los obispos de otros países como Italia, Galia y España, a fin de que las decisiones tomadas lo fueran por unanimidad.

«Hazme monarca del universo —replicó arrogante Hunerico— y te concederé lo que pides».

«No es necesario que seáis señor del orbe —dijo el prelado— , basta con que solicitéis de vuestros amigos los príncipes arríanos que dejen venir a sus obispos, yo invitaré a los nuestros, especialmente al de Roma, Obispo de los obispos, para que todos reunidos declaren cuál sea la verdadera fe. Ya veis que la fórmula que propongo no es difícil ni exagerada».

Demasiado razonable parecía aquella proposición para que fuera del agrado de Hunerico, que, presa de la ira, hizo arrestar a varios obispos, de los cuales unos fueron desterrados y otros flagelados, y varios condenados a la pena capital. Prohibió, además, a sus súbditos, que comiesen con los católicos. Con tales providencias, como bien se entiende, lo que menos pretendía era conseguir la paz y la concordia.

Sin embargo, la asamblea de Cartago se celebró el día señalado y concurrieron a ella 466 obispos. La víspera, el rey hizo arrestar y desaparecer al santo obispo Lato, uno de los más sabios, para de esta suerte intimidar a los demás. Convocada de mala fe, aquella asamblea sirvió a Hunerico de pretexto para renovar la persecución. Los católicos habían designado a diez de sus prelados para tomar parte en la discusión, pero no se les dejó hablar.

Entonces redactaron éstos una profesión de fe que contenía la doctrina ortodoxa sobre la unidad de sustancia y trinidad de Personas en Dios; la necesidad de emplear el vocablo «consustancial», la divinidad del Espíritu Santo y demás dogmas impugnados por el arrianismo.

Esta profesión de fe, enviada por duplicado al rey y a los obispos arrianos, es digna de figurar en la historia del dogma de Nicea al lado de las magistrales exposiciones de San Atanasio y de San Hilario.

En respuesta del mencionado documento, el rey vándalo publicó un edicto, firmado en Cartago a 25 de febrero, por el cual, según amenaza anterior, se aplicaban a los católicos de sus dominios las penas que en Oriente se infligían a los herejes. En consecuencia, desde el primero de junio siguiente, todas las iglesias católicas serían cerradas, sus bienes con­ fiscados y sus obispos y clérigos llevados a los tribunales.

Todos los que habían acudido a la asamblea de Cartago fueron embarcados y transportados a Córcega, donde se les empleó en cortar árboles para la construcción de navíos. Los fieles permanecieron constantes en la fe, padecieron crueles suplicios, y ciudades enteras quedaron despobladas por haber sido sus habitantes llevados al destierro.

En Tipasa, mientras los católicos reunidos en una casa particular celebraban los santos misterios, una horda de bárbaros penetró en el recinto y cortó de raíz la lengua a todos los asistentes, que, por milagro, con­servaron el habla. «Y si alguno duda del prodigio —escribe Víctor de Vite—, ruégole que se encamine a Constantinopla, allí verá a un subdiácono por nombre Reparto, que fue uno de esos confesores de la fe, que habla con maravillosa elocuencia y es hombre a quien la corte toda del emperador Zenón trata con veneración suma como a irrecusable testimonio del poder de Dios».

Destierro de San Eugenio

Con todo, Hunerico no había destrozado lo bastante la grey de Cartgago como para atreverse a perseguir libremente a su Pastor. Se encargó de hacerlo de su cuenta el impío Cirila, jefe de los
arrianos, el cual, viéndose cada día más objeto de execración pública, intentó recobrar el crédito popular perdido.

Por él fue deportado Eugenio a un desierto de Trípoli y entregado a un obispo arriano llamado Antonio, que, orgulloso y duro, le mantuvo mucho tiempo encarcelado en húmedo calabozo, donde esperaba verle sucumbir víctima de los malos tratos. Es de notar que los obispos arrianos se presentaban personalmente como perseguidores y verdugos, y recorrían los pueblos a la cabeza de pelotones de soldados armados, multiplicando increíblemente las víctimas de su crueldad e insensato furor.

