25 de Marzo, San Dimas: El buen ladrón y el primer Santo de la Iglesia


San Dimas

San Dimas confesó a Nuestro Señor delante de los hombres, y Jesucristo le confesó delante de su Padre. Según la tradición, ejercía la odiosa profesión de ladrón. En ella encontró a la Sagrada Familia cuando ésta huía del cruel Herodes; a su vista tuvo sentimientos de respeto y amor, y se ofreció a acompañarla hasta Egipto para protegerla contra cualquier malhechor que pudiera asaltarla. Más tarde, cuando Jesucristo padeció en la Cruz entre dos ladrones, Gestas y Dimas, éste reconoció sus pecados y la inocencia de Jesús con estas palabras:

«Nosotros, en verdad, sufrimos justamente el castigo que merecen nuestros crímenes; pero Éste ningún mal ha hecho.»

La gracia trocó aquel corazón y la fe le hizo exclamar:

«Señor, acuérdate de mí cuando te halles en tu reino.»

El Divido Redentor abrió entonces sus labios y exclamó:

«En verdad, en verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

¡ Poder admirable de la gracia y misericordia divinas!

 

De cómo San Dimas vio asegurada su salvación por una promesa de María

Según el padre Emmanuel d’Alzon, fundador de los Asuncionistas, la historia más bella de San Dimas fue escrita por San Anselmo en una carta a sus hermanas meditando sobre la infancia del Salvador. Si, esta historia es a veces dudada por los hombres modernos, sin embargo fue aceptada por unanimidad durante la época del gran obispo de Canterbury.

La historia de San Dimas, el buen ladrón

Fue el momento de la masacre de los Santos Inocentes. San José, Nuestra Señora y el Divino Niño huían de Herodes. Al salir de Belén, la Sagrada Familia entró en la tierra de Egipto, que las Sagradas Escrituras llaman «el país de pecado», un país que solo el sacrificio de Cristo podía redimir.

En este viaje al país del demonio, Jesús, María y José entraron en un bosque habitado por bandoleros. Entre ellos estaba Dimas, un asesino y un ladrón. Sin embargo, en lo más profundo de su alma había algunas gracias secretas que no había rechazado.

Escondido de la vista, a la espera de una víctima desprevenida, Dimas vio el acercamiento de un hombre y una joven con un niño. Los tres viajeros tenían algo de equipaje, tal vez algunos de los regalos de los Reyes Magos reservados para este largo viaje. Dimas juzgó que esta caravana desprotegida no ofrecería resistencia. El bastón de San José no le causó temor, y él avanzó para hacerles daño.

Sin embargo, sus ojos se posaron en el Niño Jesús y se detuvo, maravillándose de la gloriosa belleza y majestuosidad de Su rostro. Profundamente conmovido, protegió a los viajeros en lugar de hacerles daño y los alojó en su cueva. Este fue el medio que usó la Divina Providencia para ayudar a la Sagrada Familia, en este caso no con un Ángel, sino mediante un ladrón que por un momento se transformó en un buen Ángel.

Dimas ofreció todo lo que tenía, y el Divino Infante se permitió que ese criminal lo acariciara. Al ver el respeto del ladrón por el niño, María Santísima le aseguró solemnemente que sería recompensado por su acción antes de su muerte. Dimas continuó su vida de crimen, pero siempre conservó el recuerdo de esa promesa, confiando en que se cumpliría.

No se sabe nada sobre la vida de este ladrón durante los 33 años de la vida de Nuestro Señor. No obstante, aparece junto con Gestas, otro ladrón, que lleva su cruz para ser crucificado con Jesucristo. Sus crímenes, sin embargo, habían oscurecido tanto su alma que no reconoció a Jesús ni a María.

Las cruces se levantaron en el Calvario, y durante tres horas Dimas, como Jesús, fue testigo de las blasfemias de la multitud, que representaban al mundo entero. También se unió a las blasfemias. Pero María, mirándolo, lo reconoció y oró por él. A medida que se acercaba la hora sexta, la larga sombra de la cruz de Jesús cayó sobre el cuerpo de Dimas.

