Reality Shows: el placer de la perversión

Proliferan como hongos. Se presentan como juegos pese a esconder un sistema sádico y enfermizo donde los participantes se exponen como ratas a ser observados por cámaras omnipresentes mientras les someten a humillaciones públicas. Presentamos una denuncia acabada sobre las técnicas de manipulación utilizadas y el fenómeno que les protege.

 

Cual agresión sorpresiva y preparada por meses por el enemigo, la amplia batería de los autodenominados “reality shows” (Telerrealidad») invaden la pantalla de televisión. Por consecuencia, a través de esta asaltan los hogares de cada país donde se presentan.

El fenómeno ya había tenido sus primeros experimentos por la década de los ochenta en los Estados Unidos, si bien restringidos a exhibiciones de mal gusto donde sujetos investidos de historias groseras y escalofriantes «entretenían» a la aún pequeña tele-platea.

Frente a un presentador que excitaba la morbosidad de un público ávido de escuchar perversiones, los relatos más retorcidos se mostraban al espectador.  Oportunamente los entrevistados se golpeaban, arañaban e insultaban mientras intervenían, desde la platea, algunos personajes del público que se sumaban a la gresca filmada en detalle y azuzada por el animador.

Con el tiempo proliferaron estos alardes chocarreros. Los programas humorísticos se reían de la artificialidad del fenómeno y de los lugares comunes. Con el tiempo algunos personajes comenzaban a repetirse aunque con historias diferentes e inverosímiles.

Los críticos denunciaron el trasfondo de perversión. Algunos programas cayeron en el descrédito, otros fueron imitados en diferentes países con adaptaciones a la chabacanería local.

De abismo en abismo

El paso del tiempo les sumergió en un fango más sucio y pegajoso. Aparecen situaciones macabras de crueldad, indecencia y “realismo”. Como ratas de un laboratorio clandestino, hombres y mujeres se someten a pruebas denigrantes mientras son acosados por cámaras omnipresentes. Con el paso del tiempo la degradación deja sus huellas. Cada rata sabe bien cómo complacer al pérfido científico.

Comienzan a actuar sus papeles, a complacer a los sádicos controladores y a los cientos de miles de observadores delirantes. Unos son descartados, otros caen aplastados por sus concesiones. Algunos sofisman imaginando que disfrutan de las torturas mientras que algunos compañeros realmente gozan de la humillación.

Algunos de estos científicos, que operan desde países moralmente descompuestos, han ideado “juegos” mucho más retorcidos. Con la fuerza de la publicidad y apelado a vicios inconfesables, han popularizado perversiones de psicología clínica muy complejas y graves: voyeurismo, exhibicionismo, sadismo y masoquismo.

Lamentablemente la crítica a este tipo de situaciones ha quedado, la más de las veces, en la superficie, en lo evidente y hasta en lo frívolo. Aquí no importa tanto la pésima actuación de algunos según supuestos guiones preestablecidos, o la mala conducción técnica de la filmación e incluso redundar sobre los detalles anecdóticos de las producciones cuestionadas. Todo eso agrava el problema, pero no lo constituye.

La cuestión se centra en dos aspectos: ver en qué consiste lo repudiable y por sobretodo en estudiar el por qué resulta atractivo para tantos lo que de suyo es aburrido y hasta enfermizo. Trataremos, pues, de esto.

El escenario que predispone

El desarrollo de los espectáculos del cine y de la televisión fue, forzosamente, artificial y estudiado. Esto es así en cuanto podrían considerarse herederos del teatro y de las representaciones grupales de antaño. La televisión heredaba, por ejemplo, incluso los modales y sistemas de los radioteatros. Las primeras representaciones animadas conservaban el lenguaje y el respeto por la estética y sensibilidad del público propia del teatro “serio”.

La sofisticación y espectacularidad de efectos especiales fueron creando más avidez de fantasía y crudeza. El paso del tiempo volvió una “necesidad” la representación cada vez más real de las cosas. Los asesinatos, violaciones, masacres, explosiones, guerras, la intimidad de alcoba, mutilaciones y congéneres del drama amarillista debían verse muy reales y elocuentes.

Como pasa con la evolución de todo vicio, la frustración es proporcional a la intensidad del pecado y por tanto se hacen necesarios más y más sensaciones involucradas en experiencias cada vez más fuertes y estremecedoras. Y la experiencia del cine y televisión no es distinta a la de cualquier acto de la vida humana.

