Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 26


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: Dolor y angustia de María Santísima en la palabra «sed tengo»

Permanecía el Salvador Jesús en aquel duro leño, angustiado y lleno de infinitas penalidades; pero aunque en semejante conflicto su Alma santísima se hallaba afligida, no por eso dejó de ejecutar actos heroicos de amor, obediencia y humildad. Ya hacía largo rato que se encontraba en tan lastimosa situación; y como había derramado tanta Sangre, hasta quedar casi exhaustas sus venas, y su Cuerpo se hallaba por tantas partes mortificado, sentía una sed que le molestaba incomparablemente:y así dando una lastimera voz dijo: «Sed tengo».

Reflexiona, alma mía, la pena y ansiedad de su Santísima Madre… De muy buena voluntad subiera Ella misma a la Cruz y le presentaría sus lágrimas, y aun sus mismos virginales pechos, para que el Señor por su divina voluntad y virtud, conociendo los vivos deseos de su Madre, tomara con ellos, si se dignase, el refrigerio necesario. Pero viendo que un desapiadado soldado, mientras que los otros burlándose esperaban por ver si venía Elías, tomó una esponja, y mojándola en hiel y vinagre la colocó en una caña, y alargándosela a los labios para que bebiese manifestaba tal crueldad, no pudo menos de dar lugar a su sentimiento, y así exclamando decía…

«¡Qué ingratitud! ¡Qué inhumanidad!… ¡Tan corto alivio no se concede a quien se encuentra en tan prolija agonía! ¡Oh rabia y furia sin semejante, que no te apiadas de un Cordero tan manso, de un Pastor tan bueno, de un protector tan generoso, que pocos momentos hace pidió para vosotros el perdón… ¿Cómo, Hijo de mi vida y de mis entrañas; cómo, Dios omnipotente, pedís agua Vos que sois la fuente perenne, y el que dijísteis a la Samaritana que la daríais una agua que apagaba totalmente la sed?… ¿Cómo estáis Vos sediento, cuando con solo el contacto de la vara de Moisés en una dura peña saciásteis la sed de un gentío innumerable? ¿Es posible, dueño mío?… Consolásteis a Agar, que afligida se retiraba por no ver morir de sed a su hijo Ismael… Refrigerásteis a Elías cuando pedía acosado la muerte, y al despertar encontró junto a sí la comida y una vasija de agua, que tanto necesitaba; ¿y a Vos mismo no queréis dispensar estos cortos consuelos? ¡Oh Hijo mío, poderoso Señor, que anegásteis el mundo en agua en los días de Noé, haciendo que lloviera cuarenta días con cuarenta noches, y cuya virtud infinita tuvo poder para convertir este elemento en vino en las bodas de Caná! ¿Cómo ahora os dejais afligir de la sed y falta de agua? Pero ¡ah!, Jesús mío… la sed que con más propiedad os abrasa es la sed de que todos los hombres alcancen su salvación!…  ¡Conoced, miserables mortales, lo mucho que le costásteis al Hijo de Dios!».

¡Madre mía!… ¿Qué es lo que padeceríais cuando vísteis el refrigerio que sus enemigos le prepararon para aliviar su sed? ¿Cuál sería vuestro dolor y angustia?… Las madres que se hallan a la cabecera de sus moribundos hijos, no les niegan cualquier consuelo o alivio que piden, y muchas veces aunque nada les sirva, porque no se mueran con aquel disgusto. Y Vos, que sois la Madre más amante de todas las madres, no las podéis en esto imitar, dando aquel pequeño consuelo a vuestro único Hijo… Por aquí, alma mía, puedes conocer el sumo dolor de María en esta palabra de su Hijo Jesús…

Sentimientos y propósitos para este día

Justos son, Virgen afligidísima, vuestros suspiros por ver que se aplaca la sed de vuestro amado dueño con tan amarga y desabrida bebida. La redención del mundo le es muy costosa, y por nuestra salud padece el Señor tan duros tormentos. ¡Oh precioso rescate! ¡Oh afectuosísima benignidad del Salvador! Pero… ¡oh pérfida correspondencia la de los redimidos! ¡Cuánto podéis llorar, Señora mía, nuestra ingratitud!

Oís quejar a vuestro Hijo de estar sediento por nuestra eterna salud, y veis al mismo tiempo el licor amargo con que se la mitigan: queriendo este Señor desde esa divina cátedra darnos las lecciones más importantes para nuestro aprovechamiento en esta ocasión… Mas ¿cómo las recibimos nosotros? ¿Las apreciamos como de tan divino Maestro? ¡Ah Reina de mi corazón, que la vida que tenemos tan entregada a los deleites y a la satisfacción de los sentidos, está clamando que no es así! ¡Cuántas almas de las redimidas con la Sangre de Jesucristo se dan a banquetes supérfluos y bebidas delicadas, con menosprecio de la Pasión del Redentor, porque de ellos no nacen sino las riñas, los escándalos y la desolación! (Proverbios XXIII, 29).

Entremos a examinar sus mesas, y las veremos rodeadas de toda clase de vicios: reparemos la singularidad de los manjares, la delicadeza de sus vinos, y los ricos vasos y salvillas con que se sirven; y arrancando un triste suspiro nos veremos obligados a clamar… ¡Oh dulce Jesús, que os estáis lamentando en la dura Cruz por falta de agua, y en su lugar os administran hiel y vinagre en una esponja; mirad desde ella a vuestros redimidos, que abundantes triunfan en sus banquetes y ebriedad!

Pero no son, buen Salvador de mi alma, solamente los ricos y voluptuosos los que tan poco caso hacen de vuestros continuos padecimientos, porque aun en los de mediana esfera y condición se encuentran semejantes discípulos.

Todos podíamos aprovecharnos de ellos, pues cuando la comida o bebida está mal sazonada, o es de mal gusto, y cuando por nuestra suerte no la tenemos tal cual apetecíamos, o teniéndola nos abstenemos de ella en obsequio y recuerdo de la sed de nuestro Redentor, todo esto sufrido en paciencia sería prueba de nuestros sentimientos… Pero ¿se hace así?… No, siervos de María…, que nos gusta comer bien y beber mejor, sin que nos falte nada y esté todo en su punto…

Así vamos formando en nosotros los odiosos hábitos de la gula… Así cobramos un horror y tedio capital al ayuno, buscando pretextos que a nosotros nos parecen suficientes para excusarnos de él, y en el tribunal de Dios de nada nos servirán…

Así abrimos la puerta a las demás pasiones, pues de no mortificar los deleites sensuales en cuanto a la comida y bebida entra después el sueño, del sueño el deseo de cama blanda y mullida, de aquí el hastío a la penitencia y a la oración, de la penitencia aborrecida se sigue la disipación de la vida, deseando con ansia el regalo, los placeres y la comodidad; y de todo esto resulta la caída y recaída en el pecado, haciéndose acredores de su eterna condenación…

¡Cuántos males resultan de un deleite no refrenado por reverencia y memoria de lo que padeció nuestro adorable Redentor!… ¡Alma mía! ¿Por qué no me he de mortificar, aun en aquellas cosas que me sean lícitas, por no llegar a caer en un abismo de males, y por manifestar el sentimiento que me causa la sed y angustia de mi inocente Salvador, y las tiernas lágrimas de su Santísima Madre y mi Señora? Sea así… Desde luego os lo prometo, Reina de mi alma, porque estoy resuelto a cumplir en todo con el cargo de fiel hijo vuestro…

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.