En ese momento, Gestas gritó: «Si tú eres el Cristo, sálvate a ti y a nosotros». Sin embargo, las sombras de las heridas de Jesús penetraron en el corazón de Dimas, y él respondió: «¿Ni siquiera temes a Dios, al ver que estás bajo la misma condena? Porque justamente y merecidamente hemos recibido las cosas que soportamos, pero Él no ha hecho ningún mal «.

Después de estas palabras incomparables, con arrepentimiento, el ladrón, transformado en un buen ladrón, pronunció un acto sublime de Fe, Esperanza y Caridad: «Señor, recuérdame cuando llegues a tu Reino».

Y Jesús le dijo: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. En este momento, Jesús cumplió la promesa hecha por María y, sin duda, antes de morir, Dimas reconoció a Nuestra Señora a los pies de Jesús. la Cruz. El buen ladrón, purificado por el sacrificio de Cristo, recibió los primeros frutos de la Redención.

San Dimas es considerado el santo patrono de los condenados a muerte, de quienes se dedican a negocios deshonestos y les gustaría hacer una restitución antes de morir pero no saben cómo, de los grandes pecadores e hijos pródigos, de los que se encuentran casi desesperados por situaciones irresolubles . San Dimas también ayuda a las almas para que no mueran en la impenitencia final.

Otra versión de la historia de San Dimas

En la suposición de que Nuestro Señor fue crucificado el 25 de marzo, el Martirologio Romano, en este día, contiene la siguiente relación: “En Jerusalén, la conmemoración del santo ladrón que confesó a Cristo en la cruz y mereció oír de El las palabras:

“Este día estarás conmigo en el paraíso”.

Aparte de lo ya mostrado en párrafos más arriba, no sabemos mas de su historia que lo contenido en los pocos versículos dedicados a él por el evangelista San Lucas; pero, como en el caso de la mayoría de los otros personajes nombrados en los Evangelios, tales como Pilato, José de Arimatea, Lázaro, Marta, pronto se compuso un relato que situó al “buen ladrón” en lugar eminente en la literatura apócrifa de los siglos primitivos.

En el “Evangelio de la Infancia” de los árabes, se nos relata cómo, en la ruta de la huida a Egipto, la Sagrada Familia fue asaltada por ladrones. De los dos jefes llamados Tito y Dumaco, el primero, movido a compasión, pidió a su compañero que dejara pasar a aquellas gentes sin molestia y, al rehusarse Dumaco, Tito lo soborné con cuarenta dracmas para que los dejara en paz. Entonces, la Santísima Virgen le dijo a su benefactor:

“El Señor Dios te sostendrá con su diestra y te concederá la remisión de tus pecados”.

Y el Niño Jesús también intervino y dijo:

“Dentro de treinta años, madre, los judíos me crucificaran en Jerusalén y estos dos ladrones serán crucificados conmigo, Tito a mi derecha y Dumaco a mi izquierda y, a partir de ese día, Tito me precederá en el paraíso”.

Este relato, junto con otros, encontró popular aceptación entre la cristiandad occidental. Aunque los nombres mas comúnmente dados a los ladrones fueron los de Dimas y Gestas, también encontramos los de Zoatan y Camata y aún otros diversos.

Ese sentimiento genuino de devoción fue algunas veces evocado, ya que el instante del perdón del buen ladrón en la cruz parece figurar en la visión de San Porfirio (c. 400), a la que se hizo referencia en su día (26 de febrero).

Encontramos a los dos ladrones representados en cuadros de la crucifixión, desde tiempos muy remotos, como por ejemplo, en el manuscrito de Ciriaco, ilustrado por Rabulas, en 586, conservado en la Biblioteca Lorenciana en Florencia. Las palabras del buen ladrón: “Señor, acuérdate de mi cuando estés en tu reino”, se han adaptado a un uso muy solemne en la misa bizantina, al “gran principio” de ella y a la comunión de los ministros y el pueblo.

 

Fuentes

https://traditioninaction.org/SOD/j238sd_Dismas_03_12.html La vida de los Santos | Butler
Traducido y adaptado por Proyecto Emaús