Sobre el Infierno – Los Novísimos según el catecismo de San Pio X – Parte V


novísimos san pio x EL INFIERNO

PARTE V

NOVÍSIMOS – SOBRE EL INFIERNO –

¿En que parte del mundo está situado el infierno? –  San Agustín sostiene «No creo que nadie lo sepa, a no ser que se lo haya revelado el Divino Espíritu».  San Gregorio Magno «No me atrevo a definir temerariamente nada sobre este particular».  Si bien es cierto ambos doctores se refieren al infierno, exactamente lo mismo podría decirse de los otros lugares de ultra tumba. Sin embargo, es posible formular ciertas conjeturas aunque en sentido algo antropomórfico.

Las Sagradas escrituras, suele colocar la Gloria de los bienaventurados en las partes superiores del universo material, y el infierno en las inferiores.

Por eso, los antiguos fijándose en este lenguaje escriturístico, establecieron el siguiente orden descendiente: Cielo, Tierra, Limbo de los patriarcas, Purgatorio, Limbo de los niños e infierno de los condenados.

¿Hay algunos textos bíblicos que den sustento a este orden? – Por ejemplo, en el libro del Apocalipsis tenemos:

«Y no podía nadie ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra abrir el libro no verlo».

Apocalipsis 5.3

Y le rogaban los demonios que no les mandase de regreso al abismo.

Lucas 8, 31

Pero si haciendo Yahveh algo insólito, abre la tierra su boca y se los traga con todo cuanto es suyo y bajan vivos al abismo, conoceréis que estos hombres han irritado a Yahveh.

Números 16-30

Nota: Este último pasaje bíblico,  no difiero mucho de lo que la Santísima Virgen María, hiciera ver a los tres pastorcitos en Fátima en lo que se conoce como «la visión del infierno«. En el libro las “memorias de la hermana Lucia” (de su propio puño y letra) encontramos una descripción al detalle:

“La Virgen abrió sus manos y un haz de luz penetró en la tierra y apareció un enorme horno lleno de fuego, y en él muchísimas personas semejantes a brasas encendidas, que levantadas hacia lo alto por las llamas volvían a caer gritando entre lamentos de dolor. Lucía dio un grito de susto. Los niños levantaron los ojos hacia la Virgen como pidiendo socorro”.

Así mismo, San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales, más precisamente en la meditación sobre el infierno, hace una mención sorprendentemente similar a la hecha por los niños en Fátima con respecto a sus características y a quienes habitan en el:

«Vimos como un mar de fuego. Sumidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana … entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo».

El Infierno en el Antiguo Testamento

¡Ay de las naciones que se levanten contra mi pueblo! El Señor omnipotente los castigará en el día del juicio, dando al fuego y a los gusanos sus carnes, y gemirán de dolor para siempre

(Iudith 16, 20)

Acuérdate de que la cólera no tarda. Humilla mucho tu alma, porque el castigo del impío será el fuego y el gusano

(Eccli. 7, 18-19)

Los pecadores de Sión se espantarán, y temblarán los impíos. ¿Quién de nosotros podrá morar en el fuego devorador? ¿Quién habitar en los eternos ardores?

(Is. 33, 14)

Y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra mí, cuyo gusano nunca morirá, y cuyo fuego no se apagará, que serán objeto de horror para toda carne

(Is. 66, 24)

El Infierno en el Nuevo Testamento

Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles… E irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna

(Mt. 25, 41-46)

Y murió también el rico y fue sepultado. En el infierno, en medio de los tormentos, levantó sus ojos y vio a Abrahán desde lejos y a Lázaro en su seno y, gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que, con la punta del dedo mojada en agua, refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas.

(Le. 12, 22-24)

Si tu mano te escandaliza, córtatela; mejor te será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga.

(Mc. 9, 43-44)

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna.

(Mt. 10, 28)

Así será en la consumación del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de los justos y los arrojarán al horno de fuego; allí habrá llanto y crujir de dientes.

(Mt. 13, 49-50)

Y todo el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el estanque de fuego.

