Mi ángel marchará delante de tí…


Negados por muchos y deformados por otros, los santos ángeles son una verdad indiscutible para el hombre de fe. De ellos, escribió así el diplomático y poeta francés Paul Claudel:

Entre el ángel y nosotros hay algo permanente. Hay una mano que, incluso cuando dormimos, no suelta la nuestra… Sobre la tierra en que nos encontramos, compartimos el pulso y el latido del corazón de este hermano del cielo que habla con nuestro Padre.

La aplicación habitual del intelecto cristiano lleva a una comprensión sanamente doctrinaria de la Verdad Encarnada. Así, por medio de la razón iluminada por la fe, el cristiano comprende la realidad natural y sobrenatural enseñada magistralmente por la Santa Iglesia, fundada y sostenida por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.

Como queridísimas hermanas de este proceso, el desarrollo de la espiritualidad y de la mística complementa con visiones y luces la vida del católico fiel a Roma.

Pero, lamentablemente, los trabajos de exégesis y de apologética suelen comprender la fe como una exposición meramente racional de las cosas, como si las tendencias, la cultura y las mil sutilezas inmateriales no formasen parte del catolicismo. Y es que a diferencia de las escuelas filosóficas, la fe supone mucho más que una serie de principios de pensamiento. Se distingue, incluso, de la pura mística por esta exposición razonada y razonable de la Revelación.

¿Dónde se encuentra, entonces, el justo equilibrio, ese medio virtuoso que nos señala San Pablo? A lo largo de esta exposición trataremos de dilucidar y de comprender este asunto que nos parece de la más vital importancia.

Cristiandad: ideal de perfección y asiento del reino de Cristo

Corrupta y moribunda, la edad media vio nacer en su seno una serie de renovaciones de los errores antiguos que parecían superados. Junto a ellos, contempló – en medio de sus estertores – el surgimiento de nuevos errores y excesos de toda clase. Más que un renacimiento del paganismo, era una nueva cultura, completamente anticatólica, la que nacía de su vientre agonizante.

Esta visión, esta cultura que brotaba de la vieja Europa suponía un cambio impresionante en la mentalidad del ciudadano medio.

Hasta entonces y desde muy antiguo, el hombre vivía fuertemente impregnado de espiritualidad. Los pueblos paganos hacían de sus creencias el centro de sus vidas, pareciéndoles completamente natural legislar basándose en sus creencias y supuestos religiosos.

Nunca existió una cultura atea o agnóstica. Rememórese la profunda espiritualidad de los caldeos, sumerios, egipcios, hebreos, pueblos precolombinos, griegos o romanos, chinos o hindúes y se verá toda una cultura fundada en principios religiosos.

El ojo atento observará incluso cómo y hasta qué punto se sobrepasaba el falso encarcelamiento de la fe en el ámbito de la creencia personal para pasar a impregnar y dar forma a las construcciones, al lenguaje, a la constitución social, etc.

Con el triunfo del cristianismo hacia el año 500, occidente contemplaba el surgimiento de ideas nuevas y de novedades como hasta entonces nunca se habían visto germinar sobre la faz de la tierra.

El concepto de “persona”, por ejemplo, es uno de los aportes más notorios que la Iglesia viene a introducir entre los hombres. La abolición de la esclavitud, en otro campo, viene a ser otra novedad impresionante para los pueblos que hasta ese entonces la consideraban como algo natural y evidente para todo hombre. La libertad, por fin, viene a implantar una concepción del sujeto totalmente novedosa, pues ya no es más un esclavo del Estado sino un hombre libre que vive y sirve a un Estado. Mencionamos estos pocos ejemplos sólo para situarnos en el contexto cultural.

Libre ya de persecuciones, el Cristianismo extiende su influjo benefactor por todos los rincones del mundo conocido y comienza a estructurar no sólo una cultura nueva sino también, por consecuencia, un tipo humano nuevo. Nace la Cristiandad, una familia de naciones hijas de la Iglesia y hermanas en Cristo regidas por los mandamientos de Dios y por las santas enseñanzas del Divino Redentor.

Para el hombre cristiano, la realidad comprendía todos los aspectos naturales y sobrenaturales. Por ello, se entrega a la construcción del Reino de Dios sobre la tierra y pone esta meta como su gran objeto de lucha. Este Reino, comprendía, no se limitaba a la común aceptación de creencias sino a la perfección en todo, como asiento que era del Dulcísimo Cordero.

Intenta por todos los medios de asentar un trono digno donde reine la Paz de Cristo. Las construcciones, las vestimentas, las legislaciones, el trato entre hombres (hermanos todos en el Señor), toda expresión de vida debe llevar el sello de la santa Cruz, símbolo de santidad, pureza y perfección.

No sólo de pan vive el hombre

La explicación de esta búsqueda de pureza y perfección, proviene de un principio metafísico muy poco recordado y poco explicitado: en tanto que el hombre está constituido por cuerpo y alma, ambas realidades (material y espiritual) son campo y materia de la perfección cristiana.

