«Por eso el mundo os odia»


Las persecuciones anticristianas se han renovado con el vigor de los primeros tiempos. No todas son cruentas, pero sí mantienen en común su antipatía por todo lo que signifique cristiano o recuerde a Su Iglesia. Repasando la historia de la Santa Iglesia, la comunidad más perseguida de todos los tiempos, reconocemos los signos de su autenticidad y veracidad a la par de que comprendemos el por qué de las persecuciones anticristianas

¿Cuál es la comunidad humana más perseguida de la historia?

Probablemente más de alguna trágica historia pasará por la mente del lector. Crímenes contra razas o contra pueblos enteros, genocidios contra naciones, persecuciones contra sectas. Pero probablemente se equivoca.

No existe agrupación alguna más perseguida, calumniada y martirizada que la Iglesia Católica. Sus mártires suman decenas de millones. Contra Ella se han lanzado las campañas de terror y exterminio más feroces. Dictadores, tiranos y déspotas de toda especie han jurado exterminarla y la muerte les ha encontrado en su intento. Por veinte siglos heresiarcas y sectarios han blasfemado contra Ella y han conjurado para obtener su destrucción.

Por dos milenios, el glorioso nombre de cristianos nos ha valido el odio del mundo. ¿Cómo explicar esta persistencia y continuidad contra hombres y mujeres que llevan por imperio la caridad y el amor al prójimo? ¿Cómo comprender el odio hacia la única institución humana que no ha hecho más que aportar verdadera civilización y auténtico progreso a los pueblos? Resultaría imposible resumir en estas líneas toda la deuda que las naciones mantienen con la Esposa de Cristo.

¿Por qué somos perseguidos?

La oposición entre el mundo y Cristo es flagrante. Si Satanás es príncipe de este mundo, no es difícil comprender el rencor y la perseverante celada contra la Esposa de Cristo. Es el mismo libro de Proverbios que responde: “El que va por camino recto y teme a Dios es despreciado por el que anda en malos pasos” (Prov. 14, 2)

Y el mismo Redentor nos lo anticipa:

“Si el mundo os odia, sabed que a mi me ha odiado antes que a vosotros. Si del mundo fuerais, el mundo amaría lo suyo; mas, porque no sois de este mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia.

Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán.”

– Jn. 15, 20

Por causa de esto los hombres de la Iglesia siempre han contado con este valioso ‘termómetro’ externo respecto a Su fidelidad a Dios: el odio de los malos y la amistad de los buenos. La Iglesia no busca apaciguar el odio de los malos cediendo, sino que prefiere la muerte antes que conceder una coma al mal. He aquí el testimonio del multitudinario ejército de mártires y de confesores que prestaron heroica resistencia ante los atrevimientos del mal y sus exigencias de claudicaciones y consensos.

Por esto es que en el cristiano se cumple la profecía sobre Su Señor: ser blanco de contradicciones. Y así será durante toda nuestra vida. Así fue antes y así será hasta la consumación de los siglos. La Sabiduría Encarnada fue el primer blanco de contradicciones y Sus hijos le suceden. Conservando la perfecta jerarquía de la Creación, Él nos dice que: “El siervo no es más que su señor” (Jn. 15, 20).

Por veinte siglos Sus hijos han sido puestos en el crisol para ver si les halla dignos de sí (Sap. 3, 5) Y en cada generación son apartados los infieles de quienes combatieron el buen combate, del que nos habla San Pablo. Los cristianos somos odiados porque Cristo fue odiado: “Vendréis a ser odiados a causa de mi nombre” (Mt. 10, 22)

Los primeros tiempos

Obedeciendo el divino mandato de recorrer toda la tierra y predicar el evangelio, los santos apóstoles, los discípulos del Señor y los nuevos conversos comenzaron a recorrer la tierra llevando la verdad para que aquellos que creyeran en ella se salvaran y tuviesen vida eterna.

Su santidad radiante y la ejemplaridad de sus costumbres resultaron irresistibles argumentos a favor de la autenticidad de la religión que profesaban. Las conversiones se multiplicaban y las comunidades cristianas se convirtieron en poco tiempo en oasis de paz y serena prosperidad.

Esto indignó a muchos. Pronto los intereses y recelos hicieron causa común entre el Imperio Romano y el pueblo que había rechazado al Mesías prometido. Junto con ellos sacerdotes y hechiceros, cultores de falsas religiones, unieron su furia para dar caza a los cristianos. La primera ola de encono infernal se levantaba. Desde entonces y hasta el milagroso triunfo de una religión perseguida, difamada y proscrita, no cesaron los martirios ni las injusticias.

