Mes de Noviembre en sufragio de las benditas almas del purgatorio – Día Vigésimo quinto


Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.

En el nombre del Padre ✠, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo ✠. Amén.

Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:

Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.

DÍA 25 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: OTRAS RAZONES PARTICULARES QUE NOS OBLIGAN A SOCORRER A LAS ALMAS DEL PURGATORIO.

PUNTO PRIMERO

El parentesco, la amistad y la gratitud, son titulos tan sagrados, que no se puede ni se deben olvidar nunca. La voz de la sangre habla siempre al corazón, y se hace oír en este mundo no menos que en el otro. Todos tenemos parientes aquí y allá: aquí están los vivos, allá los muertos; y a unos y a otros somos deudores de cierta caridad especial que la sangre reclama. «Quien no cuida de los suyos, decía San Pablo, es un bárbaro, un irracional ingrato, peor que los salvajes moradores de las selvas». Ahora bien; ¿qué almas pueblan el Purgatorio? Escudriñémoslo con los ojos del entendimiento. ¿No son las de nuestros antepasados, que tanto se afanaron por dejarnos riquezas; las de nuestros padres, que tan solícitos vivieron de nuestro bienestar y felicidad; las de nuestras madres, que emplearon en nosotros toda su ternura; las de nuestros hermanos y las de nuestras amorosas Esposas? ¿No son aquellas mismas con las cuales estábamos unidos con los vínculos más estrechos, y que con nosotros formaban una misma familia? ¿Y será posible que cerremos los ojos para no ver su desdicha, y que no nos mueva a compasión su doloroso estado?

PUNTO SEGUNDO

No es raro que se anteponga la amistad al parentesco, porque aquella suele adaptarse más a nuestra índole, y es hija de nuestra propia elección. El parentesco dice relación al cuerpo, y la amistad estrecha las almas y las conglutina de tal modo, que se hacen indivisibles. La muerte no puede ni debe apartarlas; cambia las relaciones de la amistad, pero no las destruye, pues si los amigos se hablaban en vida y se comunicaban de una manera material favoreciéndose mutuamente, separados por la tumba deben continuar los recíprocos oficios de su sincero cariño por medio de una memoria indeleble y fecunda en emplear los arbitrios de la Religión para conseguir la eterna bienaventuranza. Quien abandona a sus amigos en la miseria es un desnaturalizado, es un impío. «Amaba yo en vida con verdadera ternura a Teodosio, decía San Ambrosio, y él me correspondia con igual afecto, si la muerte me lo ha arrebatado, no por eso dejará mi amor de seguirle al otro mundo, ni le abandonará nunca mi activa piedad hasta que con mi llanto y oraciones le alcance la vida eterna». He aquí, ¡oh amigos!, un ejemplo que habeis de imitar.

PUNTO TERCERO

No solo por nuestros parientes y amigos, también por nuestros bienhechores debemos hacer especiales sufragios. Los beneficios deberían imprimir en nuestro ánimo un sentimiento de eterna gratitud, pues merecer el renombre de ingrato es un ominoso oprobio cuando hasta las bestias se muestran agradecidas a sus bienhechores, y el ingrato se hace de peor condición que ellas degradándose sobremanera. Y ¿quién hay que pueda vanagloriarse de no haber recibido beneficio alguno de los difuntos? La conservación de nuestra vida, el alimento que nos sostuvo, la educación que cultivó nuestro entendimiento y corazón, los honores que ostentamos y las riquezas con que contamos para lo venidero, ¿no son otros tantos beneficios de los que nos han precedido en el camino de la eternidad? Y ¿quién sabe si por haber hecho demasiado por nosotros están expiando en el fuego el desordenado amor que nos tuvieron? Sería, pues, una ingratitud muy negra y muy cruel olvidar a los que nos amaron hasta el punto de merecer las penas del Purgatorio por el desarreglado bien que nos hicieron.

 

ORACIÓN

Dulcísimo Señor nuestro, ¡oh, cuántos títulos nos mueven y obligan a compadecernos de los difuntos! Oblíganos la sangre con sus vínculos, la amistad con sus afectos, los beneficios con su correspondiente gratitud; y no hay en nuestro corazón sentimiento que no respire piedad y amor para con ellos. Por tanto, con todo el anhelo de nuestros corazones os suplicamos que tengáis piedad de nuestros difuntos, y los saquéis de la cárcel de sus tormentos por aquella ternura con que en vida nos amaron, y los llameis a vuestra bienaventuranza a recibir el premio de su benéfico amor.

