¿Por qué el mundo odia tanto a la Iglesia?

Un grupo de jóvenes católicos forma una cadena humana de seguridad en la entrada principal de la Catedral de Rosario. Mientras rezan, son víctimas de todo tipo de abuso y provocación por parte de un grupo de feministas. Foto: Actuall.

Durante la última semana de Pascua, encontramos referencias frecuentes en las Sagradas Escrituras que nos advierten de que el mundo odiará a los Cristianos. Por ejemplo:

«Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán.”

Juan, 15, 18-20

En el mencionado versículo, la palabra “mundo” no se refiere al planeta tierra, sino más bien, al colectivo de actitudes, filosofías, economías, prioridades, poderes políticos y posturas culturales que están dispuestas y organizadas en contra de Dios y sus enseñanzas. Es una acumulación de influencia demoníaca, connivencias humanas, tendencias y preferencias. Así pues, el término “mundo” envuelve a tanto al hombre, como a los demonios, quienes ejerciendo influencia sobre los primeros, los hacen capaces de odiar.

Tristemente, son muchos los Cristianos que se esfuerzan y buscan activamente congraciarse con el mundo. Prefieren granjearse el respeto mundano y para ello frecuentemente esconden tanto su fe como los símbolos que representan a su fe. Las Escrituras también nos advierten de esto:

“¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios.”

Santiago 4

Aquellos que quieran ser verdaderos Cristianos, encontraran cada vez mayor resistencia en el mundo de parte personas hechas por y para el mundo. Viendo que aquellos cristianos no están en “comunión” con el vigente sistema de creencias, percibirán a su fe y a sus creencias, como peligros potenciales que amenazan, este, su mundo, pues con la verdad y sus virtudes, son capaces de erosionar su poder.

Consideremos algunas de las razones por las que el mundo odia a los Cristianos.

1.- El mundo nos odia pues no puede hacerse fácilmente de nuestro dinero.

“Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud.”

Hebreos, 2, 14-15

La mayoría de los esquemas de mercadotecnia explotan el miedo a la disminución, que es una versión del miedo a la muerte. Descubre aquello a lo que una persona le teme y podrás controlarla. La mayoría de la gente tiene un miedo terrible al rechazo, a verse disminuida a la vista de sus semejantes.

Muchos son atrapados fácilmente, caen en sus redes y son explotados. Este miedo a la disminución se pone de manifiesto en los siguientes ejemplos:

  • No eres lo suficientemente atractivo
  • No eres lo suficientemente delgado
  • No tienes el color de cabello correcto.
  • No manejas el carro adecuado
  • No tienes la dentadura lo suficientemente blanca.
  • No tienes un moderno y veloz teléfono móvil.
  • No vives ni en la casa correcta ni en el vecindario correcto.
  • No vistes prendas de la marca de moda.
  • Eres el hazmerreír pues no tienes dinero y tus vecinos son mucho más ricos que tu.
  • Te pierdes de la vida por todas estas desventajas.

Según el mundo, tener todas estas cosas te harán sentir menos patético, más estimado y menos disminuido en relación con tus vecinos.

Cuando una persona está obsesionada por huir de la desaprobación humana y enfocada en la aprobación divina, cuando se tiene el verdadero “temor de Dios” y no temor del hombre, el mundo se da cuenta de ello, y entiende que este tipo de personas no pueden ser fácilmente explotadas. El mundo siente esto y desarrolla una especie de desprecio y odio hacia el verdadero cristiano y hacia el cristianismo en sí mismo, porque no puede explotar tan fácilmente el miedo a la disminución.

2.- El mundo nos odia pues no podemos ser fácilmente explotados por el poder mundano para su provecho político.

“Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.”

Romanos 12: 2

El Cristiano y el mundo están enfrascados en una verdadera guerra de ideas por nuestras mentes. Una de las tácticas que emplea el mundo para ganar poder e influencia, es la de implantar ideas. Esto quiere decir que ciertos conceptos e ideologías pueden ser implantados en el pensamiento de las personas, de tal forma que estas se conviertan en la base de su mercadotecnia, políticas y poder mundano.

Las políticas de identidad, el tribalismo, la raza y agravios sumamente específicos forman cada vez más, una amplia base para el poder político y mundano; así pues las ideas se convierten en ideología.

