12 de Mayo: San Epifanio de Salamina, Obispo y doctor de la Iglesia


San Epifanio de Salamina

Mereció San Epifanio de Salamina ser llamado el «Jerónimo de Oriente». De él hace mención el Martirologio romano de esta manera: «En Salamina de Chipre, San Epifanio. obispo; fue muy erudito y conocía admirablemente la Sagrada Escritura. y no menos ilustre por la santidad de su vida. Su celo en sostener la fe católica, su liberalidad con los pobres y el don de milagros».


Día celebración: 12 de mayo.
Lugar de origen: Bezanduca, provincia de Gaza de Palestina.
Fecha de nacimiento: 310.
Fecha de su muerte: 403.


Contenido

– Introducción
– San Epifanio de Salamina, Monje
– San Epifanio de Salamina, Obispo
– Última entrevista con San Hilarión
– San Epifanio y el Origenismo
– Muerte de San Epifanio
– Oración a San Epifanio de Salamina


Introducción

Nació San Epifanio de Salamina por los años de 310 en Bezanduca —hoy día Bet Dehibrin— en la provincia de Gaza de Palestina. Era por entones una aldea situada no lejos de Eleuterópolis. sede episcopal sufragánea de Cesarea.

Sus padres eran judios muy pobres que se sustentaban del trabajo de sus manos: el padre ganaba el jornal labrando In tierra, y la madre hilando lino. Siendo de diez años quedé huérfano, con una hermanita llamada Calitropes. Hubiera, sin dada, muerto de hambre y de necesidad, si Dios nuestro Señor que le había escogido y le quería hacer lumbrera de su Iglesia, no hubiese movido a un judío llamado Trifón, hombre rico y muy docto en su ley, para que agradándose mucho de la buena inclinación y gracia de Epifanio, lo tomase para tenerle en su casa, criarle y adoptarle por hijo.

Nada descuidó Trifón para instruir a Epifanio en todo género de ciencias. Lo envió a Alejandria, donde llevó una vida santa y estudiosa a pesar de que aquella ciudad era teatro de disolutas costumbres, y que los cristianos de ella profesaban la herejía de los gnósticos. Mostró San Epifanio de Salamina particular talento para el estudio de las lenguas, por lo que le llamaron «pentaglota», es decir, «el que sabe cinco lenguas»; de esos cinco idiomas: griego, hebreo, siriaco, copto y latín, le fue menos familiar este último.

Esperaba Trifón poder hacerle heredero de toda su fortuna y darle por marido a una sola hija que tenia. Pero Trifón y su hija murieron y con ello quedé Epifanio dueño de grandes riquezas. Por entonces le atrajo el Señor, por medio de un santo monje llamado Luciano, al conocimiento de la verdadera fe. El y su hermana Calitropes se convirtieron a nuestra santa religión y se bautizaron.

Al tiempo que Epifinio llegaba a la pila para ser bautizado, se le cayó el calzado de sus pies y, movido de lo que consideró un prodigio, nunca en su vida quiso tomar calzado, antes siempre anduvo descalzo.

San Epifanio de Salamina, Monje

Llevado del Espíritu Santo a vida de mayor perfección que la ordinaria y común, determinó entrar en un monasterio. Con tal objeto puso a su hermana con una tía llamada Verónica. mujer muy religiosa, y le dio parte de su hacienda para que se pudiese sustentar. La otra parte la vendió y repartió su producto entre los pobres; solo guardó una pequeña cantidad para comprar libros. Se hizo discípulo de San Hilarión, y muy en breve llegó a ser dechado de monjes perfectos.

Junto a un ardiente amor a la vida religiosa, se señaló San Epifanio de Salamina por el afán con que se dio al estudio de las Sagradas Letras; resplandecía entre todos los monjes por su caridad, espíritu de oración y vida áspera y penitente. Obró el Señor por él algunos milagros, por los cuales vino a ser muy estimado y reverenciado.

El siervo de Dios, para huir del aura popular y la honra vana, con la bendición de su abad y mucho sentimiento di los monjes, partió del monasterio y entró en un desierto fragoso y áspero de Libia; allí vivía entregado totalmente a las mayores austeridades en compañía de algunos siervos de Cristo, cuando cierto día fue descubierto por unos sarracenos que le llevaron cautivo. Mas no tardaron en darle libertad, viendo que el santo cautivo no cesaba de reprenderles por su vida torpe y deshonesta.