Ya a dos o tres generaciones de cristianos, en plena persecución, el historiador romano Tácito escribía: “[a los cristianos] No se les puede imputar crimen alguno sino el ser odiados de todo el mundo”. Las palabras de Tácito son la conclusión de un pagano que contemplaba la profecía del Apóstol de gentiles: “Todos los que quieran vivir piadosamente en Jesucristo, serán perseguidos” (2 Tim. 3, 12).

Comentar todas las persecuciones, verdaderos y auténticos holocaustos, a lo largo de la historia seria una tarea que excede en mucho el espacio de esta tarea. Entonces como ahora y siempre seguirán vigentes las palabras de Tertuliano: “Se nos somete a tortura cuando proclamamos nuestra fe, se nos condena a muerte si perseveramos, y se nos absuelve inmediatamente si renunciamos al título de cristianos”.

En este preciso momento, mientras usted lee estas líneas, en el mundo entero, de manera manifiesta o asolapada, hay millones de cristianos perseguidos y silenciados, cuando no acallados en prisión o torturados si es que no confinados al clamoroso silencio de quienes fueron muertos para callar su fe.

Por esto la lúcida reflexión del papa San Pío X, quien comentaba que a las cuatro notas que demuestran la veracidad y autenticidad de la Iglesia, que son ser una, santa, católica y apostólica, habría que agregar “perseguida”, porque así será hasta el fin de los tiempos. Perseguida siempre, pero nunca destruida.

Las persecuciones vistas por los Santos Padres de la Iglesia

Testigos presenciales del drama de la lucha entre el bien y el mal, los Santos Padres dejaron testimonio de su fe y visión del problema. Recordemos las principales:

San Agustín: Siempre han perseguido los malos a los buenos (Ep. 50 ad Bonifac.) Hasta el fin del mundo habrá quienes nos injurien (sup. Ps. 24 in fine) La Iglesia católica difundida ampliamente por todo el orbe, frustrando los ataques de los adversarios en los tiempos antiguos, se ha fortalecido más y más, no resistiendo, sino sufriendo (De ag. Christ. 12).

Orígenes: La persecución ha sido siempre la suerte de los cristianos… En ciertas épocas encuentran los cristianos más persecuciones y odio: en las épocas de calamidades públicas. Entonces los que sufren… suelen acusar a los cristianos como si fueran la causa de tantos males (tr. 27 in Mt.).

San Ambrosio: No hay dardo que pueda dañar al justo, guiado por la luz de Dios (de Nabuth.c.16).

San León I: Nunca faltará persecución mientras haya piedad (s.9 Quad.).

San Gregorio Magno: De dos maneras se ataca a los buenos: diciendo que enseñan cosas malas, o afirmando que no cumplen lo que dicen (Moral d, 12) Corazón de fiera tiene el hombre para los servidores de Dios; las fieras, en cambio, lo tienen humano (Lib. 3 dialogi.c.11).

Tertuliano: En toda desgracia pública, en todo malestar se dice que los cristianos tienen la culpa. Si las aguas del Tíber suben hasta desbordarse, si las aguas del Nilo no suben a bañar la tierra, si no hay lluvia, si hay terremoto, si se sufre hambre, o alguna epidemia, enseguida se clama: los cristianos a las fieras (Apología, 40) Crucificadnos, atormentadnos, condenadnos, pisoteadnos… Todas las veces que nos cortéis como mies, aumentaremos en número: la sangre de los mártires es semilla de cristianos (Apología, 50).

San Juan Crisóstomo: La persecución de los gentiles y herejes es el rastrillo en manos del Señor (In Mt. h. 3).

Las persecuciones protestantes

Ya hemos tratado las sangrientas persecuciones iniciadas por los protestantes contra las poblaciones católicas donde fuese que triunfaba la causa de rebelión. Lutero incitaba a matar católicos y a expropiar sus tierras y bienes. La codicia, alimentada por la soberbia que da origen al protestantismo, halaga a los poderosos hasta llevarlos a apostar de la fe con tal de vivir con tranquilidad de conciencia sus antiguos y nuevos pecados y crímenes.

Éste fue el caso de Enrique VIII de Inglaterra, quien después de haber prestado grandes servicios a la Iglesia – hasta serle conferido por el Papa el título de “Defensor de la fe” que hasta hoy usan los reyes ingleses – se volvió en contra de Ella con tal de satisfacer sus bajas pasiones. El papa Clemente VIII, fiel a Jesucristo en sus palabras “Lo que una Dios en la tierra, no pueden desunirlo los hombres”, se había negado a anular el matrimonio, de diecisiete años, de Enrique VIII con Catalina de Aragón para permitirle casarse con su amante Ana Bolena.

