San Cipriano el brujo y Santa Justina

san cipriano el brujo y santa jacinta

La historia de San Cipriano el brujo y Santa Jacinta: De brujo consagrado al demonio a Obispo.

La vida de San Cipriano el brujo y Santa Justina

Índice

1.- Su Infancia
2.- Su Juventud
3.- Justina
4.- Cipriano el brujo y Agladio
5.- Cipriano se enamora de Justina
6.- La conversión de Cipriano
7.- El demonio atormenta a San Cipriano
8.- La persecución de Dioclesiano
2.- Martirio y muerte

Su Infancia

Lo que lo hace un santo tan peculiar y diferente de muchos otros, es que paso de ser brujo o mago a fiel seguidor de Cristo.

San Cipriano nació en Siria en el siglo III en el seno de una familia católica, la que sin embargo estaba entregada a las prácticas paganas. Algunos historiadores sugieren que la familia de San Cipriano, pertenecía a una larga tradición de magos, hechiceros y sacerdotes paganos.

Al nacer, fue consagrado por sus padres a la diosa Afrodita. Posteriormente fue consagrado por sus mismos padres al demonio y entrenado en los misterios de la astrología y en la magia negra.

Su padre quería que San Cipriano fuese sacerdote del templo de Júpiter, por lo que le dio una educación sumamente estricta y esmerada. Además, se le enseñó y aprendió sobre los grandes exponentes de la filosofía.

A los 5 años de edad fue consagrado en el templo de Apolo y a los 10, en los de Demeter y Persefone.

 

 

Su Juventud

A fin de convertirlo en un maestro de las “artes oscuras”, sus padres lo enviaron a visitar los templos más importantes de aquellos días, llegando a visitar Grecia, Macedonia, Egipto, Babilonia y la India.

Llegó a practicar sacrificios humanos, matando niños, ofreciendo su sangre a los demonios.

Progresó a tal punto en estas artes, que llegó a convertirse en el más famoso y renombrado mago de aquellos días.

A la edad de 30 años, San Cipriano decide volver a su ciudad natal, Antioquia. Allí decide aislarse de la sociedad en una cueva, obsesionándose con el conocimiento puro.

Es en esta cueva que llega a tener contacto con el demonio, el cual le enseña cosas que no había aprendido durante sus viajes y templos con sus maestros, llegando a poner a su disposición,  a una legión de demonios.

Al abandonar la soledad de aquella cueva, bien pronto se haría la reputación de un mago sumamente efectivo, ganándose el respeto y la admiración de muchos.

 

 

Justina

Santa Justina nació en el seno de una familia pagana. Fue hija de  Edesio y Cledonia. Un día escuchando la prédica de un diacono católico, quedó impresionada de tal manera, que marcó el inicio de su conversión iniciando de inmediato su instrucción en la religión Católica.

En el proceso, llevó a sus padres a la Iglesia, convirtiéndolos también al cristianismo.

Después de su conversión consagró su virginidad a Dios, viviendo una vida sumamente devota.

 

Cipriano el brujo y Agladio

Un día cuando salía del templo de Mercurio,  a Cipriano se le acerca un joven de nombre Agladio. Este joven estaba perdidamente enamorado de una bella muchacha de nombre Justina.

Habiendo intentado conquistarla de mil y una formas sin éxito alguno, decide acudir a Cipriano, a quien pide un conjuro a fin de lograr que Justina se enamorara de él.

Así lo hizo el mago, pero sus trabajos no tuvieron ningún efecto sobre la bella muchacha. Pronto comprendería el mago que el amor solo existe en la voluntad y que los demonios no tienen acceso a ella sino a las pasiones y a la imaginación.

La lujuria y las bajas pasiones con las que pretendía hacerse de Justina, no tenían ningún efecto sobre ella. Más sin embargo, la joven llega a percatarse de estar bajo el asedio del demonio, soliendo protegerse haciendo muy frecuentemente la señal de la cruz, orando, ayunando y pidiendo a Jesucristo su ayuda.

 

 

Cipriano se enamora de Justina

Lleno de frustración, Cipriano pregunta a Lucifer la razón de sus fracasos con aquella muchacha, a lo que en persona, este le responde que la razón era la fe de Justina en Jesucristo, y la marca de la Cruz de San Bartolomé que ella tenía en una mano.

Esto sorprendió en gran medida a Cipriano quien preguntá  a Lucifer: ¿Acaso el Dios de los cristianos tiene más poder que tú? pregunta con la que el  demonio se percata de inmediato,  que Cristo,     había comenzado a  inquietar la mente de su discípulo.

San Cipriano el brujo y Santa Justina
Cipriano el brujo intenta enamorar a Justina con la ayuda del demonio tal y como se representó en un manuscrito del siglo XIV. Crédito: Dominio público.

