3 de Mayo: San Alejandro I, Papa y sus compañeros


San Alejandro i

San Alejandro I, Papa, fue Martirizado en el año 115 por orden de Aureliano, general del Imperio Romano. Obró diversos milagros, entre ellos, la resurrección de la hija del tribuno Quirino. Encarcelado y durante lo amargo de su prueba, dio valiente testimonio de Cristo junto a sus dos compañeros mártires Evencio y Teódulo.


Día celebración: 3 de mayo.
Lugar de origen: Roma, Impero Romano.
Fecha de nacimiento: 10 de enero del año 75.
Fecha de su muerte: 3 de mayo del año 115.


Contenido

– Introducción
– San Alejandro libertado por un ángel
– El Bautizo en la cárcel
– El Cristiano lo sacrifica todo a su Fe
– Martirio de San Alejandro
– Repetición del milagro de los tres hebreos
– Castigo de Aureliano
– Prescripciones Litúrgicas de San Alejandro I
– Oración a San Alejandro I


Introducción

San Alejandro nació en Roma, en las cercanías de la actual iglesia de Santa Bibiana. Su padre, ciudadano romano, se llamaba también Alejandro. Sucedió en la silla pontifical a San Evaristo cuando sólo tenía treinta años, y gobernó la Iglesia desde 107 a 115.

Con su doctrina y milagros obró en Roma un sinnúmero de conversiones, especialmente entre la aristocracia, y conquistó para Jesucristo parte del senado romano. El mismo Hermes, prefecto de Roma, se convirtió al ver que un hijo suyo, que acababa de expirar, era resucitado; por San Alejandro el día de Pascua fueron bautizados él, su mujer, su hermana, sus hijos  mil doscientos cincuenta esclavos suyos, a los que concedió la libertad y distribuyó gran parte de sus bienes. El resto lo repartió entre los pobres.

 

El tribuno Quirino

Al enterarse de estas conversiones Aureliano, generalísimo de las tropas, ordenó la detención del Papa y del prefecto de Roma, que fueron aherrojados. A su paso hacia el calabozo, el populacho, amotinado por los pontífices idólatras, rugía cual fieras sedientas de sangre. «¡Que los quemen vivos! —vociferaban—; ¡por ellos quedan desiertos nuestros templos y miles de hombres abandonan a nuestros dioses!»

La custodia del prefecto Hermes fue confiada a Quirino, tribuno militar.

— ¿Cómo —de dijo éste con sincera simpatía——- tú, patricio, lugarteniente del emperador, pudiste renunciar a tan alta posición y trocarla por estos hierros, reservados únicamente para los más viles criminales?

Respondió Hermes:

— No he perdido en modo alguno mi prefectura, no he hecho más que cambiarla por otra mejor. Las honras y dignidades terrestres están a merced de la fortuna, caprichosa de suyo; las dignidades celestiales son eternas como Dios.

— ¿Es posible —exclamó el tribuno— que con toda tu ciencia te hayas dejado seducir por tan insensata doctrina? ¿Crees que después de esta vida queda algo de nuestro ser, una vez reducido el cuerpo a cenizas que el más leve viento dispersará?

— También yo —replicó Hermes— me burlaba, no ha mucho de semejante esperanza y apreciaba únicamente esta vida mortal.

—Pero, ¿quién ha podido —alegó Quirino— trasformar así tu cerebro? ¿En qué pruebas se basa tu creencia? Instrúyeme en ellas, quizá yo también con el tiempo llegue a creer.» Respondió Hermes: «Bajo tu custodia está el prisionero que me ha convertido: Alejandro.»

A tales palabras. arremetió Quirino en maldiciones contra el obispo de Roma y exclamó:

— ¿Es posible que os haya seducido ese maestro del crimen que ni siquiera a un plebeyo hubiera logrado engañar? De charlatán semejante pronto dará cuenta la hoguera. Si tan poderoso es, ¿por qué no se salva de la cárcel y te salva a ti también?

—Estas mismas palabras dijeron los judíos a Jesucristo mi maestro, pendiente de la Cruz ——respondió Hermes— «¡Que baje de la Cruz, y creeremos en él!»

Efectivamente, si a Jesucristo, que veía clarísimamente la mala fe de los judíos, no le hubiese horrorizado su perfidia, descendiera de la cruz en su presencia y se les manifestara rodeado de grandeza y majestad.