(Apoc. 20, 15)

 

El Infierno en el Magisterio de la Iglesia

Símbolo Atanasiano (“Quicumque”):

«Y los que obraron bien irán a la vida eterna, y los que mal, al fuego eterno»

(Denz. 40)

Inocencio III:

«La pena del pecado original es la carencia de la visión de Dios, y la del actual es el tormento de la gehenna eterna»

(Denz. 410)

Concilio II de Lyón:

«Las almas de los que mueren en pecado mortal o con sólo el original descienden inmediatamente al infierno, para ser castigadas, sin embargo, con penas desiguales»

(Denz. 464)

Benedicto XII:

«Definimos, además, que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que mueren en actual pecado mortal, inmediatamente después de su muerte descienden al infierno, donde son atormentadas con las penas infernales»

(Denz. 531)

El Infierno en la razón Teológica

Tratándose de una verdad sobrenatural, la existencia del infierno sólo puede ser conocida con certeza por la divina revelación. La razón teológica se limita únicamente a mostrar las armonías y conveniencias de ese dogma con el conjunto de los demás revelados y con los atributos de Dios. Sin embargo, son tan claras y convincentes las razones que postulan la necesidad de un castigo ultraterreno, que incluso la mayoría de las religiones falsas y de los filósofos paganos lo creyeron y enseñaron desde la más remota antigüedad.

La razón principal que puede invocarse para probar la necesidad de los castigos ultraterrenos es la que se toma de la santidad y justicia de Dios.

Se ve la necesidad de las sanciones ultraterrenas para castigar los crímenes repugnantes que quedan sin sanción adecuada en este mundo. Porque es un hecho que un número incalculable de crímenes monstruosos logran escapar al control de la justicia humana y quedan impunes acá en la tierra.

 

La Naturaleza del Infierno

El catecismo, ese pequeño librito en el que se contiene un resumen maravilloso de la doctrina católica, nos dice que el Infierno es “el conjunto de todos los males, sin mezcla de bien alguno”.

Es la misma frase que pronunciará el día del Juicio final: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno”. En esta fórmula terrible se contiene un maravilloso resumen de toda la teología del Infierno.

Porque el Infierno, fundamentalmente, lo constituyen tres cosas y nada más que tres: lo que llamamos en teología pena de daño, lo que llamamos pena de sentido y la eternidad de ambas penas.

Esas tres cosas están maravillosamente registradas y resumidas en la frase de Cristo: “Apartaos de Mí, malditos (pena de daño), al fuego (pena de sentido) eterno (eternidad de ambas penas)”.

 

La pena de daño

Lo principal del Infierno es lo que llamamos en teología la pena de daño. La condenación propiamente dicha, que consiste en quedarse privado y separado de Dios para toda la eternidad. Eso es lo fundamental del Infierno.

La pena de daño del infierno consiste en la privación eterna de la visión beatífica y de todos los bienes que de ella se siguen. (De fe divina expresamente definida.). Dios es el centro del Universo, la plenitud total del Ser. En Él está concentrado todo cuanto hay de verdad, bondad, belleza… y de felicidad inenarrable.

El Infierno es perder ese océano de felicidad inenarrable para siempre, para siempre, para toda la eternidad. Esto es lo que constituye la entraña misma de la pena de daño. Consiste en la privación. Empleamos esta palabra en su pleno sentido filosófico. No se trata, en efecto, de una mera carencia de algo indebido al hombre, sino de una verdadera privación de algo que, con la gracia de Dios, hubiera podido alcanzar. Y así, por ejemplo, en el orden puramente natural, no es ninguna desgracia que el hombre no tenga alas para volar (simple carencia, de algo que la naturaleza humana no exige), pero sí lo es carecer de ojos para ver (privación de algo que el hombre debiera tener).

La pena de daño es objetivamente la misma para todos los condenados; pero admite, sin embargo, diferentes grados de apreciación subjetiva. (Sentencia común en teología.). Considerada en sí misma, la pena de daño es la misma para todos los condenados, ya que es igualmente para todos la privación total y definitiva del Bien supremo.

Pero, desde el punto de vista de la aflicción que reporta a los condenados, difiere según el grado de culpabilidad de cada uno de ellos. Cuanto más culpables fueron, tanto más fuertemente son torturados por ella, porque han caído tanto más profundamente en ese tenebroso y terrible abismo del alma y sienten con mayor intensidad el vacío infinito causado por el alejamiento de Dios.