Nace aquí el principio lógico del problema: “nada es más real que lo real”. Los espectadores están saturados de ficciones que ya no son capaces de conmoverles, están como aturdidos con artificios y truculencias.

Los “reality shows” son la respuesta esperada. Se caracterizan por una virtual inexistencia de parlamentos, una deficiente calidad de filmación, una “humanidad” de los protagonistas imposibles de lograr aún para el peor un actor de cine o televisión, pero ante todo, gozan de satisfacer todos los vicios del público que se identifica con la “normalidad” de los torturados. Se ve así la realidad “sin montajes”, de una forma “idéntica” a como es el mismo observador” en la intimidad.

En un aspecto más profundo, debemos considerar un cambio esencial en la psicología del espectador. Por miles de años, el espectador observaba una representación que comprendía ficticia. Se identificaba con los personajes pero siempre eran ficciones de las que él diferenciaba: era algo que le pasaba a “otro”. Otros medios de comunicación le complementaban, reflexionaba y construía su mundo interior con estas experiencias ajenas.

La decadencia del pensamiento postmoderno, la desaparición de medios de comunicación clásicos, el abandono de la lectura, de la reflexión, crítica y conclusión propia favorecieron la aparición de un nuevo tipo d espectador. Se trata de uno que vive por y a través de la televisión. Conoce el mundo, lo entiende y se relaciona a través de la televisión. Los programas seleccionan la información, la procesan y concluyen por él.

Las miles de horas de televisión que un adolescente promedio ha presenciado hasta llegar a su madurez son horas de “experiencias vividas” por éste. Sufrió las desdichas de los personajes, gozó con sus alegrías y todo lo fue incorporando – hasta el lenguaje – a su propia vida. Las generaciones modernas no distinguen claramente entre sus recuerdos los “personales” de los “observados” Una serie de televisión pasa al patrimonio cultural a un mismo tiempo que al inconsciente colectivo. Ése es el poder que han obtenido por este fenómeno.

En conclusión para este primer punto diremos que el espectador no es ya más un observador sino que un “vividor” de las narraciones televisivas. “Asiste” a los eventos “a través” del televisor, sufre en la medida y con lo que le transmiten, ignora lo que es omitido y asume las posturas de su narrador preferido.

Pero como hemos dicho en ocasiones anteriores “ver no es comprender”

Este tristísimo y común tipo de individuo vive prácticamente aislado de la sociedad, con la cual se relacione con fines de exclusivo interés personal.

Para cualquier observador medianamente atento, existe una fuerte preferencia por la diversión solitaria y aislada, con emociones sin riesgo ni compromiso. Ahora bien, estos individuos no se sienten tan miserables y aislados en la medida que crean una ilusión o “sensación de participación” en cuanto observan lo mismo que el resto o incluso juegan con sus mismas fantasías. De hecho, ellos participan, además, desde la oscuridad y el anonimato y determinan los hechos en cuanto sea “interactivo” el espectáculo.

Pero esto lleva a una consecuencia obvia e inevitable. Cada vez más se precipita en el abismo de la indiferencia hacia la realidad. Ellos viven en un mundo particular, hermético y “seguro”, mientras contempla, con placer o displacer, lo que ocurre en la vida de otros. Incluso puede matar, violar, vivir vidas inauditas de forma “aséptica” y limpia. En esto queda el recuerdo del “espectador” antiguo que se asiste a los acontecimientos como a un teatro. Esta participación incoherente es una forma de esquizofrenia social que trataremos en un estudio posterior.

¿Por qué triunfan los Reality Shows?

La proliferación de este tipo de producciones no se explica necesariamente por escuchar las demandas de la opinión pública. Es una paradoja conocida entre los mismos funcionarios del espectáculo que lo que la gente masivamente ve y pide son programas de contenido familiar, romántico y de comedia. Las personas buscan este tipo de programación pero se adaptan a lo que la oferta horaria les impone.

¿Por qué, entonces, se privilegian producciones que ofenden a la familia, la moral o al buen gusto? Esta pregunta, lanzada por Fundación Argentina del Mañana en su libro – muy recomendable – «La Familia frente a la TV, ¿Recreación o destrucción?», sigue sin respuesta.

Para comprender la atracción que ejerce este tipo de programas, podemos investigar en algunas claves propias de la cultura postmoderna, en cuanto los “reality shows” son un resumen, estímulo y reflejo de éstas.