—Perfectamente —dijo Quirino—; si así es, iré yo mismo a estar con Alejandro y le diré: ¿Quieres que crea en tu Dios? Pues bien; reforzaré tu prisión con triple cadena y si al llevar yo la cena al calabozo de Hermes, te veo en su compañía, creeré en Él.»

Se dirigió el tribuno a la cárcel de San Alejandro, le hizo esta proposición y, después de haber reforzado la guardia. se retiró. Principió a orar San Alejandro exclamando: «¡Oh Señor y Dios mío! Vos que me habéis sentado en la silla de Pedro vuestro Apóstol, sois testigo de que en modo alguno pretendo librarme de la pasión y muerte que me aguardan. Concédeme únicamente la de ser trasladado esta tarde al calabozo de vuestro siervo Hermes, y que mañana temprano de vuelta esté en el mio».

San Alejandro libertado por un ángel

Al invadir las sombras de la noche los diferentes recintos de la cárcel, un hermoso niño de cinco o seis años. con una antorcha en la mano se presentó al prisionero y le dijo: «¡Sígueme!» Abrió luego la puerta sellada y, tomando de la mano al Pontífice, lo condujo a la celda de Hermes y desapareció. Ambos mártires milagrosamente reunidos empezaron a rezar y en esta actitud los halló Quirino al entrar con la cena.

El estupor y espanto mudaron la voz en su garganta; parecía herido por un rayo. «Pedías un milagro para creer ——le dijeron—; pues bien. Aquí lo tienes. Cree ahora en Jesús, Hijo de Dios, que escucha a sus siervos y ha prometido otorgarles todo cuanto le pidan.»

Quirino se había ya serenado. «¿No será éste — replicó — un hechizo de vuestra magia? — ¡Ah! —exclamó Hermes—, ¿hubiéramos podido con nuestras solas fuerzas abrir las puertas del calabozo sin dejar rastro? Triplicaste las guardias y no obstante aquí nos tienes juntos. La única magia que hay es el poder de Cristo; no lo dudes. Éste es el mismo Dios que daba vista a los ciegos, curaba a los leprosos y resucitaba a los muertos.»

Luego refirió al tribuno la historia de su conversión, le explicó la dolorosa pérdida de su hijo, a pesar de los sacrificios ofrecidos a Júpiter Capitolino por su vida, y cómo San Alejandro. en nombre de Jesucristo, le resucitó y devolvió la vista a su antigua nodriza.

El relato hecho a Quirino de estas maravillas, conmovió su corazón de padre. También él tenía una hija, Balbina. cuyo casamiento había tenido que retardar por haberle nacido un tumor en el cuello, contrariando así sus proyectos. «Curadla por favor —suplicó Quirino—, y creeré en Jesucristo.  —Quita esta cadena que oprime mi cuello, toca con ella a tu hija y sanará.»

Quirino vacilaba. No se resolvía a dejar juntos a ambos prisioneros. «No te preocupes -——le dice el Pontífice—; cierra. como sueles, la puerta del calabozo, pues yo antes del alba estaré en mi prisión.»

 Amaneció el día siguiente y, al abrir el tribuno la puerta del calabozo de San Alejandro. halló efectivamente en él al Pontífice. Iba acompañado Quirino de su hija Balbina, ya milagrosamente curada. Postróse a los pies del santo prisionero y deshecho en lágrimas, prorrumpió en estos términos:

«Señor, por favor os suplico, interceded por mi ante ese Dios de quien sois obispo; rogadle que perdone mi pasada incredulidad. Esta es mi hija y sierva vuestra, curada desde el instante en que cumplí lo que me ordenasteis».

El Bautizo en la cárcel

Quirino estaba, pues, convertido. Le preguntó San Alejandro: «¿Cuántos cautivos gimen en estas mazmorras? — Unos veinte -—respondió el tribuno. — Entérate si entre ellos hay alguno encarcelado por confesar a Cristo.» Salió Quirino y volvió a poco diciendo: «Hay dos sacerdotes: uno anciano, llamado Evencio, y otro venido de Oriente, conocido por el nombre de Teódulo. «—¡Traédmelos al instante!» — interrumpió San Alejandro.

Poco después el tribuno llegó acompañado no sólo de ambos sacerdotes sino de todos los demás presos. Puestos ante el pontífice los cautivos, se expresó el tribuno en estos términos:

«Estos que aquí veis son ladrones, adúlteros, asesinos cargados de maldad. —Precisamente —repuso San Alejandro— por ellos bajó Jesucristo del cielo y a todos nos llama a penitencia para perdonarnos.» Y sin pérdida de tiempo principió a instruirlos, hablándoles con tal inspiración y eficacia que los presos, conmovidos, pidieron el Bautismo. Les puso San Alejandro bajo la dirección de Evencio y Teódulo, a quienes recomendó encarecidamente los considerasen como catecúmenos y los instruyesen en la Religión Cristiana.