Volvió San Epifanio a su monasterio de Libia, donde vivió con gran recogimiento y santidad. Obró nuevos milagros; libró a algunos posesos, hizo brotar una fuente en un lugar muy árido, mandó a las bestias fieras que se apartasen de las habitaciones de los monjes y realizó muchos otros prodigios semejantes.

Pasados algunos años en el desierto de Libia, volvió a Palestina, resuelto a fundar allí monasterios como los que florecían en Egipto. Edificó en Eleuterópolis uno que llegó a ser muy famoso; en él se encerré y permaneció San Epifanio de Salamina por espacio de treinta años, entregado al estudio, oración, mortificación y penitencia.

San Epifanio de Salamina, Obispo

Se extendió la fama de su santidad por todas partes; los obispos de Palestina pensaron en él para la sede vacante de Salamina. Pero, habiendo llegado esa noticia a oídos del Santo, por humildad pretendió esconderse y huyó a la isla de Chipre, donde tenia seguridad de hallar a su antiguo maestro San Hilarión.

Vivía este siervo de Dios en la parte occidental de la isla, no lejos de Pafos-Bafa, en un paraje muy agreste situado en el interior de un espeso bosque, preparándose a la muerte con la oración y la austeridad de vida.

Hilarión y Epifanio vivieron juntos algunos meses consolándose mutuamente con las nobles expansiones de la santa amistad que los unía; poco después quiso San Epifanio de Salamina partir otra vez al desierto de Libia, para morir allí solitario, apartado de las dignidades eclesiásticas, y olvidado de los hombres.

Le dijo entonces San Hilarión; «No, hijo mio; vete a Constanza; allí te quiere el Señor; no desoigas mis palabras, porque, si tal haces, tendrás la tempestad en contra tuya».

Constanza era la capital de aquella isla. Estaba situada en la costa oriental. El emperador Constantino la mandó edificar cerca de las ruinas de la antigua Salamina, que había sido destruida totalmente por un terremoto. De la ciudad de Constanza no queda tampoco casi nada hoy día.

El discípulo no quiso seguir aquel consejo de Hilarión. Se embarcó para la ciudad de Ascalón, que estaba al sur de Palestina; pero el navío que le llevaba fue empujado por el viento a la costa oriental de la misma isla de Chipre y precisamente al puerto de Constanza, en un momento en que los obispos se habían juntado para nombrar prelado de aquella ciudad, cuya sede estaba vacante.

Muchos votos recaían en un obispo ya anciano cuya diócesis se reducía a una pobrísima villa; pero él instaba para que no le eligiesen, y aun declaró a la asamblea que el cielo les enviaría presto el varón destinado por Dios para ocupar aquella sede.

Oyendo esas palabras, salieron los obispos a la plaza de la ciudad y, habiendo hallado en ella a San Epifanio de Salamina que acababa de llegar, lo cercaron y le levaron a la iglesia, donde te consagraron obispo. La profecía y deseos de San Hilarión quedaban cumplidos.

Última entrevista con San Hilarión

Aún siendo obispo guardó el habito de monje y en medio de las ocupaciones del episcopado se entregó a todas las austeridades de la vida monástica. Iba de cuando en cuando a visitar el monasterio de Eleuterópolis, del que seguía siendo abad.

Vuelto a Chipre fue a ver a San Hilarión y tuvo con él ta ultima entrevista que fue conmovedora. Estando ambos sentados para comer, les sirvieron unos cuantos pajarillos cazados aquella misma mañana. Epifanio tos ofreció a San Hilarión:

—No, gracias —dijo el anciano—; desde que visto habito de monje no he probado cosa que haya tenido vida.

—Yo no puede decir otro tanto —repuso Epifanio—; pero desde que soy monje no recuerdo haberme acostado teniendo que reprocharme el no haber pedido perdón a aquellos a quienes hubiese ofendido, sin haber perdonado las ofensas muy de corazón.

Hilarión se echó a los pies del obispo y le dijo:

—Padre mio, la regla que vos observas es más perfecta que la mía.

A los pocos días murió San Hilarión lleno de años y de buenas obras (371). San Epifanio de Salamina le enterró e hizo el panegírico de su santo maestro. Por entonces acudió al insigne San Basilio para pedirle el secreto de la alianza entre la vida activa y la contemplativa, de que el metropolitano de Cesarea era perfecto dechado. Entablaron entre si activa correspondencia, pero no llegaron a conocerse de vista.