La razón, los valores humanos y el sentido común, son cada vez más raros; mientras que por el contrario, la oposición y el miedo a través del poder organizado se vuelven más comunes. En un mercado cada vez más concurrido lleno de ideas divergentes, se insiste en un vapuleado concepto de lealtad y una mentalidad de “nosotros contra ellos”. La intimidación, tanto sutil como obvia, son el pan de todos los días.

El mundo entiende perfectamente que un verdadero Cristiano no puede ser tan fácilmente intimidado. Mientras nuestra fe crece, nuestras ideas y pensamiento se enraízan firmemente en la verdades imperecederas, obviando las visiones efímeras del mundo de hoy. Vemos el mundo bajo la luz del Evangelio y prontamente entendemos los errores del pensamiento moderno. Mientras crecemos, nuestra fe y confianza en Dios se deleitan cada vez más en las verdades que Él proclama, liberándonos así del mundo.

Afianzados de tal manera, no podemos ser engañados tan fácilmente, controlados o intimidados. El mundo y el príncipe de este mundo, están instintivamente conscientes de todo esto y odian la fe que nos permite crecer.

3.- El mundo nos odia pues nuestra moderación deja expuestos sus excesos

Esto es básicamente la suma de los dos primeros puntos. La fe Cristiana nos llama a la sobriedad y a la moderación. Somos enseñados desde pequeños que la felicidad, no se basa ni encuentra en la cantidad de cosas ni en la multiplicidad de placeres mundanos que tengamos o experimentemos. Esto por supuesto pone limites a la habilidad de los “expertos” en mercadotecnia, quienes ven frustrados sus intentos por vendernos más y más.

También limita la infiltración de filosofías políticas y mundanas que a menudo intentan incitar la insatisfacción que involucra el que otros tengan más que nosotros.

El mundo percibe correctamente que es muy difícil provocar a un verdadero Cristiano y hacerlo caer en el consumismo. Además, difícilmente se le puede enrolar en cualquier tipo  causas tengan como objetivo el ganar posesiones o poder.

Por decirlo en pocas palabras, somos un recordatorio viviente, un llamado de atención, la voz en la conciencia que denuncia y evidencia a un mundo, que ha perdido su camino.

“Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación. Se gloría de tener el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor. Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas y sus caminos son extraños. Nos tiene por bastardos, se aparta de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa la suerte final de los justos y se ufana de tener a Dios por padre. Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito. Pues si el justo es hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le visitará.» Así discurren, pero se equivocan; los ciega su maldad; no conocen los secretos de Dios, no esperan recompensa por la santidad ni creen en el premio de las almas intachables. Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen.”

Sabiduría, 2: 12,24

 

En el fondo, el mundo sabe perfectamente que las enseñanzas de la Iglesia son correctas y verdaderas. Ellas tocan algo profundo, incluso en las conciencias de los pensadores modernos. Racionalizar, resistir e ignorar la voz de Dios haciendo eco en sus corazones es trabajo verdaderamente difícil. Incluso un pequeño llamado de atención por parte de la Iglesia a través de la Escritura o enseñanzas les provoca fuertes dolores y malestar porque saben que la Iglesia está en lo correcto.

Incluso el saber que la Iglesia estará aquí predicando el Evangelio mucho después de que su experimento de “cultura sin Dios y sin verdad” haya llegado a su inevitable fin les mortifica. De hecho, en el transcurrir de la existencia de la Iglesia, imperios, unos tras otros, han aparecido y desaparecido. Naciones se han levantado y caído, múltiples herejías se han planteado y resistido… y aún estamos aquí, predicando el Evangelio.

Pero hay algo bastante misterioso con respecto al odio que tiene el mundo por Cristo y Su Iglesia. En el mundo Occidental, la mayoría de las religiones no son solamente toleradas, sino ampliamente ignoradas. Budismo, Hinduismo, todas son partícipes de la indiferencia de la élite cultural. Sólo son promovidas, luego de haber sido diseccionadas y re ensambladas como parte del constructo de La Nueva Era, la que con su aspecto “Espiritual pero no religioso” y con su “dios interior”, es constantemente presentada como versión moderna y substituta de la “anticuada” Iglesia Católica. Extrañamente, a pesar de numerosos ataques terroristas y de una ideología diametralmente opuesta al liberalismo Occidental, los Musulmanes, obtienen siempre un “pase libre”.