En primer lugar citaremos la mentalidad inmediatista. Este fenómeno ya tiene un lema: “Carpe Diem”, “vive el momento”. Más allá de tratarse de una descontextualización aberrante del poema de Ovidio, se ha vuelto cultura popular el querer y creer que debe vivirse en “ el aquí y en el ahora”, negando el futuro y las consecuencias futuras de nuestros actos.

Así como nadie tiene ya al trabajo como un valor y la consecuente formación de una situación económica que permita vivir con tranquilidad, tampoco se contempla ya el “después” de los actos. Completamente freudianos, los hombres de principios del siglo XXI creen firmemente que la función de la vida es el placer y evitar el dolor. Se trata de vivir al máximo el momento, de romper toda barrera, de hacer lo que se desea en medio del individualismo más extremo.

Aquí se enlaza el segundo aspecto: la cultura de doble mensaje. Hoy en día lo “ético” es lo “políticamente correcto”, esto es, la moral light y centrada en lo “permitido” o “rechazado” culturalmente, en lo que es “in” o es “out”.

Una parte importante de esto es proponer cosas contradictorias, que vuelven neurótica y esquizofrénica a la sociedad. En el caso particular de estos programas, las reglas nos dicen que el sentido comunidad está por sobre todo, por sobre cada individuo, todos tienen que ser buenos y agradables con el grupo, protegerlo y servirlo. Así obtienen aceptación, simpatía y votos.

Pero a un mismo tiempo se trata de una lucha encarnizada por procurar sobrevivir, a cualquier costo y con la misión específica de eliminar uno a uno a sus compañeros hasta quedar solitario en el final. No es raro ver a los participantes sufrir las consecuencias de este doble mensaje. Aún sabiendo que se trata de un juego, sufren por tener que romper la unidad del grupo. En ningún otro juego se ve este tipo de conducta, que llega a enloquecerlos con el dolor.

Y no se trata más que del darwinismo social, la tercera clave en juego. Para el darwinismo social debe siempre triunfar el más fuerte, contando con una conducta amoral o bien “moral” en cuanto es lícito todo lo que contribuya al éxito de un individuo que debe velar – por su propio interés- para que el grupo social se mantenga y funcione. Este tipo de programas refleja y esquematiza “educando” sobre la conducta a sostener, más atenuadamente, en el “mundo real”.

Estos grupos artificialmente formados y seguidos por las omnipresentes cámaras y micrófonos, cuentan con otras características que son reflejo de la «cultura posmoderna». Aquí agruparemos varios tipos de claves. Por una parte, tenemos un populismo violento, que exige a cada uno ser «grato» a los vicios del público que los juzga y vota.

Para triunfar deben cumplir con satisfacer las pasiones más bajas y los deseos más ruines de los productores y de la porción de público que se deleita con estos espectáculos. y esto es crucial para los guionistas, quienes ven como fundamental que los protagonistas-ratones sirvan a los intereses de los patrocinantes y productores.

Por otra parte, tenemos un sentimentalismo descabellado, en el que el sentir es muchísimo más importante que mantenerse íntegros en su ser, su pensamiento y sus proyecciones. Todo el mundo exagera sentimientos, «debe ser» todo sentimiento y emoción. Sea cual sea el tipo de sentimiento, bajo la lupa de las cámaras se vuelve obligatorio para todo el grupo, se agiganta y se exhibe ad nauseam (una falacia en la que se argumenta a favor de un enunciado). Con esto y lo anterior se refuerza el «moralismo light» que viven y promueven las víctimas del experimento.

Finalmente citaremos una clave moral de la mayor importancia. Este tipo de producciones introduce una grosera legitimación del pecado. Las reglas suponen transgredir constantemente los mandamientos por parte de seres amorales. Se trasgrede aún la ética mas primitiva y sencilla, pero movido por las reglas del juego, a modo de cómo “las condiciones de la lucha por la vida” llegan a “obligar” al ciudadano moderno a violar los mandamientos.

 

Voyeuristas y exhibicionistas: el dúo que compone el fenómeno

Los usos cotidianos del idioma muchas veces adolecen de falta de comprensión de los significados de las palabras. Esto ocurre con la palabra “perversión” que la más de las veces se utiliza como un calificativo de condena. Pero, ¿cuántos podrían definir qué es una perversión?

Sin abundar mayormente en los registros de la psicología clínica, podemos decir que la palabra “perversión” viene a significar una corrupción o alteración de la versión original. El prefijo “per” refuerza o aumenta la voz a la que se halla unido. Por tanto, el perverso lo que hace es alterar, subvertir lo propio y natural de una cosa para sustituirla por otra diferente.