En Roma y Jerusalén

Entretanto,a fines del año 377 ó principios de 378, el papa San Damaso juntó concilio en Roma para volver a condenar a los arrianos, macedonianos y apolinaristas y para tratar de algunos negocios graves e importantes de las Iglesias de Oriente. Hizo San Epifanio de Salamina aquella jornada y llegó a Roma en compañía de San Jerónimo. El ilustre obispo de de Constanza ayudó mucho al triunfo del dogma católico contra los apolinaristas, a quienes se obligó a firmar un formulario de fe ortodoxa.

San Epifanio permaneció poco tiempo en Roma; acabado el concilio, volvió a su iglesia. Trabajó en ella con ardor en la propagación de la fe católica, trajo innumerables herejes a la verdad, y convirtió a muchísimos judíos. Pero no por ser San Epifanio de Salamina varón tan eminente y famoso le faltaron adversarios y calumniadores que procurasen deslustrar su persona.

Libertó con los dineros de la Iglesia, porque no tenia otra cosa, a un caballero rumano que estaba preso por deudas. Se enteró un diácono suyo llamado Carino, hombre insolente y ambicioso, e incitó a los demás clérigos contra el Santo, llamándole disipador de les bienes de la Iglesia; le hicieron muchas befas e injurias, las cuales llevó San Epifanio de Salamina con admirable paciencia y mansedumbre.

Convidó cierto día el obispo a todos los clérigos, y entre ellos a Carino, a quien ya había devuelto los dineros que había gastado en librar de la cárcel al caballero, para que los restituyese a la Iglesia. Estando todos comiendo, vino allí un cuervo tres veces distintas y dio tres graznidos, Carino, el diácono, dijo a San Epifanio de Salamina que si le podría explicar lo que quería decir aquel cuervo, le haría señor de toda su hacienda. San Epifanio, inspirado del Señor y deseoso de dar un ejemplar escarmiento, le respondió:

«Lo que quiere decir el cuervo es que tu no has de ser ya mas diácono».

Oyendo esto Carino se pasmó, y no pudo pronunciar palabra. Lo llevaron en brazos a su casa y a la mañana siguiente murió, y su hacienda pasó a la Iglesia. Los demás clérigos escarmentaron, y de allí adelante reverenciaron más a su santo pastor.

Las liberalidades de San Epifanio de Salamina se extendían a todos los necesitados. Una vez, dos mendigos que le vieron venir, se concertaron entre si; uno de ellos fingió estar muerto, y el otro, al pasar el Santo, se lamentó de su indigencia diciéndole que ni siquiera tenia con qué pagar los funerales de su amigo. San Epifanio de Salamina le consoló y le dio buena limosna. En cuanto hubo partido el santo obispo, el mendigo dijo a su compañero:

«Oye, levántate, vayámonos a celebrar el feliz resultado de la estratagema».

Mas, como el otro no se movía, quedé sobrecogido de espanto y fue a toda prisa a contárselo al obispo, pidiéndole perdón y clemencia. El Señor, empero, queriendo inspirar a los fieles gran horror a la mentira, no se digné devolver la vida al fingido muerto.

San Epifanio y el Origenismo

En el año de 394, fue a Jerusalén. Tuvo noticia de los grandes estragos causados en Palestina por los errores acreditados con el nombre de Orígenes. Sintió el Santo gran disgusto por ello, y determinó pelear enérgicamente contra los sectarios de las falsas doctrinas. Estos tenían algunos defensores insignes, entre ellos Juan, obispo de Jerusalén; San Jerónimo, que vivía en su monasterio de Belén, y un tal Rufino, huésped y amigo de Epifanio.

En presencia del obispo Juan y de inmensa muchedumbre de fieles, predicó San Epifanio de Salamina en la iglesia del Santo Sepulcro contra Orígenes y sus errores, y luego se separó de la comunión de Juan, por no querer éste condenar a Orígenes. Jerónimo, en cambio, se declaró partidario del «muy venerable padre Epifanio el Pentáglota».

San Epifanio de Salamina ordenó luego de presbítero a Pauliniano, hermano de San Jerónimo. El insigne obispo de Constanza daba muestra de incansable celo en defensa de la verdadera fe; pero este celo no siempre discreto, fue explotado por Teófilo en provecho de sus propios intereses.