Así como el cuerpo respira y se alimenta, así el alma también “respira” y se alimenta, sólo que se cosas espirituales a diferencia de las corpóreas tan convenientes para el cuerpo.

Este principio tiene tantas consecuencias que su enumeración excede con creces el espacio propio de este trabajo. Sin embargo, en correspondencia con lo que venimos exponiendo, debemos destacar que el espíritu también se alimenta. Y pese a que nadie niega la conveniencia de una dieta y nutrición apropiada para el cuerpo, generalmente se olvida de procurar una sana “dieta” y “nutrición” para el alma.

Si el lector eleva su vista por sobre estas letras comprenderá que cuando recorre las calles, ingresa a edificios y construcciones de todo orden, cuando lee y medita, cuando conversa y se viste, cuando contempla expresiones artísticas y culturales, cuando se relaciona con el prójimo, está nutriendo su alma y la está alimentando de mil formas espirituales.

La fealdad, la mentira, el pecado, la ruindad enferman el alma y la hacen gemir por las pesadas cadenas que le arrojamos encima. Suele verse, por tanto, cuerpos espléndidamente cuidados y torneados, bien alimentados y vestidos, perfectamente bronceados y equilibradamente nutridos, pero famélicos de alma.

Esto no se confunde con la acumulación de conocimientos o con el manejo técnico de habilidades. De esto no podemos hacer una dieta de alma.

Nuestra vida entera se va constituyendo, por lo tanto, de adhesiones y rechazos al Bien eterno. Al morir contemplaremos el Divino Rostro: para los buenos será consuelo el ver en Él todas las cosas que amaron y procuraron con esfuerzo y perseverancia; para los malos será desconcierto y pavor ver en Él todo cuanto rechazaron y odiaron con pertinacia y obcecación.

De aquí que los santos nos digan que el mismo infierno es obra de misericordia divina ya que las almas condenadas no soportarían contemplar eternamente todo eso que les aterra y que odian inimaginablemente y que por eso no hay ángeles que custodien las puertas del infierno porque nadie quiere salir de allí, por más terribles que sean sus tormentos.

Naturalismo antropocéntrico

El Renacimiento trajo al mundo un tipo humano nuevo. Del espíritu medieval, profundamente teocéntrico, jerárquico y lleno de sobrenaturalidad, de certezas y principios, se dio paso a un hombre centrado en sí mismo, igualitario, lleno de naturalismo, de relativismo y de pragmatismo.

Se rescataron conceptos del hombre y del mundo que negaban todos los avances que el cristianismo había regalado al hombre. Surge el individualismo, el despotismo, la separación dramática entre el poder y la persona, vemos una construcción cultural centrada en la satisfacción exagerada deleites de la carne y del orgullo. La austeridad y la alegría cristiana se truecan por la afectación y la melancolía. Renace la esclavitud.

Es la era de los eruditos, de las compilaciones de conocimientos naturales, de aparatosas y vanas disputas intelectuales, de búsqueda de sensaciones y diversiones nuevas, de un amor sentimental y carnal, de querellas por un honor mundano, de una religión separada de la vida integral del hombre, del relativismo y de un desmedido afán lucro, de construcciones fastuosas, de exaltación de la fantasía y de lo irreal.

Es un hombre mundano, completamente centrado en sí mismo. Una expresión clásica de esta nueva mentalidad vendrá a ser la mutación artística que pasa de la fabricación de objetos bellos y gloriosos por objetos prácticos y funcionales. No importa el espíritu sino la carne. La belleza no tendrá sentido sino se relaciona con lo fantasioso y aparatoso, con un estado de espíritu artificioso.

El protestantismo traerá al hombre, primero el librepensamiento y luego el liberalismo económico que dará paso al liberalismo cultural. Con su doctrina de predestinación (la riqueza es señal de predestinación para la salvación en tanto que la pobreza es señal de predestinación para la perdición) la revolución originada por el heresiarca Lutero da a luz al afán de lucro que caracterizará a los países afectados por la pseudo-Reforma, en tanto sus enseñanzas sobre el libre pensamiento (el Espíritu Santo inspira la interpretación de las Sagradas Escrituras a cada hombre en particular, lo que da origen a miles de sectas y iglesias) da a luz al relativismo y al cuestionamiento de todo hasta reducirse a la incredulidad que duda de sí misma.

Propios de este estado de espíritu son el cientificismo y la explosión violenta de nuevas y contradictorias escuelas filosóficas. El iluminismo es una de sus expresiones más patentes en cuento a la visión meramente natural y material de las cosas. Como común denominador, todas estas novedades agreden y niegan a la Iglesia.

La revolución industrial y el afán de progreso material sellan con determinación este espíritu. Todo habla de lo material, de lo funcional, de lo práctico, de lo terreno. Lo espiritual se reduce a la acumulación de conocimientos, al aprendizaje de habilidades y técnicas o al divague fantasioso.

