María Santísima, Divina pastora de las almas


Si bien existen referencias de la Virgen María como pastora en la vida y escritos de San Pedro Crisólogo (Sermón 6 sobre el salmo 99), Juan el Geómetra (siglo X), San Juan de Ávila (en sus sermones 15 y 70), San Juan de Dios (a quien salvó de morir tras caerse del caballo en Fuenterrabía) y San Pedro de Alcántara (siglo XVI), el Venerable Juan Corvanni de Cordonviglio y la Venerable María Jesús de Ágreda (en la Mística Ciudad de Dios), la devoción a la Divina Pastora de las Almas tiene su origen definitivo en el siglo XVIII en el convento capuchino de las Santas Justa y Rufina de Sevilla, España.

 El 24 de junio de 1703 el fraile Isidoro de Sevilla, recién llegado de la misión en Cádiz, mientras rezaba en la capilla, tuvo una visión donde, en medio de una luz extraordinaria apareció la Santísima Virgen vestida de pastora, rodeada de ovejas, y luego ella le dice:

“Yo soy la Divina Pastora de las Almas. ¿Quieres que los hombres cumplan los mandamientos de mi Hijo? Pide, pues, a los misioneros que confíen a mis cuidados sus rebaños, y les aseguro que los pecadores, incluso los más endurecidos, volverán a mí, dóciles y mansos como ovejas”.

Al amanecer, fray Isidoro, acompañado de su hermano Antonio Rodríguez de Medina, confió al pintor Alonso Miguel de Tovar la ejecución de un cuadro con las siguientes características:

“En el centro y bajo la sombra de un árbol, pintarás a la Virgen Santísima sedente en una peña, irradiando de su rostro divino amor y ternura. La túnica roja, pero cubierto el busto hasta las rodillas de blanco pellico, ceñido a la cintura. Un manto azul, terciado al hombro izquierdo, envolverá el contorno de su cuerpo, y hacia el derecho, en las espaldas, llevará el sombrero pastoril, y junto a la diestra aparecerá el báculo de su poderío.

En la mano izquierda sostendrá unas rosas y posará la mano derecha sobre un cordero que se acoge hacia su regazo. Algunas ovejas rodearán a la Virgen, formando su rebaño, y todas en sus boquitas llevarán sendas rosas, simbólicas del avemaría con que la veneran.

En lontananza se verá una oveja extraviada y perseguida por el lobo –el enemigo– emergente de una cueva con afán de devorarla, pero pronuncia el avemaría, expresado por un rótulo en su boca, demandando auxilio; y aparecerá el arcángel San Miguel, bajando del Cielo, con el escudo protector y la flecha, que ha de hundir en el testuz del lobo maldito. Todo el traje es de una humilde pastora, aunque su cuerpo parece hermoso y elegante, semejándose a la descripción de los Cánticos”.

El pintor hizo el cuadro, el cual fue entregado el 8 de Septiembre y presentado como estandarte para la procesión del Santo Rosario desde la iglesia parroquial de San Gil hasta la Alameda de Hércules, con gran acogida por los fieles, naciendo el 23 de dicho mes la “Primitiva Hermandad del Rebaño de María Divina Pastora de las Almas”.

Al año siguiente, Fray Isidoro hizo encargar al escultor Francisco Antonio Ruiz Gijón una imagen de vestir (el primer vestido fue confeccionado por las monjas agustinas del Convento de la Encarnación) para la Hermandad de la Divina Pastora, que establecería su sede en la iglesia de Santa Marina el 23 de Octubre de 1705, fecha de la primera procesión de la imagen.

La devoción a la Divina Pastora de las Almas, propagada por el tratado La Pastora Coronada, tuvo gran predicamento en España y las Indias, llegando a lugares tan dispares como la Nueva España (donde no habían conventos ni misiones capuchinas –en parte por la oposición de los Franciscanos observantes de la Provincia de los Doce Apóstoles–), donde un indígena de nombre Pascual de Campos fundó en 1743 la primera Hermandad en Veracruz a partir de una estampa impresa que compró, o Santa Rosa del Cerrito (Estado Lara, Venezuela), donde llegó la imagen en 1740 (aunque originalmente estaba destinada a la parroquia de la Inmaculada Concepción en Nueva Segovia de Barquisimeto), y se hizo famosa tras sobrevivir intacta al terremoto del Jueves Santo de 1812 y detener la plaga de cólera en 1856.

Con todo, los provinciales y definidores capuchinos no autorizaron que se situara en el convento de las Santas Justa y Rufina hasta 1750, y ordenaron retirar del culto las imágenes que estuvieran en sus iglesias conventuales. Les generaba desconfianza una nueva devoción que encima, percibían como demasiado peligrosa teológicamente porque hacía atribuirle a la Virgen el apelativo de “Divina”, siendo como es una pura criatura (aunque también las envidias porque la advocación era más popular que la Inmaculada Concepción influyeron mucho en esta polémica), por lo que Fray Isidoro tuvo que publicar en 1732 el tratado La Mejor Pastora Asunta, para justificar teológicamente el título.

Finalmente, a petición del definidor general Nicolás de Bustillo en nombre de todos los religiosos de la Orden en España, el Papa Pío VI, mediante decreto de la Sagrada Congregación de Ritos firmado por el cardenal prefecto Giovanni Archinto del 1 de Agosto de 1795, instituyó canónicamente la fiesta de la Bienaventurada Virgen María, Madre del Divino Pastor (nombre canónico) con la Misa y Oficio compuestos por el Beato Diego José de Cádiz, quien fuera de los más celosos propagadores de esta devoción por todo el reino.

El decreto autorizaba a los capuchinos de España tener a la Divina Pastora como patrona de sus Misiones, fijándole su fiesta el sábado antes del segundo domingo después de Pascua (Domingo del Buen Pastor).

Inicialmente, la fiesta se celebraba en distintos días (por ejemplo, en la Archidiócesis de Sevilla y entre los Frailes Mínimos se celebraba el segundo Domingo de Octubre, en la Toscana el 10 de Octubre, en Lucca se celebraba el último Domingo de Octubre, y los Redentoristas en Roma el 3 de Septiembre). Finalmente, el 19 de Noviembre de 1885, a petición de los Capuchinos de España, los superiores generales obtuvieron del Papa León XIII que esta festividad se extendiese a toda la Orden, fijándose finalmente la fecha en el 3 de Septiembre.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, Pastor bueno, que entregaste la vida por tus ovejas, y, elevado en la cruz, nos diste a la Virgen por Madre; concédenos, por su intercesión poderosa, seguirte ahora como Pastor nuestro en la tierra, y llegar después a la Pascua eterna en el cielo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.