Cuanto más ha pecado un condenado, más se ha alejado de Dios. La pena de daño tiene por finalidad precisamente castigar el pecado en cuanto que por él el pecador se ha alejado de Dios. El condenado siente, pues, en proporción a sus pecados, el peso de la maldición de Dios, que se aleja a su vez de él y le rechaza de su presencia.

El condenado sufrirá tanto más cuanto tendrá una más grande capacidad y una mayor necesidad de gozar. Las gracias recibidas y despreciadas han aumentado en él esta aptitud y esta necesidad en proporción a su número.

Cada gracia, en efecto, fue un llamamiento de Dios, una invitación a conocerle y amarle mejor. Fue, al mismo tiempo, una luz y un medio para llegar a ese grado de conocimiento y de amor fijado por Dios. Por consiguiente, esa gracia creó en el alma una más grande disposición para este conocimiento y amor, y, por una consecuencia natural, una más grande necesidad de conocer y de amar a Dios. Luego a tantas gracias como el pecador haya rechazado corresponden otros tantos grados inalcanzados de aptitud y de necesidad de amar y de poseer a Dios. Cada gracia despreciada ha cavado más hondamente el abismo eterno en el que el alma se ha hundido.

Los más culpables son, pues, más aptos para sentir la privación del Bien supremo; así como en el Cielo, los más santos entre los elegidos son más aptos para gozar de la presencia y de la posesión de Dios. La gracia de la que se han aprovechado los santos y ha producido en ellos sus frutos, ha aumentado su semejanza con el divino ejemplar.

Esta mayor o menor perfección en la conformidad con él es lo que les hace más o menos capaces de gozar de la divina esencia. Del mismo modo, el desprecio de las gracias y los pecados acumulados han aumentado en los condenados su grado de desemejanza con la infinita pureza y santidad de Dios. Y esta mayor o menor oposición al Bien supremo es lo que les hace sentir en mayor o menor grado su privación y diferencia en ellos la pena de daño.

Dios es la esencia misma de la bondad y de la felicidad substancial. La desgracia de su privación se mide, pues, por el grado de oposición que el condenado tiene con relación a este Bien supremo, al que las gracias recibidas tendían a aproximarle, mientras que esas mismas gracias despreciadas tienden a alejarle más y más.

Del mismo modo, pues, que los elegidos gozan tanto más en el Cielo de la visión beatífica cuanto mayores fueron sus méritos, así los condenados sufren en el infierno tanto más de su privación cuanto mayores fueron los crímenes con que están manchados.

La pena de daño consiste secundariamente en la privación de todos los bienes que se siguen de la visión beatífica. (De fe divina, implícitamente definida.)

Lo que constituye primaria y esencialmente la pena de daño es la privación eterna de la visión beatífica, o sea, del goce fruitivo de Dios como objeto de nuestra última y suprema felicidad. Pero como consecuencia natural e inevitable priva también, secundariamente, de todos los demás bienes accidentales que la visión beatífica lleva consigo.

Los principales:

* Exclusión eterna del Cielo, o sea de la verdadera patria de las almas, cuya belleza, claridad, esplendor, magnificencia, amenidad, suavidad y felicidad que produce en el alma, ninguna inteligencia humana es capaz de expresar. Los condenados son unos exiliados eternos de su verdadera patria.

* Exclusión de la compañía y suavísima familiaridad de Nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen María, de los Ángeles, Santos y Bienaventurados del cielo, con todos los goces e íntimas alegrías que de esa compañía se desprenden.

* Privación de la luz con la cual los Bienaventurados del Cielo contemplan la hermosura de todas las cosas naturales, el mundo de los seres posibles y el esplendor y magnificencia de la gloria de los bienaventurados.

* Pérdida para siempre de todos los bienes sobrenaturales que hayan recibido de Dios: la gracia santificante, las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo, etc. No habrá más excepción que la del carácter sacramental (el que imprimen los sacramentos del bautismo, confirmación y orden), que continuará eternamente en los condenados para su mayor vergüenza y confusión en medio de aquella sociedad de enemigos irreconciliables de Dios.

* Privación de la gloria del cuerpo, que consiste en aquella maravillosa claridad, agilidad, impasibilidad y sutileza que brillarán eternamente en los cuerpos de los bienaventurados, y que los propios condenados tendrán ocasión de contemplar, en el paroxismo de la rabia y desesperación, el día del juicio final.