Esto será así siempre y cuando no se coma del venenoso fruto contrario, ofrecido en bandeja oriental, que satisface a los hombres hartos del materialismo extremo. Se trata de la “espiritualidad” gnóstica, gran tentación descarnada que entraña un odio metafísico a lo material, en cuanto fuente de ilusión, objeto de deseo y de sufrimiento. De ello el orientalismo y la Nueva Era resultan exponentes claros y manifiestos.

Hijos de la luz, hijos de las tinieblas

Como ángel, inteligencia purísima, Satanás conoce bien los medios para tentar al hombre y conseguir su perdición eterna. La comunión de alma y de obras que mantiene con sus “hijos” le permite procurar en la tierra las condiciones materiales y espirituales para instaurar la negación del Reino de Dios, esto es, su propio reino.

Por eso el mal es calificado por el Señor como astuto, porque no se presenta siempre explícito y aterrador, sino que procura mil formas de envenenar los espíritus para arrastrarlos hasta la muerte. El Divino Maestro nos alerta y nos pide que seamos astutos como la serpiente e inocentes como la paloma, pues nos ha enviado como corderos entre lobos. La pérdida del sentido de lucha del mal contra el bien, e incluso de la misma noción de mal, pone en desventaja y aun en grave peligro a los hijos de Dios.

Por esto se puede decir que Satanás “inspira” y “comunica” a sus siervos los medios para construir el anti reino. El filósofo católico Josef Pieper lo expresa magníficamente en su obra “Sobre el fin de los tiempos” al decirnos que al final de los siglos, enseñoreada sobre la humanidad la figura del Anticristo, no se impondrá una anarquía o caos visible sino un “pseudo-orden” mundial: “y el desierto de orden del Anticristo se tomará como una forma verdadera, legítima de orden”.

Y si bien este trágico momento supone un fin, durante todo el tiempo que medie hasta entonces procurará, como es obvio, ir construyendo este anti-orden.

Bien lo han sabido los heresiarcas, sus secuaces y los grandes propulsores del mal cuando junto con sus imposiciones ideológicas construyen toda una cultura anti-católica. Nace una estética, un arte, un lenguaje, una vestimenta, una manera, en fin, de ser y de sentir propia de este mal. Allí tenemos toda la escuela cultural protestante, iluminista, ilustrada, la revolucionaria de Francia, napoleónica, liberal, comunista (en todas sus horribles expresiones), la anarco-hippista, la sorboniana, las cuidadas explosiones de rebelión juvenil, el pseudo arte intelectual, la revolución neo-satanista o la cultura new age acuariana.

Obsérvese bien cómo nunca se ha dado una explosión de mal sin que se instaure una cultura, un escenario espiritual propicio para afirmar y desarrollar los principios que sustentan esa revolución. Lo espiritual se “plasma” en lo material y en lo material se “respira” lo espiritual. En este sentido podemos decir, por ejemplo, que no existe una expresión cultural “neutra”. Todo nos habla, en último término, de Dios o de la parodia perversa del demonio.

Hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo, venga a nosotros Tu reino

Un fino análisis nos llevará a concluir que esta doble realidad de la vida humana supone la misma vigilancia y celo para ambos campos.

El conflicto doctrinario se resuelve promoviendo una enérgica y lúcida apologética. Los desafíos culturales se superan con una exégesis y un desarrollo de pensamiento vigorosos y diáfanos. Los peligros para la espiritualidad con un desarrollo del discernimiento de espíritu piadoso y bien formado.

Sin embargo – y como hemos visto – todo este esfuerzo evangelizador y misionero corre gravísimo peligro de sucumbir si no se desarrolla paralelamente el mismo desvelo para aquellos aspectos que aparentemente carecen de peligro para la fe.

Toda criatura refleja una perfección de Dios. Toda creación, por lo tanto, refleja – en análisis final – el bien o le mal, lo bello o lo feo, lo justo o lo injusto.

Si el hombre no es un ser parcial, todo cuanto sea expresión de vida lleva su sello y se remite a un principio metafísico y eterno.

No puede construirse el reino de Dios entre los hombres olvidando estas verdades desde siempre enseñadas por al Santa Iglesia. La fe católica sólo puede darse en medio de una cultura católica que impregne y de forma, que haga real la Doctrina Divina y perfecta encarnada en Nuestro Señor Jesucristo. La Santa Iglesia nos la enseña de forma perfecta e infalible. Escuchemos a Roma, obremos con perfección y plenitud.

La Esposa de Cristo pide hijos perfectos en la acción y plenos en la contemplación. Que así, con vida y obras, alcancemos la Paz de Cristo en el Reino de Cristo. Que el principio de San Pío X, Instaurare Omnia In Christo, Instaurad todo en Cristo, sea nuestro lema y nuestra mística meta. De paso nos colocamos en la disposición espiritual para recibir la añadidura.

María, Reina de los Ángeles y Terror de los demonios, sea Quien proteja nuestra intención, ampare nuestras resoluciones y no haga fieles y fuertes en el intento.

Título del spoiler
María, Reina de los Ángeles y Terror de los demonios, sea Quien proteja nuestra intención, ampare nuestras resoluciones y no haga fieles y fuertes en el intento.