En los casos estudiados por los psicólogos, tenemos perversiones de distintos tipos. Un fetichista, por ejemplo, lo que hace es reemplazar a otra persona por un objeto y goza de ese placer perverso. El acto sexual es reemplazado por el objeto del otro, por ejemplo, una media sucia, un zapato o una prenda interior usada.

El sádico reemplaza el acto sexual por la destrucción y dolor del otro. Goza con esa destrucción, con saber que sufre y se desespera la víctima. Su par lo encuentra en el masoquista, que gozará no de la intimidad sexual sino de sufrir y del maltrato.

Los «reality shows» viven de crear una asociación perversa del mismo tipo: voyeuristas y exhibicionistas. En el caso del voyeurismo, el perverso siente placer por introducirse en la vida privada del otro, por acabar con su privacidad, por violar su intimidad. Incluso llega a vivir por medio del otro un acto marital. Goza sabiendo que el otro sufre o puede sufrir con esa invasión.

Su par, el exhibicionista, goza de la provocación, de mostrar su intimidad a personas ajenas, de ser observado del todo. Se siente violado y violando al otro. Es un castigo para él o el simple placer de lo sucio y degradante, al modo de quien siente placer comiendo excrementos o hablando con blasfemias o palabras soeces porque goza con trasgredir lo recto y sano.

 

¿Por qué impactan tanto este tipo de programas?

Nuestra conclusión resume de alguna forma lo antes expuesto. Podríamos respondernos que impactan pese a la manera artificial en que son concebidos y lanzados al público. Y que este impacto se basa en la satisfacción que dan al público a sus vicios y malas inclinaciones.

De natural, es tremendamente aburrido y hasta desagradable observar por horas la vida de una persona, con todas sus menudeces e intrascendencias. Pero hay, en el fondo del alma de quienes observan, esa inclinación perversa – más o menos explícita o notoria- del voyeurista. Lo mismo ocurre, aunque de forma mas notoria, en los protagonistas-ratones que se encierran en esa jaula de cristal para ser vejados, humillados y rebajados, haciendo públicos sus pecados y caídas, flaquezas y errores.

La atracción no se explica, sino, en que se comporta como un pecado y por tendencias propias más o menos incentivadas por nuestras conductas, estamos inclinados al pecado.

Pero también hay un factor cultural que no dudamos en llamar anticristiano, que denunciamos someramente y sólo en cuanto coincidía con los objetivos de este trabajo. La cultura postmoderna es madre de este tipo de aberraciones y las promueve en el modo de ser, sentir y pensar de las generaciones que da a luz.

Pero si el pecado trae otros pecados, también trae frustración y muerte, como nos previenen las Sagradas Escrituras. Ese aislamiento genera un fuerte deseo de pertenencia. Las personas, como nunca, gimen y suspiran por “pertenecer a algo”. Lamentablemente la Iglesia rara vez es considerada una opción. La gente necesita sentirse parte de algún grupo humano. Sea por utilizar una marca, por seguir a un equipo deportivo, por gustar de una cantante o por observar el mismo programa televisivo.

Los desdichados sujetos que se prestan a este tipo de manipulaciones y humillaciones necesitan – a confesión propia – pertenecer a un determinado grupo, ganar un reconocimiento social. Se colige del anterior. En su forma pervertida, estarán dispuestos a someterse a cualquier tipo de “ritual de iniciación” o vejamen con tal de ser aceptados por ese grupo o y más aún por la sociedad. Como es evidente, posteriormente terminará tan adaptados que adoptarán aún a las reglas más contrarias a sí mismos.

En esto basamos nuestra protesta por la exhibición de estos programas. En las consecuencias que tiene todo programa en las categorías de espectadores actuales y en el mal mismo de estas producciones.

Huelgan los comentarios, pero no por eso queremos levantar esta reacción basándonos en acusaciones de suyo graves pero sin fundamentos aceptables para quienes tienen la desgracia de no vivir bajo la gracia y fe del Divino Redentor.

Culminamos a los pies de la Gloriosa Señora pidiéndole la gracia de proteger a nuestros hijos, familias, amigos y naciones de las desgracias que, de decaer progresivamente la humanidad como fuera anunciado en Fátima. A Ella miramos mientras decimos:

Ave maría, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén. Y luego repetiremos con esperanza que cuando todo parezca perdido, por fin Su inmaculado Corazón triunfará.

Artículo publicado en abril del 2001 en el desaparecido sitio Cristiandad.