Sucedió que este mismo Teófilo fue muy perseguido por los solitarios de Egipto; él los había excomulgado y echado de la diócesis, y aún escribió a todos los prelados de Oriente, incitándoles a que no los admitiesen en la Comunión so pretexto de que eran herejes discípulos de Orígenes.

Los solitarios hallaron defensa y apoyo en San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla, el cual intentó varias veces de traer a Teófilo, patriarca de Alejandría, a que cediese y volviese a admitir a los solitarios en su diócesis. No quiso Teófilo doblegarse, por lo cual fue convocado el sínodo de Constantinopla, para examinar el asunto de los monjes y juzgar la conducta del patriarca en este asunto.

Teófilo acudió a San Epifanio en busca de ayuda: «Venid —le escribía — y añadid a la gloria que ya corona vuestras canas la de dar el golpe mortal al más pernicioso error de nuestro siglo». Engañado con estas palabras, San Epifanio de Salamina se puso en camino a pesar de su avanzada edad, pues tenía ya unos noventa años.

El patriarca de Alejandría cantaba ya victoria viendo que le salían bien sus amañadas trazas, y que tenia por defensor al más famoso obispo de Oriente, al que todos los de Asia proclamaban varón santísimo. Ni asomo de sospecha tuvo San Epifanio del triste papel que, sin saberlo, le iban a hacer desempeñar.

Lo único que a él te preocupaba era la cuestión dogmática del origenismo, que acababa de hacer condenar en el año de 402 por un sínodo de obispos de Chipre, y así, en cuanto llegó a Constantinopla, juntó a los obispos, y les comunicó, en conferencias particulares, los decretos ya promulgados por anteriores concilios contra los origenistas, suplicándoles al mismo tiempo que se dignasen firmarlos.

Los partidarios de Teófilo convinieron en que al siguiente día, que era domingo, y a la misma hora en que se celebraba misa en la basílica constantiniana de los Santos Apóstoles, Epifanio entraría en la iglesia y leería públicamente a los fieles allí presentes el edicto de condenación de los errores de Orígenes y de los monjes de Alejandría. Además tenia que avisar a los fieles, que su prelado, San Juan Crisóstomo, era sospechoso de favorecer la herejía.

Pero los planes de Teófilo quedaron frustrados. Conforme a lo trazado la víspera, se trasladó San Epifanio de Salamina a la basílica; había ya traspasado el vestíbulo, cuando Serapión le salió al paso,
desenrolló un pergamino escrito por San Juan Crisóstomo y lo leyó con voz fuerte y clara. El tono de aquel mensaje no era violento, pero la energía con que estaba escrito hizo entrar en si a Epifanio, y al cabo de unos instantes salió del templo.

Muerte de San Epifanio

Como si alguna visión celestial le hubiese avisado de la muerte que le esperaba, San Epifanio de Salamina contó a los sacerdotes que le acompañaban todas las peripecias de su vida, los peligros en que se había visto, los viajes que había emprendido, las peleas que tuvo que sostener toda su vida contra los herejes.

El relato duró hasta el atardecer. En aquel instante se oscureció el cielo, se levantó fuerte viento y las olas embravecidas azotaban la nave con violencia. Miró el santo obispo al cielo, encapotado con negros nubarrones, y predijo a los pasajeros que la tormenta duraría dos días y dos noches: «Pero tranquilizaos —añadió—, porque el navío llegará felizmente al puerto».

Diciendo estas palabras le sobrevino gran desfallecimiento, preludio de su próxima muerte. Le acostaron en una cama. Al volver en si, mandó que colocasen sobre su pecho el libro de los Evangelios, cruzó los brazos y permaneció como desmayado hasta el amanecer del tercer día. Conforme a lo que había profetizado, cesó la tormenta y apareció un sol resplandeciente. Se despertó San Epifanio de Salamina como de profundo sueño, pidió un poco de incienso, mandé a los sacerdotes que lo quemasen, y añadió: «Oremos, hijos mios».

Arrodillados junto a su cama. los presbíteros lloraban y rezaban. San Epifanio de Salamina les hizo señas que se acercasen, y mientras los abrazaba les dijo: «Adiós, amados, vivid felices en este mundo, donde ya no veréis mas a Epifanio». Habiendo dicho estas palabras, se durmió en el Señor. El navío abordó a Constanza. Sacaron el sagrado cadáver y todos los habitantes de la isla vinieron muy afligidos a venerarlo.

Oración a San Epifanio de Salamina

San Epifanio de Salamina, ruega por nosotros. Amén.

San Epifanio de Salamina | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.