Sin embargo, el peso de la mano de Dios pareció dejarse sentir sobre los verdugos de sus siervos, Consumía poco a poco el cuerpo de Hunerico una enfermedad horrible; tratábase —según Víctor de Vite— de una úlcera que se extendía por sus extremidades inferiores, y en la que podía verse cómo los gusanos le iban devorando vivo. San Gregorio Turonense añade que, frenético, se desgarraba las carnes con sus propios dientes; y San Isidoro de Sevilla escribe que las entrañas le salían del vientre.

Tal espectáculo, repugnante a los ojos de sus mismos secuaces, causó honda impresión entre éstos. Hunerico murió en medio de atroces sufrimientos el 13 de diciembre de 484. Todos señalaban su caso como ejemplo de la divina venganza. Sucedióle Gutamundo o Gombod, con el cual cesó la persecución y permitió que los desterrados volviesen a sus hogares.

San Eugenio y sus 500 compañeros mártires

Tras un breve intervalo de paz, Trasamundo, sucesor de Gombod en 496, renovó la persecución contra los católicos. No adoptó contra sus súbditos ortodoxos el sistema de violencias públicas ni de suplicios bárbaros, ni de sangrientas ejecuciones. Trasamundo buscaba seducir a los católicos con promesas de cargos, dignidades, dinero o favores. Pero ni las seducciones ni las persecuciones corrompen la fe, antes bien, la purifican; y los artificios de aquel tirano resultaron tan impotentes como el rigor de las anteriores persecuciones para los fieles de Cartago.

Despechado el rey vándalo, mandó prender al santo Obispo, mas como no pudiese reducir su constancia con la amenaza de los suplicios, lo deportó, probablemente a Cerdeña, según carta del papa San Símaco dirigida a los deportados que en aquella isla sufrían por la causa de la fe.

Es también posible que fuese desterrado a Córcega, de lo cual hay tradición , y de allí pasaría a Italia y, siguiendo la vía romana de la Galia, llegaría hasta Albí, para establecerse junto a la tumba de San Amaranto cuando pacíficamente reinaba Alarico II al sur de aquel hospitalario país.

Vio el fin de sus días, el valiente atleta de la fe, el 13 de julio de 505. Fue sepultado en el monasterio por él fundado cerca de la mencionada ciudad y su nombre se hizo pronto célebre por los milagros obrados gracias a su intercesión y poderosísimo valimiento.

La figura de San Eugenio es representativa de la Iglesia de Cartago en aquellos días de gran tribulación. Como sol que centra sobre sí un sistema, el piadosísimo obispo supo conducir con celo pastoral aquella grey que hacía frente a los embates del infierno. Nunca es más peligrosa la persecución que cuando tiende a disgregar el cuerpo perseguido. Máxime si, para lograrlo, se acude a la fácil tentación del halago y a las promesas de un premio apetecido. Pero también entonces es más abundante la ayuda del cielo. Y en nuestro caso la obra de los enemigos sólo sirvió para apretar más y más aquellos fervorosos cristianos en torno a su jefe.

Por eso nuestra Santa Madre la Iglesia al conmemorar en su martirologio la fiesta de San Eugenio, junta en el recuerdo a «todo el clero de aquella Iglesia, que se componía de más de quinientas personas». Todos sufrieron persecución por haber permanecido fieles a las enseñanzas cristianas. Durante la persecución de los vándalos, en el reinado de Hunerico, rey arriano, padecieron hambre y azotes. Entre ellos había muchos niños lectores y cantores que también sufrieron con alegría las penas del destierro.

Los más célebres fueron el insigne arcediano Salutario, y Muritas, ministro coadjutor de aquella Iglesia, los cuales habiendo sido atormentados tres veces,y confesando otras tantas la fe católica, alcanzaron el glorioso título de confesores de Jesucristo.

San Eugenio y sus 500 compañeros mártires | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

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