Una breve meditación de Cuaresma sobre la realidad del Combate Espiritual

Cada misal y guía de espiritualidad hasta hace unos cincuenta años tenía al menos una gran sección dedicada a lo que se conocía como Pugna Spiritualis (batalla espiritual o guerra espiritual). En décadas más recientes, muchos libros espirituales han minimizado o eliminado completamente las referencias a esta.

Lamentablemente, muchos enfoques modernos de la fe, la religión y la espiritualidad, prefieren enfatizar exclusivamente temas más arraigados en la autoestima, la afirmación, etc. Para estar seguros, la fe auténtica puede y ofrece un gran consuelo, pero el consuelo más verdadero y profundo a menudo, viene después de que uno ha perseverado a lo largo del «camino estrecho»de la cruz.

Pero muchos hoy en día, en nombre de la «afirmación» y la pseudo-autoestima, están listos para excusarse, e incluso para afirmar graves desórdenes morales, en lugar de combatirlos. Se predican la gracia y la misericordia, pero sin hacer referencia al arrepentimiento que abre la puerta a estos dones. Tanto la posibilidad del infierno como cualquier consecuencia del pecado, están ausentes en muchas concepciones modernas de la fe y la práctica religiosa.

Hace algunos años, se me acercó una mujer bastante enojada que, habiendo escuchado mi sermón sobre la gravedad de ciertos pecados (que estaban en las lecturas del día), expresó gran indignación de que predicara sobre tales temas. Me dijo:

«Vengo a la iglesia en busca de consuelo y para que me levanten el ánimo, no para escuchar advertencias anticuadas sobre el juicio y los pecados».

Ella sintió una «indignación justa», y estaba segura de que yo había transgredido una norma fundamental, es decir, que la religión existe para consolar, y que cualquier desafío a la postura moral de uno, (excepto quizás cuidar a los pobres), es intolerante y está fuera de lugar.

De hecho, muchos hoy en día tienen este tipo de actitud: que es su «derecho de nacimiento» a no estar preocupado o perturbado de ninguna manera por algo que la gente pueda decir, ¡especialmente un predicador que dice representar a Dios!

El «Dios que adoran» nunca los molestaría. Tendrán a Jesús por su consolador y mejor amigo, pero no por su Señor, y ciertamente no por su juez. Y no importan, literalmente, los  versículos de las Escrituras en los que el mismo Jesús habla severamente y advierte sobre el pecado, la muerte, el juicio y el infierno. No, creen que esto no aplica para ellos, y están seguros de que «el Jesús que conocen», nunca alzaría su voz ni los desafiaría ni por un momento. No importa que el verdadero Jesús haya dicho «tomad vuestra cruz y seguidme».

Al haberse eliminado la noción de «combate espiritual» del consciente de muchas personas, la idea de que el Señor nos convoca a estar con Él o contra Él, parece ciertamente extraña, intolerante y no compasiva.

Aún más peligroso, estas concepciones modernas no solo distorsionan a Jesús, sino que minimizan la presencia y la influencia de Satanás. Esta es una muy, muy mala idea. Incluso si dejamos de luchar contra Satanás, él nunca cesará sus ataques a veces muy sutiles contra nosotros.

Jesús nos llamó consistentemente a estar vigilantes y permanecer sobrios en con oración contra los poderes del mal. Nos guste o no, estamos en una batalla. O emprenderemos la batalla de manera sobria y vigilante, o seremos conquistados y llevados como ovejas a la masacre.

A pesar de lo que los enfoques espirituales modernos quisieran eliminar, el cristianismo ha sido una religión militante desde su inicio. Jesús estuvo expuesto a todo tipo de peligros desde el principio. Herodes buscó asesinarlo; Satanás trató de tentarlo en el desierto; muchos enemigos conspiraron por todos lados mientras ejercía su ministerio público, lo tergiversaron, le impusieron cargos falsos y conspiraron para sentenciarlo a muerte, y eventualmente tuvieron éxito aunque solo momentáneamente.

Y en cuanto a Jesús, también por su Cuerpo místico, la Iglesia: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hechos 9: 4) Jesús nos advierte que el mundo nos odiará (Lucas 21:17; Juan 15:20); que en este mundo tendríamos tribulación (Jn 16:33), y que debemos velar y orar para no ceder a la tentación (Mateo 26:41). Él nos llama a perseverar hasta el final si queremos ser salvados (Mc 13, 13).

Jesús describió de manera bastante vívida el tipo de lucha en la que nos hallamos enfrascados, cuando nos advirtió que desde la época de Juan el Bautista hasta nuestros días, «el Reino de los cielos ha sufrido violencia, y los hombres de violencia lo toman por la fuerza» (Mateo 11:12). De hecho, ningún cristiano, hasta el momento en que Jesús regrese, puede considerarse libre de esta gran batalla espiritual, de este gran drama en el que existimos, esta batalla entre el bien y el mal.

Tema popular o no, hacemos bien en recordar que estamos en medio de una gran batalla cósmica y espiritual. Y en esa batalla, debemos estar dispuestos a elegir bandos y luchar con el Señor por el Reino de Dios. Debemos luchar por nuestra propia alma y las almas de aquellos a quienes amamos.

En la Semana Santa que está a punto de dar inicio, se nos recuerda una vez más la gran batalla cósmica que el Señor libró, y que todavía se está librando en nuestro tiempo. Aunque ya victorioso, en su Cuerpo místico la Iglesia, el Señor en sus miembros fieles, todavía sufre violencia, rechazo y ridículo.

También nos corresponde a nosotros reclamar el territorio tomado por el maligno, recuperar lo que el diablo nos ha quitado. Debemos promover la gloria del Reino de Dios a través de los frutos de una gran lucha espiritual, el sacrificio, la oración, el ayuno, la predicación y una extensa campaña misionera a la cual el Señor nos ha convocado y comisionado.

La batalla está en marcha; ¡La lucha es constante y sin cuartel!  Pelea el buen combate por el Señor.

¿Todavía no estás convencido de que estamos en guerra? Deja que el Señor retire el velo un poco y te permita ver lo que realmente está sucediendo. Las últimas palabras de este artículo no serán mías; serán las del Señor. Aquí se describe la batalla cósmica que es responsable de la mayor parte del sufrimiento y la confusión que experimentamos:

Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza;  está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz.  Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas.

Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra.

 

El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono.

 

Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1.260 días. Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos.  Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él.

 

Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte.

 

Por eso, regocijaos, cielos y los que en ellos habitáis. ¡Ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo.» Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón.  Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo.

 

Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente.  Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del Dragón. Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús«.

Monseñor Charles Pope

Fuentes

http://blog.adw.org/2019/04/late-lenten-meditation-reality-spiritual-warfare/
Traducido y adaptado por Proyecto Emaús