Mes de Noviembre en sufragio de las benditas almas del purgatorio – Día Vigésimo segundo


Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.

En el nombre del Padre ✠, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo ✠. Amén.

Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:

Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.

DÍA 22 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: EL SUFRAGAR A LAS ALMAS DEL PURGATORIO ES LA OBRA MÁS EXCELENTE DE FE.

PUNTO PRIMERO

El pensamiento de sufragar a las almas de los difuntos es santo por el santísimo principio de fe de donde procede. Con los sentidos acompañamos al hombre hasta la tumba; mas allí se nos oscurecen, y vemos poco si no acudimos a la fe. La fe es la sola antorcha que disipa las tinieblas del otro mundo, y nos obliga a no abandonar a las almas de los difuntos. Desmorónese en buena hora la fábrica de este cuerpo y redúzcase a cenizas; el alma no queda envuelta en la misma ruina, sino que, incomprensible siempre e inmortal, entra en las regiones de la eternidad para recibir en ella la recompensa. ¡Oh, cómo se aviva la fe de la inmortalidad de los espíritus y del porvenir de las buenas obras cuando presentamos abundantes sufragios por las benditas almas del Purgatorio! A la manera que el esforzado Judas Macabeo dio una prueba irrefragable de su religiosa creencia cuando ofreció en el templo de Jerusalén las doce mil dracmas de plata por la expiación de sus hermanos difuntos, así cuando nosotros ofrecemos sufragios por los nuestros demostramos bien a las claras creer nosotros firmemente que no han sido ellos reducidos a la nada, sino que viven, y viven en comunicacion con nosotros; que vendrá día en que iremos a reunirnos con ellos, y que enviamos por delante provisiones de buenas obras, las cuales al presente serán de provecho a aquellas almas, pero mucho más a nosotros cuando nos hallemos de nuevo en su compañía. No seamos avaros con ellas, porque tanto más encontraremos para nosotros en el otro mundo, cuanto más abriéremos ahora con ellas la mano.

 

PUNTO SEGUNDO

Los Reyes de la tierra son Reyes de los que viven, y nada más. La muerte arranca de su dominio a los hombres, y solo Dios es el soberano de vivos y muertos, delante del cual hasta los muertos viven. Nosotros confesamos esta gran verdad cuando rendidos ofrecemos a Dios sufragios por nuestros difuntos; reconocemos entonces su dominio absoluto sobre todos los ángulos del universo; reconocemos la íntima dependencia que de Él tienen los mortales, o que viven aín en el mundo, o que ya dieron el gran paso al otro; damos satisfacción a la divina justicia por los deméritos de que estos se hicieron reos en vida; complacemos a la divina misericordia con librarlos del Purgatorio; nos ejercitamos, en suma, en los actos más meritorios de fe hacia nuestro Dios y Señor. Y si la nobleza у el mérito de las obras es uno de los más poderosos estímulos para practicarlas, ¿cómo podremos dispensarnos, ¡oh cristianos!, de sufragar a las almas del Purgatorio, en cuyo acto se compendian tantos otros y tan excelentes de la fe más meritoria?

 

PUNTO TERCERO

Mas si se ofrecen sufragios por las almas, ¿a dónde se envían estas? Se envían al cielo, para ser allí felices con Dios por todos los siglos. He aquí otro sublime objeto de fe que con nuestros sufragios ejercitamos. No es un fin terreno y perecedero el que mueve la piedad de los fieles para con los difuntos. La fe no tiene miras tan mezquinas y bajas. Ella desplega un vuelo sublime de la tierra al cielo, descorre el denso velo que oculta a la Divinidad, y nos muestra en el seno de aquel Supremo Ser, que es todo felicidad por esencia, el término bienhadado a que llegan las almas socorridas por nuestra piedad. No puede, por tanto, darse un acto de fe más heroico, ni un pensamiento más santo que el de sufragar a los fieles difuntos, o bien se mire al principio de donde procede, o a los atributos divinos que él engrandece, o al felicísimo fin a que conduce. Anímenos, pues, este pensamiento de día y de noche, y cuanto más le vivifica el espíritu de la fe, tanto le fecundicen mayormente las obras.

 

ORACIÓN

¡Oh Dios, autor, objeto y premio de nuestra fe! Nosotros no os conocemos en la tierra de otro modo que bajo la sombra de los enigmas, bajo el velo de los misterios; mas para las almas del Purgatorio el velo de la fe está casi del todo rasgado, y por haberos ya experimentado como juez, solo resta que como merced os consigan. Completad, Señor, la obra con este último rasgo de vuestra justicia y bondad. Entregaos a ellas como premio y corona de la vivísima fe que alimentaron en esta tierra, de la firmísima confianza de que se nutren en el Purgatorio, y entonces desaparecerá toda solicitud de su fe y de su esperanza, y triunfará solamente en la feliz posesión de Vos la perfección de aquella caridad, de aquel amor que las vivificó en la tierra, las abrasa en el Purgatorio y las consumirá eternamente en el cielo.