El rey aceptó las ideas de los rebeldes alemanes y se autoproclamó cabeza de la iglesia en Inglaterra. A partir de entonces dio inicio a una cruel y sanguinaria persecución a los fieles católicos que vivían en el reino y que repudiaban su pecado y apostasía. Los cálculos más moderados estiman que la cifra supera los setenta y dos mil mártires, entre ellos veinte obispos y seiscientos sacerdotes y religiosos.

Una vez cansado de su concubina, ordenó decapitar a Ana Bolena. Así contrajo seis uniones sacrílegas. A medida que pasaban los años se volvió más odioso y terrible, destacando por su atrocidad y maldad. Su hija Isabel I emuló al padre en maldad y barbarie.

Cuando Enrique VIII se enteró de la negativa del Papa a violar el divino mandamiento, hizo llamar a dos religiosos y les dijo: “Si no os declaráis partidarios de la Reforma [rebelión protestante], os haré arrojar al río Támesis”. A lo que los dos santos varones respondieron: “Nosotros sólo deseamos ir al cielo, y lo mismo nos da llegar allí por tierra que por mar”. ¡Ese es el edificante ejemplo de los cristianos perseguidos!

Así reaccionaron los católicos fieles a Roma. Con ese amor de Dios que caracteriza a la Iglesia verdadera, segura de su veracidad y autenticidad. El Cardenal Roffense también fue llevado al martirio por este mal rey. El purpurado era ya anciano y se apoyaba en un bastón porque caminaba con dificultad. Pero al contemplar el patíbulo arrojó el bastón y empezó a caminar con paso ligero y seguro, exclamando: “¡Adelante, pies míos! Andad que ya os falta poco para llegar a la Patria del descanso”.

Y el Cardenal San Juan Fischer, igualmente anciano y débil, se encontraba sufriendo la cárcel y se preparaba a la muerte por negarse a firmar el decreto que autorizaba el divorcio. Extenuado y debilitado por los sufrimientos, nada más vio el patíbulo arrojó el bastón y corrió – igual que su hermano de martirio – exclamando: “¡Andad, pies míos, que estamos muy poco distantes del paraíso”

El Gran Canciller de Inglaterra y político notable, Santo Tomás Moro también fue martirizado por orden de Enrique VIII. El santo había preferido ser fiel a los mandamientos que renegar del Evangelio aprobando el divorcio. Cuando caminaba al patíbulo, se acercó al verdugo y abrazándole le dijo, sonriente: “¡Amigo, tu me abres la puerta del cielo!”

Como estas, las persecuciones protestantes dieron a la Iglesia miles de mártires. Donde fuera que triunfaba la causa rebelde, allí se perseguía y daba muerte a los católicos. La Europa donde gobernaba la Reforma, como Alemania, Suiza u Holanda, se ahogaba en sangre cristiana.

Desde la pseudo-reforma hasta el siglo XIX

Desde entonces y hasta el siglo XX las persecuciones no cesaron. Paralelamente a los martirios a manos de los protestantes en Europa, el 5 de febrero de 1567 abre una nueva página de martirios. En Japón rinden su vida al odio religioso los primeros 26 mártires de una larga lista que suma miles de católicos asesinados a causa de su fe.

Litografía de 1862 en el libro «Vidas de los mártires del Japón …» Fuente: Wikipedia

Estos primeros mártires ya iluminan los altares. Obedeciendo primero a la oposición entre las supersticiones locales y la santa religión, y luego por las odiosas instigaciones de los comerciantes protestantes, los 300.000 católicos que había en la isla fueron perseguidos, torturados y despojados. En 1624 tres mil fieles son asesinados o muertos en cautiverio. A causa de las intrigas y sugerencias protestantes, las persecuciones recrudecen. Son miles los nuevos mártires.

El odio protestante hacia la Iglesia no descansaba. En América se vendría a dar uno de los crímenes más atroces y silenciados de la historia. En Norteamérica, entre Canadá y Estados Unidos existió una nación católica que fue masacrada, separadas sus familias y borrada del mapa a punta de fuego y de las armas.

Cuarenta años antes de la infame Revolución Francesa los protestantes ingleses se dieron a la satánica tarea de borrar de la faz de la tierra a una nación que contaba con la bandera tricolor francesa con una estrella dorada e el centro y como himno nacional el Ave Maris Stella. Su fiesta nacional era el 15 de agosto, Asunción de la Santísima Virgen.