A los pocos días Quirino, su hija Balbina, los demás miembros de su familia y todos los prisioneros fueron bautizados; la cárcel parecía transformada de lugar de sufrimiento en templo cristiano, mansión de purísimos goces.

El Cristiano lo sacrifica todo a su Fe

EL fiscal denunció a Aureliano lo sucedido. El jefe de los milicianos llamó inmediatamente a Quirino y le recriminó en estos términos:

—Tenía yo en ti depositados toda mi confianza y aprecio, y tú me has engañado miserablemente convirtiéndote en juguete de ese infame Alejandro.

—¡Soy cristiano! —fue la única respuesta de Quirino. — Puedes azotarme, echarme a la hoguera, decapitarme, jamás renunciaré a mi nuevo timbre de gloria. Todos los presos que a mi custodia confiaste también son cristianos. Yo mismo abrí las puertas del calabozo al pontífice Alejandro y al patricio Hermes, suplicándoles que huyeran; pero no han secundado mis deseos; ansían la muerte como el hambriento ansia un banquete; ahora dispón a tu gusto de mi persona.

—¡Insolente! —rugió el magistrado—, mañana estarás sin lengua en el potro.

Efectivamente, Quirino sufrió la amputación de la lengua y fue sometido al tormento; le cortaron además las manos y los pies y, finalmente, Aureliano ordenó decapitarlo y arrojar a los perros sus mutilados restos.

Pero fueron recogidos de noche por los cristianos y enterrados en el cementerio de Pretextato, junto a la vía Apia. Se celebra su martirio el día 30 de marzo. Balbina. hija de San Quirino, consagró su virginidad al Señor. Cierto día, como San Alejandro la viese besar respetuosamente sus cadenas le dijo:

«Busca, hija mía, las que llevó el bienaventurado Pedro, que son mucho más dignas de veneración».

Balbina tuvo la dicha de hallarlas. Ofreció a Teodora. hermana de Hermes, estos sagrados despojos que siguen todavía venerándose en Roma.

No fue Hermes menos fiel a Jesucristo que su amigo. También fue degollado, ganando así la palma de mártir. El 28 de agosto celebra la Iglesia su martirio. Recogidas por su hermana Teodora tan venerandas reliquias, fueron enterradas en las Catacumbas de la antigua vía Salaria, cerca de Roma, lugar que recibiría el propio cadáver de la santa virgen, al que el mismo Aureliano había de enviar a su eterno descanso, como lo hiciera más tarde con todos los presos, que abandonados en alta mar a merced de las olas, hallaron en sus profundos senos la corona de la gloria.

Martirio de San Alejandro

El santo papa Alejandro agradeció efusivamente a Dios el triunfo de los que sacrificaron sus vidas en aras de la Religión Cristiana; y él mismo se pertrechó para los futuros y decisivos combates. Se expresó ante el tribunal de Aureliano con una autoridad y majestad dignas de la divina autoridad de que estaba investido. «Tened entendido — le interrumpió. sorprendido, el funcionario — que no estáis delante de un juez ordinario: soy el delegado del emperador, del dueño del Mundo. —Esa omnipotencia de que os vanagloriáis — repuso Alejandro — pronto quedará reducida a la nada».

Extendido Alejandro en el potro, empezaron los lictores a desgarrarle los costados con garfios de hierro y a aplicarle teas encendidas a sus sangrientas llagas. Durante este interminable suplicio el mártir, perfectamente tranquilo, no cesaba de orar. Exaltado por la cólera, exclamó el juez: «¿Nada tienes que decir? —Mientras ora —exclamó Alejandro—, el cristiano sólo habla con Dios. —¡Insensato! — gritó fuera de sí Aureliano —, no tienes aún cuarenta años. ¿por qué renuncias tan pronto a los goces de la vida? — No permita Dios que pierdas tu alma inmortal» — terminó el Papa.

San Alejandro I

El martirio de San Alejando I, Papa y sus compañeros Evencio y Teódulo.