EJEMPLO: A una madre que por largo tiempo había derramado lágrimas inconsolables por la muerte de un hijo sin socorrerle con los sufragios de la religion, dignóse el Señor, para dirigir su ternura a objeto más provechoso, mostrarle en espíritu una procesión de jovencitos, los cuales engalanados con cándidas vestiduras enriquecidas de varios adornos, se dirigían alegres hacia un magnífico templo. El templo era el cielo, las blancas vestiduras la fe, los varios y preciosos adornos eran las obras de caridad. Aquella desolada madre, que tenía siempre fija la mente y el corazón en su perdida prenda, andaba en busca de él ansiosa y afanada en medio de aquella turba escogida; mas a pesar de la atención con que fijó por todas partes la vista, no la fue posible descubrirle sino allá el último de todos, cubierto de un vestido de color oscuro, humedecido de pies a cabeza, y que apenas podía dar libremente un paso. Derramó a tal vista la madre un copioso torrente de lágrimas, y con voz anhelante e interrumpida por los suspiros, «¿por qué, hijo mío, le dijo, tan diverso de los demas y tan abatido? ¿Por qué te quedas tan atrás en el camino?». A lo que el triste joven, «¿veis, ¡oh madre! respondió, esta vestidura tan lúgubre y tan mojada? Este es el beneficio del luto que conserváis por mí y de las lágrimas que derramáis de continuo. El llanto y el luto me agravan, y no me permite seguir el paso de mis compañeros. ¡Ah!, poned término de una vez al doloroso desahogo de la naturaleza, y si de veras me amáis y deseáis verme feliz, animad vuestra fe, y con obras de caridad socorredme. Haced por mí piadosos sufragios, como tienen por costumbre las otras madres, no menos tiernas que vos, pero sabias y religiosas, y entonces podré caminar a paso igual con mis compañeros, y llegar así alegre y consolado, al término suspirado de la gloria». En esto desapareció la visión, y quedó la madre tan solícita en procurarle de allí en adelante, socorros espirituales, cuanto había sido en lo pasado liberal en derramar por él incesantes lágrimas. Excítese en nosotros el mismo sentimiento de fe hacia nuestros difuntos, y nos haga no tanto sensibles para llorar por ellos cuanto piadosos para socorrerlos con buenas obras. (Tomás de Cantimpré OP, Del bien universal de las abejas, libro 1º, cap. 33, núm. 17).

Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:

JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem….

SUFRAGIO: Tu quóque in sánguine Testaménti tui emissísti vinctos tuos de lacu. (Zach. 9, 11). Con la preciosa oblacion de la sangre del nuevo Testamento se libran del profundo lago del Purgatorio las almas de los difuntos.

El espectáculo más sublime de nuestra fe es el del Calvario, donde Jesucristo derramó sobre el madero de la cruz toda su sangre por las llagas abiertas en sus manos, en sus pies y en su costado para rescatar al linaje humano. No puede la divina justicia resistir a tan tierno espectáculo; y viéndose vencida por la satisfacción de tan grande mérito, perdona a la mísera criatura la deuda de sus pecados, y la constituye de nuevo en el derecho del reino eterno. Si deseamos, por tanto, eficazmente y de veras que sea perdonada la deuda de las almas que penan en la cárcel del Purgatorio, para que entren prontamente en la posesión del feliz reinado que las aguarda, ofrezcamos a menudo a Dios por ellas el precio de la redención desembolsado por su divino Hijo en el Calvario. Así lo hacia la beata Arcángela Panigarola a fin de impetrar la libertad para su padre Gotardo, y en pocos días la obtuvo. Sea, pues, nuestro ejercicio en este día el ofrecer cuantas veces podamos a la divina justicia la sangre preciosísima de Jesucristo en sufragio del Purgatorio.

Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.

De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Israel in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Israël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
℣. Requiem ætérnam dona eis, Dómine.
℞. Et lux perpétua lúceat eis.
℣. A porta ínferi.
℞. Erue, Dómine, ánimas eórum.
℣. Requiéscant in pace.
℞. Amen.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam.
℞. Et clamor meus ad te véniat.

ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.

℣. Requiem ætérnam dona eis, Dómine.
℞. Et lux perpétua lúceat eis.
℣. Requiéscant in pace.
℞. Amen.

***

Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre.
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.

Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.

N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá animæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, animæ, Matris meæ o nostræ.

Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua. Por Jesucristo nuestro Señor).

Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem.

Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna bienaventuranza. Por Jesucristo nuestro Señor).

Por dos o mas difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).

En el nombre del Padre ✠, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo ✠. Amén.