En 1755 gobernador anglicano Lawrence ordenó deportar a las familias de Acadia, separándolas en barcos y disgregándolas con un plan perverso. Se les envió por separado por las Trece Colonias, se les deportó a Francia o se les llevó cautivos a Inglaterra. Sus casas, granjas e iglesias fueron devoradas por el fuego. El triste suceso fue conocido como Gran Dérangement (Gran Desorden).

Para el Tratado de París de 1763 los ingleses se apoderaron del resto del Canadá francés. Las generaciones posteriores se encuentras dispersas por los que fueron dominios franceses o norteamericanos. El mundo moderno ignora hasta de su existencia y ya no figura más en los mapas. Como en otras persecuciones, la impunidad humana triunfó temporalmente sobre la Justicia.

Pocos años después la aborrecible Revolución Francesa dejó a su paso, no sólo un puñado de ideales repudiables y perniciosos, sino que sembró de sangre cristiana el suelo de la nación que fuera Hija Primogénita de la Iglesia. Los revolucionarios, ebrios de ira y furor anticatólico, se entregaron a la matanza y destrucción de todo signo de fe o superioridad. Entre las llamas revolucionarias desaparecieron, además de irrecuperables monumentos artísticos, iglesias, conventos y monasterios.

Los revolucionarios juraban “ahorcar al último noble con las tripas del ultimo religioso”. Y eso procuraron, creando sádicas formas de muerte para las víctimas. Pero los martirizados no fueron sólo religiosos y nobles, sino también el pueblo sencillo que se negaba a abandonar su fe para adorar a la ‘diosa Razón’.

En las zonas rurales de la Vendèe y de Chouen, fueron masacrados un millón de campesinos. El general a cargo del genocidio reportó a París haber dejado a su paso “pirámides de cadáveres de ancianos, mujeres y niños, a uno y otro lado del camino (…) a las embarazadas las destripamos con las patas de nuestros caballos para que no puedan parir más contrarrevolucionarios (…) así hicimos también con los bebés de los reaccionarios”

La guillotina. Emblemático «instrumento» de la Revolución Francesa.

Antes de julio de 1798 y después, las sociedades secretas habían procurado destruir, desprestigiar y perseguir a la Iglesia desterrándola del mundo de los vivos. En América se perseguía abierta y encubiertamente a la Iglesia, procurando incluso la expulsión de órdenes religiosas como la Compañía de Jesús.

La Europa cristiana del 1800 padeció la tiranía napoleónica, la persecución incruenta de la Ilustración y las revoluciones independentistas generalmente acompañadas de un espíritu anticatólico. Súmanse a esto las cacerías abiertas dirigidas abierta y secretamente por la masonería, dondequiera que ésta secta se encontrase activa. Por ello la Iglesia sufrirá contradicciones en cada continente.

En México las leyes jacobinas de 1858 – 1862 agreden violentamente a la Iglesia. Mientras, en Ecuador, la masonería levanta su insolencia y maldad hasta llevar al martirio a los cristianos. Víctima del odio, cae el presidente mártir Gabriel García Moreno. En 1871 es asesinado a tiros por oponerse a las tentativas liberales y por defender los derechos católicos, especialmente los del Santo Padre. Al momento de morir, lanzó un heroico grito a sus enemigos: «Los enemigos de Dios y de Su Iglesia pueden matarme, pero Dios no muere».

Al escuchar del martirio del presidente ecuatoriano, S.S. Pió IX ofició una Misa Solemne de Réquiem en la iglesia de Santa María en Trastevere. Luego ordenó erigir un monumento al mártir en el Colegio Pio-Latino con la leyenda: «Religionis integerrimus custos / Auctor studiorum optimorum / Obsequentissimus in Petri sedem / Justitiae cultor; scelerum vindex.»

Siglo XX: el más sangriento de la historia de la Iglesia

El siglo XX, con sus falsas promesa de paz y prosperidad, fue el más cruel y despiadado con la Iglesia. En este período encontraremos más persecuciones que antes. La oposición a la Iglesia es abierto y continúa con los permanentes hostigamientos contra Ella.

A principios de siglo las misiones en China sufren una violenta persecución. Era la insurrección de los ‘Boxers’, acompañada por la ‘Asociación Puños Unidos’. Así comenzaba una historia marcada por la sangre y el dolor. El 10 de julio de 1900 un edicto imperial fomentó y provocó las matanzas de cristianos. En Filipinas una secta cismática comandada por Gregorio Aglipay inicia una cruenta matanza de católicos.