Mientras este diálogo se desenvolvía, la mujer de Aureliano le envió un mensaje concebido en estos términos: «Pon a Alejandro en libertad, es un santo. Si persistes en atormentarlo, los rayos de la divina justicia caerán sobre ti y yo tendré la desgracia de perderte. — Alejandro es joven — respondió Aureliano al mensajero —; y pregunta a mi esposa si no es más que un movimiento de ternura el que la impulsa a obrar así». En realidad la mujer de Aureliano era cristiana y su marido temía que lo fuese.

El Pontífice, extenuado por la pérdida de sangre, fue quitado del potro. Le colocaron a los dos sacerdotes Teódulo y Evencio. Aureliano, volviéndose entonces hacia San Alejandro, le preguntó:

— Dime, ¿quiénes son éstos?

— Son dos santos, (los sacerdotes —respondió Alejandro

—. ¿Cómo os llamáis? —preguntó el magistrado al más anciano.

— El nombre con que los hombres me conocen es Evencio — respondió éste —; pero soy cristiano y este nombre es el que más aprecio.

—¿Desde cuando sois cristiano? — repuso el juez. — Desde hace setenta años: fui bautizado a los once. A los veinte me ordenaron de presbítero. Ya he cumplido ochenta y uno. Este último año de mi vida ha sido el mas feliz, pues lo he pasado en un calabozo por el nombre de Cristo.

—Tened piedad de vuestra vejez — dijo Aureliano—; abjurad de Cristo, yo honraré vuestras canas, seréis especial amigo del emperador y os colmaré de riquezas.

El venerable sacerdote respondió:

— Yo os creía algo mas prudente, pero se me desgarra el corazón al ver el vuestro que empedernido, huye de la divina luz. Sin embargo, aun os queda tiempo. Abrazad la verdadera fe; creed en Jesucristo, Hijo de Dios vivo, y os perdonará.

El magistrado. con un movimiento de hombros, hizo alejar a Evencio sin contestarle. Luego, ordenó a Teódulo acercarse al tribunal.

— ¿Tú también —le dijo— despreciarás las órdenes emanadas del emperador?

—Ni tú ni tus órdenes me asustan — exclamó Teódulo —. ¿Por quién te tienes tú, que atormentar a los santos de Dios? ¿Qué ha hecho el santo pontífice Alejandro para merecer los suplicios con que le has ,martirizado? -——¿Esperas tú, quizá, escapar de esos mismos suplicios? —interrumpió Aureliano.

—No lo permita Dios —exclamó Teódulo-—, el Señor no me negará la gracia de ser asociado a su martirio.

Repetición del milagro de los tres hebreos

Las últimas palabras de Teódulo sugirieron a Aureliano un pensamiento que él creyó maravilloso. Mandó atar a San Alejandro y Evencio de espaldas y arrojarlos a un horno ardiendo, y colocó a Teódulo a la boca del mismo para que presenciase el tormento.

Pero se repitió el milagro de los compañeros de Daniel. Oyóse la voz de San Alejandro entre el chisporroteo de los leños y el zumbido de las llamas: «¡Teódulo, hermano mío, ven a nuestro lado. El ángel que se apareció a los tres jóvenes hebreos está con nosotros y te reserva un lugar». Al oír estas palabras desprendióse Teódulo de los soldados y se arrojó al horno. Los tres mártires, libres en medio de las llamas, entonaban un salmo: «¡Señor, nos probaste con el fuego y éste no halló en nosotros iniquidad!»

Furioso Aureliano, ordenó sacarlos del fuego. Evencio y Teódulo fueron decapitados. San Alejandro sufrió un suplicio más terrible: fue atravesado su cuerpo lentamente con aceradas puntas, hasta que entregó su alma en manos del Criador. La muerte de estos tres mártires acaeció el 3 de mayo del año 115.

Castigo de Aureliano

Mientras Aureliano insultaba a los cadáveres de los santos mártires, oyó una voz del cielo que le decía: «Estos Santos que tú ultrajas, disfrutan ya de eternas delicias, y en cambio tú vas a ser precipitado en lo más profundo del infierno». Presa de pavoroso temblor el magistrado entró en su palacio. Llamó a su esposa Severina y le dijo:

«He visto a un joven de rostro centelleante que arrojó a mis pies una barra de hierro y me dijo: «¡Aureliano, ahora recibirás tu galardón!» Me sobrecogió un temblor convulsivo y esta terrible fiebre que me devora. Ruega a tu Dios por mí Severina, suplícale que me perdone». Respondióle Severina: «Yo misma daré sepultura a los santos mártires para que intercedan por nosotros».