EJEMPLO: Habiendo perdido a su padre la venerable Catalina Paluzzi, por espacio de ocho días se ocupó únicamente en hacer sufragios por su alma. Innumerables fueron sus penitencias; su oración continua de día y de noche; su mayor empeño el ganar todas las indulgencias que le fue posible; dando fin a tantas obras de piedad con multitud de misas a que ella misma asistía con suma devoción. Lisonjeábase con la halagüeña idea de haber puesto a su padre en posesión de la felicidad eterna. Mas ¡cuál no fue su sorpresa cuando, arrebatada en espíritu al Purgatorio por el Salvador y su especial abogada Santa Catalina de Siena, vio el abismo de dolores en que yacía el alma de su padre! No acababa de dar crédito a sus propios ojos, pero penetró sus oídos y llegó a su corazón con un dardo de dolor la voz de su padre, que llamándola por su propio nombre con profundos gemidos, la suplicaba que le socorriese. Quería responderle la piadosa hija, pero impaciente por auxiliarle, bañado su rostro en lágrimas, postróse a los pies de su celestial esposo Jesús, rogándole por su divina Sangre que sacase a su padre de tan infeliz estado. Se volvió luego a Santa Catalina pidiéndole que interpusiese todo su valimiento. «Y, en fin, para satisfacer a la divina justicia, yo, añadió, ¡oh gran Dios!, yo tomo sobre mí las culpas de mi padre, yo las expiaré con los padecimientos que fueren de vuestro agrado, mas ¡sálvese mi padre, sálvese mi padre!». Con tan heroica resolución consiguió sacarle del Purgatorio y hacerle eternamente dichoso. Nunca será demasiado lo que hagamos por nuestros padres. Si ellos nos dieron la vida, debemos nosotros procurar anticiparles la gloria, no perdonando por nuestra parte medio alguno, e interponiendo para lograrlo la mediación de los Santos, que a ello nos obliga el amor filial, la naturaleza y la misma sangre que corre por nuestras venas. (P. Domingo María Marchese OP, en Sacro Diario Dominicano, 19 de Octubre, en la vida de la Venerable Catalina Paluzzi).

Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:

JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem….

SUFRAGIO: Panem tuum super sepultúram justi constítue. (Tobíæ, 4, 18). Demos a los muertos alguna porción de nuestro alimento, dando de comer al pobre.

Entre los antiguos hebreos y los primitivos cristianos era costumbre celebrar banquetes de caridad sobre las tumbas de los difuntos, convidando a los sacerdotes, a los parientes y a los pobres, para que antes y después de la comida rogasen por las almas de aquellos a quienes se consagraban los Ágapes mortuorios. Aunque estos se abolieron en lo sucesivo por los abusos que en ellos se iban introduciendo, sin embargo aconsejaban los Prelados que en vez de aquellos se hiciesen gastos particulares en beneficio de los pobres, para que con más fervor rogaran a Dios por los muertos, teniendo presente que en consideración a ellos se les alimentaba y consolaba con caritativas limosnas. Tomemos nosotros este consejo, y para corresponder a los lastimeros gritos de nuestros parientes, amigos y bienhechores, démosles algo de nuestra mesa por medio de los pobres, a quienes el Soberano Juez oye como a hijos queridos cuando le piden misericordia para con aquellas almas cuyos parientes o allegados han saciado su hambre. (Estius, sobre Tobías 4, 18).

Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.

De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Israel in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Israël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
℣. Requiem ætérnam dona eis, Dómine.
℞. Et lux perpétua lúceat eis.
℣. A porta ínferi.
℞. Erue, Dómine, ánimas eórum.
℣. Requiéscant in pace.
℞. Amen.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam.
℞. Et clamor meus ad te véniat.

ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.

℣. Requiem ætérnam dona eis, Dómine.
℞. Et lux perpétua lúceat eis.
℣. Requiéscant in pace.
℞. Amen.

***

Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre.
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.

Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.

N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá animæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, animæ, Matris meæ o nostræ.

Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua. Por Jesucristo nuestro Señor).

Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem.

Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna bienaventuranza. Por Jesucristo nuestro Señor).

Por dos o mas difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).

En el nombre del Padre ✠, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo ✠. Amén.