Occidente ve ensangrentarse la ciudad de Valencia, cuando en 1904 se producen los primeros martirios occidentales. Veinte años después, en 1924 Brasil sufre una cruenta persecución anticatólica. En Tanzania son asesinados algunos misioneros

En España, los primeros mártires del siglo, en 1904, en Valencia, fueron dos jóvenes laicos durante una manifestación religiosa. En Brasil, en 1924, una revolución anticlerical originó persecuciones contra la Iglesia. En Tanzania fueron asesinados algunos misioneros.

México: el odio a Cristo y la epopeya cristera

En 1910, el pueblo católico de México ya comenzaba a recibir la palma del martirio. La revolución socialista y abiertamente anticristiana comenzó una larga serie de abusos y crímenes contra la Iglesia. Apenas 4 años después la violencia anticatólica alcanzaba notas satánicas. Si bien el furor comenzó después de la Revolución de 1911, es después de 1917 y los años ’40 que recrudece la maldad.

Entre 1914 y 1915 los obispos son encarcelados o expulsados. Los sacerdotes son prendidos y sepultados en cautiverio. Las monjas son arrojadas fuera de sus conventos y monasterios, que son clausurados. Las propiedades de la Iglesia fueron confiscadas. La Constitución de 1917 (modificada hace un par de años) promovió, legalizó y radicalizó el furor anticristiano.

Los llamados «Cristeros» se levantaron en defensa de la Iglesia. Fair Use.

Surge entonces una de las reacciones más bellas del siglo. 200.000 valientes hombres se forman bajo las banderas del Sagrado Corazón, y toman las armas para resistir al gobierno liberal. A su lado marchan las llamadas «Brigadas Bonitas», compuestas por mujeres que asumieron los trabajos sanitarios, administrativos y de comunicación.

Así se inicia una resistencia que duró entre 1926 y 1929. El creciente apoyo popular a la causa católica – la religión aplastantemente mayoritaria – obligó al gobierno a cambiar de estrategia. La causa cristera sufre un serio revés: la Santa Sede ordena deponer las armas. El martirio de miles de católicos, hombres, mujeres y niños de toda condición social, marcó a fuego la tierra mexicana.

El gobierno anti cristiano había encontrado mayor oposición, curiosamente, en la zona central, donde la mayoría se componía de descendientes de los aztecas conversos. Por el contrario, el apoyo a la causa revolucionaria provenía de la zona norte, donde la expulsión de los jesuitas había dejado un grave vacío espiritual. Y de esto se aprovecharon las ideas revolucionarias para captar secuaces.

Leamos el informe del presidente mexicano Emilio Portes Gil el 27 de julio de 1929, cuando se firmaban los Acuerdos impuestos para la población mexicana:

Venerables hermanos: Mientras el clero fue rebelde a las instituciones y leyes del gobierno de la República, estuve en el deber de combatirlo como se hiciese necesario… ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado y ha declarado sin tapujos que se somete estrictamente a las leyes… La lucha no se inicia, la lucha es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. De suerte, pues, que no hay que espantarse: lo que debemos hacer es estar en nuestro nuevo puesto, no caer en el vicio en que cayeron los gobiernos anteriores… que tolerancia tras tolerancia, y contemplación tras contemplación, los condujo a la anulación absoluta de nuestra legislación. Lo que hay que hacer, pues es estar vigilantes. Los gobernantes y los funcionarios públicos, celosos de cumplir la ley y de hacer que se cumpla. Y mientras esté yo en el gobierno, ante la Masonería yo protesto que seré celoso de que las leyes de México, las leyes constitucionales que garantizan plenamente la conciencia libre, pero que someten a los ministros de las religiones a un régimen determinado; yo protesto, digo, ante la Masonería que mientras yo esté en el gobierno se cumplirá estrictamente con la legislación.

Cuando la canonización de los mártires cristeros en 1999, la agencia católica ACI recogía la indignación del Gran Maestre de la Gran Logia Masónica de Veracruz. Jorge Gaviño Ambriz se opuso a la elevación a los altares de las víctimas martirizadas por su «venerable hermano» y presidente de México de entonces, Plutarco Elias Calle en una epopeya que costó 70.000 vidas. El Gran Maestre aseguró – dolámonos – que entró en un proceso para bloquear las canonizaciones y que para ello ha tomado contacto con los sectores partidarios de la Teología de la Liberación. «Queremos quitar máscaras y para ello acudiremos al apoyo del clero progresista, afirmó Gaviño.» Pese a la renovación de su espíritu anticatólico, la masonería no pudo callar el heroico grito cristero lanzado al momento de morir «¡Viva Cristo Rey!»