Dirigióse, al efecto, Severina a una de las fincas que poseía en la séptima piedra miliaria de Roma, al borde de la vía Nomentana, y allí colocó con sus propias manos los cuerpos de los Santos Evencio y Alejandro en un mismo sepulcro. El cuerpo de San Teódulo fue enterrado en sepulcro aparte.

Los sacerdotes de Roma y numerosos cristianos acompañaron a los cuerpos de los mártires y permanecieron reunidos hasta que Severina volvió al lado de su esposo Aureliano, el cual en aquellos momentos era víctima del más espantoso delirio. Abrasadora fiebre le consumía; palabras incoherentes brotaban de sus labios, a intervalos se le escapaban imprecaciones contra sí mismo, reprochándose su maldad. «¡Desdichado! —exclamó Severina—, has despreciado mis consejos. La mano de Dios pesa sobre ti».

Pronto el desgraciado Aureliano expiró en medio de atroces convulsiones. Severina se vistió de cilicio y fue a postrarse ante el sepulcro de los mártires, sin abandonar este lugar. Más tarde, cuando el pontífice Sixto I, elegido para suceder a San Alejandro, llegó de Oriente, consiguió que un obispo celebrase a diario, en aquel sitio, el Santo Sacrificio. Esta es la Santa Severina, matrona romana, cuya fiesta celebra la Iglesia de Roma en este día.

Prescripciones Litúrgicas de San Alejandro I

El pontificado de San Alejandro I datan importantes disposiciones litúrgicas, tales como: el rito del agua bendita con mezcla de sal. Las formulas rituales compuestas por él mismo que aun hoy se rezan para esta bendición, la adición a las oraciones del Canon de la Misa de la fórmula Qui pridie quam pateretur… que precede inmediatamente a las palabras de la Consagración. El fue también quien ordenó la mezcla de las gotas de agua con el vino del Sacrificio en memoria de la sangre y agua que salieron del Corazón de nuestro Redentor atravesado por la lanza: y para significar la unión de Cristo con su Iglesia.

Asimismo, la prescripción del pan ácimo en vez del fermentado como materia más pura y más conforme con la empleada por Nuestro Señor Jesucristo en la Última Cena. No quiere decir esto que este santo Papa instituyese estas sagradas ceremonias, ya que eran apostólicas. enseñadas por el mismo Jesucristo, sino que las uniformó e insertó en los sagrados cánones. Mandó también que ningún clérigo pudiese decir mas de una misa cada día.

La Iglesia ha inscrito en el Canon de la Misa el nombre de este héroe de las terribles luchas contra el paganismo.

En el pontificado de Pascual I, las reliquias de los Santos Alejandro, Evencio y Teódulo fueron trasladadas a Roma y depositadas en el monasterio de Santa Práxedes, como lo atestigua una inscripción que allí se conserva. Mas tarde se repartieron entre diversas iglesias trozos importantes de estas reliquias, lo cual origino el error, bastante extendido, de atribuir distintos santuarios la posesión de tan sagrados restos.

Hacia siglos que las catacumbas de San Alejandro I yacían en completo olvido cuando a fines de 1855, fueron identificadas. Pio IX las visitó el 2 de abril do 1855. Los descubrimientos verificados en dichas catacumbas confirman a satisfacción el relato de las Actas del Martirologio acerca de diversos e importantes puntos referentes a San Alejandro. Por otra parte, se sabe que Nomentum, hoy Mentana,  tenía en 415 un obispo llamado Ursus, en cuyo territorio se encontraba la catacumba.

Se puede ver en él al sucesor de aquel obispo a quien el papa San Sixto confió la custodia del sepulcro de San Alejandro, sobre el cual debía celebrar todos los días el Santo Sacrificio. Este sepulcro había sido construido probablemente en los albores del siglo V, época en que los recuerdos de los mártires no se habían borrado todavía.

Oración a San Alejandro I

Oh San Alejandro, que fuiste un santo benigno que defendió de buena manera los intereses de Nuestra Madre Santa Iglesia. Pido tu intercesión y la de Dios Todopoderoso para que me protejas noche y día, de todos mis enemigos y hasta de mi mismo ya que no estoy exento de cometer errores que fallen a tu mandado.

Cuida de mi familia, para que nada ni nadie intente hacerles ningún mal. Que mi desempeño en el trabajo sea el mejor, que mi relación amorosa se vaya fortaleciendo y mi espirita cristiano permanezca vivo en mi alma. Vela por el mundo entero, para que huérfanos y desahuciados consigan el amor que tanto se les ha negado y una buena familia que los atiendan. Amén.

San Alejandro I, Papa | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.