San Cirilo, Julián el Apóstata y el tercer templo de Jerusalén


En el año 361, muerto el emperador Constancio II, es sucedido por Flavio Claudio Juliano, más conocido como Juliano el apóstata, quien junto a su hermano Galo, sobrevivió la purga que acabó con los familiares de su dinastía en el año 337.

Julián llamó de vuelta a todos los obispos exiliados, entre ellos San Cirilo, quienes pudieron retomar su sede. En comparación con otros reinados, hubo pocos martirios durante la gestión de Juliano el Apóstata, quien cayó en la cuenta de que la sangre de los mártires era la simiente de la iglesia, y procuró con otros medios mas refinados desacreditar la religión que él mismo había abandonado.

Sobre los cristianos, en un  principio se expresaba en estos términos:

«No debemos odiarles, debemos compadecerles; bastante desgraciados son con equivocarse respecto al asunto más importante.»

Sin embargo, les odiaba secretamente, lo que bien pronto comenzaría a manifestarse más abiertamente. Así, y por el contrario, miraba con buenos ojos al paganismo, el cual se propuso promover activamente.

Buscando demostrar la falsedad – por su propia mano – de las profecías Cristianas y ocasionar su ruina permanente, planeó la construcción del templo de Jerusalén. Algunos historiadores de la Iglesia, como Sócrates y Teodoreto, se extienden hablando sobre este intento de Juliano por reconstruir el templo, apelando a los sentimientos nacionales de los judíos.

Pues bien, una de las profecías de Nuestro Señor Jesucristo que se cumplieron con la más inexorable exactitud, fue aquella sobre la ruina del Templo de Jerusalén y la consecuente dispersión de los hebreos. Anular y desmentir tal profecía serían un gran golpe asestado a los cristianos. Ese era pues el objetivo de Juliano.

Jesús le dijo: «¿Ves estas grandiosas construcciones? No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.»
Marcos, 13 – 2

 

Para lograr tal objetivo, atrajo en primer lugar atrajo a la Ciudad Santa a todos los judíos que pudo, prometiéndoles completa libertad e incentivándolos a reconstruir el Templo. Incluso, puso el tesoro imperial a su disposición, así como obreros y todo lo que fuera necesario. Los hebreos, exultantes, acudieron a Jerusalén. Todos querían ayudar no sólo donando dinero, sino joyas y bienes.

Tan fuerte era su animadversión que, relata Gibbon sobre Juliano:

‘La mente vana y ambiciosa de Juliano aspiraba a restaurar la antigua gloria del templo de Jerusalén. Al estar los cristianos firmemente persuadidos de que una sentencia de destrucción perpetua había sido pronunciada contra todo el entramado de la ley de Moisés, el sofista imperial quería convertir el éxito de su empresa en un engañoso argumento contra la fe de la profecía y la verdad de la revelación.’

San Cirilo de Jerusalén contemplaba calmadamente los grandes preparativos para la reconstrucción del templo, profetizando que seria un fracaso, pues para comenzar la construcción del nuevo Templo, era primero necesario sacar los cimientos que quedaban del anterior. San Cirilo se mantenía impávido, convencido de que prevalecerían las palabras de Nuestro Señor. Mostró a los esforzados trabajadores que, a pesar de las condiciones más favorables posibles, ellos estaban ayudando al cumplimiento de la profecía, haciendo desaparecer hasta los vestigios del Templo primitivo al quitar lo que restaba de sus cimientos.

Pero la Providencia se manifestó de modo más categórico. Un escritor insospechado, porque era pagano, contemporáneo de los acontecimientos, Amiano Marcelino, un militar e historiador romano, narra:

“Mientras el conde Alipio, asistente del gobernador de la provincia, aceleraba vivamente los trabajos, asombrosos remolinos de llamas salían de los lugares contiguos a los cimientos, quemaban a los trabajadores y tornaban el lugar inaccesible. Al fin, la continua persistencia de aquel elemento con una especie de tenacidad en rechazar a los obreros, hizo que la empresa fuese abandonada”.

Gibbon y otros agnósticos modernos, se mofan de los sucesos sobrenaturales, sismos, esferas de fuego, desplome de paredes, etc… que le hicieron abandonar el proyecto, pero aun Gibbon se ve obligado a admitir que estos prodigios están confirmados no solo por escritores cristianos, como San Juan Crisóstomo y San Ambrosio, sino también por extraño que pueda parecer, por el testimonio irrecusable de autores paganos (como Amiano Marcelino).

Quienes pretenden negar la veracidad de estos acontecimientos, suelen especular con la posibilidad de que tales hechos, se debieron a operaciones de sabotaje, así como a un fuego accidental… Para los historiadores de la iglesia de la época, el fracaso se debió claramente a la intervención divina. Así lo confirman diferentes fuentes como san Gregorio Nacianceno, san Ambrosio de Milán, san Juan Crisóstomo, Rufino de Aquilea, Sócrates de Constantinopla, Sozomeno y Teodoreto de Ciro.

Fuentes

https://www.tesorosdelafe.com/articulo-192-san-cirilo-de-jerusalen El Santo de cada día por EDELVIVES