 

España: La Segunda República

Al declararse la Segunda República, España se sumerge en el martirio. El odio comunista se lanza contra el pueblo y clero español. Los mártires civiles se cuentan por cerca de 300.000 mil. En cuanto a los religiosos, 13 obispos, 4.184 sacerdotes del clero secular, 2.365 religiosos, 300 religiosas, por un total de 6.861 personas consagradas.

La persecución era abierta y descarada: odiar a Dios y destruir a Su Iglesia. S.S. Pío XI dice en su Encíclica «Divini Redemptoris» de 1937:

«En nuestra queridísima España, el azote comunista… no se ha contentado con derribar alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que, cuando les fue posible, destruyó todas las iglesias, todos los conventos y toda huella de religión cristiana, por más ligada que estuviera a los más insignes monumentos del arte y de la ciencia»

«El furor comunista no se ha limitado a matar obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de modo especial a aquellos y aquellas que precisamente trabajan con mayor celo con pobres y enfermos, sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase y condición, que diariamente puede decirse, son asesinados en masa por el mero hecho de ser buenos cristianos o tan solo contrarios al ateismo comunista. Y con una destrucción tan espantosa la lleva a cabo con odio, una barbarie y una ferocidad que se hubiera creído posible en nuestro siglo»

El episcopado español evaluaba en términos semejantes:

«Para la eliminación de personas destacadas que se consideraban enemigas de la revolución se habían tomado previamente «listas negras». En algunas, y en primer lugar, figuraba el obispo. De los sacerdotes, decía un jefe comunista, ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: ‘Tenemos orden de quitar toda su semilla'»

«Prueba elocuentísima de que la destrucción de templos y la matanza de los sacerdotes, en forma totalitaria, fue cosa predeterminada, es su número espantoso. Aunque son prematuras las cifras, contamos con unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por ciento en las diócesis devastadas (en algunas llega al 80 por 100) sumarán, sólo del clero secular, unos 6.000. Se les cazó como perros, se les persiguió a través de los montes; fueron buscados con afán en todo escondrijo. Se les mató sin juicio las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio social».

Sólo en Madrid, y durante los primeros tres meses de República, más de 22.000 civiles. Por caridad y pudor no recordaremos los múltiples vejámenes a los que sometieron a las personas consagradas, particularmente a las religiosas. baste citar, de esta revolución antiespañola y anticristiana, lo que se citaba en la época: «se han profanado tumbas y cementerios…»

El tristemente recordado ministro Galarza se vio forzado a reconocer ante la prensa que en Madrid habían sido ejecutadas – ilegalmente – más de 20.000 personas, entre las cuales 5.000 no habían sido identificadas.

El Comunismo soviético: la impunidad del segundo mayor genocidio de la historia

Como se había anunciado en Fátima, pronto Rusia comenzó a expandir sus errores por el mundo. A partir de la década de los ’20, Lev Davidovich Bronstein (Trostsky) y Vladimir Ulianov (Lenin) comenzaron a trabajar en la campaña de exterminio y terror que diera a luz a la Unión de Repúblicas Soviéticas. Junto al gran arquitecto del terror, Lazar Moiseyevich Kaganovich, entregaron a Josef Vissarionovich Dzhugashvili (Stalin) un plan de genocidio masivo como aparato de manipulación y sometimiento.

Bajo sus ordenes fueron masacradas 40 millones de personas: el segundo crimen contra la humanidad más numeroso de la historia. Con los dirigentes de la Iglesia cismática ortodoxa como agentes de la KGB, pronto los católicos fueron perseguidos por partida doble. De las naciones del Báltico, la heroica Lituania permaneció fiel a la fe, pese a las órdenes de exterminio masivo.

Mons. André Sheptyskyj, Arzobispo de Lvov y Patriarca de Halich, líder de la Iglesia Católica en Ucrania durante las persecuciones de Lenin y Stalin fue quien mejor conoció a Kaganovsky. A principios de la II Guerra Mundial, él escribió a la Santa Sede:

«Este régimen sólo se puede explicar como un caso de posesión diabólica colectiva».

Y pidió al Papa que sugiriese a todos los sacerdotes y religiosos del mundo que «exorcizasen a la Rusia soviética» (P. Alfredo Sáenz S.J., De la Rusia de Vladimir al hombre nuevo soviético, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1989, pp. 438-439. ) Mons. Sheptyskyj falleció en 1944. Su proceso de beatificación está en marcha.