Sin embargo, interesado en conocer más a su presa, decide espiarla por algún tiempo a fin de perfeccionar sus artes contra ella. Hechizo tras hechizo, trabajo tras trabajo, todos terminaron en un rotundo fracaso.

He aquí que sucede lo inesperado: Cipriano al espiar a Jacinta, había logrado vislumbrar las múltiples virtudes que la adornaban y al igual que el joven Agladio, termina también enamorándose de la bella muchacha. Así, Cipriano decide  aproximarse a Justina,  la que para su gran sorpresa le acoge con fraternal ternura.

 

 

La conversión de Cipriano

Jacinta decide entonces llevarlo con el obispo Eusebio, a quien Cipriano había conocido en su juventud. Fue Eusebio quien lo llevó de la mano por el camino de la conversión.

Bajo su tutela, visitó iglesias en las que se reunía con sacerdotes para rezar, pero fue al principio recibido con algo de escepticismo debido a su fama de mago y mala reputación.

Bien pronto Cipriano demostraría lo sincero de su conversión. Este apareció un día delante de ellos y quemó todos los libros y artefactos que empleaba para sus trabajos, luego de lo cual entregó todos sus bienes y pertenencias a los pobres.

Los sacerdotes quedaron así convencidos y se dedicaron a instruir a Cipriano en las cosas de Dios y de su Iglesia. Bien pronto sería bautizado y confirmado en la fe de Cristo. Su vida había cambiado radicalmente.

Con el tiempo pidió se le permitió trabajar barriendo la iglesia. Luego llegó a ser el portero. Pronto, Cipriano llegó a ser diácono, sacerdote y finalmente fue consagrado obispo de Antioquía.

Cipriano el brujo, se había convertido en Cipriano el Obispo…

 

 

El demonio atormenta a San Cipriano

El demonio al saber que perdía a uno que había destruido tantas vidas y condenado a tantas almas, decide tomar acción y arremete contra Cipriano.

Comenzó a perturbar su mente y a inquietar su alma al recordarle todos sus crímenes y diciéndole que debido a ellos, no tendría salvación, que semejantes culpas no podrían ser nunca perdonadas y que por ellas, se había echado encima la condenación de su alma. «El Cielo es solo para los Santos y no para los condenados como tu».

Así, el demonio trató de desesperarlo, recordándole uno a uno todos los»trabajos» que había hecho y los sufrimientos que había llevado sobre sus víctimas, y sin embargo el demonio no consiguió alejarlo de Cristo, más ya nada pudo contra este hombre de Dios.

 

San Cipriano el brujo y Santa Justina
El Martirio de San Cipriano y Santa Justina en el caldero de agua hirviendo. Dominio Público.

 

 

La persecución de Dioclesiano

Por aquellos días, llega al poder el emperador Dioclesiano quien demandaba a la población, que se le adorase como si fuese un dios. Al ver la negación de los Cristianos a someterse a tales deseos, decide emprender una feroz persecución contra ellos.

Antes de comenzar la persecución, Cipriano ya era obispo de la Iglesia Católica y Justina, dirigía un convento.

Bien pronto Cipriano y Jacinta caerían en manos de sus cruentos perseguidores.  Fueron detenidos y acusados ambos el mismo día y luego llevados frente al juez de Capadocia quien les ordenó ponerse de rodillas y abandonar su fe.

Tanto Cipriano como Justina se negaron, proclamando que a su Dios como el único verdadero.

 

Martirio y muerte

Por haberse negado a apostatar de su fe, fueron condenados, primero a ser azotados y luego a ser despellejados vivos.

El demonio que deseaba vengarse de Cipriano, influye sobre un sacerdote del dios Marte, quien sugiere al juez, arrojarlos en un caldero de agua hirviendo, lo que se mandó a ejecutar de inmediato.

Pero Dios,  que quería demostrar que ambos santos eran suyos, los libró de todo daño.

Ante el portento, se opta por llevarlos a Nicomedia, a fin de que el mismísimo emperador decidiera la suerte de ambos.

El 26 de Septiembre del año 307, Diocleciano ordenó que Cipriano y Justina fueran decapitados a orillas del río Galo.

En el momento de la ejecución, un cristiano llamado Teoctiso corrió a abrazar a Cipriano, por lo que fue ejecutado también.

Los cuerpos fueron custodiados por soldados romanos para evitar que los cristianos se los llevasen. Sin embargo, pasados seis días, un grupo de cristianos lograron llevarse los huesos y trasladarlos hasta Roma, en donde fueron puestos al cuidado de una dama cristiana llamada Rufina.

Años después, los restos fueron llevados a la iglesia de San Juan de Letrán.

San Cipriano y Santa Justina, rueguen por nosotros.