Ni se te ocurra mencionar al Cristianismo, ni mucho menos al Catolicismo a la gran mayoría de ellos. La reacción es frecuentemente excesiva. No es suficiente para ellos el rebajarnos, ni el disminuirnos, sino que se nos oponen abierta y activamente, incluso por medios legales, con tal de silenciar nuestras voces de la plaza pública. La oración tiene que desaparecer. Navidad tiene que llamarse “felices fiestas”, los Pesebres están prohibidos. Incluso los colores rojo y verde han sido prohibidos en las escuelas durante la época navideña. El Viernes Santo es motivo de viajes y vacaciones. Mientras tanto, el Ramadán y el Rosh Hashana son llamados por sus nombres. Uno puede expresar cualquier opinión, pero cuidate de que esta sea dada desde una perspectiva religiosa. Uno no puede oponerse a la industria del aborto, al matrimonio del mismo sexo y otras causas LGBT de manera honesta y sincera sin ser inmediatamente etiquetado de “anticuado”, “cavernario” o peor aún, de “peligroso fanático” que intenta imponer sus ideas sobre otros.

La profundidad del miedo, la ira y el odio es misteriosa. Si somos tan “irrelevantes” para el mundo, ¿por qué es necesario oponerse a nosotros tan ferozmente? ¿Realmente tenemos la capacidad de imponer nuestros puntos de vista? ¿Por qué se dice que “imponemos” nuestros puntos de vista cuando simplemente los expresamos, mientras que otros son libres de mantener y expresar sus puntos de vista sin reacciones violentas?

La ira, el miedo y el odio son a la vez obsesivos y excesivos. Están más allá de la oposición racional.

En última instancia, el misterio no es tan profundo como para desafiar la explicación. Hay evidencia en el comportamiento de las élites culturales y líderes mundanos de que Jesús y el Cristianismo (especialmente la parte católica) son el enemigo público número uno.
Satanás ciertamente tiene un gran miedo a Jesús. Como el “príncipe de este mundo”, él transmite su miedo al mundo. Por lo tanto, a pesar de nuestros muchos compromisos con la modernidad, el catolicismo sigue siendo el oponente más firme a los puntos de vista de la mayoría de las élites culturales. Nuestras doctrinas son obstinadas, incluso para algunos dentro de la Iglesia a quienes les gustaría cambiarlos.

La Roca de Pedro, cualesquiera que sean las limitaciones humanas de los Papas en la historia, ha acumulado gran cantidad de inercia por el diseño y la gracia del Señor. Por la propia promesa de Dios, las puertas del Infierno (una imagen de poder) se estrellan contra la Roca pero no pueden prevalecer.

El odio hacia la Iglesia Católica no es realmente misterioso después de todo. El odio especial por Cristo y su Iglesia, es la gran evidencia de que Él es el verdadero Salvador y Señor y que la nuestra, la Iglesia Católica, es la verdadera Iglesia. Por ello, Satanás no puede mantener una “cara de póquer” frente a la presencia de Cristo y de Su Novia, la Iglesia. Sabe que le queda poco tiempo y está nerviosamente furioso, e inspira a todas sus estructuras mundanas, filosofías e individuos contra Él.

Entonces el dragón se enfureció contra la mujer, y salió para hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús.

Apocalipsis 12: 17

 

Fuentes

Publicado originalmente en http://blog.adw.org/2018/05/odium-mundi/ y su autor original es Monseñor Charles Pope. Traducido y adaptado por Proyecto Emaús.

2 Respuestas

  1. Carlos Pardo dice:

    100% de acuerdo. Creo que ese tipo de lecturas nos vuelven a asentar en nuestra idea de dejar de ser habitantes de este mundo y pensar en el mundo venidero junto a Jesucristo. Oremos por aquellas personas que no logran ver el mundo con los ojos de nuestro Redentor.

    • Proyecto Emaus dice:

      Gracias por participar Carlos. Precisamente de eso se trata, el hombre necesita tomar consciencia de su temporalidad. Esto es cada vez más difícil dentro de un mundo lleno de tantas distracciones. Un fuerte abrazo en Cristo.

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