En algunos países invadidos por los rusos, la maldad llegó a perversidad. En la prisión rumana de Pitesti los seminaristas eran «bautizados» todos los días, derramándoles en la cabeza baldes llenos de orina y excrementos, mientras era rezada la fórmula bautismal. Los seminaristas debían oficiar «misas negras», especialmente en Semana Santa. El «texto litúrgico» era «pornográfico y parafraseaba de forma demoníaca el original».

La persecución se volvió encarnizada contra el clero católico. Un Obispo greco-católico escribió este testimonio conmovedor:

«Durante largos años, soportamos, en nombre de San Pedro, la tortura, los golpes, el hambre, el frío, la confiscación de todos nuestros bienes, el escarnio y el desprecio. Besábamos los grilletes, las cadenas y los barrotes de hierro de nuestras celdas como si fuesen objetos de culto, sagrados; y nuestras vestimentas de prisioneros eran nuestros hábitos de religiosos. Nosotros habíamos escogido cargar la Cruz, a pesar de que nos proponían sin cesar una vida fácil a cambio de la renuncia a Roma. …. Hoy, a pesar de todas las víctimas, nuestra Iglesia posee el mismo número de Obispos que había en la época en que Stalin y el Patriarca Ortodoxo Justiniano triunfalmente la declararon muerta»

La República Roja China, autora del mayor genocidio, permanece sin castigo

Dijimos que el socialismo ruso es culpable de la muerte de al menos 40 millones de personas. Eso la convierte en el segundo genocidio más grande de la historia. El primero es obra de la revolución comunista china. Por lo bajo y hasta fin de siglo, la dictadura socialista es culpable de haber asesinado al menos a 60 millones de personas. Por lo menos diez veces más que la cifra atribuida al régimen nacionalsocialista.

Este régimen de terror, que pretendió cambiar las bases mismas de la cultura y el pensamiento. Como estado policial, gobierna valiéndose del terror y de la violencia. Más de 12 millones de católicos sufren, en este preciso instante, una de las formas más despiadadas de persecución. Sus pastores son permanentemente detenidos, encarcelados, torturados y asesinados a causa de su fe y fidelidad a la Iglesia.

Como siniestra mofa, el gobierno ateo ha impuesto una parodia de la verdadera Iglesia. Así, para ser aceptados y no perseguidos, imponen a los católicos romper con la fidelidad a Roma y a su enseñanza. La alternativa muchas veces es la muerte. El reciente martirio de Mons. Matías Pei, muerto en prisión, fue un clamoroso llamamiento de conciencia a los mil millones de católicos que nada hicieron por procurar activamente la libertad de sus hermanos de fe.

Cuba, vergüenza del mundo libre: no podemos olvidar a sus mártires

Desde el golpe de estado por el grupo de guerrilleros comunistas en 1956, la que fuera Perla de las Antillas conoce la vergüenza, esclavitud y miseria socialista. El tirano que la gobierna, manchado de la sangre de miles de víctimas, asiste como vedette a las principales reuniones del mundo libre. Allí le reciben los presidentes de las naciones democráticas. nadie pregunta, nadie cuestiona, nadie critica… ni condena. Al parecer para Castro y sus esbirros la impunidad es posible. Cuenta con la complicidad abierta de los hasta hace poco agonizantes movimientos comunistas internacionales y la cooperación de millones de lo que Lenin llamaba «tontos útiles».

No menos heroicos o valiosos que los de México o España, los hombres y mujeres perseguidos, encarcelados y luego fusilados por odio a su fe, merecen ser recordados. Al grito de «¡Viva Cristo Rey!» sus vidas terrenas fueron apagadas por el odio del socialismo ateo. Hoy mismo los fieles sufren constante hostigamiento e insufribles privaciones a la libertad de practicar y predicar su religión.

El estado actual de las persecuciones: recrudecimiento e indiferencia mundial

La Agencia Fides, que depende del Dicterio vaticano de Propaganda Fidei, afirma: «En el mundo de hoy hay más de 200 millones de cristianos perseguidos y más de 400 millones discriminados por causa de su fe. Los responsables por eso son 70 Estados en los cuales impera un régimen ateo (China, Vietnam, Cuba, Laos, Corea del Norte), o un creciente fundamentalismo (Sudán, Paquistán, Egipto, India, indonesia, Arabia Saudita…)» (editorial de 18/25/12/98)

Caroline Cox, una ciudadana inglesa empeñada en la liberación de los esclavos cristianos subyugados por los fundamentalistas musulmanes, especialmente en Sudán, presenta la siguiente cuestión: «Cuando una parte del Cuerpo de Cristo sufren todo el cuerpo sufre. Por eso, gustaría preguntar a todos los hermanos que están viviendo en la paz y la tranquilidad… : ¿cuánto hacen por los hermanos perseguidos?» (Fides, 8-1-99)

En Asia permanecen las persecuciones: en China (desde 1933 hasta hoy), Corea del Norte (desde 1949 hasta hoy), India (1949/1995 y desde 1999 hasta hoy), Indonesia (1944-45, y hasta hoy en Timor), Tailandia (años 30 y 40).

En Oceanía, los hechos más graves acaecieron en Nueva Guinea en los años 1942-43.

En los países árabes no ha cambiado las hostilidades, sino más bien se han agravado en maldad y crudeza. A los martirios en Irak (1915-18) y el Líbano (1975-80), debeos agregar las persecuciones realizadas en todo el mundo islámico, sobre todo en Arabia Saudí, Argelia y el Sudán, donde importantes sectores de la población son católicos, por lo que son esclavizados, torturados y asesinados con la recurrente impunidad que pareciera caracterizar a tantas persecuciones.

¿Por qué permite Dios las contradicciones?

Hay dos circunstancias en la vida que revelan el corazón de las personas: la ocasión de obrar en secreto y el momento de las pruebas. Muchos se han acostumbrados a la impunidad humana que no conoce la maldad de su interior por juzgar la aparente bondad de sus obras. Esta clase de hipocresía queda al descubierto no en épocas de prosperidad y seguridad para la Iglesia, sino precisamente bajo el prueba purificadora del dolor. Es en esos momentos cuando blasfeman, ceden y traicionan su fe. Los buenos perseveran, sometiéndose, reaccionando y ejerciendo la caridad y la justicia. Con el decir de San Agustín «en el crisol se purifica el oro y se quema la paja» (In Ps. 62).

Para quienes sólo ven a carne, baste lo dicho para demostrar la permanente persecución y el combate encarnizado que el mal hace al bien, sin poder vencerle pese a haber contado con todas las formas de poder y de exterminio posible.

Pero para quienes pueden ver un poco más lejos, la constatación de que las persecuciones no sólo pueden ser carnales sino también espirituales, este breve examen demuestra con mucho más elocuencia la verdad de Cristo. Hoy en día es la persecución psicológica la que más daño causa y ocasiona más deserciones. Hoy se nos persigue en todos los ambientes. En la educación, en el trabajo, en el arte, en la ciencia, en la intimidad familiar no se nos permite expresarnos con toda la fuerza de la verdad cristiana. Se nos impone la censura más feroz, se nos persigue si contrariamos sus dogmas perniciosos. Se nos quiere acallar por la fuerza.

Aquí suenan fuerte, ante quienes prefieren formas de agraciarse con el mal, de volverse simpáticos y atenuar su furia, las palabras de Tertuliano: «Se nos somete a tortura cuando proclamamos nuestra fe, se nos condena a muerte, si perseveramos, y se nos absuelve inmediatamente si renunciamos al título de cristianos»

Por eso el deber de resistencia y de coraje, iluminado por la fe inconmovible en el Divino Salvador, nos hace recordar con especial afecto el reconocimiento que el Cardenal Piazza dijera a Monseñor Mindzenty, mártir del comunismo en su fase más despiadada: la desintegración de la personalidad por medio de torturas psicológicas y morales indecibles. Ante este gigante de la Iglesia, el Cardenal afirma: «Yo me inclino ante el maestro y campeón invicto de la fe, ante esa púrpura sin mancha, que en la misma cárcel brilla con aliento de heroísmo y como señal de victoria»

Cerramos nuestras palabras dirigiendo nuestra mirada a la Roma Eterna. En en esta sagrada tierra donde confluyen las esperanzas y pensamientos de toda la Cristiandad. Ella ha permanecido indemne a todo ataque como Roca firme. Allí, en el obelisco que se halla en la plaza de San Pedro, se halla esculpido el más bello himno católico: «Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera» Quiera María Santísima hacernos dignos hijos de tan augusta Señora, Madre y Maestra infalible de la Verdad. Con ella triunfaremos y venceremos las celadas infernales: «Las puertas del infierno, no prevalecerán»

 

Fuentes

Extracto de un articulo más extenso publicado originalmente en el desaparecido sitio Cristiandad.org.